El follaje exánime de un sauce roza, en laisla de los huracanes, su lápida de mármol.

    Yo la había sustraído de su patria, unlugar desviado de las rutas marítimas. Los máshábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir elderrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.

    Pero también deseaba sorprender a miscompatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, decabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.

    Enfermó de nostalgia a la semana de lapartida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de lasregiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaronpara sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Seabstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su almasollozante en la inmensidad.

    La compasión y el pesar desmadejaron miorganismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicionaval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un paísfabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo dehierro y de carbón.

    Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y dela esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Aldescorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparicióndel día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,más temible cuando más ceremonioso, al padre de laniña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.

    Yo velaba en la crisis de la soledad nocturna. Elretrato de una mujer ideal, única alhaja del aposento,desplegaba mi sobreceño, divertía algunas veces miinquietud.

    Yo lo había conseguido en la subasta de unosmuebles gentiles. El matiz de los cabellos me recordó los de unabeldad grácil, fantasma del olvido. El pincel de un ilusohabía persistido inútilmente en imitarlos.

    Yo me esforzaba en calar el enigma de una disciplinasingular, de un arte secreto, y dibujaba, sin darme cuenta, la cifra decantidades inéditas.

    Me he fatigado hasta el momento de hundirme en unsopor, bajo los dedos de una mano fría de mármol.

    Yo desperté en una sala funeral y larecorrí por entero, sorteando las urnas de piedra. En elzócalo de una imagen de la eternidad, cegada por una venda,acerté con el residuo del veneno de Julieta.

    EN EL FRENTE DE GUERRA

Apollinaire
                        ya
                                tenía
                                            la cabeza rota.

Gustavo Pereira

    Yo me había avecindado en un paísremoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdola ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversionesinocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entreteníanen medio del campo, al pie de árboles dispersados, de tallaascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.

    Se decían dóciles al consejo de susdivinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso losefectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictadosdel orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasiónde algún nacimiento.

    Señalaban a la hija de los magnates,olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazadorinsumiso.

    El joven había imitado las costumbres de lanación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares dela montería y retaba, fiado en sí mismo, la sañadel bisonte y del lobo.

    Olvidó las gracias de la armada y lastentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,fantasma de una noche cálida. Perseguía un animalsoberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltabacon risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujersalía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas delaire límpido.

    El cazador despertó al fijar laatención en la imagen tenue.

    Se retiró de los hombres para dedicarse, sinestorbo, a una meditación extravagante.

    Rastreaba ansiosamente los indicios de una bellezainaudita.

    El país de mi infancia adolecía de unaaridez penitencial.

    Yo sufría el ascendiente de un cielodesvaído y divisaba el perfil de una torre mística.

    Los montes sobrios y de cima recónditapreferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,según el pensamiento de una criatura pusilánime, serecataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de unrío perplejo y volaban en la brisa del océano.

    Vencíamos el susto de las noches visionariasa través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncoslacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolentevertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.

    La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba demodo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de lamuerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojasmontaraces del asalto de las arenas.

    El mar salió de sus límites a cubrirel litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigióel esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidadinequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados ypercibía en el aire del aposento los efluvios de la malezafragante.

    El caballero sale de la iglesia a paso largo. Saludacon gentil mesura a las señoras, abreviando ceremonias ycumplimientos. Aprueba sus galas y las declara acordes con la bellezadescaecida.

    Del río, avizor de la mañana y espejode sus luces, sopla un viento alado y correntón. Mece lossauces, y penetra las calles solas, alzando torbellinos de polvo.

    El caballero se retira a su casa desierta. Depone elsombrero y la recorre lentamente, ensimismado en la meditación.Apunta y considera los asomos de la vejez.

    Los suyos se extinguieron en la contemplacióno se perdieron en la aventura. Él mismo llega de ejecutarbizarrías en aguas levantinas. Decanta su juventud fanfarrona enlas urbes y cortes italianas.

    Junta con la devoción una sabiduríaalegre, una sagacidad de caminante, allegada de tantas ocasiones ylances.

    El caballero se sienta a una mesa. Escucha, através de las letras contemporáneas, la voz jocunda delas musas sicilianas. Pone por escrito una historia festiva, dondepersonas de calidad, seguidas de su servidumbre, adoptan, porentretenimiento y en un retiro voluntario, las costumbres de suscampesinos.

    El caballero finge discursos y controversias, dejosy memorias del aula, referentes a la desazón amorosa.

    Administra la ventura y el contratiempo, socorros dela casualidad, y conduce dos fábulas parejas hasta su desenlace,en las bodas simultáneas de amos y criados.

El talento,
                como la raíz
                                     hay que mantenerlo oculto.

Gustavo Pereira

    El almirante de la escuadra pisó el templo.Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplirlos votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.Portaba en la diestra el volumen donde había consignado losportentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, aquien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con unareverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudadmarítima.

    Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Losmarineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,cabo del mundo.

    Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno delas aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielomorboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.

    Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, elreino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron elrefugio del sol, labrador fatigado.

    Unos bárbaros capturados en el continente,prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de suvisita a un país cálido, más allá delmiraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulasinsidiosas el comienzo del retorno.