Mi memoria conserva apenas solo
el eco vacilante de su alta melodía:
lamento de metal, rumor de alambre,
voz de junco, también
latido, vena.
   Recuerdo claramente su erre temblorosa,
su estremecida erre suspendida
sobre un abismo de silencio y ámbar,
desprendiéndose casi
de la música oscura que por detrás la asía,
defendiéndose apenas
del cálido misterio que la alzaba en el aire
creando un solo cuerpo de luz y de belleza.
   Luminosa y precisa,
yo la sentía en mi ser profundamente,
sabía su sentido,
descifraba sin llanto su mensaje,
porque acaso ella fuese
—o sin acaso: cierto—
la única palabra irrefrenable
que mi sangre entendía y pronunciaba:
una palabra para estar seguro,
talismán infalible
significando aquello que nombraba.
   Como un perfume que lo explica todo,
como una luz inesperada,
su presencia de viento y melodía
hería los sentidos, golpeaba
el corazón,
estremecía la carne
con el presentimiento verdadero
de la honda realidad que descubría.
   Pronunciarla despacio equivalía
a ver, a amar, a acariciar un cuerpo,
a oler el mar, a oír la primavera,
a morder una fruta de piel dulce.
   Todo ocurría así, hasta que un día
la dije bien, y no entendí su cántico.
La grité clara, la repetí dura,
y esperé avidamente,
y percibí, lejano,
un eco inexplicable, infiel
reflejo
que en vez de iluminar, oscurecía,
que en vez de revelar, cubrió de tierra
la imprecisa nostalgia de su antiguo mensaje.
Cuando un nombre no nombra, y se vacía,
desvanece también, destruye, mata
la realidad que intenta su designio.


Ángel González

¡Huyó con vuelo incierto,
y de mis ojos ha desparecido!
¡Mirad si a vuestro huerto
mi pájaro querido,
niñas hermosas, por acaso ha huido!

Sus ojos relucientes
son como los del águila orgullosa;
plumas resplandecientes
en la cabeza airosa
lleva, y su voz es tierna y armoniosa.

Mirad si cuidadoso
junto a las flores se escondió en la grama:
ese laurel frondoso
mirad rama por rama,
que él los laureles y las flores ama.

Si le halláis por ventura,
no os enamore su amoroso acento;
no os prende su hermosura:
volvédmele al momento,
o dejadle, si no, libre en el viento.

Porque su pico de oro
sólo en mi mano toma la semilla,
y no enjugaré el lloro
que veis en mi mejilla
hasta encontrar mi prófuga avecilla.

Mi vista se oscurece
si sus ojos no ve, que son mi día;
mi ánima desfallece
con la melancolía
de no escucharle ya su melodía.

Carolina Coronado

Tórtola, que misteriosa
querella de amores cantas,
dolorida,
azorada, temblorosa,
como la lluvia en las plantas
conmovida;

Que levantas arrullando
de tu seno palpitante
la alba pluma,
como el agua murmurando
en las olas, vacilante
leve espuma:

Tórtola tímida y bella,
melancólica vecina
de los valles,
nunca tu blanda querella,
tu cántiga peregrina,
muda acalles:

Lleva a el aura ese ruido
que en las soledades mueven
tus acentos:
los ecos de tu gemido
siempre amorosos se eleven
a los vientos.

Canta, canta dulcemente
con la tierna compañera
tus amores:
verás tu arrullo inocente
dar más vida a la pradera
y alas flores.

¿Mas por qué si regalado
tu murmurio en mis oídos
desfallece,
el pecho mío turbado,
a tus lánguidos gemidos
se estremece?

¿Será que yo también como tú siento
esa ternura que tu seno oprime,
y el dulce sentimiento
que de inefable amor tu acento exprime?
Con nuevo fuego el corazón se anima,
al escuchar tu canto apasionado;

¿será que también gima
en amoroso lazo aprisionado?
Es tu tristeza la tristeza mía;
con tono igual nuestro cantar alzamos;
si nunca en la armonía,
tórtola, en el gemir nos igualamos.

Pues si en gemir son iguales,
nuestras voces uniremos
retiradas,
como de dos manantiales
unirse las aguas vemos
separadas.

Mis suspiros lastimados,
tus arrullos gemidores
mezclaremos,
tú-sentidos, yo-soñados,
entrambas canto de amores
murmuremos.

Carolina Coronado

Hechas polvo caen, hermano,
las flores del jazminero
y ha perecido el postrero
pimpollo de aquel rosal,
cuyo vástago lozano
tantos hijos sostenía,
que ignoro cómo vivía
la gran planta maternal.

Emilio, en el firmamento
gran revuelta se prepara
pues la avecilla más cara
de mi jardín emigró;
y por las noches el viento
su vuelo tanto levanta
que de las parras quebranta
las hojas que el sol doró.

No sabes de cuál tristeza
se contagian mis sentidos;
no sabes cuántos gemidos
siento en el alma nacer,
cuando apoyo la cabeza
en la pared de mi huerto
oyendo el rumor incierto
que forma el hoja al caer.

No es que del verde emparrado
me aflija el muerto follaje,
ni porque a playa salvaje
huya el pájaro leal;
por lo que siento angustiado
mi pecho con las señales
del ave, de los parrales,
del jazmín y del rosal.

¿Qué me importan los jazmines,
ni las rosas, ni las aves,
cuando, hermano, muy más graves
pesadumbres tengo yo?
Cuando en horas tan ruines
doliente paso la vida,
¿qué me importa la caída
de la flor que se agostó?

Mas oye, cuando fenecen
las florecillas, hermano,
cuando al suelo americano
las golondrinas se van,
unas sombras aparecen
en el viento conmovido
que a mi cuerpo estremecido
prolongada muerte dan.

Surge a mis ojos el llanto
y mi espíritu se abate
y en mi seno apenas late
sofocado el corazón;
y en doloroso quebranto
mi cuerpo endeble flaquea,
y se conturba mi idea
y es todo en mí confusión…

Emilio, el otoño viene
de esas sombras circundado
de ese funesto nublado
que en mi endeble juventud,
tan extraño influjo tiene
que el temor de su venida
me hace escuchar la caída
del hoja con inquietud.

Emilio, el otoño llega
y se agobia el alma mía:
su grave melancolía,
¿quién sabe si acortará
esta vida que se entrega
a merced de ese nublado
que por el aire agitado
como una fantasma va?…

Ermita de Bótoa, 1844

Carolina Coronado

Alberto, la débil planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él;
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.

Yo soy planta, entre las piedras,
de un triste valle nacida,
y estoy a la tierra unida
del suelo donde nací;
de una madre, de un hermano
tanto el querer me aprisiona,
que ni por una corona
los separara de mí.

Yo pude ver grandes pueblos
y cruzar soberbios mares
que me inspiraran cantares
dignos de gloria, tal vez;
mas, quise mejor quedarme
sin laureles lisonjeros
que dejar los compañeros
de mi inocente niñez.

Por este santo cariño
que domina mi existencia
con silenciosa paciencia
en la soledad viví;
por eso tu amante ruego
desoye el alma abatida,
por eso la despedida
con llanto amargo te di.

Yo no quiero sin mi madre
partir a tierra ninguna,
y ansia ardiente me importuna
de ver un mundo mejor;
ve, por piedad, tierno amigo,
si es tormentosa la idea
que en lo mismo que desea
halla su pena mayor.

Pienso, a veces,que la hormiga
que se desliza a mi lazo
más campiñas ha cruzado
que las que alcanzo a mirar;
y entonces «hormiga —exclamo—
mientras tú buscas semillas,
¡cuántas grandes maravillas
pudiera yo contemplar!»

«Adiós —les digo a las aves
que cruzan por mi ventana—
¿de qué os servirán mañana
ver las orillas del Po;
y de Francia los jardines,
y de América las palmas,
si no tenéis unas almas
para cantarlas cual yo?»

Pero si vienes, Alberto,
con esa dicha a brindarme,
la dejo por no alejarme
del valle donde nací,
y en esta constante lucha
consumirse el alma veo,
pues, ni yo venzo al deseo
ni el deseo me vence a mí.

Por eso, Alberto, la planta
en campo estéril nacida,
ni tiene muy larga vida
ni puede medrar en él:
no es como el pájaro libre
que, en sus alas trasportado,
si le enoja hoy este prado
habita mañana aquél.

Ermita de Bótoa, 1845

Carolina Coronado

¡Qué hermoso es Dios, qué hermosa su cabeza!
¡Qué gallardo su andar, su voz qué suave!
Rasgos los cielos son de su belleza,
pasos los siglos de su marcha grave;
la voz de la inmortal naturaleza
de sus conciertos la sonora clave,
su acento arroba, su mirar abrasa,
tiembla el mundo a sus huellas cuando pasa.

Yo me enamoro dél: pobre doncella
a la ardiente pasión esclavizada,
la sangre a mi cerebro se atropella
a su paso, a su canto, a su mirada;
medito y me consumo con la estrella,
por el trueno me siento subyugada,
y al ver al tiempo transcurrir ligero
sufro, lo lloro, clamo, desespero.

Seres tranquilos vi sobre la tierra
que esta ansiedad febril nunca padecen,
ni están con los espíritus en guerra,
ni en éxtasis de amor se desvanecen:
cuatro páginas ¡ay!, su libro encierra;
nacen, medran, se nutren, envejecen,
y como nada amaron ni sintieron,
nunca se mueren porque no vivieron.

Repose en paz el corazón helado,
yo quiero ver lucir tu sol ardiente,
vagar tras de tu voz por el collado,
beber tu aspiración en el ambiente:
¡quiero mirar tu ceño en el nublado,
tu sonrisa en la luna transparente,
en las corrientes aguas tu armonía
y tus halagos en el alma mía!

Ése es el solo bien del sentimiento,
la sola dicha de la triste alma,
la sola gloria del mayor talento,
del martirio mayor la sola palma;
llevar por adorarte el sufrimiento,
por comprenderte renunciar la calma,
de la pasión en el delirio ciego
ser desgraciada por sentir su fuego.

Sé que al cantarte en mi ilusión suspensa
la trova que mi boca te improvisa,
de los pueblos tendrá por recompensa
desdeñosa y sarcástica sonrisa:
su atmósfera pesada, oscura y densa
no dejará volar tan dulce brisa,
pero en el valle puro en que la exhalo
sirve a las soledades de regalo.

Ermita de Bótoa, 1845

Carolina Coronado

Antes apareció rojo cometa
y sobre España levantó su vuelo,
y una noche sombría por el cielo
le salió a contemplar la gente inquieta;
y entonces anunció el vulgo-profeta,
en confusión y vago desconsuelo,
calamidades tristes que vendrían…
y los sabios entonces se reían.

¡Ay, pero yo jamás! Alcé la frente
y la terrible aparición mirando,
en una piedra me senté llorando,
sin apartar los ojos del Oriente;
y no olvidé la claridad hiriente
de aquel fantasma, aunque con rostro blando
para borrar su imagen importuna,
tras el cometa apareció la luna.

Al año del augurio temeroso
que tan triste os canté cuando nacía,
¿le visteis ya? ¿no os dije que traía
el disco de su frente nebuloso?
¿no os dije que una noche, sin reposo,
gimiendo por el año que moría
sentí en mi corazón pavor extraño
al asomar la luz del nuevo año?

¿No os dije que el espíritu invisible,
que vuela con la sombra en el vacío,
vaga en la noche siempre en torno mío
y habla a mi corazón en voz sensible?
¿No os dije que en su canto, incomprensible
para el alma sin fe del hombre impío,
escuché el porvenir infortunado
del año de la guerra y del nublado?

Yo conozco al dolor. Constante lazo
formado con el hilo de mi vida
tiene conmigo, y siento su venida
al recibirle con estrecho abrazo;
yo le he dado pedazo por pedazo
el alma, y en sus marchas entendida,
si un paso hacia nosotros adelanta
primero que el feliz, siento su planta.

¡Ay, por eso lloré cuando de enero
el sol primero lastimó mis ojos!
Otros alegres sus matices rojos
tomaron por señal de buen agüero.
¡Ay de mi corazón, que fue el primero
para sentir del año los enojos,
sufriendo ya el dolor anticipado
del año de la guerra y del nublado!

Triste nube cubrió la primavera…
¿las flores dónde están? ¡Flores perdidas!,
¡antes para mis ojos tan queridas,
tan olvidadas hoy en la pradera!
Ved si será mi pena verdadera
que las huellas mis plantas homicidas,
y con amarlas tanto y ser tan bellas,
morir las dejo sin dolerme de ellas.

Así también murieron mis venturas,
y no me duelo ya. ¿Qué de las flores?
Por las plantas, Emilio, nunca llores,
llora por el dolor de las criaturas;
a las aves que mueren, sepulturas
abres con simulacros de dolores;
¡ah! ¡que del mundo el padecer no sabes,
cuando también te dueles por las aves!

¿No ves las nubes del oscuro ciclo
crecer y resonar? Alza los ojos.
¡No ves la luna entre vapores rojos
que nueva tempestad anuncia al suelo!
Llora, llora con grande desconsuelo
del irritado Arcángel los enojos,
que a los pueblos, Emilio, ha condenado
al año de la guerra y del nublado.

Por tu inocente boca habla a las gentes,
ora habiten los campos, las ciudades,
y diles que a las nuevas tempestades
preparen ya los ánimos pacientes;
diles que en las alturas eminentes
de las más escondidas soledades
huyan a conjurar el genio airado
del año de la guerra y del nublado.

Vuela, y al labrador de valle en valle
grítale y al pastor: «¡Huid la tormenta;
que ni en la mies ni en la cabaña os halle
del huracán la ráfaga violenta!
Que no aguardéis a que en el aire estalle
ese ardiente vapor que se acrecienta;
porque es mortal el fuego concentrado
del año de la guerra y del nublado».

Y torna hacia el altar donde recemos
la más larga oración que tu memoria
conserve, Emilio, de la santa historia
que de la propia madre ambos sabemos;
y ojalá que estos ruegos que elevemos
los escuche el Señor desde la gloria;
y salve a nuestro pueblo desgraciado
del año de la guerra y del nublado.

Ermita de Bótoa, 1848

Carolina Coronado

    A LA PRINCESA DE S…

Dejad que despacio os vea
esa belleza tan rara,
pesadilla de mis sueños,
enemiga de mi alma.
¡Por Jesús, que ansiosa vengo
de miraros esa cara
blanca aurora para alguno,
para mí, noche nublada!
¿Cómo tenéis la melena,
muy oscura, muy dorada?
De vuestra faz las colores
¿son morenas o son albas?
¿Tanto valen vuestros ojos?
¿Sois de cuerpo tan gallardo?
¿Cuáles son, decid, en suma
vuestros dones, vuestras gracias,
para que pueda, señora,
admirarlos y envidiarlas?…
Yo no fío en sortilegios,
burléme siempre de magias,
pero al hallar vuestra imagen
con la luz de la mañana,
con las sombras de la noche,
sobre mis libros clavada,
junto a mi lecho perenne
y en todas partes, mi alma,
por espíritu os conjura
y por visión os rechaza.
Señora, ¿pensáis que pueda
un corazón de cristiana
sin ofender a los cielos
hacerme tan desdichada?
Señora, ¿pensáis que somos
vos la reina, yo la esclava,
para que a vos así tenga
mi libertad subyugada
que a donde está vuestra imagen
allí mis ojos se paran
y allí escuchan mis oídos
do suenan vuestras palabras?
¡Si supierais cuando os oigo
cuál las sienes se me inflaman
y cuánto mis venas hierven
que parece que se saltan!
¡Si supierais cuáles sombras
ven mis ojos, qué fantasmas,
tal vez las brillantes flores
que os embellecen la cara,
por no parecer tan bella,
os arrancaréis de lástima!
Mas ¿para qué? no señora,
ceñid la frente lozana
de riquísimos encajes
y primorosas guirnaldas
para dar mayor contento
a los ojos del que os ama;
que para llorar las penas
que vuestras glorias me causan
tengo noches que me sobran
y lágrimas que me bastan.
Ved si al hermoso conjunto
de vuestras divinas gracias,
señora, algún atributo,
que daros pudiera, os falta;
pues queréis todas las dichas
con mi desdicha lograrlas,
venid, si os faltara el genio,
¡venid… y os daré mi arpa!

Cádiz, 1847

Carolina Coronado

¡Memoria al grande César! Yo le canto.
Si el rayo sacrosanto
del entusiasmo que mi sangre enciende,
alienta la poesía,
¿cuál mejor que la mía
de Carlos el espíritu comprende?

Alta categoría entre los reyes,
fueron, ya, de sus leyes
soberanos altivos los vasallos;
los príncipes de Europa
le siguieron en tropa,
sirviendo a su carroza de caballos.

Aun su excelso valor, su genio santo
al héroe de Lepanto
y a Felipe virtudes infundieron,
que bastó la vertiente
del colosal torrente
para engendrar los ríos que corrieron.

¡El César! el que asombro de Pavía,
la lis que florecía
sobre las sienes del primer Francisco
arranca, y al valiente
conduce con su gente
como a dócil rebaño hacia el aprisco.

¡El César! que espantando, al africano
lleva el pendón cristiano
flotando por encima de los mares
a la moruna almena,
donde el clamor atruena
de bárbaros vencidos, a millares.

¡El César! el que en Sena y en Toscana
a la gente otomana
y a los hijos del alto Pirineo
hace volar medrosos,
dejando vergonzosos
cien banderas deshechas por trofeo…

Empero ¿a qué, Señor, pasada gloria
recordar a esta escoria
de la española raza? ¿Para ejemplo?
¡Ha mucho que mi lira
que por gloria suspira
de los héroes de España en honor templo!

¿Y quién me oyó? ¿Los pájaros delmonte
que pueblan mi horizonte?
¿Los reptiles que habitan el sembrado?
¿El perro de cabaña,
o la oscura alimaña
que atraviesa de noche este collado?

¡Qué somos ya! las gentes humilladas
al extranjero dadas,
a servir a sus fardos de camellos;
¿tenemos corazones
que sientan emociones
con la memoria de los héroes bellos?

¿Sabemos qué es valor, lo que es nobleza?
¿Nos deja la tristeza
cuando del pecho roba hasta el aliento,
ni fuerza en nuestro pasmo
a un soplo de entusiasmo,
de noble admiración a un pensamiento?…

¿Por qué no eternos son los grandes reyes?
¿Por qué a las mismas leyes
sujeto de morir que los tiranos,
está Carlos divino?
¡Qué injusto es el destino!
¡Qué duros de entender son sus arcanos!

Y aún el breve reinado de consuelo
nos acortara el cielo,
túnica revistiendo penitente
al que manto vestía,
que puso al Mediodía
pavor, envidia al Sur, miedo al Oriente.

«Pueblos -dijo el gran rey a las naciones-
ya visteis mis blasones,
donde asomé la faz, tembló la tierra,
Francia besó mi planta,
y a mi antojo se canta
el himno de su paz y el de su guerra.

»¿Veis que avasallo al indio, al castellano,
alemán y al romano,
tanta de mi corona es la grandeza?
Pues con desdén profundo
yo la cambio en el mundo
¡qué escarmiento, ambición! por la pobreza».

Y desciñendo de su augusta frente
la diadema potente,
apareció más alto a los mortales
de humildad revestido
que orgulloso ceñido
con las áureas coronas imperiales.

Ermita de Bótoa, 1846

Carolina Coronado

Error, mísero error, Lidia, si dicen
los hombres que son justos nos mintieron,
no hay leyes que sus yugos autoricen.

¿Es justa esclavitud la que nos dieron,
justo el olvido ingrato en que nos tienen?
¡Cuánto nuestros espíritus sufrieron!

Mal sus hechos tiránicos se avienen
con las altas virtudes, que atrevidos,
en tribunas y púlpitos sostienen.

Pregonan libertad y sometidos
nuestros pobres espíritus por ellos,
no son dueños de alzar ni sus gemidos.

Pregonan igualdad; y esos tan bellos
amores que les da nuestra pureza
nos pagan con sus pálidos destellos;

Pregonan caridad; y esta tristeza
en que ven nuestras almas abismadas
no mueven su piedad ni su terneza.

¡Ay Lidia! en la niñez siempre olvidadas,
en juventud por la beldad queridas
somos en la vejez muy desgraciadas.

Paréceme que miran nuestras vidas
como a plantas de inútiles follajes
que valen sólo cuando están floridas.

«No han menester jardín, crezcan salvajes,
rindan como tributo su hermosura.»
¿Qué más osan decir?… ¡Cuántosultrajes!

¡Cuántos ultrajes! Lidia a la criatura
que tiene un alma pura enamorada
y un corazón tan lleno de ternura.

¿Verdad que el alma noble está enojada
de que tantas bondades como encierra
porque nazca mujer sea desdeñada?

¿Verdad que estamos, Lidia, aquí en la tierra,
murmurando las hembras sordamente
contra la injusta ley que nos destierra?

No bulle la ambición en nuestra mente
de gobernar los pueblos revoltosos,
que es tan grande saber para otra gente.

Ni sentimos arranques belicosos
de disputar el lauro a los varones
en sus hechos, de guerra, victoriosos.

Lejos de la tribuna y los cañones
y de la adusta ciencia, nuestras vidas,
gloria podemos ser de las naciones.

Pero no en la ignorancia, no oprimidas,
no por hermosas siempre contempladas
sino por buenas ¡ah! siempre queridas.

¡Oh madres de otra edad afortunadas
cuán dichosos haréis a vuestros hijos
si en escuela mejor sois enseñadas!

No sufrirán por males tan prolijos
como aquellos que ya desde la cuna
tienen en el error los ojos fijos…

Mas, Lidia, cuando el mundo por fortuna
tras de su largo llanto y dura guerra,
esa feliz prosperidad reúna
ya estaremos tú y yo bajo la tierra.

Badajoz, 1845

Carolina Coronado