VIII. HASTA MURIÉNDOTE

Hasta muriéndote me hiciste bien,
porque la pena de aquel edén
incomparable que se perdió,
trocando en ruego mi vieja rima,
llevó mis ímpetus hacia la cima,
pulió mi espíritu como una lima
y como acero mi fe templó.

Hoy, muy dolido, mas ya sereno,
por ti quisiera ser siempre bueno,
de los que sufren tengo piedad;
en mi alma huérfana, sólo Dios priva,
nada mi vuelo mental cautiva,
y es mi esperanza cual siempreviva
que se se abre a un beso de eternidad.

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