Por la carretera va
La ronda de los gitanos.
Llega trayendo congojas,
y recuerdos en sus trapos.
Los gitanos son la sombra,
son las canciones rodando
por las esquinas del tiempo
y vendiendo sus rosarios
de promesas, siempre ajenas,
y siempre llenas de llantos.
Llegan con el alma rota,
llevan la sangre en las manos
y ruedan su historia, a cuestas,
por las cañadas y cantos,
pues es su sino el estigma
de andar por la vida andando,
atrás de un sueño imposible,
que se esconde en el ocaso.
Buscan siempre una sonrisa,
apagada en el espacio.
Buscan su imagen perdida
del mundo en algún sembrado,
pero no cogen la espiga,
y no les madura el grano
de una cosecha de gracia
o el cobijo de un abrazo.
Les guía la soledad,
que se les queda colgando,
por los rincones del mundo,
recordando su fracasos,
sus andanzas, sus ensueños
por las colinas y llanos.
Llevan una herida abierta,
buscan la luz de los astros.
La herida sangra misterios
y se les cae de las manos
la lumbre que siempre buscan,
como un lucero lejano,
y nunca encuentran, en vida,
pues destino es del gitano
buscar siempre, en los caminos,
un sueño siempre alejado.
Es maldición de este pueblo
seguir andando… y andando,
sembrando por donde pasan
sus congojas y sus llantos.
No llevan consigo risas,
ni van canciones cantando.
Y no adorna su existencia
el repicar de sus cantos,
ni sienten nunca el perfume,
tembloroso e iluminado
de un haz de flores o estrellas
o de esperanzas un ramo.
Pues es su destino eterno
seguir andando…, y andando.

Zacarías Palacios

Para Marian a la llegada de su hija al mundo

Quiero un beso estremecido
en el corazón del alma.
Quiero una corona y palma
en mi seno florecido.

Está brotando la vida
en las sendas de mi amor.
Está llegando una flor,
mi esperanza florecida.

Por eso quiero cantar;
por eso quiero reír;
por eso quiero sentir;
por eso quiero soñar.

La sonrisa que yo espero
es sonrisa  y es un grito,
de un ideal infinito
y es una luz de lucero.

Siento esta flor repetida;
siento esta risa cantando;
siento nuevo amor llegando
y otra rosa florecida.

Zacarías Palacios

De oriente vienen los niños
empujando la esperanza,
al comenzar sus caminos.
Llegan a la madrugada
de su vida y su destino
y entre lágrimas rosadas.
Son cual botones de lirios
que brotan en la alborada.
Son cual compases y ritmos
de una sonata iniciada
que hay que cantar por los siglos
mas inicia de mañana.
Los niños son como ríos
que nacen en la fontana,
lanzan su primer gemidoo
que, en el futuro, se alarga
sembrando flores y trigos
en el jardín de las almas.
De oriente vienen los niños
y empiezan su caminada.
Son un pequeño suspiro,
mas esconden la esperanza.

Zacarías Palacios

La luna era solitaria,
y andaba, ornada de estrellas,
con un ramillete blanco
flotando en su cabellera.
Era un clamor apretado,
era gritería inmensa
y un compás de sinfonías
que resonaba en la tierra.
Ya había marchado el sol
a los cerros de la espera,
dejando un rastro de luz
en las oscuras mesetas.
La luna se quedó blanca,
la luna siguió manceba,
la luna se queda virgen
porque el sol nunca se acerca.
El sol es galán solemne,
mas nunca enfrenta una estrella.
Y la luna es una blanca
e inmaculada doncella.
La luna es e será virgen
porque el sol nunca la besa.

Zacarías Palacios

Mira, en el norte, los amplios campos
que están arropados de mantos de nieve
para ver el espectáculo
radioso, largo y presente,
salpicado de botones rojos, amarillos, blancos.
Se alzan sobre tallos delgados y breves,
como si pequeños soldados
fuesen,
que levantan al espacio,
fusiles verdes,
de pétalos coronados.
Son pétalos largos, enhiestos, solemnes,
blancos, y amarillos, rojos y roseados.
Los blancos son como una fuente,
de candor, cuajados
de lindos laureles.
Los amarillos, rumores amplios
de una gran belleza vibrante, mas leve.
Los rojos y sonrosados,
que son un torrente,
semejan un bando
de bellas mujeres
con el rostro trémulo y ensangrentado,
con un ramillete
de rosas y nardos
coronando sus sienes
y los corazones muy apasionados.
Están florecidos como unos vergeles.
No me canso nunca de admirar el lago
de los tulipanes blancos y amarillos, róseos y rojos en sustallos verdes.

Zacarías Palacios

Olas de verde, que el vendaval levanta en el mar de resina,
levantan polvaredas en los campos abiertos
y siembran los perfumes todas aquellas villas,
rompido el seno moreno
de todos los pinares de Castilla.
El arpa de sus hojas, afiladas al vuelo
de un ataque a la quilla
de ese barco mojado de silencio,
peinado por la brisa
de los tiempos,
difunde por las vegas una calma infinita
y de la paz los ecos.
Sus sombras quejumbrosas y apretadas son como islas
donde descansan sus temblores almas y cuerpos.
Allí duermen los días
y allí se esconde el fuego
que abrasa las colinas
de esos templos
y ciernen, en la altura, una corona verde y limpia,
sembrada de misterios,
que coronan la vida
de un suave refrigerio, blando y tierno.

Zacarías Palacios

Siento un río alargado
de vida y esperanza,
desde el primer momento
de mi blanca alborada.
Atraviesa las costas
más profundas del alma,
dejando en mis orillas,
rumores de añoranzas.
Es la vida que corre;
es la vida que pasa.
Parece que una endecha
resuena siempre y canta,
o un vuelo de gaviotas
azules y doradas
que singla en mis riberas
y en mis valles avanza,
dejándome una estela
de pasos que no marchan,
pues siempre se me quedan
como huellas sagradas
marcando mi destino
en mansas carcajadas
de ambiciones y risas,
que llegan apretadas
cual olas de misterios
que a mi sombra se agarran.
Es un río sin fin
lleno de gotas blancas.
Un siempre amanecer
en mis rubias cañadas.
Porque la vida corre
Cabalga y nunca pasa.
Es siempre el mismo río,
que nació en mi alborada,
y creció en los senderos
del medio día en calma
y que quiere cantar
solemne serenata
de ambiciones, conquistas
y esperanzas.
Este río no muere.
¡Es el río del alma!

Zacarías Palacios

Con una sonrisa blanca, como canta un ruiseñor
una doncella sueña sus ensueños e ilusión.
Está bordando con oro
y con silencio sonoro
pétalos de fantasía,
y la añoranza tardía
de su juventud dormida
en el palco de la vida.
En ese balcón florido, suenan mil rumores mansos,
como remansos
de un río iluminado
con sonrisas de candor
y promesas de pasión.
En el balcón de la vida
aparece, adormecida,
mas vibrante
y tremulante,
un enjambre de doncellas,
que sueñan con las estrellas,
pues siempre son los luceros
los alegres mensajeros
de una esperanza palpitante y alargada
que florece, como una flor de alborada.
El soleado balcón
es el palco soberano del sueño y de la canción.

Zacarías Palacios

A mi hermano Eleuterio, muerto por Dios y por España

La muerte no te arrancó de mi recuerdo,
ni de mi afecto,
porque las violetas
son eternas..
   El olvido no brilla en nuestras almas
porque la espada
no rasgó nuestros sueños
ni nos hizo llegar hasta el silencio.
Cuando seguiste las sendas en busca de destino,
llevabas en tus manos un manojo de lirios
esperando sembrar de rosas blancas
las gélidas distancias.
Buscabas suavizar las duras rocas,
que, aunque llenas de sombras,
querías blancas
como la luna y las estrellas altas.
Te fuiste, sin marcharte, hacia la noche
y te veo llegar siempre en las flores.
Cuan te vi ir, yo era un solamente niño
y aún no ha brotado en mí el olvido,
pues me dejaste retumbante clamor
de fe y admiración
como si fueras mi ídolo
que nunca se hubieras ido.
Yo veo en mi retina interna
tu imagen  feroz y tierna,
feroz contra los odios de los hombres
y tierno para buscar la convivencia humana
en todos los rincones de tu patria.
Ya habías sembrado el perdón
con dolor,
esperanza y anhelo
que siempre renovabas en tu pecho.
Mira, hermano, te veo sonriendo y cogiendo la paz a brazadas
y tu ausencia será una presencia eterna en mí anclada.

Zacarías Palacios

La primavera pintaba
con esmero mil jardines
y una profusión brillaba
de color en sus confines.
La primavera escogía
el color en su paleta,
por doquier ella corría
adornando la meseta.
¿Cómo ella sabe escoger
el matiz que viste prados
y no se engaña al poner
ramilletes colorados?
La primavera es doncella,
que aprendió con una estrella
la ciencia de la pintura,
la elegancia y la dulzura
que hacen brotar los colores
del corazón de las flores.

Zacarías Palacios