Canta mi tierra su cantar dorado
sobre la vega en que florece el trigo
y enciende el sueño del labriego amigo
que allí sembrara su sudor mojado.

En ese campo sobrio y alargado,
trotan espigas, cual blasón y abrigo
de una esperanza, que también persigo,
aquí, cantar con mi rumor sagrado.

Es el trigo esperanza y hermosura
de mi tierra morena, y sembradura
de luces, de alegría y de centellas

que riman con la sangre de la vida,
a cada primavera repetida,
en la planicie, que dibuja estrellas.

Zacarías Palacios

Por entre un vergel de estrellas,
ornado de luces bellas
va paseando la luna,
como una diosa moruna.
Lleva un turbante de plata,
la melena en catarata,
que derraman, de la altura,
sus risas y su blancura.
A su paso silencioso,
balanceado y brioso
por los jardines de cielo
se van rasgando las sombras,
que, como frígida alfombra,
llenaban de oscuridad
del cosmos la inmensidad.
Cuando esa diosa pasaba
y el mar azul rielaba
en su carroza triunfal
alguien abría un cendal
sobre la tierra morena
y dejaba una serena
promesa blanca de brisas
como un tropel de sonrisas.
Y la luna parece una hada
sobre espuma de azul marejada.

Zacarías Palacios

Por los alcores sombríos
de una meseta ondulada
murmura el agua del río
encendiendo la cañada
de un campo serio y sagrado
de Castilla fría y blanca.
Es una canción sedosa,
es una rima mojada.
Es un rumor de misterio
que canta la madrugada,
y, en la alameda dormida
y líquidas carcajadas,
un río noble y severo
entona las serenatas
de la vida y del destino
de la historia que nos habla
del tiempo que ya durmió
y dejó huella estampada
en bloques de piedra viva
florecidos y con alma.

Zacarías Palacios

Yo contemplaba el silencio paseando en la floresta.
Andaba lleno de pausas y apretado de sonrisas,
cantando sus serenatas a la luna y las estrellas,
que parecían dormidas.
Transportaba entre sus alas temblorosas
una mojada caricia
y una corona de rosas
despertadas por la brisa.
Y, en su regazo alargado,
ritmos de paz traía
como gorjeos de pájaros
que de la altura caían.
Dardos de luz como espadas
el sol ardiente emitía
y hasta el silencio adornaban,
en toda la lejanía.
Yo le escuchaba cantar en toda la inmensidad
y sus cánticos lucían,
trayendo al mundo la paz
que a todos nos sonreía.

Zacarías Palacios

Era una figura santa.
Era hecha de cristal:
frágil como violeta y que guardaba un rosal,
cuajado de flores blancas.
Es una imagen sagrada que adorna mi corazón,
y florece mi emoción.
Era un botón de mujer.
Violeta de vergel,
sembraba el hogar de rosas.
Cual heroína ardorosa
esparció a todos su fe
y nos enseñó a creer.
Esta es mi madre bendita
a quien ofrezco caricias
y este sencillo cantar.
Nunca la podré olvidar
Porque me enseñó a aprender,
porque me enseñó a querer,
porque me enseñó a rezar
y también me enseñó a amar
Fue frágil como un cristal,
y fuerte como un coral.

Zacarías Palacios

Una culebra de fuego zigzaguea en las alturas.
Corre haciendo travesuras,
lanza chipas al vacío,
y rasga el cielo sombrío.
Se arrastra por el espacio con grande velocidad
y va dejando caer, por entre la inmensidad,
una lluvia de luceros,
con sus cabellos severos.
Son espadas encendidas que brillan en las tinieblas
y asesinan sombras tétricas,
asustando a las estrellas
y manchan la luna llena.
¿Dónde lanzarán sus dardos?
Porque, aunque parecen astros,
rasgan la tierra y el mar
y su rotundo compás
estremece los rosales,
hace temblar los pinares
y deja un beso maldito,
acompañado de un grito,
que marchita los jardines,
porque es ósculo y abrazo de furor,
que nos llena de terror.
Deja pasar ese grito y olvida ese beso maldito,
pues siempre, después que un lirio
es marchitado y escondido entre las tinieblas,
nos brotan las azucenas
y nacen las violetas.
Después del invierno gélido nos llega la primavera.

Zacarías Palacios

La distancia que separa el rumor de nuestros besos
no se alarga en el espacio,
ni se propaga en la sombra del silencio.
Sólo el olvido y el vacío sin abrazos
de los cuerpos
y espíritus torturados
aumenta la lejanía en la tierra del deseo.
Lejanía prolongada es una ausencia sin amparo,
es infinito momento
y es un paso
hacia el ensueño,
coronado
de misteriosos misterios.
Y el murmullo repetido y salpicado
del afecto,
va llenando los espacios
que separan nuestros besos.
Lejanías en las almas y en los campos
son joyeros
de un cariño reservado
y de un encuentro.

Zacarías Palacios

Amarrado a mi recuerdo, como un icono sagrado,
llevo guardado en el pecho, que es trémulo relicario,
viva emoción de infancia, que no se apaga
ni calla.
Era un señor esperanza,
con la mirada cansada,
porque la tierra morena, en su semblante, sembrara
la marca
de flor triguera
y su alma, saltarina y dominguera
esparcía los perfumes
de sus honestos costumbres
que a su prole trasmitía
con  gracia y con gallardía.
Este icono es un señor,
a quien dedico mi amor
porque aprendí a llamar “padre”,
y, en el corazón, me arden
su ejemplo y su canción.
¡Es mi padre y mi rey sol!

Zacarías Palacios

Si no existiese la noche,
no nacerían estrellas.
Si la sombra llega, a trote,
de los cielos a las puertas
surgen luceros brillantes
que rompen la oscuridad
dejando encima, colgantes,
mil perlas de claridad.
Las tinieblas traen lumbre,
la ausencia trae calor
y del silencio nos sube
la sonrisa de una flor.
Deja que venga la noche
trayendo guiños de estrellas
para que nos llegue, a trote,
la brisa que traen ellas…

Zacarías Palacios

La luna era solitaria,
y andaba, ornada de estrellas,
con un ramillete blanco
flotando en su cabellera.
Era un clamor apretado,
era gritería inmensa
y un compás de sinfonías
que resonaba en la tierra.
Ya había marchado el sol
a los cerros de la espera,
dejando un rastro de luz
en las oscuras mesetas.
La luna se quedó blanca,
la luna siguió manceba,
la luna se queda virgen
porque el sol nunca se acerca.
El sol es galán solemne,
mas nunca enfrenta una estrella.
Y la luna es una blanca
e inmaculada doncella.
La luna es e será virgen
porque el sol nunca la besa.

Zacarías Palacios