Tonto Decapirote,
tus huesos de leña,
tu  ombligo tibio,
tu costilla envenenada,
tu sexo limpio,
tu ventana mojada,
tu mala leche,
tu pobreza declarada.
Tonto, tonto y Decapirote,
trabajas con tu espalda,
con ojos lacrimógenos,
llagas, nudos.
Trabajas de sol a norte,
por papeles que gastas
en tu empeño por ser sólo tonto…
y no Decapirote.
No tengo tinta
y menos palabras
para escribir sobre ti
y acabar con un tec cerrado.
Vistes elegante,
con olor a flores,
a muerto encarcelado.
Tu fe es ciega,
te entregas al Olimpo,
te abandonas,
crees,
vas perdiendo,
desapareciendo.

Tonto Decapirote,
todas las horas del mes,
la falta de aire,
la falta de carne,
la falta de comida,
de colmillo.
Saltaste, te quemaste,
el sentido ha ido en tu busca.

Waldo Marcelo Mallea Hernández

En pleno uso y derecho de mi conciencia
que confiere con firmeza mi calidad de sobreviviente,
declaro lo siguiente:

“Que por alguna razón
he sido poco razonable,
ligero de sangre,
oscuro, demencial, callado.

De costumbres serviciales
e intenciones poco claras.

De golpes austeros,
de cerebro abandonado.

Cauto e insolente con lo ajeno,
pasmado ante la falta de color y sueño.

Dejo constancia ante mis requeridos
por si faltara una palabra,
un sable semiturno, una noche,
o en su defecto un comedor abandonado.

Agrego a esta Declaración,
mi falta de coraje,
especialmente por las tardes,
reflejado frente a un ocaso.
 

Juro además mi carencia de opiniones.

Mi sentido no resiste las verdades,
ni las emociones que produce el pasado.

Frente a todo esto
y a las contundentes pruebas,
me declaro en estado de sonámbulo.

Voy y vengo,
no doy más de dolor.

Mis pantalones,
las suelas y los cordones
se resisten.

Nadie quiere moralejas,
ni estaciones antiguas del tiempo.

He de probar mi culpabilidad absoluta,
sin salvación, resucitación u honores
parecidos a homenajes,
clamores populares o redenciones.

Me dejan,
se van,
me olvidan.

Me recuerdan, invocan, relegan.
 

Mi testimonio escrito
no ha de ser leído.

Simplemente vienen,
me dejan y se van.

Soy infeccioso de palabra,
ácido, romántico, moderno y solo.

Cuidado a los que leen,
pueden saltar pedazos de verdad
a sus rostros.

Anoto en esta Declaración
mis bienes más preciados:

Un libro circular, una bicicleta sin frenos,
una escotilla, un pedazo de papel, una ilustración
no terminada, cigarros húmedos, árboles varios,
decenas de líquenes, ropa usada, muebles perdidos,
cosas que no recuerdo, películas mudas,
colores, llantos, risas, santos en figuritas,
lluvia, fotografías, momentos, etc.

El haber realizado un aterrizaje de emergencia
me pone en desventaja frente a todas las cosas
que impuse.

Quise encontrarme con mi padre
y este detuvo su sombra en una estación.

Sus piernas enrarecidas dejaron de caminar,
su boca dejó de moler,
su angosta espalda dejó de sostenerlo.

Por eso,
vacíenme, despídanse pronto.

Nada de discursos o de semejantes neutrales.

No flores,
no paraguas ni canciones.

Tal vez una simple oración de un santo modesto.

Declaro algunas cosas que hice:

Conocí a Venus, fabriqué cosas inusuales,
maté en sueños, vi ángeles, compré librosde
aritmética que odio, subí a mi verdad,
inventé una mentira, callé para siempre.

Con fecha de hoy firmo esta Acta
en nombre de mi delicada razón.

Me declaro feo, usado, tieso, odioso,
impío, mojado.

Quiero ser tú,
no quiero ser yo.
 

Por último,
dejó una Declaración arrepentida,
un cimiento, una venganza.

Es tarde para salvarme,
por eso escribo esta,
“Declaración Jurada”.

Waldo Marcelo Mallea Hernández

Hay un muerto
viviendo en mi cuerpo,
en mis huesos, en la piel.

Un muerto,
uno ciego que no quiere morir.

Se ríe, enoja, se queja,
tengo un muerto en mi cabeza.

Uno encerrado y pegado.

Necesito herirlo,
matarlo,
sacarlo.

Somos dos viviendo,
conjugados a la química de la vida,
cada cual aferrándose a la distancia.

Un muerto que nace todos los días…

Waldo Marcelo Mallea Hernández

Busqué un nuevo sentimiento
para sentir lo irreconocible, lo irreprochable.

Busqué en la humedad, en el líquido, en el fuego;
un nuevo sentimiento, atado a una nueva emoción.

Una nueva invención, hurgar en el soma, la mitocondria,
la célula perdida.

Un sentimiento escapado, dulce, agrio, intenso y delicado, dividido endos, asumido y ocupado.

Alejado de la euforia, el candor,
cercano al dolor, pero pequeño ante el sufrimiento.

Un mecanismo, una dirección nueva o usada,
mezclado en lo absoluto.

Quisiera hacerlo vivir, neutralizando mi piel,
absorbiendo agua de mi cuerpo.

Que toda descripción sucumba ante la dicha de describirlo.

Incubando mis deseos, creando un estado de letargo,
de cambio, de incubación.

Unir todo para no separarlo por un sentimiento común.

Waldo Marcelo Mallea Hernández

Lo interesante es haber crecido
en las alas de una azucena,
bailando, deslizando pétalos fértiles,
sobre un manto de hojas azulinas,
cantando a las pléyades asustadas.

Para ti, blanca esponja,
deliciosos néctares prueban mis sentidos.

Puedes escapar por este horizonte amado.

Constelaciones quietas buscando grietas
en almas resecas y felices.

Waldo Marcelo Mallea Hernández

No me gusta ver
hojas muertas en mi jardín.

Muertas
y en mi cabeza
la sabia cuajada,
verde, en mi jardín.

Hojas sonámbulas,
cayendo en incendios,
quemando mi suelo.

Hojas muertas,
vestidas,
      desangradas,
listas a caer.

Cómplices suicidas;
las hojas toman sus manos
dejándose caer.

Se abren las carnes,
las arterias.

Se arrojan listas,
probando inviernos antárticos.
 

No me gusta verlas vivir
soportando el ocaso,
sentirlas crujir;
rompiendo pieles,
verlas pudrir.

Quiero sacar sus sombras,
perder la fiebre
en este cuerpo inevitable.

Llamar calor a ese manto áureo,
expuesto a la luz de la lluvia,
a las horcas, a la razón.

Despertando al frío,
carne inquieta,
suicidas rompiéndose la sangre.

Waldo Marcelo Mallea Hernández

Iluminó la noche
 tu primer diente de leche.

No hay diferencias
 entre Luna y Fiebre.

Todos aman
 tu diente de leche,
Que crece feliz
 junto a una taza de sol.

Asoma su cabecita
 el primer muro de palacio,
y a pesar de no ser blanco
(porque es sólo de leche),
una tenue nube
 posa sobre tus labios invernales.

Creo que hoy celebraremos
la llegada, hijo, el primer momento,
 como cuando la sangre
 fluyó por tu cuerpo.

Es importante tener un diente en esta vida, hijo.
 

Todo se convierte alguna vez
en momentos
y la manera más fácil
de ser recordado para siempre
y no ser lastimado,
es llevando puesto un gran diente blanco,
montado cerca de tu sonrisa,
como algo vivo, eterno,
con el filo puesto en la extremidad.

Es verdad que uno tiene dos ojos,
pero un solo diente basta para demostrar
la teoría del Universo,
de la Generación Espontánea,
de la célula que se apostó sobre tu puerto.

Ya habrá tiempo para seguir
fabricando dientes.

Hoy, sólo nos ocuparemos
de éste, tu invento.

Waldo Marcelo Mallea Hernández