No estés lejos de mí un solo día, porque cómo,
Porque, no sé decirlo, es largo el día,
Y te estaré esperando como en las estaciones
Cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

No te vayas por una hora porque entonces
En esa hora se juntan las gotas de desvelo
Y tal vez todo el humo que anda buscando casa
Venga a matar aún mi corazón perdido.

Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,
Ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:
No te vayas por un minuto bienamada,

Porque en ese minuto te habrás ido tan lejos
Que yo cruzaré toda la tierra preguntando
Si volverás o si me dejarás muriendo.

Pablo Neruda, Cien sonetos de amor, Soneto XLV

No me faltes nunca
Porque después de haberte conocido
No tiene sentido mi vida sin tenerte.
Me has creado tan enorme dependencia
Que no podría dar un paso en firme.
No me faltes nunca, amor mío,
Porque cada día más y más te necesito.
Te has convertido en alma de mi esencia,
En estrella polar de mis sentidos,
En guía de mis sueños… En mi propia vida te has convertido
No me faltes nunca, mujer mía,
Porque has impregnado mi ser con tu persona
Y mi persona sin ti ya no es persona,
Sino un barco errante, sin rumbo, a la deriva.
No me faltes nunca, cariño mío,
Porque ya no puedo vivir sin contemplarte.
Porque mis oídos sólo sirven para oírte.
Porque mis labios se secarían esperándote.
Porque mi cuerpo precisa de tu cuerpo para amarte
No me faltes nunca, amor querido.
Nunca, ni una hora, ni un minuto
Porque enloquecería.
No me faltes.

Valentín de Miguel

¿Oyes el aire golpeando con furia los cristales?
Parece que le molestase encontrar freno.
¿Oyes cómo las ramas de los árboles se baten?
Aplauden la rabia que lleva el viento.
Es como si la naturaleza protestase,
Ruidosa,
Con aspavientos.

Los árboles desnudos del invierno
Parecen como esqueletos
De los árboles que han muerto.
Y los caminos, ya vacíos de hojarasca,
Las estelas congeladas,
Que dejan nuestras pisadas.

A lo lejos, las montañas se ven vestidas de nieve,
Y resaltan de repente
Como una nube de espuma
De puro blanca,
Azulada,
  Limpia,
Sin manchas.

La gente camina con paso corto para ir más rápido.
La gente no mira al frente, encogidos,
Ateridos,
De vez en cuando resoplan
Y su vaho queda suspendido,
Como dudando,
En el aire infinito.

Para Peggy, o cual sea tu nombre, con cariño.
Valentín de Miguel
17 de enero de 2003.

Valentín de Miguel

Ladran los perros
Y perturban la paz que me rodea.
Ladran los perros e impiden que escuche
Los pasos de mi caballo.
Ladran los perros,
Ladran,
Ladran.
Ladran los perros a lo lejos.
Mientras, continúo en calma mi paseo.
Los ladridos se alejan hasta extinguirse.
Poco a poco vuelvo a escuchar
El sonido de los cascos contra el suelo.

Pero escucho otros ladridos más terribles:
Son los perros de la guerra los que ladran
Truenos de guerra en la Tierra
Que con horror me desgarran.
Los perros de la guerra aterran.
Los perros de la guerra matan,
Hacen estremecer mi tranquilidad,
La tuya,
La nuestra.
Los perros de la guerra odian.
Los perros de la guerra no son perros,
Sólo son ratas.

Los perros ladran
Y los perros de la guerra ladran.
Todos los perros ladran amenazantes.
Todos los perros.
Pero los perros defienden su territorio.
Los perros de la guerra no defienden,
Solo abrasan,
Arruinan,
Arrasan.

Los perros aman al amo.
Los perros de la guerra a su amo temen.
Un amo ama a su perro.
Los amos de los perros de la guerra nunca aman:
                                    Ordenan,
                                    Ejecutan
                                    Y matan.

Yo sigo oyendo a los perros de la guerra.
Esos no callan, gritan rencor.
Solo abrasan,
 Arruinan,
  Arrasan.
Y yo galopo huyendo de sus voces de guerra
Pero es inútil porque ladran,
Ladran,
Ladran,
 Ladran.
Y por más que corro, sus ladridos me alcanzan.

Malditas aterradoras ratas,
Malditas ratas que con sus errores
Entierran mujeres y hombres,
Arrastran la muerte
Y nuestros corazones rasgan.

Valentín de Miguel