En la Biblioteca,
deslizando mis dedos por
lápidas de libros prolongadas,
Poesía sale a observar el mundo.

Camina…

el perfume de papel envejecido
aumenta en sus caderas,
en su pecho entrevisto:
me encantaría verla desnuda,

poder follármela,
y que las palabras se nos quedasen mirando…

Tomás Díaz Cuadrado

Bajo el farolillo de noche
me tienes como a una puta,
esperando que me elijas,
que me metas en la cama
y me veas desnuda,
abierta de hojas,
con tu mano sujetándome por el sexo.

Mira mi cuerpo…

¿qué esperas aún de la puta más tirada
si tienes las manos sucias?

Tomás Díaz Cuadrado

Es de noche
en la habitación inhabitable
de este hotel.

Enfrente
el mar centrifuga en la playa;
el viento llama
rítmicamente
golpeando la puerta
contra el pestillo.

La Naturaleza advierte
de su persistencia
aquí solo,
a oscuras
y la compañía es buena
sabiendo que el mundo
está todavía por hacer.

Tomás Díaz Cuadrado

Me gusta desayunar el olor de cafetería
y el sabor de la mañana,
el pan con tomate
y la calada saciante del primer cigarrillo.

En elegantes cafés de aluminio
corbatas recién peinadas,
demasiado vestidas
—acaso conservando todavía el calor
de la cama en la noche—,
desayunan de pie,
encogidos,
sin darse cuenta de la extraña fuerza
de la velocidad de vuelo del cielo en la terraza.

Tomás Díaz Cuadrado

¿Recuerdas la cama después de dormir juntos?,
¿el olor de aquel calor de piel y mantas?…

Conservando todavía arrebujada toda la noche
abría despacito los ojos y te miraba sorprendida mirándome;
bajabas la cabeza y la sonrisa caía como unas coletas por tucara,
te escondías
y después subía un globo
con el que los dos jugábamos.
                             ¡qué tonto eres!
me gustaba revolcarme en tu risa,
llenarte los ojos de sorpresa
y de nuevo resbalar,
poner tu pecho en el mío,
dejar tus labios de carne firme y vaivén
descolgarse mórbidos, anhelantes,
besándote con pureza infinita
hasta la cima del pezón.

Siempre llego corriendo, ya sabes,
me gusta ponerte el pelo rojo
levantarte las faldas,
remar
remar con todo tu odio,
remar en cada lágrima por tu cara…

Ahora de nuevo aquí pongo mis tripas
tirando el amor como piedras,
para nada
y dejo todo por estrenar.

Tomás Díaz Cuadrado

Me acerco al mar, hablamos de repente
y el agua se rompe de manera perfecta
para volver a ser la misma
abrazándome
que con suavidad me dejo
y deshago nadando hasta cansarme
me hago el muerto y descanso líquido;
crecen nenúfares en mi cabeza,
el mar me acuna en su hamaca,
sólo escucho el silencio del agua
que me sostiene
abierto ante el sol
acariciándonos, haciendo espirales en la piel,
el bikini en la mochila,
limpios,
haciéndonos bellos, morenos, felices.

Paseamos tardes de martinis y paellas
y de vuelta a Puigpu, en el coche,
con las ventanillas abiertas,
el sol todavía nos besa en la cara
y golpea en los oídos un silencio de aire aturdido,
rítmico.

Llegamos a Casa; está arriba tras la verja,
como una madre con su vientre ancho,
generosa, bienvivida,
conversada en la mesa y en la hamaca
me acuna el vino y la cena,
las velas y los gestos,
las palabras y los besos.

Basta cualquiera de estos instantes certeros.

Tomás Díaz Cuadrado

Quisiera ser enterrado
en las aguas del Cúa;
pero antes, con vuestro permiso,
quisiera seguir viviendo
las tardes de verano y cigarros en su orilla,
tirados buscando la sombra.

Llevad cervezas y conversación,
o guardad silencio, tumbados en la siesta,
todos sobre la toalla de Marta.

Traed también las arrugas; con ellas
miraremos el río,
y lo llenaremos
de momentos usados y lágrimas viejas.

Después vaciaremos la arena
en nuestras iglesias y,
tras la mesa de cristal,
beberemos hasta
caer
en la belleza
de aquel tiempo y de nosotros,
sabiendo
en la despedida
por qué abrazamos nuestros abrazos.

Tomás Díaz Cuadrado

Tengo que contarle al mundo
que esperaba el tren de las 17:36
como se espera a un gran amor:
hablando del tiempo con alguien de paso,
agotado por el tiempo como tema;
así estaba yo,
cuando la misma mujer de voz neutra
de todas las estaciones
anunció tu llegada:
vía primera, andén primero.

Gusaneando asomó perezoso
en la estación de Ponferrada,
cloqueando máquina y vagones sobre las agujas,
moviéndose como una larga caja

que llega como una promesa.

Abriste tus puertas
y te busqué deshauciado por un tiempo sólo de paso,
necesitando correr hacia tí,
para llenarme de tu pelo,
para doblegarse lo minuciosamente recorrido, y
que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.

Ahora que estamos robándonos la piel
el reloj cumple cruel su tarea,
y aquella voz neutra repite su amenaza
—el rápido de las 18:35—,
tan sólo una hora para deshacer abrazos
como el tren imanta y encadena
máquina a vagón,
vagón a vagón,
vagón a máquina.

Contrahecho marché errante
como una pelusa de chopo movida por el viento
de este mayo,

como el recuerdo
que ayuda a salir del atoramiento
de esta vía muerta.

Tomás Díaz Cuadrado

Para mí el reclinatorio,
que tu pecho y tu pelo sean retablo

Para tu cuerpo mis manos,
que en el templo celebren de oficiante

Para mí el incienso de tu sexo
que es Credo y Padrenuestro,

Para las Lecturas de los Evangelios
que abran por el embozo de la cama,

Para la hostia otro horizonte,
que tu lengua se deshaga en el cielo de mi boca

Para el sagrario tu Sonrisa,
que siempre nace amaneciendo.

Tomás Díaz Cuadrado