Al atardecer, alguien
corta los hilos
que hacen colgar a los pájaros
del cielo
y con espinas enumera las palabras
que se escucharon durante el día.

Con esos mismos hilos
alguien ata nuestros huesos;
            ya cansados se dejan hacer,
            se dejan pintar la noche
y adormecidos contemplan la fina danza
de las sombras:
            exquisito desangrar de la luz
            sobre el asfalto.

Y la tarde ya no es tarde
sólo noche,
ese lado oscuro en el rostro de Dios
poblado de soles pequeños a punto
de extinguirse.

Ya en lo alto,
—desde los hilos—
uno ve pasar la vida como el humo del cigarro,
uno intenta contenerla
pero el viento bien hace su trabajo
y la vida se va,
se marcha a través de ventanales
y rendijas,
se llena de soledad el rostro
porque ciertamente
solos nos vamos quedando,
solos y marchitos
como las margaritas en el invierno
—    solos—
con los versos hechos nudo
en la cabeza,
con la certeza de ser aún jóvenes
aunque esto sea falso.

Y la muerte nos fuma lento,
despacio,
hasta ese momento,
ese minúsculo momento
en que ya no vemos a los pájaros
colgar del cielo.

Sonia Silva-Rosas

Despiertan los personajes,
abro los ojos con ellos.

De nuevo el mustio canto
de los pájaros,
de nuevo el sol detrás de los cerros…
de nuevo, de nuevo todo.

Es mayo
y las chicharras rechinan entre los árboles,
es mayo
y sentimos cómo nos desparramamos
con el día,
cómo el calor nos hincha los pulmones
y nos hace flotar entre las calles,
como no queriendo pisar la tierra,
ésta que nos espera con los polvos abiertos
porque algún día,
       algún día…

Mejor no hablar de cosas feas
—dice el primo de Juan Pablo—
mejor no hablar de lo evidente,
del cansancio y del cuerpo sin forma.
Mejor no hablar de los ojos
que arañan las paredes
intentando memorizar la vida,
mejor no hablar
—no hablar—
porque a las palabras se las lleva el viento
y a nosotros con ellas.

Es mayo
y los personajes prosiguen
su incansable ir y venir.
Rechinan sus dientes entre los árboles
y se saben vivos,
momentáneamente vivos.

Sonia Silva-Rosas

Más allá de la primera imagen
de la mirada que arrojó Dios Padre sobre estas piedras
del mármol que revienta las cuencas de los muertos
de las palabras y sílabas y nombres
que faltan por nombrar
de las sombras aún ocultas en el vacío
y los últimos pellizcos de luz que contemplan los sentenciados.

Ahí,
detrás de la lucha circular entre noches y tardes,
en algún dedo que hábil señala
la caída y renacimiento de las estrellas,
detrás del grito de las parturientas
y del equipaje del viajero que nunca se decide a partir.

Más allá,  justo en el hueco
que deja el dolor,
en el límite preciso entre ruido y silencio
me descubro con mi lápida a cuestas
en franca huida del olvido.

Sonia Silva-Rosas

A esta hora
todos hemos envejecido lo suficiente
como para soportar
el eterno retorno de las cosas.
Los días caben perfectos
entre los dedos
y encuentro a Nietzsche crucificado
pregonando aún la muerte de Dios,
este Dios que se resiste
a nombrar el final de la historia.

A esta hora
todas las palabras se han dormido.
Algunas lo hacen ancladas
al rostro enjuto de los viejos,
otras, sin más ni más,
en los labios infantiles
que, entre abiertos,
buscaban descifrar algo nuevo.

A esta hora,
señores,
todos ignoramos que Dios nos señala,
nos amarra a la penumbra
y con su dedo índice
nos perfora para arrancar, una a una,
las hojas de ese gran árbol
que llevamos por dentro.
Para cuando termine
sólo de las ramas penderá el corazón
y las palabras asomarán entonces
entre los huecos,
los días lanzarán un último hilo
para tejer en la mano abierta
de quien los sostiene
algún atardecer que haga mutis
y guarde santo y seña
de lo sucedido

        mientras tanto

envejecemos.

A esta hora
Nietzsche continúa pregonando
la muerte de Dios
y Dios ríe a carcajadas,
grita “corte”
y nos obliga a repetir la escena.

Sonia Silva-Rosas