Y resbaló el amor estremecido
por las mudas orillas de tu ausencia.
La noche se hizo cuerpo de tu esencia
y el campo abierto se plegó vencido.

Un ayer de tus labios en mi oído,
una huella sonora, una cadencia,
hizo flor de latidos tu presencia
en el último borde del olvido.

Viniste sobre un aire de amapolas.
Como suspiros estallando rojos,
bajo el ardor de las estrellas plenas,

los labios avanzaron como olas.
Y sumiso en el sueño de tus ojos
murió el dolor en las floridas venas.


Dionisio Ridruejo

Escondido debajo de tu armada
Gime el Ponto, la vela llama al viento,
Y a las Lunas de Tracia con sangriento
Eclipse ya rubrica tu jornada.

En las venas Sajónicas tu Espada
El acero calienta, y macilento
Te atiende el Belga, habitador violento
De poca tierra, al Mar y a ti robada.

Pues tus Vasallos son el Etna ardiente,
Y todos los incendios que a Vulcano
Hacen el Metal rígido obediente,

Arma de Rayos la invencible mano:
Caiga roto y deshecho el insolente
Belga, el Francés, el Sueco y el Germano.

Francisco de Quevedo y Villegas

Faltar pudo a Scipión Roma opulenta,
Mas a Roma Scipíón faltar no pudo;
Sea Blasón de su envidia, que mi escudo,
Que del Mundo triunfó, cede a su afrenta.

Si el mérito Africano la amedrenta,
De hazañas y laureles me desnudo;
Muera en destierro en este baño rudo,
Y Roma de mi ultraje esté contenta.

Que no escarmiente alguno en mí quisiera,
Viendo la ofensa que me da por pago,
Porque no falte quien servirla quiera.

Nadie llore mi ruina ni mi estrago,
Pues será a mi Ceniza cuando muera,
Epitafio Aníbal, Urna Cartago.

Francisco de Quevedo y Villegas

Vivir es caminar breve jornada,
Y muerte viva es, Lico, nuestra vida,
Ayer al frágil cuerpo amanecida,
Cada instante en el cuerpo sepultada:

Nada, que siendo, es poco, y será nada
En poco tiempo, que ambiciosa olvida,
Pues de la vanidad mal persuadida
Anhela duración, Tierra animada.

Llevada de engañoso pensamiento,
Y de esperanza burladora y ciega,
Tropezará en el mismo monumento,

Como el que divertido el Mar navega,
Y sin moverse vuela con el viento,
Y antes que piense en acercarse, llega.

Francisco de Quevedo y Villegas

¿Cómo es tan largo en mí dolor tan fuerte,
Lisis? Si hablo y digo el mal que siento,
¿Qué disculpa tendrá mi atrevimiento?
Si callo, ¿quién podrá excusar mi muerte?

Pues ¿cómo sin hablarte podrá verte
Mi vista y mi semblante macilento?
Voz tiene en el silencio el sentimiento:
Mucho dicen las lágrimas que vierte.

Bien entiende la llama quien la enciende,
Y quien los causa entiende los enojos,
Y quien manda silencios, los entiende.

Suspiros, del dolor mudos despojos,
También la Boca a razonar aprende,
Como con llanto, y sin hablar, los ojos.

Francisco de Quevedo y Villegas

Fue más larga que paga de tramposo,
Más gorda que mentira de Indiano,
Más sucia que pastel en el verano,
Más necia y presumida que un dichoso,

Más amiga de pícaros que el coso,
Más engañosa que el primer manzano,
Más que un coche alcahueta, por lo anciano,
Más pronosticadora que un potroso.

Más charló que una Azuda y una Aceña,
Y tuvo más enredos que una araña,
Más humos que seis mil hornos de leña.

De mula de alquiler sirvió en España,
Que fue buen noviciado para Dueña,
Y muerta pide, y enterrada engaña.

Francisco de Quevedo y Villegas

Sobre las ondas del helado Ibero,
incauto niño, y sin saber, corría,
cuando el hielo, que fuerza no tenía,
quebrando, se mostró crudo y severo.

El río, que veloz iba ligero,
con el tributo el cuerpo al mar envía:
la cabeza que el hielo sostenía
por memoria quedó del caso fiero.

La madre que buscando al niño andaba
por la ribera, viendo el rostro luego
asió del y sacó lo que quedaba.

«¡Ay cruel hado —dijo— extraño y ciego!
Pues de lo que parí no me tocaba
más parte que ésta, ésta consuma el fuego».

Gutierre de Cetina

La gran dea de los partos invidiosa
de ver que haya en el cielo alguna estrella
de mayor resplandor y beldad que ella,
del marido y hermano está quejosa.

Júpiter que agradar desea a la esposa,
si bien conoce injusta su querella,
«traigamos acá —dijo— otra más bella
y así Venus será menos hermosa».

Por el mundo la va Juno buscando,
y en Pincia, por común desaventura,
de una princesa al parto se destina.

Mas no tan presto la ha mirado, cuando
al cielo se llevó su hermosura.
¡Ay, invidia crüel, fiera Lucina!

Gutierre de Cetina

De Menalca pastor la ninfa Flora
lloraba el duro caso extraño y fuerte,
y del hermoso rostro, ¡ay, dura suerte!
las rosas escurece y descolora.

Ya se hace llorar, ya vuelve y llora
y en gruesas perlas su llorar convierte,
ya queda muerta y fría, y si la muerte
la deja respirar, dice algún hora:

«Parca si de mi bien te enamoraste,
cortarás de mi vida el hilo incierto,
gozarás del pastor, yo del engaño.

»Mas, ¡ay!, qué digo yo que no acertaste:
que por matarle a él, a mí me has muerto;
el golpe has hecho en él, yo siento el daño».

Gutierre de Cetina

Camina mi pensión con pies de plomo,
El mío, como dicen, en la huesa;
A ojos yo cerrados, tenue o gruesa,
Por dar más luz al mediodía la tomo.

Merced de la tijera a punta o lomo
Nos conhorta aun de murtas una mesa;
Ollai la mejor voz es portuguesa,
Y la mejor ciudad de Francia, Como.

No más, no, borceguí; mi chimenea,
Basten los años que ni aun breve raja
De encina la perfuma o de aceituno.

¡Oh cuánto tarda lo que se desea!
Llegue; que no es pequeña la ventaja
Del comer tarde al acostarse ayuno.

Luis de Góngora y Argote, 1623