Después de Azul… después de Los Raros, voces insinuantes,buena y mala intención, entusiasmo sonoro y envidia subterránea—todo bella cosecha—, solicitaron lo que, en conciencia, no he creídofructuoso ni oportuno: un manifiesto.

Ni fructuoso ni  oportuno:

a) Por la absoluta falta de elevación mental de la mayoríapensante de nuestro continente, en la cual impera el universal personajeclasificado por Remy de Gourmont con el nombre de Celui-qui-ne-comprend-pas.Celui-qui-ne-comprend-pas es, entre nosotros, profesor, académicocorrespondiente de la Real Academia Española, periodista, abogado,poeta, rastaquouer.

b) Porque la obra colectiva de los nuevos de América es aúnvana, estando muchos de los mejores talentos en el limbo de un completodesconocimiento del mismo Arte a que se consagran.

 c) Porque proclamando, como proclamo, una estética acrática,la imposición de un modelo o de un código implicaríauna contradicción.

Yo no tengo una literatura «mía» —como la ha manifestado unamagistral autoridad—para marcar el rumbo de los demás: mi literaturaes mía en mí—; quien siga servilmente mis huellas perderásu tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea.Wágner, a Augusta Holmés, su discípula, dijo un día:«lo primero, no imitar a nadie, y sobre todo, a mí». Grandecir.

                             *  *  *

Yo he dicho, en la misa rosa de mi juventud, mis antífonas, missecuencias, mis profanas prosas.—Tiempo y menos fatigas de alma y corazónme han hecho falta para, como un buen monje artífice, hacer mismayúsculas dignas de cada página del breviario. (A travésde los fuegos divinos de las vidrieras historiadas me río del vientoque sopla afuera, del mal que pasa). Tocad, campanas de oro, campanas deplata, tocad todos los días, llamándome a la fiesta en quebrillan los ojos de fuego, y las rosas de las bocas sangran delicias únicas.Mi órgano es un viejo clavicordio pompadour, al son del cual danzaronsus gavotas alegres abuelos; y el perfume de tu pecho es mi perfume,eterno incensario de carne. Varona inmortal, flor de mi costilla.

Hombres soy.

                             *   *   *

¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África, o deindio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués;mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosasimperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡quéqueréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer;y a un presidente de República no podré saludarle en el idiomaen que te cantaría a ti, ¡oh Halagabal!, de cuya corte —oro,seda, mármol— me acuerdo en sueños…

(Si hay poesía en nuestra América, ella está enlas cosas viejas: en Palenke y Utatlán, en el indio legendario,y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro.Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman).

Buenos Aires; Cosmópolis.

¡Y mañana!

                             *   *   *

El abuelo español de barba blanca me señala una seriede retratos ilustres: «Éste, me dice, es el gran don Miguel de CervantesSaavedra, genio y manco; éste es Lope de Vega; éste, Garcilaso;éste, Quintana». Yo le pregunto por el noble Gracián, porTeresa la Santa, por el bravo Góngora y el más fuerte detodos, don Francisco de Quevedo y Villegas. Después exclamo: ¡Shakespeare!¡Dante! ¡Hugo…! (Y en mi interior: ¡Verlaine…!)

Luego, al despedirme: «Abuelo, preciso es decíroslo; mi esposaes de mi tierra; mi querida, de París».

                             *   *   *

¿Y la cuestión métrica? ¿Y el ritmo?

Como cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además dela armonía verbal, una melodía ideal. La música essólo de la idea, muchas veces.

                             *   *   *

La gritería de trescientas ocas no te impedirá, silvano,tocar tu encantadora flauta, con tal de que tu amigo el ruiseñoresté contento de tu melodía. Cuando él no estépara escucharte, cierra los ojos y toca para los habitantes de tu reinointerior. ¡Oh  pueblo de desnudas ninfas, de rosadas reinas,de amorosas diosas!

Cae a tus pies una rosa, otra rosa, otra rosa,  ¡Y besos!

                             *   *   *

Y la primera ley, creador: crear. Bufe el eunuco. Cuando una musa tedé un hijo, queden las otras ocho encinta.

Aquí, junto al mar latino,
digo la verdad:
siento en roca, aceite y vino,
yo mi antigüedad.

¡Oh, qué anciano soy, Dios santo,
oh, qué anciano soy!…
¿De dónde viene mi canto?
Y yo, ¿adónde voy?

El conocerme a mí mismo
ya me va costando
muchos momentos de abismo
y el cómo y el cuándo…

Y esta claridad latina,
¿de qué me sirvió
a la entrada de la mina
del yo y el no yo?…

Nefelibata contento,
creo interpretar
las confidencias del viento,
la tierra y el mar…

Unas vagas confidencias
del ser y el no ser,
y fragmentos de conciencias
de ahora y de ayer.

Como en medio de un desierto
me puse a clamar;
y miré el sol como un muerto
y me eché a llorar.

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa  de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
—la princesa está pálida, la princesa está triste—,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».

Here is twilight grey and gloomy
Where the sea its velvet trails;
Out across the heavens roomy
Draw the veils.

Bitter and sonorous rises
The complaint from out the deeps,
And the wave the wind surprises
Weeps.

Viols there amid the gloaming
Hail the sun that dies,
And the white spray in its foaming
“Miserere” sighs.

Harmony the heavens embraces,
And the breeze is lifting free
To the chanting of the races
Of the sea.

Clarions of horizons calling
Strike a symphony most rare,
As if mountain voices calling
Vibrate there.

As though dread, unseen, were waking,
As though awesome echoes bore
On the distant breeze´s quaking
The lion´s roar.

En el kiosco bien oliente
besé tanto a mi odalisca
en los ojos, en la frente,
y en la boca y las mejillas,
que los besos que le he dado
devolverme no podría
ni con todos los que guarda
la avarienta de la niña
en el fino y bello estuche
de su boca purpurina.

—Allá está la cumbre.
—¿Qué miras? —Un astro.
—¿Me amas? —¡Te adoro!
—¿Subimos? —¡Subamos!

—¿Qué ves? —Una aurora
fugitiva y pálida.
—¿Qué sientes? —Anhelo.
—Ésa es la esperanza.

—¡Qué alientos de vida!
¡Qué fuegos de sol!
¡Qué luz tan radiante!
—¡Ese es el amor!

—¿Qué ves a tus plantas?
—Un profundo abismo.
—¿Tiemblas? —Tengo miedo…
—¡Ese es el olvido!

Pero no tiembles ni temas:
bajo el sacro cielo azul,
para el que ama no hay abismos,
porque tiene alas de luz.

(De Armand Silvestre)

Huye el año a su término
como arroyo que pasa,
llevando del Poniente
luz fugitiva y pálida.
Y así como el del pájaro
que triste tiende el ala,
el vuelo del recuerdo
que al espacio se lanza
languidece en lo inmenso
del azul por do vaga.
Huye el año a su término
como arroyo que pasa.

Un algo de alma aún yerra
por lo cálices muertos
de las tardas volúbiles
y los rosales trémulos.
Y de luces lejanas
al hondo firmamento,
en las alas del perfume
aun se remonta un sueño.
Un algo de alma aún yerra
por los cálices muertos.

Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.
Si te place, amor mío,
volvamos a la ruta
que allá en la primavera
ambos, las manos juntas,
seguimos; embriagados
de amor y de ternura,
por los gratos senderos
de sus ramas columpian
olientes avenidas
que las flores perfuman.
Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.

Un cántico de amores
brota mi pecho ardiente
que eterno abril fecundo
de juventud florece.
¡Que mueran, en buen hora
los bellos días! Llegue
otra vez el invierno;
renazca áspero y fuerte.
Del viento entre el quejido
cual mágico himno alegre
un cántico de amores
brota mi pecho ardiente.

Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío,
primavera inmortal!
Hermana del ígneo astro
que por la inmensidad
en toda estación vierte
fecundo sin cesar,
de su luz esplendente
el dorado raudal.
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío!,
primavera inmortal!