Yo recuerdo, Darío, que allá en mi adolescencia,
yo decía estas cosas llenas de transparencia.
Estas mismas que ahora tienen otra fragancia,
a pesar de aquel vaho de tus bueyes de infancia.
Mas por entre la niebla de mis barbas de loma
me salen los recuerdos, frescos como palomas.
Así, Rubén, lo mismo que una mano da trigo,
el pasado se cae de mis labios, y digo:
Era el tiempo en que tenía
piececitos-aviones
ante el fantasma de la policía.
Y madrugaba nuestra fantasía
para robar centavos,
antes que la mañana
tras la fragancia tibia de la panadería,
fuese de puerta en puerta
por la calle aldeana.
Blanca de mundo y de cuidados vanos
te me fugabas cuanto más crecía,
igual que el globo que se me rompía
si mucho le aventaba entre mis manos.
Y tú, como aquel globo, te pusiste a crecer.
Hoy ya no puedo, infancia, correr como corría.
Me pesa tanto el hombre que no puedo correr.
Ya ves Rubén, aquello, fue siempre manso, bueno:
corría con la lluvia, temblaba con el trueno.
¿Tú también lo recuerdas?
La barriga desnuda se chorreaba de miel,
mientras los astilleros dedotes del abuelo
a ratos fabricaban barquitos de papel.
Era un juguete el tiempo. Pero, luego a la cosa,
como tú ya lo sabes, le pusieron
más espina que rosa.
Yo no te estoy diciendo que hoy existe un Atila,
pero tiene parientes… Los que ven mis pupilas.
¿No sientes un caballo, y la gran negra capa
de un jinete que corre pisoteando este mapa?
Esto pone a la infancia a crecer de repente,
lo mismo que de súbito crece un agua de fuente.
¿Y qué pueden los Sócrates? ¿Qué pueden los Darío,
cuando como temblores subterráneos
pasan patas equinas que hacen brotar un río
de venas de llantos sobre campos de cráneos?
Mientras en las esquinas, de una ciudad remota,
la novela de un brazo que alza una mano rota,
dando cuerdas a un débil monótono organillo,
le regala a la infancia su sonoro castillo,
algo que ya no tienen los hombres de la tierra,
hoy que haciendo las paces, es que hacemos la guerra
Mañana pelearemos sin ir a la batalla,
pues es la que nos mata, la guerra que se calla,
y sólo encontraremos —si algo encontramos hecho—,
a la muerte perfecta como un odio en el lecho.
Pero ahora no quiero seguir estos detalles,
déjame que te hable de nuevo de mis cosas,
tal como si de pronto te hallaras por la calle
unos zapatos rotos…
donde un canario tiene su más cómodo nido
de poeta remoto…
Así, Rubén, ayer, y quizá con razón,
le dije cosas raras a mi Compadre Mon.
Por ejemplo:
Óyeme, Mon, un día, me enseñó a ser poeta
el retazo de cielo de un viejo callejón,
que siendo tan pequeño, me ensanchó el corazón.
Limpio como los vientos del molino aldeano
he salido desnudo en carne de conciencia,
y parece que tengo la mañana en la mano.
Hoy puede verme el hombre por mi abierta ventana.
Me hallará transparente como el agua con cielo.
¡Me enseñó a hacer mi casa la mañana!
Ya ves, Rubén, ya ves. Estas cosas las pudo
sólo escribir la mano de una vida que tiene
aún todo desnudo.
¿Cómo me haré contigo, infancia, que de nuevo,
como un traje ya viejo, pero querido, uso?
Nunca dejé de usarte. Todavía te llevo.

Lloras un agua tan clara,
que no parece dolor.
Hoy está triste tu cara.
Pero no tu corazón.

Mira un niño que corre por la playa, parece
que el otro niño, el mar, habla con él, y crece.
Allí llena de cosmos su voz la caracola,
donde nos habla en seco sólo Dios, de la ola.
Allí, también, oh mar, tú solos, ¡sin nacer!
Porque al nacer tan grandes
no te vimos crecer.
Oh tú que no te pudres, primavera del gnomo:
suma sólo del cuándo, secreto fiel del cómo.
Así, Rubén, tú rondas, tan transparente y fuerte
que de pie ya te vemos, tú velando a la Muerte.

Hay en tus pies descalzos: graves amaneceres.
(Ya no podrán decir que es un siglo pequeño.)
El cielo se derrite rodando por tu espalda:
húmeda de trabajo, brillante de trabajo,
pero oscura de sueldo.

Yo no te vi dormido… Yo no te vi dormido…
aquellos pies descalzos
no te dejan dormir.

Tú ganas diez centavos, diez centavos por día.
Sin embargo,
tú los ganas tan limpios
tienes manos tan limpias,
que puede que tu casa sólo tenga.
Ropa sucia,
catre sucio,
carne sucia,
pero lavada la palabra: Hombre.

Ahora estás aquí.
¿Pero puedes estar?
Tú dices que te llamas… Pero no, no te llamas…
Desde que tengas nombre comienzo a no respirarte,
a confirmar que no existes,
y es probable que desde entonces no te nombre,
porque cualquier detalle, una línea, una curva,
es material de fuga;
porque cada palabra es un poco de forma,
un poco de tu muerte.
Tu puro ser se muere de presente.
Se muere hacia el contorno.
Se muere hacia la vida.

Por escupir secretos en tu vientre,
por el notario
que juntó nuestros besos con un lápiz,
por los paisajes que quedaron presos
en nuestra almohada a trinos desplumados,
por la pantera aún que hay en un dedo,
por tu lengua
que de pronto desprecia superficies,
por las vueltas al mundo sin orillas
en tu ola con náufragos: tu vientre;
y por el lujo que se dan tus senos
de que los limpie un perro que te lame,
un ángel que te ladra si te vistes,
cuatro patas que piensan cuando celan;
todo esto me cuesta solamente tu cuerpo,
un volumen insólito de sueldos regateados,
un ponerme a coser silencios rotos,
un ponerme por dentro detectives,
cuidarme en las esquinas de tu origen,
remendar mi heroísmo de fonógrafo antiguo,
todo el año lavando mis bolsillos ingenuos,
atrasando el reloj de mi sonrisa,
haciendo blanco el día cuando llega visita,
poniendo gramática a tus ruidos,
poniendo en orden
el manicomio cuerdo de tu sexo;
déjame ahora
que le junte mis dudas a la escoba,
quiero quedarme limpio como un plato de pobre;
tú,
que llenaste mi sangre a caballos,
tú,
que si te miro me relincha el ojo,
dobla tu instinto como en una esquina
y hablemos allí solos,
sin el uso,
sin el ruido
del alquilado mueble de tu cuerpo.

Sentí que eras mía…
           cuando entrábamos a la gloria del amor de los amores…

Mis manos, extendidas a tus manos,
           tus ojos, clavados en mis ojos…

Despojé mi alma de sus fieros
           descubriéndote mis gracias
           y mis penas…

Y en contemplación que parecía advenir la gloria de loscielos
           nos mirábamos la cara…

Nos mirábamos
           y nuestros cuerpos dejaban esta tierra…

Nos mirábamos
           alcanzando lo sutil y lo sublime…

Nos mirábamos
           sin cansarnos a los ojos…

Tus manos se estrecharon a mis manos
           provocando una dulzura indescriptible…

Tus brazos se extendieron por mi forma
           cubriéndome con tu amor y con tu mimo…

Mis labios se perdieron en tus labios
           despertando mi pasión y mi alegría…

Y me llené de tu aliento
           empapándome de ti…

Y mis manos recorrieron tu figura
           llevándote mi amor y mi cariño…

Y te despojaste de tus linos y tus sedas
           para que no nos separara nada…

¡Y no sabía que la creación fuera tan bella!
           O que se pudiera sentir de esa manera…

Ni conocí prueba más clara
           de la belleza del amor de Dios…

 Nos mirábamos
           y nuestros cuerpos dejaban esta tierra…

Y mis ojos se posaron en tus ojos
           con sabor a mar y a mi pasado…

Tu cabello acarició mi pelvis y mi pecho…
           y ya no sé como expresar lo que sentía.

Y mi aliento se impregnó de tu aroma de mujer…
           Llenándome de tu sensibilidad.

Y embelecé tus carnes tiernas…
           llevándote mi amor y mi delicia.

El tiempo detenido… suspendido…
           el goce de la creación… sobre nosotros dos.

Y mi cuerpo se adentró en tu cuerpo
           fundiendo mi persona a tu persona…

Y mi pecho se posó en tu pecho
           haciéndote mía… en el oleaje del mar…

Y la melodía de la creación
           tú cantaste a mis oídos…

Y tu murmullo se esparció en el viento
           llevándome tu encanto y regocijo…

Y mi carne se empapó en tu intimidad
           impregnándome de tu deleite y de ti…

¡Y me llené de ti!
           una sola alma, un solo ser…

¡Y me volví parte de ti!
           como río que… ¡por fin!
           regresa y se funde en su mar…

Y nuestro amor se compenetró más allá del tiempoy la distancia
           y nuestro éxtasis fue inagotable, incontenible, inexpresable…

Y me sentí parte del ser universal
           parte de su amor… parte, de su energía…

Y me adormecí en tus embelesos
           y allí…
           donde no estábamos ni despiertos, ni dormidos…
           allí también fuiste mía…

Y te amé, como a la vida te amé
           más que a mi vida te amé…

¡Y salió el sol!… y siempre tuyo…
y salió el sol… y siempre mía…
nos mirábamos
y nuestros cuerpos dejaban esta tierra…

Bellatrix

Sentí el candor de tu presencia
volcarse hacia mí.
Palpé el fulgor de tu existencia
acurrucando mi ser…

En estos mensajes
que emergen de adentro,
me llamas por medios
implícitos y vitales…

Gestos tan fuertes
como el olor de una rosa,
gestos que pasan
desapercibidos a los demás…

El entusiasmo de tu presencia,
el regocijo de tu mirada,
tu piel erizada,
tus gestos, vestidos de primavera…

El efecto que ejerce
sobre mí tu presencia.
Este comunicar intenso
que nos habla de intensidad…

El gesto en tu cara
que refleja el encanto
que te da la conciencia
de tenerme a tu lado…

Toda tu presencia
y tu fruto en flor,
me lleva un mensaje
que me habla de intensidad…

Te acercas, me miras,
sonríes, me rozas,
con este regocijo
que te da mi mirada…

Me inquietas, me encantas,
todo me motivas,
por no sé que efecto
de tu presencia vehemente…

Hablamos de temas
y no hablamos de nada,
pues basta con verte
radiante a mi lado…

Me dices te quiero
de miles maneras,
separados por mundos
que no cruzaremos…

Y a través de esas décadas
que no cruzaremos
yo siento el raudal de tu presencia
Volcarse hasta mí…

Estoy cautivado
en este sentimiento
que con gran cuidado
hemos de disimular…

Y nuestro hablar intenso nunca será formal,
ni leerás este verso,
ni confirmaras este efecto
que tú puedes palpar…

Bellatrix

Después de veinte años…
Anoche…
—Mientras dormía—
Me visitaste….

Sentí el regocijo de tu presencia…
La armonía y la paz que vos me das…

Y recordé…
Que no te he podido olvidar…

Y sentí…
¡Que al fin!…
Había regresado…
A mi puerto y a mi mar…

¡Y me sentí completo!…
Otra vez…

Sentí tu aliento y oí tu voz…
Te tuve entre mis brazos…
Me sentí tierno en tu mirada…
Y me llené de ti…

Y desperté en tus brazos…

Y te busqué
Extendí los brazos para alcanzarte…
Y a través del tiempo te busqué…

Y comprendí lo solo que me quedado…
La enorme falta que llevo adentro…

¡Yo!…
Que creí ya haberte olvidado…
Comprendí…
…Que ya no te voy a olvidar…

¡Yo!…
Que tengo veinte años sin ver tu cara…
Sin sentir tu aliento
Y sin oír tu voz…

Comprendí
Que ya no te voy a poder olvidar…
Adiós, Amada
Mi Mar… Adiós.
—Donde estés—
Adiós…

Bellatrix

De pronto
Allí…
¡Junto a mí!
Estaba Ella…
¡Ella!

La causa del encanto…
El motivo… La promesa…
La ilusión… La delicia… Lo sutil…
¡Ella!

Me acerco, y me encuentro con su mirada…
¡De Ella!
Me siento suspendido…
Deslumbrado…
Extasiado…

Y me acerco a Ella
Como quien se adentra en la fascinación…
Y en Ella…

Me acerco a Ella…
¡A Ella!
La promesa de la vida…
Que me invita a ella…
¡A Ella!

Compartí con Ella…
¡Con Ella!
Y a borbotones me empapaba de la vida…
De la bellaza de la vida…
De la vida mía…
De la vida de Ella…
De la belleza de Ella…

Ella tenía un alma tan hermosa…
Tenía tanta dulzura…
Y tanta sabiduría…

Fue una experiencia inefable…
¡Dios mío!
Y ya no sé como expresar lo que sentía…

En el mundo existía sólo Ella…

Y tan sólo quería estar con Ella…

Embriagarme de Ella…

Sentirme de Ella…

¡Que lindo es vivir!
Dios mío
Vivir, con Ella…

Bellatrix

Canción: Quiero vivir contigo de Luis Eduardo Aute.

Dedicado a la memoria del poeta sancristobalense Osvaldo Bazil, autor delPequeño Nocturno.

Si algún día te escribo un poema,
Será un silabeo de nardos y azucenas
Que pronunciará tu nombre infinito
Alardeando de Don Juan, siendo Cupido,
Y tú me amarás como aquel día
En que descubriste a hurtadillas
Que eres arco iris, lirio y mariposa.

Hoy siento tan de cerca tu amor mío
Que me es imposible como ves ahora
Escribirte ese feliz y perspicaz poema.
Prefiero decirte que a secas yo te amo,
Sin ambages ni hipocresía,
A lo Luis Eduardo Auté,
Nunca a lo John Travolta.

Te amo despierta y luminosa.
Te amo sin paredes ni equipaje.
Te amo con las venas, la arteria y la aorta.

Como tú ya tienes una corazonada,
Sabes que de corazón yo a ti te amo.
Y no es preciso decirte nada de nada,
Ni demostrarte los pelos con sus señales,
Pues yo de las poses desfallezco
Y a mí en verdad me importa un comino
Que tú seas de derecha o feminista.

Yo soy anti-político y no soy sexista,
Pues para mí tu ser es lo que importa.
Tu ser necesita de mi horario
Para sembrarte mil hijos en las entrañas.
Tu ser necesita de mi agenda
Para que memorices cien mil versos bíblicos.

Yo soy así como tú me quieres.
Por eso hoy no me place escribirte el poema.
Ese poema que sabe a Kendia mía
Y es pintora y poeta y es mi decoro.
Aunque tú también como muchas mujeres
Ingreses a la lista negra de mis rechazos,
De todos modos yo a ti te amo.
Si algún día te escribo un poema,
El poema que tú también como muchas mujeres
Acaso o quizás o tal vez no te apetezca,
Será un poema igualito a este poema,
Letra por letra, sílaba por sílaba,
Verso por verso, de mi puño y letra.

Orlando Alcántara Fernández

¿Qué animal soy yo que me desvelo?
Parezco un simio-monstruo
Y alado me descuido.
¡Qué hermoso, Dios mío,
que entre nosotros hay bonitos y feos!
Surge deshilachado el rayo de sol
En mis pupilas.  Me veo prístino.
Dios es grandioso al crearme imperfecto.
Miro fuerte y duro a través del espejo
En que me descubro y pienso.
Y mi vista es todo un hallazgo.
Quiero amar a todo el mundo
Y abrazarme a ellos
En un enlace eterno y perpetuo.
Soy de Dios un niño mimado.
Y le digo:  “¡Padre!  ¡Papá!  ¡Papacito!
Si tu fueras yo, yo no sería tú.
No soy ni racional ni irracional.
Simplemente en la fe soy supra.
Suprarracional crezco y me embeleso.
Atado al cordón umbilical de mi madre
Resurjo del cieno y soy lapicida.
¡Qué hermoso que Dios me hizo feo!
Así no tengo que presumir y soy ingenuo.
De nada tengo que irradiar verdades;
Pues en mi feúra nadie se conduele.
Sideral:  Animal poiético.
¿Qué animal soy y por qué me desvelo?
Cristo es mi Jesús:  Tesoro, cardumen y éter.”

Orlando Alcántara Fernández