Después de veinte años…
Anoche…
—Mientras dormía—
Me visitaste….

Sentí el regocijo de tu presencia…
La armonía y la paz que vos me das…

Y recordé…
Que no te he podido olvidar…

Y sentí…
¡Que al fin!…
Había regresado…
A mi puerto y a mi mar…

¡Y me sentí completo!…
Otra vez…

Sentí tu aliento y oí tu voz…
Te tuve entre mis brazos…
Me sentí tierno en tu mirada…
Y me llené de ti…

Y desperté en tus brazos…

Y te busqué
Extendí los brazos para alcanzarte…
Y a través del tiempo te busqué…

Y comprendí lo solo que me quedado…
La enorme falta que llevo adentro…

¡Yo!…
Que creí ya haberte olvidado…
Comprendí…
…Que ya no te voy a olvidar…

¡Yo!…
Que tengo veinte años sin ver tu cara…
Sin sentir tu aliento
Y sin oír tu voz…

Comprendí
Que ya no te voy a poder olvidar…
Adiós, Amada
Mi Mar… Adiós.
—Donde estés—
Adiós…

Bellatrix

De pronto
Allí…
¡Junto a mí!
Estaba Ella…
¡Ella!

La causa del encanto…
El motivo… La promesa…
La ilusión… La delicia… Lo sutil…
¡Ella!

Me acerco, y me encuentro con su mirada…
¡De Ella!
Me siento suspendido…
Deslumbrado…
Extasiado…

Y me acerco a Ella
Como quien se adentra en la fascinación…
Y en Ella…

Me acerco a Ella…
¡A Ella!
La promesa de la vida…
Que me invita a ella…
¡A Ella!

Compartí con Ella…
¡Con Ella!
Y a borbotones me empapaba de la vida…
De la bellaza de la vida…
De la vida mía…
De la vida de Ella…
De la belleza de Ella…

Ella tenía un alma tan hermosa…
Tenía tanta dulzura…
Y tanta sabiduría…

Fue una experiencia inefable…
¡Dios mío!
Y ya no sé como expresar lo que sentía…

En el mundo existía sólo Ella…

Y tan sólo quería estar con Ella…

Embriagarme de Ella…

Sentirme de Ella…

¡Que lindo es vivir!
Dios mío
Vivir, con Ella…

Bellatrix

Canción: Quiero vivir contigo de Luis Eduardo Aute.

Dedicado a la memoria del poeta sancristobalense Osvaldo Bazil, autor delPequeño Nocturno.

Si algún día te escribo un poema,
Será un silabeo de nardos y azucenas
Que pronunciará tu nombre infinito
Alardeando de Don Juan, siendo Cupido,
Y tú me amarás como aquel día
En que descubriste a hurtadillas
Que eres arco iris, lirio y mariposa.

Hoy siento tan de cerca tu amor mío
Que me es imposible como ves ahora
Escribirte ese feliz y perspicaz poema.
Prefiero decirte que a secas yo te amo,
Sin ambages ni hipocresía,
A lo Luis Eduardo Auté,
Nunca a lo John Travolta.

Te amo despierta y luminosa.
Te amo sin paredes ni equipaje.
Te amo con las venas, la arteria y la aorta.

Como tú ya tienes una corazonada,
Sabes que de corazón yo a ti te amo.
Y no es preciso decirte nada de nada,
Ni demostrarte los pelos con sus señales,
Pues yo de las poses desfallezco
Y a mí en verdad me importa un comino
Que tú seas de derecha o feminista.

Yo soy anti-político y no soy sexista,
Pues para mí tu ser es lo que importa.
Tu ser necesita de mi horario
Para sembrarte mil hijos en las entrañas.
Tu ser necesita de mi agenda
Para que memorices cien mil versos bíblicos.

Yo soy así como tú me quieres.
Por eso hoy no me place escribirte el poema.
Ese poema que sabe a Kendia mía
Y es pintora y poeta y es mi decoro.
Aunque tú también como muchas mujeres
Ingreses a la lista negra de mis rechazos,
De todos modos yo a ti te amo.
Si algún día te escribo un poema,
El poema que tú también como muchas mujeres
Acaso o quizás o tal vez no te apetezca,
Será un poema igualito a este poema,
Letra por letra, sílaba por sílaba,
Verso por verso, de mi puño y letra.

Orlando Alcántara Fernández

¿Qué animal soy yo que me desvelo?
Parezco un simio-monstruo
Y alado me descuido.
¡Qué hermoso, Dios mío,
que entre nosotros hay bonitos y feos!
Surge deshilachado el rayo de sol
En mis pupilas.  Me veo prístino.
Dios es grandioso al crearme imperfecto.
Miro fuerte y duro a través del espejo
En que me descubro y pienso.
Y mi vista es todo un hallazgo.
Quiero amar a todo el mundo
Y abrazarme a ellos
En un enlace eterno y perpetuo.
Soy de Dios un niño mimado.
Y le digo:  “¡Padre!  ¡Papá!  ¡Papacito!
Si tu fueras yo, yo no sería tú.
No soy ni racional ni irracional.
Simplemente en la fe soy supra.
Suprarracional crezco y me embeleso.
Atado al cordón umbilical de mi madre
Resurjo del cieno y soy lapicida.
¡Qué hermoso que Dios me hizo feo!
Así no tengo que presumir y soy ingenuo.
De nada tengo que irradiar verdades;
Pues en mi feúra nadie se conduele.
Sideral:  Animal poiético.
¿Qué animal soy y por qué me desvelo?
Cristo es mi Jesús:  Tesoro, cardumen y éter.”

Orlando Alcántara Fernández

Levanto mi voz y se hace eco,
Girón almático, destello prístino,
Enloquecido temblor  del aire
Que atestigua mi presencia
En este rincón metapoético,
Enclaustrado en sostenidos y bemoles.
Ríeme, sé mi espacio y mi éter.
Giro, vuelvo, vengo.
Soy el antifaz de lo inefable;
El tragaluz de lo desquiciante.
Camino, troto, cabalgo.
Rompo promesas nunca hechas.
Formulo ecuaciones siderales
Cuando miro tu iris en tu pupila.
Desvarío, alucino, deliro.
Soy el carromato de la historia;
El pescante de mis bridas.
Acércate y hazme tuyo.
Que el amor sea plenilunio
Cuando te bese toda.
Que el amor sea arranque de furia
Cuando te acaricie las córneas.
Que el amor sea Metapoesía
Cuando te palimpseste la vida.
Ven, no huyas, aquiétame la huida.
Palimpséstame con tus fibras amánticas.
Augúrame felicidad y buenhomía.
Toma el lugar de mi cerebro
Y hazle un festín al alba.
Aurórame cada mañana, cada día.
Que tu rocío sea pleno
Como es plena mi vida.
Que tu amor sea sagrado
Como es sacra tu anatomía.
Que tu amor sea sagrado
Como es sacra tu dulzura.
Que tu amor sea sagrado
Como es sacra tu ternura.
Te remito al fondo de mi e-mail
Para que en mi página Web
Hagas click en mi fotografía.
No desesperes y ámame todo.
Sin argucias ni oquedades.
Sin medio peso ni bonos soberanos.
Sin apagones ni amenazas nucleares.
No uses armas químicas ni biológicas
Para que a tu amor yo me rinda.
Usa tu tacto, tu presencia femenina,
Su instinto felino, tu don materno,
Tu donaire de diva, tu talento amántico,
Tu figura grácil que adivino seductora
Para poblar la estela de hijos.
Y que el mar sea tu amante…
Y que la luna desaparezca…
Y que la flor sea una gaviota.
Por eso levanto mi voz y se hace eco
En lo profundo de tu retina.
No me comprendes y callo.
Soy el incomprendido
Que un día deambuló por tu cerebro.
Levanto mi nardo y se hace fuego
En el cardumen de tu amapola.
Callo y el silencio por mí habla.
Me digo que callaré por siempre
Y todo es mentira, nada es cierto.
Pues mi voz se hace tierra,
Se hace semilla, se hace trigo.
En el arcano de tus pasiones predilectas
Yo seguiré siendo el andamiaje perfecto.

Yo recuerdo, Darío, que allá en mi adolescencia,
yo decía estas cosas llenas de transparencia.
Estas mismas que ahora tienen otra fragancia,
a pesar de aquel vaho de tus bueyes de infancia.
Mas por entre la niebla de mis barbas de loma
me salen los recuerdos, frescos como palomas.
Así, Rubén, lo mismo que una mano da trigo,
el pasado se cae de mis labios, y digo:
Era el tiempo en que tenía
piececitos-aviones
ante el fantasma de la policía.
Y madrugaba nuestra fantasía
para robar centavos,
antes que la mañana
tras la fragancia tibia de la panadería,
fuese de puerta en puerta
por la calle aldeana.
Blanca de mundo y de cuidados vanos
te me fugabas cuanto más crecía,
igual que el globo que se me rompía
si mucho le aventaba entre mis manos.
Y tú, como aquel globo, te pusiste a crecer.
Hoy ya no puedo, infancia, correr como corría.
Me pesa tanto el hombre que no puedo correr.
Ya ves Rubén, aquello, fue siempre manso, bueno:
corría con la lluvia, temblaba con el trueno.
¿Tú también lo recuerdas?
La barriga desnuda se chorreaba de miel,
mientras los astilleros dedotes del abuelo
a ratos fabricaban barquitos de papel.
Era un juguete el tiempo. Pero, luego a la cosa,
como tú ya lo sabes, le pusieron
más espina que rosa.
Yo no te estoy diciendo que hoy existe un Atila,
pero tiene parientes… Los que ven mis pupilas.
¿No sientes un caballo, y la gran negra capa
de un jinete que corre pisoteando este mapa?
Esto pone a la infancia a crecer de repente,
lo mismo que de súbito crece un agua de fuente.
¿Y qué pueden los Sócrates? ¿Qué pueden los Darío,
cuando como temblores subterráneos
pasan patas equinas que hacen brotar un río
de venas de llantos sobre campos de cráneos?
Mientras en las esquinas, de una ciudad remota,
la novela de un brazo que alza una mano rota,
dando cuerdas a un débil monótono organillo,
le regala a la infancia su sonoro castillo,
algo que ya no tienen los hombres de la tierra,
hoy que haciendo las paces, es que hacemos la guerra
Mañana pelearemos sin ir a la batalla,
pues es la que nos mata, la guerra que se calla,
y sólo encontraremos —si algo encontramos hecho—,
a la muerte perfecta como un odio en el lecho.
Pero ahora no quiero seguir estos detalles,
déjame que te hable de nuevo de mis cosas,
tal como si de pronto te hallaras por la calle
unos zapatos rotos…
donde un canario tiene su más cómodo nido
de poeta remoto…
Así, Rubén, ayer, y quizá con razón,
le dije cosas raras a mi Compadre Mon.
Por ejemplo:
Óyeme, Mon, un día, me enseñó a ser poeta
el retazo de cielo de un viejo callejón,
que siendo tan pequeño, me ensanchó el corazón.
Limpio como los vientos del molino aldeano
he salido desnudo en carne de conciencia,
y parece que tengo la mañana en la mano.
Hoy puede verme el hombre por mi abierta ventana.
Me hallará transparente como el agua con cielo.
¡Me enseñó a hacer mi casa la mañana!
Ya ves, Rubén, ya ves. Estas cosas las pudo
sólo escribir la mano de una vida que tiene
aún todo desnudo.
¿Cómo me haré contigo, infancia, que de nuevo,
como un traje ya viejo, pero querido, uso?
Nunca dejé de usarte. Todavía te llevo.

Lloras un agua tan clara,
que no parece dolor.
Hoy está triste tu cara.
Pero no tu corazón.

Mira un niño que corre por la playa, parece
que el otro niño, el mar, habla con él, y crece.
Allí llena de cosmos su voz la caracola,
donde nos habla en seco sólo Dios, de la ola.
Allí, también, oh mar, tú solos, ¡sin nacer!
Porque al nacer tan grandes
no te vimos crecer.
Oh tú que no te pudres, primavera del gnomo:
suma sólo del cuándo, secreto fiel del cómo.
Así, Rubén, tú rondas, tan transparente y fuerte
que de pie ya te vemos, tú velando a la Muerte.

Dios, mi locura es nunca amarte.
Desaprensivo arraso con las calles.
Atila moderno, despiadado humano.
Busco perdón y te he encontrado
Encarnado en María, Jesús mío.
Jamás me plugo Tu mirada inocente
Y ahora con alevosía te ofendo.
No mueves mi pluma ni mi tinta;
Pero en Tu sangre limpias mi pecado.
Sufrimiento atroz el Tuyo, Cristo.
Dios Padre te abandonó por mí
Para reconciliar todo mi ultraje.
Dios Espíritu gimió contigo pleno
A cada paso de mi mayor pecado.
Dios Hijo eres Tú, Jesucristo amántico.
¡Lava mi consciencia!  ¡Misericordia!
Me es difícil amarte por mis pecados.
El prójimo sospecha en mí la afrenta
Y no hay paz en mi corazón hirsuto.
Sé que te apiadarás de mí mañana
Cuando deje de sentir y de pensar
Y sólo confíe en mi creer, mi fe.
La salvación es nácar encaramelado.
Ya no busco mi orgullo: ¡Clemencia pido!
Liberas mi alma en un dos por tres.
Tu gracia liberta y es abundante.
Vida Eterna en Cristo, ¡sólo en Cristo!
¡Gracias, Señor mío, Salvador Jesucristo!

Orlando Alcántara Fernández

Hay en tus pies descalzos: graves amaneceres.
(Ya no podrán decir que es un siglo pequeño.)
El cielo se derrite rodando por tu espalda:
húmeda de trabajo, brillante de trabajo,
pero oscura de sueldo.

Yo no te vi dormido… Yo no te vi dormido…
aquellos pies descalzos
no te dejan dormir.

Tú ganas diez centavos, diez centavos por día.
Sin embargo,
tú los ganas tan limpios
tienes manos tan limpias,
que puede que tu casa sólo tenga.
Ropa sucia,
catre sucio,
carne sucia,
pero lavada la palabra: Hombre.

Sin rubor por ti defino el amor
Y me siento en la cátedra de la vida
Para trazar pautas y dictar novedades.
Por un instante me creo Dios
Y decreto que a sueldo fijo te amo,
Sin plazo, a tasa cero y sin mesura.
Luego sé que no soy Dios
Y en mi piel de barro y polvo,
Ajada y maltratada, esquiza y neurótica,
Proclamo que a ciegas yo te amo
A pesar de la abulia y la modorra,
Aunque no sepa hasta cuándo,
Pese a que no sé si es útil o prudente.
En mis pancartas y consignas
Tú eres, Kendia, mi mejor panfleto
Y te enarbolo por las calles irredento
Para enrostrarle al mundo su desamor.
Al pensarte de todos me vengo
Y no sé para qué vivo ni para qué pienso.
En la revuelta inagotable de lo eterno
Mi eclecticismo nunca cesa
Y es agnosticismo, escepticismo y nihilismo
Servidos en dosis dietéticas.
Por eso defino el amor
De un modo turbulento
Y digo que es una fecha siniestra,
Digamos un catorce de febrero,
Y digo que es un año funesto,
Digamos un dos mil dos,
Y digo que es un espacio truculento,
Digamos el Internet Omni-Poético,
Y al deslindar los parámetros
Defino el amor en seis letras:
Ka, E, Ene, De, I, A: Simplemente KENDIA.

Orlando Alcántara Fernández

Ahora estás aquí.
¿Pero puedes estar?
Tú dices que te llamas… Pero no, no te llamas…
Desde que tengas nombre comienzo a no respirarte,
a confirmar que no existes,
y es probable que desde entonces no te nombre,
porque cualquier detalle, una línea, una curva,
es material de fuga;
porque cada palabra es un poco de forma,
un poco de tu muerte.
Tu puro ser se muere de presente.
Se muere hacia el contorno.
Se muere hacia la vida.