[Tantas veces me he despedido de la puta poesía, como si fueseyo un Rimbaud
envejecido, pero siempre regresan sobre mi cabeza las palabras,arregladas
en torno a una emoción que se desangra, como polillas locassobre el farol,
me asaltan y caigo en esa punzante tentación, que viola yultraja
dulcemente,las palabras.]

                                   *

Eso que lanzas al viento: palabras, vivas palabras.
Esqueletos menudos entre tus escuálidos brazos,
cubiertos por la macilenta piel del hambre.
Continúa la procesión del sol por estos trópicoscercanos,

la garza real y las iguanas verdeazules de un sueño largamenteanhelado
y postergado por los hombres miserables.
En el diván sicoanalítico se nos muere el cadáver
que alguna vez la humanidad resucitara en Masa.

Eso, eso que lanzas al viento,
cantos dorados que brincan y danzan sobre la plata del lago,
acaban hundidos en el lodo del alma;

la honda que vibra, molino en el aire,
no atina ya contra el Goliat de la desesperanza.
Eso que lanzas al viento: palabras, en carne viva palabras.

Edgar E. Ramírez Mella

“bajo su corazón creció la piedra,
su muerte es un llanto deniño por el páramo.”

Ted Hughes

La muerte, más probable que nunca,
certera aunque velada,
se acerca, gaviota,
onda salada
en la mica y el cuarzo de cuerpos,
que parecieran miembros deseantes,
y en esos ojos enemigos del palmar
como la impronta que agravia los racimos
e impide todo acceso
hacia la luz.

El músculo no acierta la sonrisa,
—falso desvivir—,
que nos roban todos
los que acechan cobardes en la esquina.

Entonces sé:
duerme la verdad,
yace, muy abajo allá
lejos
de tus labios,
y el dolor de esas caricias.

Probable, más que nunca, ¡ah la muerte!
hembra de cieno y pútridas manzanas.

Edgar E. Ramírez Mella

toda,
toda esa sonrisa sobre el agua es mi ciudad dormida,
estupenda y delirante sobre la bruma y debajo de las palmas locas…

algunos dioses han caido hoy en los corazones de sus sencilloshabitantes y
saludan como una infinita danza en los ojos del niño que ayerperdimos en la
esquina de unos labios…

la luna raja el horizonte y esta paz… esta paz que es mucha paz, paramis
huesos, levanta cadáveres solísimos…

ah, doncella ciudad que te peinas en mis olas de caribe,
con tinglares majestuosos, visitantes nocturnos;

…aguardamos aquí otros pulsos de otras ciudades exquisitas,con este
corazón y este sexo repleto de líquidos deseos ysonámbulas sonrisas…,

pensamos desde nuestra plaza tropical en tus orgías…firenzevenecia paris
barcelona sevilla nueva york estambul o hiroshima ¿porqué no? bomba ¡ay!,  
bombay.

acudir, esplendidos viajeros, llegad …acá la mar esta calientey somos tan
alegres hoy bajo todas las estrellas…
acudir a mi ciudad viajeros, tengo un balcón para contaros
todo este dolor y toda la alegría…

mi pequeña ciudad reflejada sobre el agua, sonrisa viva ycaliente,
espejismo de rones y bellaquísimos asombros…, largas, largasprocesiones
de horrores y delicias.

Edgar E. Ramírez Mella

“Nada es bastante real para un fantasma”

Enrique Lihn

Un frío de vértigos por los labios,
un frío sin nombre que recorre mis venas
se aposenta en los ojos,
un gélido aliento ha borrado mi nombre en su risa
y un alud de moradas escarchas ha sellado su boca.

Vestigios de catástrofes y naufragios hoy pueblan las noches.

Quedan las ratas sigilosas deslizándose
por las orillas de la oscuridad, que se rohe
las uñas en este ciclo de muerte, y nervios
quebrados de los marchitos y astillados sueños
desterrados ahora sí del paraiso.

Un árbol de pájaros y corazones que se pudre en eljardín de la memoria.
Un árbol parado al borde de la sombra
con ramas donde cuelgan las doncellas ahorcadas
donde pálidas brisas acarician los órganos líbidos,
vacios hoy de sentimientos.

Ateridos aullidos en las apretadas y desgarradas bocas.

Un golpe de aguas
barrunto de chispas, de pedernales y machetes,
desbordados los cauces negros del río mortuorio
que aniquiló las esperanzas paupérrimas y ya podridas.

(las agónicas nubes de las ciudades deshauciadas
auspician todo esa muerte promisioria del terror y la nada)

Recuerdo entonces los inolvidables aceros de su corazón.
y los dientes rotos contra el muro de las traiciones.

Como un pálido viudo sin vals ni primaveras:
un barco negrero con traficantes crueles
vaciando su carga humana en los acantilados
inhóspitos del dolor.

Todo este horizonte pintado de inmundicia
alimenta los días que nos quedan por morir
en este pais que juega a la traición y a la mentira
del nunca jamás —su eterna cobardía.

Putrefactas médulas sostienen los huesos del miedo.

Y yo sólo soy, nave sin regreso,
un terco peliador en medio de la noche
surcada de relampagos de balas y rabiosas navajas.

Edgar E. Ramírez Mella

Los viajeros del tiempo y del sueño
argonautas de ciudades de uranio
en sus cámaras y cápsulas de puros metalesalienígenas,
nos invitan auspiciosos,
—desollándose vivos,
                       prendidos de eslingas,
escarpias y ganchos adiamantados y asépticos-,
a sacarnos la piel como una vestimenta de hule
móvil,
            mudable,
—en carneviva, exhibiendo sus venas violetas y carnes rosadas—
una monda sanguinolenta que eriza la razón
y mantiene erectos los pelos de la nuca.

Declino la invitación lleno de un mágico espanto.
Y observo y espero:
fumando pequeños pedazos de nada,
pesada
            plomiza,
por boquillas de carbunclo y mangas translúcidas,
vivas substancias vacias, volátiles,
densa antimateria que se cuela hacia el alma.

De súbito llegan milicias seráficas
en una batida de lasers y espadas flamantes;
huímos entonces perseguidos por el aliento
y la sombra, infusos de espanto,
por los corredores de las ciudades de angustia
que pintara Chirico, solísimos claustros.

Despertar…
—Frío sudor de escalpelos-
con un sabor en la lengua y los labios
a terribles e inusitados narcóticos:

El corazón golpeando las sienes con pedernales y rayos.

Edgar E. Ramírez Mella

(En recuerdo del amigo
y poeta LuisCartañá)

Tenía que ser la lluvia
raudal de nubes furiosas
llanto en el viento, canción del norte,
la lluvia cristal, tamborcito de hojalata sobre el techo,
líquida culebra de las cunetas de ciudades hambrientas,
llamando a mi corazón que ávidamente
devora el tiempo como una fruta tierna.

La lluvia enemiga del polvo insistente sobre el librero
cae copiosamente, se instala bajo el sol,
traspasa las suelas de mis botas,
toca mis pies, —eléctrica humedad del aire—,
mientras diseña un arco iris;
la lluvia lija los huesos de los cementerios,
se troca amante de aquellos que partieron
con todos sus velámenes hinchados
por los abscesos del amor,
enfermos por el beso
y su pasión incierta pero clara
como las recién abiertas gardenias del balcón.

La lluvia no sabía yo que traía tus mensajes
y esta tarde me encontré con la noticia:
el loco desenlace que me hace más pobre aún de lo que hesido;
la lluvia no sabía yo
que me traía susurrando tu nombre de poeta;
tus trucos de gitano y saltimbanqui
se quedaron cortos con ésta tu fuga permanente.

¡Oh, viejo amigo!:
nuestras soledades se saludan
todavía frente al mar de Caguabo,
yo corro a la montaña en busca de algún bar con vellonera
que sepulte la historia mientras tú,
quedas solo sobre la roca en la orilla,
como un pequeño príncipe de cuento
llorando por su espada de madera que ha perdido
y su corcel de estrellas.

La lluvia no sabía yo
que hablaba del adiós más duradero:
quedaba absorto y no entendía
ni escuchaba yo tu voz desde tan lejos.
La lluvia no sabía yo que me traía
el eco de tu adiós involuntario,
amante interminable de esos ángeles locos
con que el cielo nos castiga,
y no caía yo que era un telegrama
escrito con la sangre, esa sangre
con que solías escribir cada poema,
un S.O.S. desde el asedio de las soledades.

Dos semanas hace, —me aseguran—,
que marchaste hacia tierras más ligeras
y la lluvia lleva dos semanas golpeando las persianas
y no sabía yo que eran los nudillos de tu mano delíquenes y hierba
y no sabía yo que eran tus brazos de pescador callado
y no sabía yo que era tu alegría
como una manzana y una mandarina ebrias
y no sabía que eran los juglares con laúdes y vihuelas
entonando las canciones olvidadas
y eran de pronto golpetazos sordos
como la muerte de esos humanos dioses
y eran el nardo que crecía vertical en tu jardín
y esos labios gruesos que pusieron límites al mar.

Yo había salido a buscarte y me decían que ya túno vivías
en tu casa, en nuestra casa de peces voladores,
conchas y abanicos marinos,
en tu casa, en nuestra casa de horizontes de sal
que la luz no cesa aún de golpear…
Yo que estaba planeando nuestro encuentro,
escogiendo el vino… como si fuésemos
dos amantes de novela barata
que el destino alejara mucho tiempo atrás.

La lluvia, raudal de recuerdos agolpados,
alegres, súbitos y crueles;
ahora que me han dicho que la muerte
se enredó con tus cabellos
quedo en silencio escuchando la lluvia
arpa en el viento, clavicordio en el mar,
atento a tu voz humilde como el mimbre
y altiva como la piedra más dura que cayese del cielo.

Edgar E. Ramírez Mella

He aullado por tu alma
como lobo rabioso he aullado alucinado
todas las lunas llenas del amor inmemorial.

He aullado persiguiendo tus pasos por esquinas
y tugurios donde reconocen tu sombra
y cornisas de los rascacielos de babeles de sueño
y ciudades sonámbulas detrás de los espejos másdiáfanos.

He bebido días enteros con sus noches en cálices amargos
he sabido esperarte bajo la sombra de otro amante
por encima de otras bocas que han querido inútilmente
robar ese sabor a mi que llevas en tu lengua.

He salido corriendo de mi casa
quedando desolado en medio de la calle
y al fin llegas vociferando lunática mi nombre a mis espaldas:
me alcanzas en el correr de avenidas desiertas,
Ah !  entonces mis ojos apagados recuerdan todos los aullidos
toda la ausencia y ya no puedo devorarte
avalanzarme sobre tus tibias entrañas   lamer tus manos
tu cara y tu sexo dulce de náyade y pato salvaje,
sólo balbuceo   torpe   cántaroroto    prematuro semen derramado
sobre las sábanas y tu gran sonrisa insatisfecha hechavómito
gelatinoso y corrosivo en la pequeña habitación iluminada
con tu cuerpo que vuelvo a perder,
irremediable tu alma sin rescate.

El alba sin tus cabellos castaños y tus nalgas de princesa
taladra mi corazón de lobo
y vuelvo a ser irracional aulliido
traspasado por los obscuros yelos de la luna
invocando tu alma en el infierno sin mis labios.

Edgar E. Ramírez Mella

Guardo el fuego,
lo traslado de asentamiento en asentamiento,
—llevo un tizón ardiente—
lo deposito en el centro,
justo en el medio, donde arderá de nuevo
la hoguera comunal.
Luego se pintarán de luz
los vegetales iglúes del poblado,
de la comunidad del pájaro marino
que pesca en la orilla junto a las rocas.

Edgar E. Ramírez Mella

“Amo lo tenaz que aún sobrevive en mis ojos”

P. Neruda

Alzo los ojos, futura habitación de nerviosos gusanos,
más allá de los vientos terrestres
saturados de plegarias de profetas de la guerra y la muerte,
alzo los ojos, más allá de la lluvia
a cántaros de zinc y de cristal sus tintineos,
—pálida sangre sobre los tejados—,
más allá de la ausencia y mis brazos desiertos,
saco la lengua y alcanzo entrepiernas astrales y ojivas celestes
hasta lamer el vacio intenso y fértil.

En la ciudad  ningún rosal florece,
ejército de pasos y paraguas,
timbres de teléfonos lejanos,
mudos reflejos de televisores y neones nocturnos,
furtiva e inútil solidaridad de relojes veloces,
desamor de quienes dormían en mi sueño y soñaronmi almohada.

Para ese dolor no bastan los fuertes licores de las islas
ni los mágicos frutos del shamán,
para ese dolor, que no es dolor, no bastan esos cuerpos
que no se repetirán con la mañana próxima,
no el débil brazo del amigo más fiel,
frágil y vano como el día más cercano ahoraextinto,
para ese dolor, no,    no bastan
ni el preñado vacio ni el loto esplendoroso…

Entonces bajo los ojos por la arena y la espuma y el musgo
y el beso que rodó por el suelo y el polvo,
y dejo a los vientos jugar con mi pelo
donde quiera ir la libertad arrojando mi suerte.

Edgar E. Ramírez Mella

Pero ya no siembro
ni manejo el curso de los ríos.
Ya nunca más.
Me uno a los bailarines de Dios
(diosmar – dioscolina – diosalbatros)
danzamos hasta el éxtasis y el delirio,
caigo en el lodo,
y siento un olor como el almizcle,
huelo la miel negra
en las entrañas de la tierra,
introduzco mis dedos en la estrecha y obscura cavidad,
madriguera de laboriosas abejas y el dulce,
dulcísimo nectar, me hace olvidar,
la sangre y el dolor;
mientras soy tomado brutalmente,
—desflorado por el Numen—
por todos mis compañeros danzantes,
soy embestido una y otra vez
por sus miembros como pedernales brillantes.

He pasado la iniciación de estío,
de noche, y al fin ya solo, contemplo el guiño
de los ojos en la piel de la noche;
mis compañeros me han dejado,
postrado y exhausto frente al ídolo nuevo del solsticio deverano;
mis compañeros han dejado
cerveza, de dátil y maiz,
en la entrada del nicho en la piedra,
de donde surgiré al alba orgulloso y radiante.

Edgar E. Ramírez Mella