Do say when I die… (and may the day be far)
That haughty and disdainful, prodigal and turbulent,
In the insatiable vital ecstasy
He was a flame in the wind…

He wandered, sensual and sad, in the islands of his America;
In a pine grove of Honduras he strengthened his breath,
The Mexican land gave him his rebelliousness,
His freedom, his strength… And he was a flame in the wind…

From unfathomed depths he went up to the stars,
In his accent an unknown pain vibrated.
He was wise in his abysses —and humble, humble, humble—
Because he is nothing but a little flame to the wind.

And he knew of lugubrious things, so deep and lethal,
That human lyre could never clarify,
And no one has understood his tragic lament…
He was a flame in the wind and the wind put it out.

Porfirio Barba Jacob
Translator: Nicolás Suescún © 2006
http://colombia.poetryinternationalweb.org

Man is a vain, variable and fluttering thing,,,

MONTAIGNE

There are days when we’re so variable, so variable,
As the light blade of grass to the wind and chance.
Maybe glory smile to under other skies heavens,
For life is clear, billowy and open like the ocean.

And there are days when we’re so fertile, so fertile,
Like the fields in April, trembling with passion:
Under the generous influence of spiritual rains
The soul sending out bowers of illusion.

And there are days when we’re so placid, so placid…
—Childhood at sunset, sapphire lagoons!—
That a verse, a trill, a hill, a passing bird,
And even one’s own sorrows make us smile.

And there are days when we’re so sordid, so sordid,
Like the obscure entrails of obscure flint:
Night surprises us with its profuse lamps,
Measuring out Good and Evil with sparkling coins.

And there are days when we’re so wanton, so wanton
That women offer us their flesh in vain:
After girdling a waist and caressing a breast,
The roundness of a fruit makes us tremble again.

And there are days when we’re so gloomy, so gloomy,
Like in a gloomy night the crying of a pine grove.
The soul moans then with the pain of the world:
Perchance not even God himself can give us solace.

But there is also, oh Earth, a day… a day… a day
When we weigh anchor never to return…
A day when ineluctable winds blow by,
A day when no one can retain us any longer!

Porfirio Barba Jacob
Translator: Nicolás Suescún © 2006
http://colombia.poetryinternationalweb.org

Nada a las fuerzas próvidas demando,
pues mi propia virtud he comprendido.
Me basta oír el perennal ruido
que en la concha marina está sonando.

Y un lecho duro y un ensueño blando;
y ante la luz, en vela mi sentido
para advertir la sombra que al olvido
el ser impulsa y no sabemos cuándo…

Fijar las lonas de mi móvil tienda
junto a los calcinados precipicios
de donde un soplo de misterio ascienda;

y al amparo de númenes propicios,
en dilatada soledad tremenda
bruñir mi obra y cultivar mis vicios.


Porfirio Barba Jacob

Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
un niño, una canción… Y, sin embargo,
nada sabemos hoy, hermano mío.

Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado.

Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.

Nunca sabremos nada…

¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?
Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos nada…

¿En qué grutas de islas misteriosas
arrullaron los Números tu sueño?
¿Quién me da los carbones irreales
de mi ardiente pasión, y la resina
que efunde en mis poemas su fragancia?

¿Qué voz suave, que ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?

Todo inquirir fracasa en el vacío,
cual fracasan los bólidos nocturnos
en el fondo del mar; toda pregunta
vuelve a nosotros trémula y fallida,
como del choque en el cantil fragoso
la flecha por el arco despedida.

Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos nada…

Y sin embargo…
¿Qué mística influencia
vierte en nuestros dolores un bálsamo radiante?
¿Quién prende a nuestros hombros
manto real de púrpuras gloriosas,
y quién a nuestras llagas
viene y las unge y las convierte en rosas?
Tú, que sobre las hierbas reposabas
de cara al cielo, dices de repente:
—«La estrella de la tarde está encendida».
Ávidos buscan su fulgor mis ojos
a través de la bruma, y ascendemos
por el hilo de luz…

Un grillo canta
en los repuestos musgos del cercado,
y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado…


Porfirio Barba Jacob

A blue mount, a wandering bird,
an oak tree, a prairie,
a boy, a song… And, all the same,
my brother, we know nothing now.

Blotted out the paths in the shadows,
the heart of the mount is closed down;
the shepherd’s dog tragically howls
amidst the grass of the sheepfold.

Rest your fatigue on my fatigue
that I may rest my sorrow on your sorrow,
and cry, like me, for the influence
of the evening, translucent and serene.

We will always know nothing…

Who put in our yearning soul,
this vague rumor of foundering seas,
this unbound emotion,
these vain chimeras, this useless ?
In this constant uneasiness, my brother,
we will always know nothing…

In which islands of mysterious caves
did the numens lull you to sleep?
Who gave me the unreal fuel
of my ardent passion, and the resin
that effuses its fragrance in my poems?

What divine anxiety, what soft voice
has in our anxiety its resonance?

All inquiries fail in the void
as the nocturnal fireballs foundered
at the bottom of the sea; all questions
return to us, tremulous and frail
the moment the arrow thrown by the bow
hits against the rough escarpment.

In the rambling impulse, my brother,
we will always know nothing…
                                  And yet…

What mystical influence
pours into our pains a radiant balm?
Who hangs from our shoulders
a royal mantle of glorious purple,
and who comes to our wounds
and anoints them and turns them into roses?

You, who lying on the grass
facing the sky, suddenly say:
«The evening star is lighted»
Avid, my eyes look for its brightness
through the mist, and we ascend
by the thread of light…

                                  A cricket sings
in the regrown moss of the stone hedge
and a conflagration of stars rises
in your breast, calmly facing the evening,
and in my breast, in the evening, appeased…

Porfirio Barba Jacob
Translator: Nicolás Suescún © 2006
http://colombia.poetryinternationalweb.org

El alma traigo ebria de aroma de rosales
y del temblor extraño que dejan los caminos…
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.

Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.

Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.

Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.

Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles… ¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!

Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena…
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!

Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.

Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.

Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.


Porfirio Barba Jacob

Pintad un hombre joven… con palabras leales
y puras; con palabras de ensueño y de emoción:
que haya en la estrofa el ritmo de los golpes cordiales
y en la rima el encanto móvil de la ilusión.

Destacad su figura, neta, contra el azul
del cielo, en la mañana florida, sonreída:
que el sol la bañe al sesgo y la deje bruñida,
que destelle en los ojos una luz encendida,
que haga temblar las carnes un ansia contenida
y que el torso, y la frente, y los brazos nervudos,
y el cándido mirar, y la ciega esperanza,
compendien el radiante misterio de la vida…


Porfirio Barba Jacob

¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
Era como el convólvulo —la flor de los crepúsculos—,
y era como las teresitas: azul crepuscular.
Nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
grato a todos los ojos y a todos familiar.

En aquel pueblo, olían las brisas a azahar.

Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo:
su cabellera rubia en el balcón,
su linda hermana Julia,
mi melodía incierta… y un lirio que me dio…
y una noche de lágrimas…
y una noche de estrellas
fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo…

Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo
amaban con mi amor las músicas del río;
las noches blancas, ceñidas de luceros;
las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
el son de las guitarras,
y, entre quimeras blondas, el azahar volando…
Todos teníamos novia
y un lucero en el alba diáfana de las ideas.

La Muerte horrible —¡un tajo silencioso!—
tronchó la espiga en que granaba mi alegría:
¡murió mi madre!… La cabellera rubia de Teresa
me iluminaba el llanto.

Después… la vida… el tiempo… el mundo,
¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo!

No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta.
¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba,
ingenua, virilmente resignada:
refería querellas
del pueblo, de mi casa, de un amigo:
«Se casó; ya está viejo y con seis hijos…
La vida es triste y dura; sin embargo,
se va viviendo… Ha muerto mucha gente:
Don David… don Gregorio… Hay un colegio
y hay toda una generación nueva.
Como cuando te fuiste, hace veinte años,
en este pueblo aún huelen las brisas a azahar…»

¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo,
la flor de los crepúsculos!


Porfirio Barba Jacob