Quiso mostrarte la clemencia santa
y te infundió su soberano aliento,
puso en tus ojos luz de firmamento
y del ángel el trino en tu garganta.

Y admirándose al ver belleza tanta,
Baja —te dijo— al valle del tormento,
y cuando el hombre en negro desaliento
clame: ¡NO EXISTE DIOS! mírale y ¡canta!

Y tú, cisne del cielo, la armonía
nos revelas del cielo al escucharte;
yo, que olvidando al cielo ya tenía,

enviada del Señor, quiero cantarte,
que aunque la fe del alma apagó el llanto,
donde Dios se revela, allí le canto.

Antonio Plaza Llamas

En el más cariñoso lecho
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.

Muelle, el ala del ángel blanco
¡qué piedad, que ternura al fin!—
primera vez roza mis hombros
como el arco roza el violín.

Esta frescura de saber
que también nos vamos de aquí,
¡qué novedad en la conciencia,
qué persuasión blanda y sutil!

¡Qué conformidad, que tersura,
qué dejarse ir!
Sus filos y puntas los actos
redondean al llegar a mí.

Ni la sangría del estoico
que se amenguaba sin sentir,
ni el áspid que penas besaba
el botón de ansioso carmín:

Lento declive, y tan seguro
—hinchado de sí—
que ni da lugar a lamentos
ni a temores, ni

siquiera al vago cosquilleo
de ese minuto por venir
en que se ha de abrir a mis ojos
algo que se tiene que abrir.

¡Qué natural lo que se acaba
cuando ya se acaba por sí!
Voy con la razón satisfecha,
dormido, contento, feliz.

¡Y yo que viví tantos años,
tantos años como perdí,
sin dar oídos a la esfinge
que susurraba junto a mí!

Yo no sabía que la vida
se reclina y se tiene así
en esa gula de la nada
que es su diván, es su cojín.


Alfonso Reyes

When all the ants have come out of the clock
and the door to solitude opens at last,
death
will no longer find me.
She will look for me among trees driven mad
by the silence of one thing beyond another.
She will not find me on the raveled plateau
sensing her at the source of a rose.

I am slicing the fruit of insomnia
with a hand accidentally slashed.
And my house is open and undefended,
for death will no longer find me.

And she will have to seek me above trees and among clouds.
(Voice kindling fruit and color!)
And I cannot wait for her: I have a date
with life, at the windows of a song.

I hear steps — very far away?…
There’s still time to escape.
For the night to raise its stars,
a deep sound of shadows fell onto the sea.

And the blood explodes against my heart.
The falling dusk is so bright that I can undress.
Then when death comes to seek me,
she will find only my clothing.

Carlos Pellicer
Translation by Rachel Benson

La selva, gran verdad con tanto engaño.
Es una realidad empedernida.
Todo es igual, se suicida la brújula. Se niega
la entrada al sol. Flores y pájaros
llevan en la garganta una penumbra
que acontece en el alma de las cosas
cuando el hombre…
Integridad de un material esbelto.

Lo verde está en el tiempo, en la textura
de los estados de ánimo del bosque.
Lo verde es un incendio que destruye
las oportunidades de la aurora.
Lo verde es la verdad, la deplorable
verdad de tantos verdes, la conjura
de la verde verdad que oculta el sueño,
lo irresponsable del secreto oculto.
El verde es un color hospitalario:
en tanto más oscuro, más humano.
En la lenta explosión del mediodía
la luz hace del trópico un Sebastián sangrante.
Entre la súplica de los atardeceres,
el verde es tinta china,
es la luz refugiada en lo más negro,
edificada silenciosamente
por la vegetación en libertad.

Con las manos arrodilladas
acato el primer paso de la Noche.
Y en la humilde soberbia que da el cielo
con la sabiduría en las estrellas,
entro en la noche como nada limpio,

en un claro del bosque, abandonado.
Y aquí estoy con el timbre de otra voz
que tuve cuando el viento fue mi cuerpo.
Se siembra en mi garganta una semilla
que algún día
será lo que de mí pueda quedar.

Un charco en que se pudre la luz misma
o inmovilizan párpados de muerte.
El agua en tuberías de bejuco
dada al conocedor del laberinto
de vidrio de la sed.
Fragmentos de jaguar muerto de sed
como una luz jamás amanecida.
En tanta realidad el sueño crea
la muerte de las cosas. Una noche huracán,
el relámpago, jaguar instantáneo que saltó
sobre el mundo, da luz y en la sombra del rugido
se estremece el desorden de la selva.

El problema del bosque es exceso de vida.
Ya no hay donde poner nada.
Hay pequeñas libélulas azules
que hacen de ciertas flores una lágrima.
Las flores solidarias de los pájaros
en el vuelo impalpable de la inmovilidad.
Y hay olores que son
gusanos transparentes con sonido.

Como nunca es de noche ni de día,
el tiempo es medio tiempo.
Hay voces que lo llaman a uno
sin motivo.
Voces parecidas a otras voces
que uno escuchó siguiendo una lectura.

La tierra está debajo de la tierra
y más abajo el tiempo
que ignora a veces lo que está pasando.
Abre una flor sin que lo sepa nadie
y así, no existe el tiempo.

En la selva uno se pregunta:
«¿Y yo qué carajos hago aquí
si no hay adonde ir?
Uno dice sí, para negarlo todo».

La carcajada de un pájaro
en esta soledad sin garantías
nos avisa del peligro
de pensar en él.

El árbol del pan
o el bejuco de agua,
¿mitología o están?
Es tanto lo que está
que ya urge colocar
los ceros a la izquierda.
Cada hoja que cae es un cero a la izquierda
hasta cifrar la angustia
en la unidad que soy.
Puede acabar el tiempo en un instante
y no tener ya tiempo para huir.

Pero mi piel está quieta:
ha comenzado la fraternidad.
Sumar. Restar. Multiplicar y dividir.
La muerte alimentada con la vida
en el primero y último compás.

El dónde estoy va desapareciendo;
es la consigna de la fraternidad,
Luz verde a todas partes
a condición de no moverse.

La estatua incomparable
inaugurada para siempre.
Libélulas azules,
volúmenes enormes, ya destruidos.

Recuerdo una ocasión en que unas flores negras
algo dijeron en mis narices.
Se me nubló la vista,
caí sobre la industria de las hojas,
y un trago de aguardiente con anís
me devolvió mi nombre.

En la noche sale a hablar
todo cuanto uno no imagina.
Mitin de multitudes invisibles,
unos duermen de día, otros hablan de noche.
Se genera una hoja con insectos
que sin verlos hacen daño.

Cunden
y se esconden.
Toda la maquinaria del trabajo
es fruto del silencio vegetal.

Aquí se aprende a leer
pensando en muchas cosas.
De la idea a la palabra,
un instante milenario.

Sólo en ciegas parálisis,
los hongos, intocables esculturas
se solidarizan con los miguelángeles.
En inmovilizados cuartos de hora
se proyectan las grandes destrucciones.
¡Ay de los grandes árboles
cuando el rayo volatiliza
las torres de la atmósfera!

Yo recuerdo mis manos inútiles
entre aquel verdor cósmico
que piensa huir
bajo el abismo hostil que a nada escucha.
Lo animal se oculta pavorosamente
y uno es vegetación desesperada.
El venero es azul consigo mismo,
el infinito azul de los orígenes,
que morirán azules algún día.
El bosque estremecido da la vida
a tanto corazón de muerte palpitante.
Y hay que empezar de nuevo
la aventura enraizada
y la guirnalda festival del aire.

Aquí todo está fuera de comercio.
Nada tiene que ver con uno. La poesía
es más espacio que tiempo.
Uno dice la palabra poesía
y no sabe lo que dice.

La voracidad de unas hormigas
interrumpió la cadencia del bosque.
Aquí fácilmente la verdad es mentira
y por lo mismo todo está inventado
con lo que a usted le dé la gana.

Cuando después de siglos de enseñanza
se derrumba una ceiba,
el boquete de sol que se construye
crea opiniones sobre la existencia.
Tanta sabiduría a la intemperie
es una inmensa desnudez de sangre.

En medio de la selva
se habla con la mirada a media voz.

Los ruidos industriales de la noche
lo hacen pensar a usted en el dinero
que se gasta para no poder callarse.

El Reino Vegetal cuyos decretos
se firman en secreto.

Útiles despilfarros, atlético desorden.
De un manotazo pumas y jaguares
destruyen las cortinas de una fiesta de orquídeas,
las joyas solitarias que si hablaran
nadie nunca ya jamás hablaría.

Toda intención flamígera
se diluye en las grietas del follaje.
La luz, un verde
puesto a pensar sombrío.

El viento es lo vocal ejecutivo
de una empresa dispuesta a todo trance.
El viento joven que se arriesga a todo
y puede solo contra la vejez.
El viento guarda luto por la muerte
de tantos huracanes fracasados.
El gran viento que agota un mar de oxígeno
que a los pocos momentos se renueva.
El viento que se muere de cansancio
entre el ambiente hipóstilo de caobas y cedros.

El viento sin linaje
entre las dinastías vegetales.

Este desorden construido
por orden superior

autoriza geológicas sorpresas
a la memoria más abandonada.

La lluvia tiene donde aposentarse
a costa de su auxilio inevitable.
Para la lluvia y sigue íntimamente
con tacto de tambores para niños.
Caen enormes gotas por doquiera.
Gratuito dineral que cubre el despilfarro
de tanta sangre verde,
de nubarrones verdes se resbala
y musicalizando cuanto toca.

¡Ay del torrente aéreo!
Muere con dignidad entre la selva.

Uno quisiera
collares musicales,
flor en los ojos, fruta abierta nasal,
cierto sabor de olvido del pantano
y lo mucho y lo poco tan desconocido.
El gran imperio de la clorofila
resiste siglos milenarios
con el ejemplo de ínclitos insectos.
En tiempo de aguas,
hábiles telarañas de perfumes
languidecen el sueño de los árboles
más viriles. Hay serpientes
como joyas prohibidas
que no se atreven a ofrecer manzanas
a tanta y endiablada desnudez.
Y a tanta soledad la habladuría
de todos los idiomas de la noche.
La noche que habla sola
para olvidar el día.
Y el día que no sabe de la noche
más que el paso de rumores escondidos.
Trabaja el tiempo todo el día
y de noche se olvida de sí mismo:
está el tiempo debajo de la tierra
que es la noche.

Lo que antes fuera religioso esfuerzo,
laboratorio de manos floridas,
habitación de sombras inalcanzables,
rincón donde la luz nunca fue vista,
pero sí adorada,
cumbre piramidal, cielo a la mano
de inteligencias húmedas de cielo;
lugares predilectos de la Nada
que a todo ha dado vida;
alcobas en que el sueño está despierto
sin que nadie lo vea;
la piedra que tocó la noche antigua
de las memorias inolvidables
está asaltada por la selva,
a los lados, adentro, por encima;
la paciencia implacable que se pudre
pero retoña y sigue retoñando.
Lo que fue población de jeroglíficos,
pavorosamente vacío.
Muertos los constructores,
recuperó la selva sus espacios,
izando su victoria sobre ruinas.

Entre esos árboles me reconozco,
yo, animador de íntimas catástrofes.
Aquí el hombre desnudo se enfloró la cabeza
con las plumas más lindas de los aires.
En su pecho y sus pulsos,

los jades a la selva lo asociaban,
y un cinturón con caída central
ocultaba su sexo.
La suntuosa elegancia de los mayas
le dio a la selva un porvenir eterno.
Desnudo y enjoyado,
ese hombre nos asombra.
El cielo de los números
embelleció por justa la cuenta de sus días.
Las ideas fueron esculpidas
para congratularse con la aurora.
Tabasco y el cacao: bebemos Xokol-ja,
en todos los pueblos del planeta.
Se desgranaba la sabiduría
como una lluvia de luces antiguas
entre los ojos de aquellos cerebros.
El maya fue el grande hombre de la selva.

Oí que unos árboles
de antigüedad espléndida dijeron:
«¿Y tú, qué haces aquí?
Nosotros somos sigilosamente analfabetas.
Aprende a leer
para escribir sobre nosotros».
Esto fue todo
lo que pude aprender. Era un idioma
hecho de viento y hojas secas.
Hay telas de araña
que ni el viento más tortuoso de la selva
destruye su área aérea.

Se ven hilos de luz caminando en las hojas
tan gratuitamente
que les cuesta trabajo caminar.

La vida de esa vida
nos mantiene jóvenes.

Los bodoques de lodo de los sapos
se lanzan al pantano.
Es la protesta del amanecer
por la fealdad de un objeto animado.

Un colibrí en la flor de su premura
saquea en un instante
la gota de un tesoro.

La selva tiene su propio cielo movedizo:
se pudre en ella la apoteosis
de las más solitarias soledades.
Lo verde que se pudre sin tristeza
y hace el color que nunca se había visto.

Mariposas inmóviles que ven volar el aire
y se alimentan príncipes de su propia belleza.
Puede un canto destruir aquel desorden
e implantar el silencio unos instantes
puesta en pie la batuta del jilguero.
Un mediodía en el Usumacinta,
hablé con mis amigos, entre el agua,
todos desnudos en la luz profunda.
Nacían y morían las palabras,
relatando la historia de la vida:
un pueblo, un hombre, realidad plantada,
monumental, sonora, repartida,
piedra y palabra con la flor y la muerte,
calendáricamente organizadas.
En la seda desnuda de las aguas,
dejó el tiempo una flor inolvidable.

Palpita en mí, con su soberanía,
el bosque, hijo del agua y de la luz.
Creo que en cualquier parte del poema
esto que estoy diciendo soy yo mismo.
Yo, desollado, rejuvenecido,
cada vez que los días dan la hora.
De las raíces sube hasta mis ojos
el vigor permanente de la ausencia.

No hay crimen: sólo voluntad de vivir
dentro de la simetría de cada uno.
La flor, el fruto, el insecto, el pájaro, las víboras, lafiera,
y esos colores, húmedos
guantes de algunos árboles,
y la luz de un instante que el viento hace posible.

Y un flautín en la tarde
que enriquece invisibles amarillos,
y el piano de rumores entre un rugido y otro,
y el silencio
que dirige la orquesta de la selva.
Geometría en el aire de la araña.
Saber. Pensar. Hacer. Destruir. Pasar.
Y el mono,
hombre feliz y arriba siempre.

A ciertas horas se marchita el tiempo,
categóricamente liquidado:
unas cuantas gotas
en unas cuantas hojas.
Tanto glóbulo rojo que se pinta de verde
hace vegetariano al tiempo mismo.

No nos iremos sin decir buenos días
al clarín de la selva que improvisa sus luces.
Oírlo cantar es tener en las manos

un collar de esmeraldas y rubíes.
Es el gorjeo del agua
con los colores de un paraje íntimo.
Hay pájaros que huyen de las flores
por no quedarse como ellas…

El bosque es el oído cósmico
que registra el hacer de las hormigas.

Cuando cae una hoja
se vuelve de metal la indiferencia.
La indiferencia de las hojas secas.
Desde una fecha, acaso inexistente,
huele la soledad a cosa activa,
al invisible coito de la vida,
floreciente,
desde siempre.

El gran tambor del viento
que antecede a la lluvia,
en cuyas vidrierías los instantes
cierran la boca a todo comentario,
el gran tambor del viento
perfora los oídos de la atmósfera
y se queda colgando de un cartílago.

A esos momentos,
la dinámica furia de los átomos
pierde velocidad. ¡La Poesía!

Reina del Reino Vegetal, la cifra uno
entre los mil millones del ambiente.

Yo te saludo, bosque,
desde la incomodidad de mi impericia.
Tú eres
lo que yo hubiera querido ser:

horizontalmente lejos del mar:
verticalmente junto a ti.

El drama de la vida se hizo para verse,
no para ocultarse.

Absórbeme Dilátame. Dilúyeme.
Pintor y músico,
con remolinos en el corazón:
el sueño de servir a todo el mundo
y el lujo de pobreza que hay en mí.

Víctima del fuego y de la tierra,
náufrago sin el agua ni el espacio.

Yo sé que sí me espera la esperanza,
contra toda destrucción voy hacia ella.

Puesta en servicio el alma,
tanta potencia corporal construye
su propia decadencia.

En un claro del bosque un charco pudre
la caída de un genio vegetal.
Un brazo seco
muestra el trabajo túnel del quetzal.

Y en noches luminosas,
la brisa huésped de la madrugada
agita con la yema de sus dedos
el verdeoro caudal de aquellas plumas,
retoño volador del árbol muerto.

Lomas de Chapultepec
Pascua de Navidad de 1973

Carlos Pellicer

            1

Si mi voz fuese nube, ira o silencio
crecido con el llanto y el amor;
si fuese luz, o solamente ave
con las alas cargadas de tristeza;
si el silencio viniese, si la muerte…

¿Adónde ir con ella, iluminada
con fuego de gemidos y caricias
y gérmenes de mustias esperanzas?

Y una voz inhumana:
-Donde no existan lágrimas de odio
ni pantanos con rosas y claveles.

Mi voz en la saliva del olvido,
como pez en un agua de naufragio.

            2

(Pero yo amo el abandono por violeta y callado.
Amo tu entrada al invierno sin mi cuerpo,
admiro tu fealdad de dalia negra dolorida,
adoro con ceguera tu pasión por la lluvia
y el encanto de tus narices frías,
amada razonable y sencilla).

            3

Ya mi voz no suplica ni lastima
como la vieja música del mar
a los marinos tímidos y al cielo.
Si pudiera la haría tan suave
como fino suspiro de muchacha,
como brillo de dientes o poema.

Oh, voz del abandono sin sollozos:
oh, mi voz como luz desordenada,
como gladiola fúnebre.

Ella hace el canto primero del abandono
en lo alto de risibles templos,
en las manos vacías de millones de hombres,
en las habitaciones donde el deseo es lodo
y el desprecio un pan de cada noche.

Ella es mi propio secreto,
lo invisible de mí mismo: mi conducta
en la carne de los jardines, en el alma de las playas
cuando hacia ellas voy con las manos cantando.

Mi voz es el resumen de todos los insomnios:
mi adolescencia mediocre y sencilla
como una ceniza palpitante.

No lloraría por mi ternura finalmente enterrada
ni por un sueño herido sentiría fina tristeza,
pero sí por mi voz oculta para siempre,
mi voz como una perla abandonada.

Efraín Huerta

Y, desdichada, hallarte vibrante de violetas,
celeste, submarina, subterránea,
ahijada de las nubes,
sobrina del oleaje,
madre de minerales
y vegetales de oro,
universal, florida,
jugosa como caña
y ligera de brisas
y cánticos de seda.

Desdichada penumbra al encontrarte
negándose tu cuerpo a mi deseo,
dándose al día siguiente,
circulando en el aire que respiro,
diseñando mi vida,
mi agonía
y mi muerte sencilla,
y mi futura muerte
entre los muertos.

Ah tu cordial miseria de caricias,
el gesto amargo de tus manos
y la rebelde fuga de tu piel,
cómo me decepcionan,
me castigan y ahogan,
hembra de plata líquida,
insobornable y mía.

Y tu noche de gritos y gemidos,
alimentando vida, creando luz,
provocando sudor, melancolía,
amor y más amor desfallecido,
tumultos de palabras,
mi desdichada niña,
olvidándote, sí, casi perdiéndote
en el ruido de torsos y sollozos.

Pero siendo destino, siendo gloria
tus cabellos castaños, tus miradas
y tus feas rodillas de suave juventud.

Efraín Huerta

Opresora. Todo lo aprisionas
con tu lengua y pasos de giganta,
oh desconocida oh luminosa
hija de ríos hecha de jade y miel.
Cárcel doy a tu pálida
presencia, gacela ojos de tigre,
cárcel me doy de amor,
mordedura, paciente fuego, ala
y marea, faro en la mar abierta.
Desciendes y derribas
la muralla del ansia. Das tregua
a la cosecha secreta del alba,
cuando los ojos cierra el puerto
al verano y la espuma.
Todo aprisionas con fría garra
deleitosa y madura,
opresora, dientes y lengua de giganta,
dormido espectro, oleaje
de apasionada mansedumbre
muerto de miedo y libertad.

Mayo de 1963

Efraín Huerta

Sucede
Que me canso
De ser Dios
Sucede
Que me canso
De llover
Sobre mojado

Sucede
Que aquí
Nada sucede
Sino la  lluvia
            lluvia
            lluvia
            lluvia

21 de agosto de 1969

Efraín Huerta