Death, in Venice,
they take on a trip
like a bride.

Between two blues
the mournful gondola
                           glides,
covered by slow velvets,
and you hardly perceive
                           the light thud
of one dip of an oar and then another.

Slowly, follows
like a floating garden,
the one carrying the farewell
                           made of roses
from friends.

And the mourners close
                           the cortège,
that is lost in the sea.
Accompanying them,
with its finger on its lips,
silence.

Not far off, the island waits.

Behind the rosy wall
                           that encloses it
cypresses ascend, tall
                           and dark.

(October, 1999)

Meira Delmar
Translated by Nicolás Suescún

Te rompieron la infancia, Leyla Kháled.

Lo mismo que una espiga
o el tallo de una flor,
te rompieron
los años del asombro y la ternura,
y asolaron la puerta de tu casa
para que entrara el viento del exilio.

Y comenzaste a andar,
la patria a cuestas,
la patria convertida en el recuerdo
de un sitio que borraron de los mapas,
y dolía más hondo cada hora,
y volvía más triste del silencio,
y gritaba más fuerte en el castigo.

Y un día, Leyla Kháled, noche pura,
noche herida de estrellas, te encontraste
los campos, las aldeas, los caminos,
tatuados en la piel de la memoria,
moviéndose en tu sangre roja y viva,
llenándote los ojos de sed suya,
las manos y los hombros de fusiles,
de fiera rebeldía los insomnios.

Y comenzaron a llamarte nombres
amargos de ignominia,
y te lanzaron voces como espinas
desde los cuatro puntos cardinales,
y marcaron tu paso con el hierro
del oprobio.

Tú, sorda y ciega, en medio
de las ávidas zarpas enemigas,
ardías en tu fuego, caminante
de frontera a frontera,
escudando tu pecho contra el odio
con la incierta certeza del regreso
a la tierra luctuosa de que fueras
por mil manos extrañas despojada.

Te vieron los desiertos, las ciudades,
la prisa de los trenes, afiebrada,
absorta en tu destino guerrillero,
negándote al amor y los sollozos,
perdiéndote por fin entre la sombra.

Nadie sabe, no sé, cuál fue tu rumbo,
si yaces bajo el polvo, si deambulas
por los valles del mar, profunda y sola,
o te mueves aún con la pisada
felina de la bestia que persiguen.

Nadie sabe. No sé. Pero te alzas
de repente en la niebla del desvelo,
iracunda y terrible, Leyla Kháled,
oveja en loba convertida, rosa
de dulce tacto en muerte transformada.

Meira Delmar

Te contaré la tarde, amigo mío.

La tarde de campanas y violetas
que suben lentamente a su pequeño
firmamento de aroma.

La tarde en que no estás.

El tiempo, detenido, se desborda
como un dorado río,
y deja ver en su lejano fondo
no sé qué cosas olvidadas.

El día vuelve aún en una ráfaga
de sol,
y fija mariposas de oro
en el cristal del aire.
Hay una flauta en el silencio, una
melancólica boca enamorada,
y en la torre teñida de crepúsculo
repiten su blancura las palomas.

La tarde en que no estás… La tarde
en que te quiero.

Alguien, que no conozco,
abre secretamente los jazmines
y cierra una a una las palabras.

Meira Delmar

I want to go back to what once upon
a time we all called our house,
to go up the old staircase,
to open the doors, the windows.

I want to stay there for a while, a while
listening to that same rain —  
I never knew for certain
if it was water or music.

I want to go out on the balconies
where a girl leaned out
to see the swallows arrive
that came back in December.

Maybe I can still find it
my eyes fixed on that time,
with a flame of distances
burning on the small forehead.

I want to cross the tepid patio
of sun and roses and grasshoppers,
to touch the whitewashed walls,
the absent echo of the cages.

Perhaps the doves are still
flying around it,
to show me the way
fading in the shadows.

I want to know if what I look for
is in a dream or in my childhood.
For I am lost and I must find myself,
face and soul, in another place.

Meira Delmar
Translated by Nicolás Suescún

          1

De tanto quererte, mar,
el corazón se me ha vuelto
marinero.

Y se me pone a cantar
en los mástiles de oro
de la luna, sobre el viento.

Aquí la voz, la canción.
El corazón a lo lejos,
donde tus pasos resuenan
por las orillas del puerto.

De tanto quererte mar,
ausente me estás doliendo
casi hasta hacerme llorar…

          2

¡Mar!
Y es como si, de pronto,
se hiciera la claridad.

Ángeles desnudos. Ángeles
de brisa con luz. Cantar
del agua que danza una
zarabanda de cristal.

Islas, olas, caracolas.
Grito blanco de la sal…

Y el corazón, de latido
en latido, dice ¡mar!

Meira Delmar

No sé nada de ti. De mí
no sabes nada.
Sólo que
al encontrarse nuestros ojos
un día,
tuvimos la certeza
de haber hallado al fin
lo que por tantos
años —la vida, esta
vida y aun otra anterior— perseguimos
en vano.

Y fue como un relámpago
en medio de la sombra.

Meira Delmar

Contra el azul del cielo –este cielo tan limpio
que parece lavado por la mano de Dios–
¡qué bien luce aquel árbol, dulcemente inclinado,
bajo el rosado peso de su ramaje en flor!

Apoyada la frente en los cristales blancos
del ventanal, lo miro: y me recuerda, así
todo lleno de flores, mariposas y trinos,
un pequeño poema que él solía decir…

¡Quién sabe qué de cosas le contará la luna
cuando en las noches viene a conversar con él!
Muchas veces lo he visto extasiado, escucharla
extrañamente quieto hasta el amanecer…

¡Y ya no va la brisa desnuda por los campos!
Él, todas las mañanas, cuando la ve pasar,
una capa muy linda de pétalos de raso
a los hombros le tira, con gentil ademán.

¡Somos hace ya tiempo, los mejores amigos!
Y yo, que a nadie digo mi secreto de amor,
he dejado que el alma se me acerque a los labios,
¡y se lo he dado todo al buen árbol en flor!…

Meira Delmar

Instalado en el aire de su excelsa belleza
el mancebo vigila el furor enemigo.

La tersa superficie del cuerpo nos revela
el salto de la sangre por las venas henchidas,
el inminente golpe de la piedra que el vuelo
emprenderá cortando el azul impasible.

Ahora calla la tierra. Nada
se mueve —hoja o nube—
en el dorado ámbito del día.

Lo rodea el silencio como al lirio el aroma:
no se atreve a tocarlo la alabanza.

Meira Delmar

Un breve instante se cruzaron
tu mirada y la mía.

Y supe de repente
—no sé si tú también—
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.

Meira Delmar

Llegas cuando menos
te recuerdo, cuando
más lejano pareces
de mi vida.
Inesperado como
esas tormentas que se inventa
el viento
un día inmensamente azul.

Luego la lluvia
         arrastra sus despojos
y me borra tus huellas.

Meira Delmar