Para Sara

Hoy he vuelto a ver amarillos
Los plátanos que, diariamente,
Bordean mi camino.
También he visto moradas las hojas
De otros árboles que aún no he conocido.
No… No  era  mentira.
Estaban  más hermosos
Que cuando contemplábamos
Los rizos del primer equinoccio.
Mi mano trémula por pesos y cansancios
Quiso mostrarte el oro más refulgente de la tarde.
¿Por qué no pude?
No lo sé.
Tal vez mi mano que intentó abrazarte
No encontró el ansiado  sostén de otras miradas.
Quise explicarte con tus propias palabras
La fusión oroazul de aquellas copas.
No recibí respuesta.
Claro…
Por un momento había olvidado
Que no andabas conmigo.

Roma, octubre de 2002.

Luis Álvarez

Isla de villanos
con luces que oscurecen.
Caminos que conducen
al raciocinio claro.

Como siempre, la espera
produce la impaciencia.
las manos buscan
a otras manos amigas
que hablen tu misma lengua
y se burlen de aquéllos
que ya han hincado en tu pecho
otra burla más fuerte,
por tu desconocimiento del entorno extranjero.
Cuando, en realidad,
el extranjero eres tú.
Solitario en tu isla:
ISLA DE VILLANOS.

De repente, y muy cerca de tus ojos,
dos faros azulmente intensos
te crecieron delante y colocaron, exactamente,
dentro de tus pensamientos
las figuras de Mariú,
de Alex, de Beatrice.
O tal vez fue Madeleine
la que llegó.
O tal vez todas, y al mismo tiempo,
cobraron otra vida
delante de tus ojos:

CON LUCES QUE OSCURECEN.

Un deiforme a su lado
Le entregaba la vida.
Y tú pensabas que no podía ser.
Con dorados aretes
Que culminaban
En incorporados crucifijos
No debería acariciarse
El azulmente intenso de su luz
Pero…ello era así:

CAMINOS QUE CONDUCEN.

Luego,
Tú miraste y maldijiste
las teclas de aquel telefonino
que serían acariciadas
por sus dedos
blandamente sutiles
y sutilmente blandos.
Y enmudeciste
sin querer ver ahora:

AL RACIOCINUIO CLARO.

Disneyworld,   Parque   M.G.M.,   31-08-2000.

Luis Álvarez

Aún no sé por qué.
Pero me gustaba contemplarla
durante el contrario recorrido
que hacíamos en las caminerías de Terrazas.

Su cara me decía palabras de otra ausencia.
Cuando me hablaba,
en el instante en que se cruzan las miradas contrarias
obligadas a no detenerse,
sin mirar las vitrinas.
Como los mejores descendientes de Marathón,
oía el estribillo de aires malagueños
aprendidos de todos los victorhugos del mundo.

Tal vez, por eso, sentía que la amaba.
Resumía las marchas de mujeres mujeres
decididas a no ser minorías segregadas.
Resumía la angustia de los niños distantes.
Discapacitados.
Y la alegría de los caminos nuevos.

Su paso joven no se detenía.
Por eso era mejor marchar contrariamente,
para tener la seguridad de que no escaparía nuevamente
como ya lo había hecho,
en otros tiempos,
cuando contemplaba pliegues orinoquenses
o naranjos caídos,
en el barrio moruno de Santa Cruz.
Era mejor marchar contrariamente.
Así no escaparía…
                                       No. … No escaparía.

Terrazas del Ávila, Caracas, Venezuela, julio de 1991.

Luis Álvarez