¡Cuánto daría por escuchar de nuevo
aquella moaxaja
que enjugó tantas veces
el llanto desatado por un mundo
apenas comprensible
que pese a todo amaba
aunque ni los amigos lo creyesen!

Lourdes Rensoli

¿Qué harás de mí, destino?
¿a dónde me conduces? Temo a veces
despertar en extraños siglos y dimensiones
que despojen mi alma de todos sus secretos
y edifiquen en ella sus moradas
con cimientos ajenos e imposibles.

¿Me obligarás a abrir antiguas tumbas
para leer en ellas el pasado
de mi dormida estirpe?

Tiemblo y callo
ante la desafiante y compasiva
mirada de la esfinge
que aparece en mi vida a cada ciclo,
no para proponer interrogantes
sino para anunciar (¿o recordarme?)
que he de llegar más lejos, aún más lejos,

hasta el fondo del tiempo,
sin compasión
para mi amor deshecho, maltratado,
para mi ser exhausto,
para el pájaro roto
que tras mis ojos pide un nido cálido
donde curar sus alas destrozadas,

pero, ¿cómo cumplir con los designios
que huyen de nuestras manos al tocarlos,
al vislumbrar una traición recóndita
a la especie doliente,
expulsada de todos los refugios?

¿qué preguntar entre expectantes rostros
que no sugieren sino esas historias
escritas en los libros
para inquietar las noches de niños y poetas?

¿cómo hablar, si mi voz no emite frases
en lenguas previsibles?
¿cómo tocar el fin de esta agonía,
si la vista se nubla, si las manos
no consiguen alzarse?
Vuelve, noche,
única que conoce los orígenes
de mi sangre, y la causa
del increíble azul que tras mis párpados
pide cuentas al mar que me engendrara
aunque lo lleve dentro.
Vuelve, noche,
protégeme del día que me agota
con un dolor de ancestros y pasado:

no soy la luz del alba, cegadora y soberbia,
no soy el sol naciente,
llevo la luz discreta y misteriosa
de las lunas primeras, el aviso
fugaz de las estrellas, la corona
punzante del cometa.
No me dejes,
porque estoy retornando a tus entrañas,
porque me estoy muriendo nuevamente.

Lourdes Rensoli

Hallada en Córdoba, en casa de mis antepasados

Esta noche, el secreto
de las estrellas, pesa en los sentidos
de la amante, y la invita
a susurrar su queja
al amigo que escucha
apoyado en la amable celosía:

Amo a Yusuf, el de los ojos negros,
de la rauda palabra,
de la sonrisa llena de promesas
y osadas sugerencias, tentaciones
que me hacen retirarme ruborosa
a mi balcón cerrado.

A ti, amigo,
que sabes recoger mi confidencia,
a ti te cuento todo:
Yusuf ha trastornado mis días y mis noches
pero ya no lo veo por mi calle.
Añoro sus cantares
y su gallardo andar.

Al escucharlo estallo
en una risa nueva, incontenible
como la dicha que el Creador ha dado
a bienaventurados y elegidos.
El me mira y sonríe
pero a poco se esfuma
sin contemplar mis lágrimas que brotan
cuando lo veo alejarse.

La gracia de Yusuf es tan preciosa
como mil bendiciones, su mirada
me hace temblar, y temo despojarme
del pudor que protege a la doncella
y lanzarme en sus brazos y decirle:
«¿Acaso no comprendes que te aguardo
y que te pertenezco?»

Amigo, me consumo
por lo que no recibo,
un beso de Yusuf sería mi muerte
y mi vida a la vez.
No sé cómo decirle con miradas
lo que callan mis labios,
pero Yusuf ha huido de mi puerta.

Temo que este dolor devore mi alma
y acabe con mis días,
porque sé que Yusuf teme mi encuentro
aunque ha puesto sus ojos muchas veces
en mi rostro y mi cuerpo tembloroso.

Quizás le han dicho que se perdería
si amara a una cristiana
de ojos azules y cabellos sueltos
que reciben el beso de la lluvia y el aire
y que lee los libros de los sabios.

Dile a Yusuf que el Creador nos hizo
semejantes a todos,
que Su Ley no conoce diferencias
entre pueblos y razas. Que el Profeta
aceptó los consejos de Khadija,
que no escuche a quien llena su corazón de dudas,
que si ronda mi puerta nuevamente
la encontrará entreabierta.

Oh, Yusuf, mi señor,
esta triste gacela padece por tus besos,
consuélala, acude a su llamado
o hazle al menos saber que no la olvidas.

Lourdes Rensoli

Cuando camino entre los arrayanes
y el surtidor entona
su canción de rocío y filigranas,
acudes, como el vuelo de los pájaros,
fugaz, a visitarme,
envuelto en la neblina de un encanto
distante, pronunciado en una lengua
que no puedo entender.

Mi alma, prisionera en estos patios,
recupera tu rostro en la nostalgia
de raras melodías,
preludio de los labios
dueños del transcurrir y de la espera
presa en los conos mágicos que vierten
su arena cada hora.

¿Qué haré cuando se esfume para siempre
tu imagen adorada,
cuando el jardín se vuelva un espejismo
y esta historia de amor una leyenda?

¿Qué harás cuando descubras que han llegado
los años del olvido
y te preguntes qué rencor, qué oculta
envidia arrebató de nuestras manos
el vino milagroso
que el mismo Creador nos ofrecía?

Y volverás a ver a los traidores
y les dirás:
«¿Acaso no es el mundo
parecido a este vino
de tono transparente y sabor dulce
aunque capaz de echar todos los males
sobre nuestras cabezas?
Pero la ley de Dios perdona a todos,
¿cómo yo no he de hacerlo?

»Bebamos pues ahora, compañeros de viaje,
y olvidemos un poco la amargura
y la herida incurable
en los brillantes ojos de la joven
que escancia en nuestras copas
este vino purísimo, veneno
seductor, que transforma nuestra sangre
en antorcha de muerte»
.

Tú, que pasas y escuchas mis cantares,
aprende de esta historia
cuánto puede esperarse del corazón humano
si su embriaguez no viene
de un néctar luminoso e imposible
cual regalo del Cielo.

Lourdes Rensoli

Así la soñó
Ramón Llull, hace siete siglos

Son los custodios de la más valiosa joya. Para llevar al mundola alegría de compartirla, han viajado durante siete siglos; elcristiano, desde Mallorca; el judío y el musulmán, desdeCórdoba, tras prometer encontrarse al regreso. Llull,Maimónides y Averroes se abrazan con cariño. Su amistadha sobrevivido a los decretos de expulsión, a la toma deGranada, a las Cruzadas, a los ataques a Gaza y Cisjordania, a loscampos de exterminio nazis, a la guerra del Golfo, al asedio despiadadocontra Zarajevo. Llull ha peregrinado por extrañas tierras,parece cansado. Los cordobeses comprenden su fatiga: también lasienten. El judío ha luchado contra la incertidumbre humana. Elmusulmán la ha sembrado, a pesar suyo. Habla al finMaimónides:

— Mi saber es el más antiguo, y me obliga a hablar el primero.Ya que el objeto de nuestros viajes ha sido mostrar la joya a nuestroshermanos, transmitirles la alegría que irradia, os propongocontar qué han visto en ella amigos y enemigos, para que a lostres nos sirva de ayuda la experiencia de cada uno.

— Comienza entonces—asienten los otros.

— He llevado siempre la joya sobre mi pecho, sin que malhechor algunose atreviese a arrebatarla. Todos la han visto: los amigos, como unescudo luminoso, en forma de estrella de seis puntas, forjada en oro deOfir; los enemigos, como el fruto de mi avaricia y mi maldad.

Llull toma la palabra:

— ¡He recorrido tantos pueblos! Pero mi suerte no ha sido mejor.Los amigos la han visto como un rubí, nacido de la máspreciosa sangre que el amor ha vertido. Los enemigos, como el despojoarrancado a las víctimas inocentes de un poder arrogante ydespiadado.

Las frases de Averroes tienen el color de la tristeza:

— He mostrado la joya con los más amables gestos. Unos se hannegado a mirarla. Otros han pensado sólo en su alto precio. Contodo, algunos han accedido a examinarla atentamente. Los amigos hanvisto en ella una esmeralda engastada en la misma luna, cuando sufuerza crece y evoca la esperanza y el florecer de la vida. Losenemigos como un demonio tentador y falso, que vuelve al hombrefanático y traidor.

Deciden entonces seguir juntos el camino emprendido frente a la zarzaen llamas, meditando en silencio.

Lejos de allí, un hombre cansado se sienta al borde del camino.Piensa en su vida, avanzada ya, y en la Gran extinción que seavecina. ¿A dónde irán los largos años deestudio, la afición por las ciencias y las artes, el esfuerzopor el bien, y los errores? ¿qué sentido tiene una vidacondenada a disolverse en el vacío, sus muchos dolores y suscontadas alegrías?

Así discurre el hijo de la posmodernidad, como hace siete siglosdiscurría otro gentil. Nada sabe de Eternidad ni de Amor,más allá del frágil e inseguro vínculoentre los seres humanos, acaso ilusorio.

Los tres sabios han llegado hasta donde el hombre permanece, sinesperar nada ni a nadie, y han escuchado su dolor, su vacíonacido del escepticismo. Les basta una mirada para comprendersemutuamente: deben hablarle, como hace siete siglos al otro gentil. Pororden de antigüedad pronuncian su discurso y su oración deamor: el judío, sobre la Inconmovible Roca y Fortaleza quedividió en dos al Mar Rojo. El cristiano, sobre la Vida que enla Resurrección vence a la muerte. El musulmán, sobre laMisericordia y la Clemencia infinitas del Unico. Y al concluir, leobservan, esperando sus palabras.

El hombre los contempla entre asombrado e irónico, y al finpregunta:

— ¿No érais los peores enemigos? ¿No perdílos deseos de escuchar vuestras doctrinas después de conocercómo vuestros hermanos de fe se matan, calumnian y condenan unosa otros?

Los tres sabios están ahora tristes:
— ¿Qué decirte, hermano? Es el mundo. Frente aél, sólo nos queda amar. Y te amamos.
— ¿Qué motivo tendríais para amarme a mí,un desconocido?

— Esta joya, que te ofrecemos.

El gentil la ha tomado en sus manos, la contempla, y su mirada sepierde en una dimensión inusitada.

— ¿Qué ves?

— Nada con los ojos del cuerpo. Pero recibo de ella algo quedesconocía: la paz. Y una gran dulzura me llena.

— ¿Qué más podemos hacer por ti?

— Permitidme marchar con vosotros.

— Respóndenos antes: si no has podido verla con tus ojos,¿qué has hallado en la joya? ¿la sabiduría?¿la nada? ¿la reconciliación con tu pasado y tufuturo?

El hombre, como antaño, se ha quedado pensativo.

Así lo cuentan de nuevo, siete siglos después, los tressabios. Hoy viajan junto al gentil, que siente llegar a su vida elbendito absurdo del Amor.

Lourdes Rensoli

Nació un día, entre tréboles y cardos
para alegrar al sol con sus colores,
pero no podía verlo: las ramas de los árboles
impedían el paso de la luz.

Pasó años oculta, en lo profundo
de un bosque donde nunca
traspasaron los rayos benéficos
el tejido frondoso de las copas,
y la flor aguardaba: no quería,
no podía agostarse, morir, sin recibir
el dorado fulgor de la mañana.

Os invito a buscarla, a preguntarle
cómo logró sobrevivir al húmedo
deslizarse de insectos, hongos y caracoles,
qué bendición acompañó sus hojas
y protegió sus pétalos
pues tal vez el secreto de la paciente flor
consiga transformar
en aroma y matices delicados
nuestras pequeñas muertes.

Lourdes Rensoli

«¿A dónde se ha ido tu
amado, oh, la más hermosa
entre las mujeres?
¿a dónde seapartó tu amado,
y lo buscaremos contigo?»

Cantares, 6,1.

Te hablaba, y de repente te esfumaste
y comencé a buscarte:
tu voz, desde el jardín, guiaba mis pasos
hacia el rincón más fresco
donde adquirían las flores
tonos de vida eterna,
pero no estabas ya.

Junto a la fuente
percibí tu silueta,
derramaba en tus manos el surtidor de plata
una bebida embriagadora y dulce,
posados en tus dedos, los pájaros bebían
y yo intenté imitarles, pero sólo
hallé lirios de agua.

En el atardecer, se vislumbraban
las primeras estrellas
y creí ver tu rostro dibujado
en uno de sus rayos
que iluminó mis pasos apenas un instante
para desvanecerse.

Triste y cansada, regresé al amable
abrigo de mi alcoba,
en la ventana, un pajarillo amigo
me anunció tu presencia.

No le creí, perdida mi esperanza,
el sueño cobijóme, y en su hondura,
he aquí que reapareces en el vergel, sonriente,
y dices que me aguardas…

Lourdes Rensoli

¿Quién eres tú, el del rostro
altivo y adorable que he visto sólo en sueños?
¿en qué lejano reino algún palacio guarda
el ruido de tus pasos,
el tono singular de las plegarias
que envía tu voz al Cielo?

y las praderas saben de tus triunfos
en caza y cetrería,
cuando cabalgas en el potro blanco
hasta los arrecifes, donde rompen
los desafíos del mar que nos separa,
junto al cual tañes el laúd y cantas
una canción apenas comprensible
porque también presientes mi existencia.

Ningún efrit podrá
impedir por más tiempo nuestro encuentro:
mi magia es el destino, que he leído
en las hojas del té, en el luminoso
vuelo de las estrellas.

Mañana me hallarás en el camino
transformada en asceta o en mendiga,
en fuente o en paloma.

¿Sabrás reconocerme?, me pregunto
a veces con temor, ¿será mi música
más fuerte que el apego
a lo que nunca llega
y desde su sitial inalcanzable
mantiene viva la ilusión del hombre?

No puedo adivinar. Confío mi anhelo
a la Misericordia que ha salvado
a mi hermana querida
del dolor y la ira de Sharyar
y en busca del amor, como ella misma,
elevo mi conjuro la milésima noche.

Lourdes Rensoli

¿Alguna vez, amigos, habéis imaginado
las alegrías eternas
que el Todopoderoso depara a los creyentes?
¿han visto vuestros ojos la belleza
apacible y mortal, temible y límpida
del azul infinito que cabe en nuestras manos?

¿habéis quizás gustado
ese sabor de sal que nos regala
la raíz de la justicia?

Dejemos la taberna
donde hemos llorado por la vida
que burlona se escapa.

Paseemos un poco por la orilla
donde las olas cantan
historias apenas concebibles,
parajes donde acaban los pasos del errante,
donde se funde el llanto con el ritmo
suave e inalterable del reflujo
y palacios de conchas antiquísimas
resguardan a la amada que buscamos
en todas las leyendas, cuyos ojos
son dos gotas nacidas del abismo
y el miedo y el amor nos sobrecogen
si osamos contemplarlos cual si perteneciesen
a mujeres mortales.

Los cabellos
de las hijas del mar, libres y sueltos,
flotan sobre sus hombros,
el sol no quema nunca sus miembros delicados,
nos aguardan soñando en lo profundo,
guardadas por efrits
con figuras de peces y serpientes.

Ellas conocen esas melodías
que los mejores músicos
no han logrado jamás ejecutar
ni recordar siquiera
cuando la luna llena del mes de Ramadán
los turba con visiones
y los hace escucharlas
o más bien presentirlas entre sueños.

Algunos viejos cuentan
que sus antepasados conocieron
a quienes intentaron
llegar a los palacios sumergidos
y nunca regresaron

convertidos en bosques de coral
para ocultar la entrada más hermosa
al abismo cambiante y transparente
junto al cual nos sentamos
a refrescar el rostro
y el corazón cansado por el pesar que oprime.

Dejemos la taberna y las cerradas cámaras
donde aman y meditan quienes nunca
han gustado el sabor de lo imposible,
vayamos a la orilla
donde los pescadores
con el tayîn humeante, nos esperan
y calmemos un poco, al ritmo de las olas,
nuestra angustiosa sed de una bebida
imposible de hallar en este mundo.

Lourdes Rensoli

«pero mi amado se había ido,
había ya pasado,
y tras su hablar salió mialma»

Cantares, 5, 6.

Escucha, corazón, escucha sólo,
escucha en el silencio, no pronuncies
ni una sola palabra,
deja ser al amor: él no precisa
ninguna de tus quejas ni de tus confesiones,
él se basta a sí mismo y te sostiene
en todos los vacíos.

     II

¿Dónde has estado, amor, mientras buscaba
tu apariencia carnal?, mientras la espera
lloraba sequedad, cuando tu forma
se esfumaba al tender mis pobres brazos
en la torpe caricia de quien se sabe lejos
en la rara fragancia
que inunda los desiertos que fecundas.

     III

Yo nada espero, amor, yo nada pido
pues formo parte tuya, y aun las aguas
me devuelven tu risa, tan secreta.

     IV

Vas trazando la estela de mis viejas heridas,
vas tejiendo en secreto mi soledad más honda.

     V

No me juzgas, amor, ¿cómo podrías?,
tus pasos y tu aliento bendicen los errores

     VI

Buscarte no es faena ni solaz de mis horas.
Estás en todas partes, aunque no olvide nunca
el frío de mi lecho.

     VII

Quiero la indecisión y la tristeza
para vestir mis noches,
quiero la indefensión y el egoísmo
para adornar mi pelo.
Regálame el dolor de esta existencia,
tu cólera y tus lágrimas
para tejer con ellas mi corona de novia.

     VIII

Eres, amor, el don fuerte y sagrado
que me hace posible.

     IX

Te abrazo en el silencio,
beso tu voz, tus sueños, tu aliento, tu mirada,
beso el tiempo que amante me concedes,
beso tus ademanes
y los presentimientos dolorosos
que enturbian mis instantes.

     X

Y por fin estoy grávida:
mi cuerpo incuba el canto
que engendró tu simiente,
el que me hará volver desde mil puntos
a Sefarad bendita,
el que me sostendrá hasta el tan lejano
final de mi destierro.

Lourdes Rensoli