I

Apenas un hilillo de luz brota del alma,
se repliega a lo hondo
y con tonos menores, ejecuta
melodías humildes, sigilosas,
esos cantos secretos y lejanos,
incomprensibles casi
que dejan un aroma suave como un arrullo.

      II

Desde el centro del bosque vienen tañidos
de arpas no pulsadas por manos,
quizás el viento
arranque de sus cuerdas esa música,
quizás rayos, presencias invisibles
guiados por la reina de las hadas.

Descubrirlo supone una aventura
y un peligro infinito.

      III

Tras vencer enemigos y dragones,
desencantar doncellas,
liberar caballeros traicionados,
regresa Palomides a la corte de Arturo.

La round-table le aguarda de pie, con la corona
de laurel junto al trono.
Una dama velada ha de ceñírsela.
¿Isolda? Palomides mira a Tristán
que lo saluda con secreta envidia
y baja la cabeza.

      IV

Se ha visto en el jardín al unicornio
junto a la antigua fuente, casi exhausta
donde la hija del rey pasa sus tardes
tocando el arpa y recogiendo flores.

Cuentan que se ha acercado a la doncella,
se ha arrodillado, preso de algún extraño efluvio
y ella le ha mostrado la palma de su mano
donde un botón de rosa empieza a abrirse.

Lourdes Rensoli

—¿Por qué no corres, agua,
si de tu entraña herida brota el verso?

¿por qué esquivas los rayos de la luna
cuando traen un mensaje más remoto
que los reinos cantados
en leyendas nacidas de la noche?

—Me recojo en el pozo,
no quiero derramarme por la fuente
aunque el tañido
lejano de un laúd
invite a confundirse con la hierba
que duerme junto al fresco manantial
prisionero en los brazos
de la piedra cerrada, vigilante
como mi ser, flexible y multiforme,
y en el fondo del pozo, encuentro la respuesta
a mi último misterio.

—Agua nocturna, fecundante rayo
que recorre el jardín, como las alas
del pájaro de oro, mensajero
de una maga escondida entre tus gotas
donde se alza el palacio transparente,
donde todo deseo se refleja,

¿saldrás de tu secreta
meditación, al viento de los páramos?
¿no dirás a tu dueña que ya es hora
de convertirte en lluvia, surtidor o rocío
que lave las nejillas del amado y la amada?

—Sólo mi Creador conoce mi destino
y no tengo más ley ni voluntad
que una infinita Ausencia.

Podría mezclar mi curso
al del vino vertido de las copas
servidas por un hombre viejo y triste
que alivia en la taberna su diaria agonía
aunque no halla consuelo.

No me reclames, voz desconocida:
éxtasis y embriaguez son un único abismo,
no puedo distinguirlos, ni a la luz de las lámparas
ni cuando el sol se asoma
y por eso me escapo
para cerrar mi cauce junto al borde
mordido por el tiempo.

—Lamentarás un día tanta música
cantada en un secreto incompartible
que ni aun tu Señor ha escuchado
de tu laúd que vibra,
sobre sus cuerdas rotas y gastadas,
porque el canto y las bellas armonías
se hacen verdad tan sólo
en el oído sensible y delicado.

No apagarás la sed de los amantes
ni llorarás la muerte de los sabios.
¡Pobre y cansada agua, prisionera
de tu propio delirio!

Lourdes Rensoli

«Yo os conjuro, oh, doncellas de Jerusalén,
      por los corzos y por las ciervasdel campo, que no despertéis, ni
      hagáis velar al amor
      hasta que quiera.»

Cantares, 3,5

Yo velaré a tu lado,
vigilaré el camino que recorrimos antes,
aguardaré los años necesarios.

Tu despertar ha sido fatigoso,
la angustia de los siglos te ha abatido,
el dolor de la muerte reiterada.
Sé que te perderé, porque la culpa humana
te llevará muy lejos,
pero elegí volver.

Sólo por contemplar tu nuevo rostro
elegí esta contienda interminable,
este reconstruir lo derrumbado
que apenas concluído, se deshace
y lacera mi carne y mis pequeñas
ansias de asir tus espejismos,
de perderme en tus pasos y recobrar el hálito
a una palabra tuya.

Retornar de la muerte es tan sencillo
si la frágil psiqué se lo propone,
si el amor nos levanta del sepulcro,
si nos otorga voz, manos y rostro…

Recordar, recordar cada sonido,
cada forma y color, cada sonrisa,
no existe otro secreto: los amantes
se liberan del polvo,

Dios no les abandona, les concede
otra oportunidad, aunque los lanza
sin guía hacia lo oculto, y nuevamente
habrán de recordar
a lo largo de tantas estaciones,
en el sueño del viaje,
sujetos a una extraña servidumbre.

Dios comprende aunque calla y se retira,
nos deja frente a frente, confusos, fatigados,
con la oscura ansiedad de quien no logra
comprender el origen de la furia
que sacude los cuerpos y los deja
casi sin voluntad.

El impulso primero es desasirse,
deshacerse de historias olvidadas,
narradas una noche junto al hogar amigo
con leños olorosos, crepitantes,
mientras afuera entonan sus cánticos
espectros de las sierras.

Es inútil: retornan las visiones,
ocupan el lugar de la tranquila
conciencia del instante
e intentan apresarnos entre sus fuegos fatuos
para mostrar al cabo, traicioneras,
en azogues ceñidos por la más pura plata,
imágenes rientes,
ajenas al vivir en un espacio
que dejó de ser nuestro.

Yo aceptaré el sueño de mis actos
a la exacta medida del pelícano
que se desgarra el pecho.

Descansa, amor, descansa,
volveremos a vernos,
se nos otorgarán años de dicha,
nos reconoceremos.

Convertir en proceso este minuto,
apresar su sentido más arcano,
su infinita riqueza, será el medio.

Sé que aún viajaré por esos rumbos
carentes de medida o dimensiones
asibles por la mente.

Silencio y paz, espejos que a lo largo
de esta senda devuelven imágenes serenas,
nos tienden sus celadas
con la falsa inocencia de los elfos
—porque no basta el gesto protector de las manos
si las recorren ráfagas heladas,
con el ritmo del miedo—,
pero retornaré, te lo he jurado,
te hallaré donde estés
en tu nueva figura, cuyos ojos
contemplo en este instante.

Descansa, amor, descansa,
volveremos a vernos.

Lourdes Rensoli

—¿Qué se esconde en tus ojos, mi gacela,
qué secreto te niegas a contarme
y marchita tus noches
cuando el vino reúne a los amigos
en la suntuosa cámara
donde cada rincón es un espejo
en el que tus miradas arrancan
las más bellas canciones
al laúd y la darbûka?

—He confiado en mis fuerzas, demasiado,
y me he paseado sola por el bosque,
lejos de las seguras
verjas de los jardines del palacio,
buscaba a los derviches,
a los sabios ascetas
que apagan sus dolores y sus cuitas
en un giro infinito,
y un venablo me ha herido en el costado.

No sé de quién partió,
qué mano tensó el arco
y alimentó la sierpe con mi sangre,
pero mi voz, antaño fuerte y honda,
se ha quebrado
y mis fuerzas se apagan.

—¿Qué aleyas recitar, gacela mía,
para ahuyentar la muerte que te ronda?
¿Cómo llenar de nuevo tu aposento
con los más dulces trinos,
el color delicado de los pájaros,
los reflejos del ámbar
y la honda resonancia de las rosas
o el incienso que invade poco a poco
recuerdos y tristezas?

—Nada puedes hacer, amigo fiel,
para evitar el golpe
traidor y ponzoñoso del destino,
sin saberlo, nací para este instante.
Alguna antigua culpa de mis padres
debo pagar con el dolor que agota
sin brindar el descanso de la muerte.

—Puedo curarte con la bella música
que Dios mismo ha compuesto,
anotada en el libro de los árboles,
los rosales y prados, en las marmóreas fuentes
que ofrecen el descanso al peregrino
cuando cumple su viaje.

Puedo llenar de plumas
la sala abandonada
por cuantos acudían diariamente
a beber tu belleza de una copa,
a aspirar tu virtud en un arpegio.
—Lo pondré todo, amigo,
en las manos de Dios, el gran poeta
que escribe con las risas y las lágrimas
de todo el universo,
porque aguardar la curación es vana
esperanza de incrédulos
si su voz no la otorga.
Pide en mi nombre a los amigos
que beben a la luz de las estrellas
que derramen sus copas
por amor de la llama que se apaga.

—Habías nacido libre y venturosa,
llena de magia y fuerza,
tu canto atravesaba los ríos y desiertos
y encendía la noche con luciérnagas,
pero todo el saber y la ventura
se doblegan humildes
ante esa inmensidad que nos deslumbra
casi hasta aniquilarnos.

Mira, te han preparado
el diván más mullido,
magnolias y jazmines lo rodean,
los pebeteros calman con su aroma
el llanto más amargo.

Duerme ahora, descansa,
y olvida la traición que en tu costado anida.

Yo cantaré a la luna esas canciones
que una vez aprendimos de un poeta
ebrio y errante, solitario y pobre.
Tal vez ella lo llame
y él conozca el consuelo para ti.

—Me refugio en el sueño más amable,
preludio del Encuentro,
dí adiós a los amigos,
que algún día cercano
entonen mis canciones
y pueda revivir, cuando sus copas
se alcen hacia el Cielo.

Lourdes Rensoli

Vida de luz crepuscular y gótica,
oro de agujas clama por el cielo,
vergeles asesinos lo encarcelan
y el azor se consume
en nostalgia de viento y remolino,
de aventura salvaje.

Oros, crespones, cierran las ventanas,
el castillo ordenó sus rascacielos
y proyectó desfiles para los visitantes
que vendrán a indagar
por qué el nominalismo no ha triunfado
sino que aguarda un poco a la semiótica,
a la ciencia integrada,

para lento, seguro de su última sentencia,
dirimir la polémica de los universales
sin un Pedro Abelardo de la Tierra
que ya, en otra galaxia, se aposta tras un vértice
y yergue el Paracleto, rey de la cibernética
en los antros de un orbe
demasiado infinito para su entendimiento
y tañe su vihuela con la máscara abierta.

La vida monacal eleva al amo,
al ángel derrotado en su memoria
subordinada al híbrido animal que fingiera
la amorosa sonrisa
atada a los decires, al concepto, a la lógica
por sus profetas más autorizados.

Predice desde el fondo, besando en las galeras
las desmayadas alas de los héroes vencidos,
una parte y un tiempo donde encender la hoguera
en que el Bruno de entonces se dará en holocausto
para reabrir un ciclo.

Entrégame, si puedes, esa piedra,
yo he de hacerla rodar desde los claustros,
yo he de darla a los monjes y guerreros
que tornarán en oro, por su roce,
armaduras y cirios.

Lourdes Rensoli

¡Cuánto daría por escuchar de nuevo
aquella moaxaja
que enjugó tantas veces
el llanto desatado por un mundo
apenas comprensible
que pese a todo amaba
aunque ni los amigos lo creyesen!

Lourdes Rensoli

¿Qué harás de mí, destino?
¿a dónde me conduces? Temo a veces
despertar en extraños siglos y dimensiones
que despojen mi alma de todos sus secretos
y edifiquen en ella sus moradas
con cimientos ajenos e imposibles.

¿Me obligarás a abrir antiguas tumbas
para leer en ellas el pasado
de mi dormida estirpe?

Tiemblo y callo
ante la desafiante y compasiva
mirada de la esfinge
que aparece en mi vida a cada ciclo,
no para proponer interrogantes
sino para anunciar (¿o recordarme?)
que he de llegar más lejos, aún más lejos,

hasta el fondo del tiempo,
sin compasión
para mi amor deshecho, maltratado,
para mi ser exhausto,
para el pájaro roto
que tras mis ojos pide un nido cálido
donde curar sus alas destrozadas,

pero, ¿cómo cumplir con los designios
que huyen de nuestras manos al tocarlos,
al vislumbrar una traición recóndita
a la especie doliente,
expulsada de todos los refugios?

¿qué preguntar entre expectantes rostros
que no sugieren sino esas historias
escritas en los libros
para inquietar las noches de niños y poetas?

¿cómo hablar, si mi voz no emite frases
en lenguas previsibles?
¿cómo tocar el fin de esta agonía,
si la vista se nubla, si las manos
no consiguen alzarse?
Vuelve, noche,
única que conoce los orígenes
de mi sangre, y la causa
del increíble azul que tras mis párpados
pide cuentas al mar que me engendrara
aunque lo lleve dentro.
Vuelve, noche,
protégeme del día que me agota
con un dolor de ancestros y pasado:

no soy la luz del alba, cegadora y soberbia,
no soy el sol naciente,
llevo la luz discreta y misteriosa
de las lunas primeras, el aviso
fugaz de las estrellas, la corona
punzante del cometa.
No me dejes,
porque estoy retornando a tus entrañas,
porque me estoy muriendo nuevamente.

Lourdes Rensoli

Hallada en Córdoba, en casa de mis antepasados

Esta noche, el secreto
de las estrellas, pesa en los sentidos
de la amante, y la invita
a susurrar su queja
al amigo que escucha
apoyado en la amable celosía:

Amo a Yusuf, el de los ojos negros,
de la rauda palabra,
de la sonrisa llena de promesas
y osadas sugerencias, tentaciones
que me hacen retirarme ruborosa
a mi balcón cerrado.

A ti, amigo,
que sabes recoger mi confidencia,
a ti te cuento todo:
Yusuf ha trastornado mis días y mis noches
pero ya no lo veo por mi calle.
Añoro sus cantares
y su gallardo andar.

Al escucharlo estallo
en una risa nueva, incontenible
como la dicha que el Creador ha dado
a bienaventurados y elegidos.
El me mira y sonríe
pero a poco se esfuma
sin contemplar mis lágrimas que brotan
cuando lo veo alejarse.

La gracia de Yusuf es tan preciosa
como mil bendiciones, su mirada
me hace temblar, y temo despojarme
del pudor que protege a la doncella
y lanzarme en sus brazos y decirle:
«¿Acaso no comprendes que te aguardo
y que te pertenezco?»

Amigo, me consumo
por lo que no recibo,
un beso de Yusuf sería mi muerte
y mi vida a la vez.
No sé cómo decirle con miradas
lo que callan mis labios,
pero Yusuf ha huido de mi puerta.

Temo que este dolor devore mi alma
y acabe con mis días,
porque sé que Yusuf teme mi encuentro
aunque ha puesto sus ojos muchas veces
en mi rostro y mi cuerpo tembloroso.

Quizás le han dicho que se perdería
si amara a una cristiana
de ojos azules y cabellos sueltos
que reciben el beso de la lluvia y el aire
y que lee los libros de los sabios.

Dile a Yusuf que el Creador nos hizo
semejantes a todos,
que Su Ley no conoce diferencias
entre pueblos y razas. Que el Profeta
aceptó los consejos de Khadija,
que no escuche a quien llena su corazón de dudas,
que si ronda mi puerta nuevamente
la encontrará entreabierta.

Oh, Yusuf, mi señor,
esta triste gacela padece por tus besos,
consuélala, acude a su llamado
o hazle al menos saber que no la olvidas.

Lourdes Rensoli

Cuando camino entre los arrayanes
y el surtidor entona
su canción de rocío y filigranas,
acudes, como el vuelo de los pájaros,
fugaz, a visitarme,
envuelto en la neblina de un encanto
distante, pronunciado en una lengua
que no puedo entender.

Mi alma, prisionera en estos patios,
recupera tu rostro en la nostalgia
de raras melodías,
preludio de los labios
dueños del transcurrir y de la espera
presa en los conos mágicos que vierten
su arena cada hora.

¿Qué haré cuando se esfume para siempre
tu imagen adorada,
cuando el jardín se vuelva un espejismo
y esta historia de amor una leyenda?

¿Qué harás cuando descubras que han llegado
los años del olvido
y te preguntes qué rencor, qué oculta
envidia arrebató de nuestras manos
el vino milagroso
que el mismo Creador nos ofrecía?

Y volverás a ver a los traidores
y les dirás:
«¿Acaso no es el mundo
parecido a este vino
de tono transparente y sabor dulce
aunque capaz de echar todos los males
sobre nuestras cabezas?
Pero la ley de Dios perdona a todos,
¿cómo yo no he de hacerlo?

»Bebamos pues ahora, compañeros de viaje,
y olvidemos un poco la amargura
y la herida incurable
en los brillantes ojos de la joven
que escancia en nuestras copas
este vino purísimo, veneno
seductor, que transforma nuestra sangre
en antorcha de muerte»
.

Tú, que pasas y escuchas mis cantares,
aprende de esta historia
cuánto puede esperarse del corazón humano
si su embriaguez no viene
de un néctar luminoso e imposible
cual regalo del Cielo.

Lourdes Rensoli

Así la soñó
Ramón Llull, hace siete siglos

Son los custodios de la más valiosa joya. Para llevar al mundola alegría de compartirla, han viajado durante siete siglos; elcristiano, desde Mallorca; el judío y el musulmán, desdeCórdoba, tras prometer encontrarse al regreso. Llull,Maimónides y Averroes se abrazan con cariño. Su amistadha sobrevivido a los decretos de expulsión, a la toma deGranada, a las Cruzadas, a los ataques a Gaza y Cisjordania, a loscampos de exterminio nazis, a la guerra del Golfo, al asedio despiadadocontra Zarajevo. Llull ha peregrinado por extrañas tierras,parece cansado. Los cordobeses comprenden su fatiga: también lasienten. El judío ha luchado contra la incertidumbre humana. Elmusulmán la ha sembrado, a pesar suyo. Habla al finMaimónides:

— Mi saber es el más antiguo, y me obliga a hablar el primero.Ya que el objeto de nuestros viajes ha sido mostrar la joya a nuestroshermanos, transmitirles la alegría que irradia, os propongocontar qué han visto en ella amigos y enemigos, para que a lostres nos sirva de ayuda la experiencia de cada uno.

— Comienza entonces—asienten los otros.

— He llevado siempre la joya sobre mi pecho, sin que malhechor algunose atreviese a arrebatarla. Todos la han visto: los amigos, como unescudo luminoso, en forma de estrella de seis puntas, forjada en oro deOfir; los enemigos, como el fruto de mi avaricia y mi maldad.

Llull toma la palabra:

— ¡He recorrido tantos pueblos! Pero mi suerte no ha sido mejor.Los amigos la han visto como un rubí, nacido de la máspreciosa sangre que el amor ha vertido. Los enemigos, como el despojoarrancado a las víctimas inocentes de un poder arrogante ydespiadado.

Las frases de Averroes tienen el color de la tristeza:

— He mostrado la joya con los más amables gestos. Unos se hannegado a mirarla. Otros han pensado sólo en su alto precio. Contodo, algunos han accedido a examinarla atentamente. Los amigos hanvisto en ella una esmeralda engastada en la misma luna, cuando sufuerza crece y evoca la esperanza y el florecer de la vida. Losenemigos como un demonio tentador y falso, que vuelve al hombrefanático y traidor.

Deciden entonces seguir juntos el camino emprendido frente a la zarzaen llamas, meditando en silencio.

Lejos de allí, un hombre cansado se sienta al borde del camino.Piensa en su vida, avanzada ya, y en la Gran extinción que seavecina. ¿A dónde irán los largos años deestudio, la afición por las ciencias y las artes, el esfuerzopor el bien, y los errores? ¿qué sentido tiene una vidacondenada a disolverse en el vacío, sus muchos dolores y suscontadas alegrías?

Así discurre el hijo de la posmodernidad, como hace siete siglosdiscurría otro gentil. Nada sabe de Eternidad ni de Amor,más allá del frágil e inseguro vínculoentre los seres humanos, acaso ilusorio.

Los tres sabios han llegado hasta donde el hombre permanece, sinesperar nada ni a nadie, y han escuchado su dolor, su vacíonacido del escepticismo. Les basta una mirada para comprendersemutuamente: deben hablarle, como hace siete siglos al otro gentil. Pororden de antigüedad pronuncian su discurso y su oración deamor: el judío, sobre la Inconmovible Roca y Fortaleza quedividió en dos al Mar Rojo. El cristiano, sobre la Vida que enla Resurrección vence a la muerte. El musulmán, sobre laMisericordia y la Clemencia infinitas del Unico. Y al concluir, leobservan, esperando sus palabras.

El hombre los contempla entre asombrado e irónico, y al finpregunta:

— ¿No érais los peores enemigos? ¿No perdílos deseos de escuchar vuestras doctrinas después de conocercómo vuestros hermanos de fe se matan, calumnian y condenan unosa otros?

Los tres sabios están ahora tristes:
— ¿Qué decirte, hermano? Es el mundo. Frente aél, sólo nos queda amar. Y te amamos.
— ¿Qué motivo tendríais para amarme a mí,un desconocido?

— Esta joya, que te ofrecemos.

El gentil la ha tomado en sus manos, la contempla, y su mirada sepierde en una dimensión inusitada.

— ¿Qué ves?

— Nada con los ojos del cuerpo. Pero recibo de ella algo quedesconocía: la paz. Y una gran dulzura me llena.

— ¿Qué más podemos hacer por ti?

— Permitidme marchar con vosotros.

— Respóndenos antes: si no has podido verla con tus ojos,¿qué has hallado en la joya? ¿la sabiduría?¿la nada? ¿la reconciliación con tu pasado y tufuturo?

El hombre, como antaño, se ha quedado pensativo.

Así lo cuentan de nuevo, siete siglos después, los tressabios. Hoy viajan junto al gentil, que siente llegar a su vida elbendito absurdo del Amor.

Lourdes Rensoli