¿Quién eres tú, el del rostro
altivo y adorable que he visto sólo en sueños?
¿en qué lejano reino algún palacio guarda
el ruido de tus pasos,
el tono singular de las plegarias
que envía tu voz al Cielo?

y las praderas saben de tus triunfos
en caza y cetrería,
cuando cabalgas en el potro blanco
hasta los arrecifes, donde rompen
los desafíos del mar que nos separa,
junto al cual tañes el laúd y cantas
una canción apenas comprensible
porque también presientes mi existencia.

Ningún efrit podrá
impedir por más tiempo nuestro encuentro:
mi magia es el destino, que he leído
en las hojas del té, en el luminoso
vuelo de las estrellas.

Mañana me hallarás en el camino
transformada en asceta o en mendiga,
en fuente o en paloma.

¿Sabrás reconocerme?, me pregunto
a veces con temor, ¿será mi música
más fuerte que el apego
a lo que nunca llega
y desde su sitial inalcanzable
mantiene viva la ilusión del hombre?

No puedo adivinar. Confío mi anhelo
a la Misericordia que ha salvado
a mi hermana querida
del dolor y la ira de Sharyar
y en busca del amor, como ella misma,
elevo mi conjuro la milésima noche.

Lourdes Rensoli

¿Alguna vez, amigos, habéis imaginado
las alegrías eternas
que el Todopoderoso depara a los creyentes?
¿han visto vuestros ojos la belleza
apacible y mortal, temible y límpida
del azul infinito que cabe en nuestras manos?

¿habéis quizás gustado
ese sabor de sal que nos regala
la raíz de la justicia?

Dejemos la taberna
donde hemos llorado por la vida
que burlona se escapa.

Paseemos un poco por la orilla
donde las olas cantan
historias apenas concebibles,
parajes donde acaban los pasos del errante,
donde se funde el llanto con el ritmo
suave e inalterable del reflujo
y palacios de conchas antiquísimas
resguardan a la amada que buscamos
en todas las leyendas, cuyos ojos
son dos gotas nacidas del abismo
y el miedo y el amor nos sobrecogen
si osamos contemplarlos cual si perteneciesen
a mujeres mortales.

Los cabellos
de las hijas del mar, libres y sueltos,
flotan sobre sus hombros,
el sol no quema nunca sus miembros delicados,
nos aguardan soñando en lo profundo,
guardadas por efrits
con figuras de peces y serpientes.

Ellas conocen esas melodías
que los mejores músicos
no han logrado jamás ejecutar
ni recordar siquiera
cuando la luna llena del mes de Ramadán
los turba con visiones
y los hace escucharlas
o más bien presentirlas entre sueños.

Algunos viejos cuentan
que sus antepasados conocieron
a quienes intentaron
llegar a los palacios sumergidos
y nunca regresaron

convertidos en bosques de coral
para ocultar la entrada más hermosa
al abismo cambiante y transparente
junto al cual nos sentamos
a refrescar el rostro
y el corazón cansado por el pesar que oprime.

Dejemos la taberna y las cerradas cámaras
donde aman y meditan quienes nunca
han gustado el sabor de lo imposible,
vayamos a la orilla
donde los pescadores
con el tayîn humeante, nos esperan
y calmemos un poco, al ritmo de las olas,
nuestra angustiosa sed de una bebida
imposible de hallar en este mundo.

Lourdes Rensoli

«pero mi amado se había ido,
había ya pasado,
y tras su hablar salió mialma»

Cantares, 5, 6.

Escucha, corazón, escucha sólo,
escucha en el silencio, no pronuncies
ni una sola palabra,
deja ser al amor: él no precisa
ninguna de tus quejas ni de tus confesiones,
él se basta a sí mismo y te sostiene
en todos los vacíos.

     II

¿Dónde has estado, amor, mientras buscaba
tu apariencia carnal?, mientras la espera
lloraba sequedad, cuando tu forma
se esfumaba al tender mis pobres brazos
en la torpe caricia de quien se sabe lejos
en la rara fragancia
que inunda los desiertos que fecundas.

     III

Yo nada espero, amor, yo nada pido
pues formo parte tuya, y aun las aguas
me devuelven tu risa, tan secreta.

     IV

Vas trazando la estela de mis viejas heridas,
vas tejiendo en secreto mi soledad más honda.

     V

No me juzgas, amor, ¿cómo podrías?,
tus pasos y tu aliento bendicen los errores

     VI

Buscarte no es faena ni solaz de mis horas.
Estás en todas partes, aunque no olvide nunca
el frío de mi lecho.

     VII

Quiero la indecisión y la tristeza
para vestir mis noches,
quiero la indefensión y el egoísmo
para adornar mi pelo.
Regálame el dolor de esta existencia,
tu cólera y tus lágrimas
para tejer con ellas mi corona de novia.

     VIII

Eres, amor, el don fuerte y sagrado
que me hace posible.

     IX

Te abrazo en el silencio,
beso tu voz, tus sueños, tu aliento, tu mirada,
beso el tiempo que amante me concedes,
beso tus ademanes
y los presentimientos dolorosos
que enturbian mis instantes.

     X

Y por fin estoy grávida:
mi cuerpo incuba el canto
que engendró tu simiente,
el que me hará volver desde mil puntos
a Sefarad bendita,
el que me sostendrá hasta el tan lejano
final de mi destierro.

Lourdes Rensoli

Ha huido el dulce viento del verano,
se retiran las flores,
los pájaros preparan su partida
hacia lejanas tierras, cálidas y apacibles.

En la terraza, las primeras ráfagas
del frío, colorean las mejillas
de mi amado, que añora
parajes nunca vistos.

Nada le dicen ya los arrayanes
ni las fuentes de jaspe, con surtidores
que envían al cielo su oración discreta,
ni los dorados peces, ni los lirios
flotantes en las aguas, entre luces
e irisadas estelas.

Los ojos de mi amado se pierden a lo lejos,
su corazón se funde con estrellas errantes,
la belleza del cielo, su misterioso brillo,
los mil ruidos que anuncian los juegos de la noche,
aumentan su tristeza.

Dime, hermana, si perderé a mi amado,
si mis ojos
no bastarán para calmar su fiebre,
si la música
que para él compongo, nada dice
a su honda nostalgia.

No sé qué hacer, hermana,
cuando lo veo tan lejos y tan cerca,
daría mis tesoros
por escuchar su risa nuevamente
despierta ante mis labios y mis versos.

Sólo en el vino calmo
este pesar continuo, y me pregunto
si mi amor nunca más dará su fruto.

¿Qué oscuro sortilegio,
llegado de remotos lugares lo ha hechizado?
¿qué viaje lo reclama, si ha cumplido hace tiempo
su deber de creyente?

¿debo ser yo quien parta
para que su memoria me dedique
el último homenaje,
para ocupar el sitio del recuerdo
que opaca mi presencia?

El dolor más intenso del amor es la ausencia
ante nuestra mirada
y quizás sea más sabio
beber sus soledades y sus melancolías.

Pero responde, hermana, si muriendo,
entraré en el recuerdo de mi amado,
o si viviendo, escucharé la música
que brota de sus dedos
y sus pasos
se unirán a los míos, en el paseo nocturno
hacia los pabellones perfumados
que al fondo del jardín, nos acogieron
en la época más bella
de nuestro amor, ahora moribundo
como mis alegrías.

—Hermana mía, quien ama
debe aceptar la unión y la distancia,
el beso y el olvido,
encontrar en el fondo
del propio corazón, el rostro amado.

Nadie puede quitarnos lo que nos pertenece
porque alienta en nosotros.
Vive, hermana, su ausencia
como viviste un día su abrazo y sus palabras,
como vive el invierno la muerte del verano.

El amor es un soplo de lo Eterno
que se da a los sentidos,
llena entonces su copa de ese vino sagrado
que no conoce límites
e invítalo a embriagarse
con la inefable dicha de la música
surgida de los astros
para apresar un rayo de Aquel que nos envuelve
y se escapa, dejándonos la duda
de haberlo presentido.

Lourdes Rensoli

      I

Apenas un hilillo de luz brota del alma,
se repliega a lo hondo
y con tonos menores, ejecuta
melodías humildes, sigilosas,
esos cantos secretos y lejanos,
incomprensibles casi
que dejan un aroma suave como un arrullo.

      II

Desde el centro del bosque vienen tañidos
de arpas no pulsadas por manos,
quizás el viento
arranque de sus cuerdas esa música,
quizás rayos, presencias invisibles
guiados por la reina de las hadas.

Descubrirlo supone una aventura
y un peligro infinito.

      III

Tras vencer enemigos y dragones,
desencantar doncellas,
liberar caballeros traicionados,
regresa Palomides a la corte de Arturo.

La round-table le aguarda de pie, con la corona
de laurel junto al trono.
Una dama velada ha de ceñírsela.
¿Isolda? Palomides mira a Tristán
que lo saluda con secreta envidia
y baja la cabeza.

      IV

Se ha visto en el jardín al unicornio
junto a la antigua fuente, casi exhausta
donde la hija del rey pasa sus tardes
tocando el arpa y recogiendo flores.

Cuentan que se ha acercado a la doncella,
se ha arrodillado, preso de algún extraño efluvio
y ella le ha mostrado la palma de su mano
donde un botón de rosa empieza a abrirse.

Lourdes Rensoli

—¿Por qué no corres, agua,
si de tu entraña herida brota el verso?

¿por qué esquivas los rayos de la luna
cuando traen un mensaje más remoto
que los reinos cantados
en leyendas nacidas de la noche?

—Me recojo en el pozo,
no quiero derramarme por la fuente
aunque el tañido
lejano de un laúd
invite a confundirse con la hierba
que duerme junto al fresco manantial
prisionero en los brazos
de la piedra cerrada, vigilante
como mi ser, flexible y multiforme,
y en el fondo del pozo, encuentro la respuesta
a mi último misterio.

—Agua nocturna, fecundante rayo
que recorre el jardín, como las alas
del pájaro de oro, mensajero
de una maga escondida entre tus gotas
donde se alza el palacio transparente,
donde todo deseo se refleja,

¿saldrás de tu secreta
meditación, al viento de los páramos?
¿no dirás a tu dueña que ya es hora
de convertirte en lluvia, surtidor o rocío
que lave las nejillas del amado y la amada?

—Sólo mi Creador conoce mi destino
y no tengo más ley ni voluntad
que una infinita Ausencia.

Podría mezclar mi curso
al del vino vertido de las copas
servidas por un hombre viejo y triste
que alivia en la taberna su diaria agonía
aunque no halla consuelo.

No me reclames, voz desconocida:
éxtasis y embriaguez son un único abismo,
no puedo distinguirlos, ni a la luz de las lámparas
ni cuando el sol se asoma
y por eso me escapo
para cerrar mi cauce junto al borde
mordido por el tiempo.

—Lamentarás un día tanta música
cantada en un secreto incompartible
que ni aun tu Señor ha escuchado
de tu laúd que vibra,
sobre sus cuerdas rotas y gastadas,
porque el canto y las bellas armonías
se hacen verdad tan sólo
en el oído sensible y delicado.

No apagarás la sed de los amantes
ni llorarás la muerte de los sabios.
¡Pobre y cansada agua, prisionera
de tu propio delirio!

Lourdes Rensoli

«Yo os conjuro, oh, doncellas de Jerusalén,
      por los corzos y por las ciervasdel campo, que no despertéis, ni
      hagáis velar al amor
      hasta que quiera.»

Cantares, 3,5

Yo velaré a tu lado,
vigilaré el camino que recorrimos antes,
aguardaré los años necesarios.

Tu despertar ha sido fatigoso,
la angustia de los siglos te ha abatido,
el dolor de la muerte reiterada.
Sé que te perderé, porque la culpa humana
te llevará muy lejos,
pero elegí volver.

Sólo por contemplar tu nuevo rostro
elegí esta contienda interminable,
este reconstruir lo derrumbado
que apenas concluído, se deshace
y lacera mi carne y mis pequeñas
ansias de asir tus espejismos,
de perderme en tus pasos y recobrar el hálito
a una palabra tuya.

Retornar de la muerte es tan sencillo
si la frágil psiqué se lo propone,
si el amor nos levanta del sepulcro,
si nos otorga voz, manos y rostro…

Recordar, recordar cada sonido,
cada forma y color, cada sonrisa,
no existe otro secreto: los amantes
se liberan del polvo,

Dios no les abandona, les concede
otra oportunidad, aunque los lanza
sin guía hacia lo oculto, y nuevamente
habrán de recordar
a lo largo de tantas estaciones,
en el sueño del viaje,
sujetos a una extraña servidumbre.

Dios comprende aunque calla y se retira,
nos deja frente a frente, confusos, fatigados,
con la oscura ansiedad de quien no logra
comprender el origen de la furia
que sacude los cuerpos y los deja
casi sin voluntad.

El impulso primero es desasirse,
deshacerse de historias olvidadas,
narradas una noche junto al hogar amigo
con leños olorosos, crepitantes,
mientras afuera entonan sus cánticos
espectros de las sierras.

Es inútil: retornan las visiones,
ocupan el lugar de la tranquila
conciencia del instante
e intentan apresarnos entre sus fuegos fatuos
para mostrar al cabo, traicioneras,
en azogues ceñidos por la más pura plata,
imágenes rientes,
ajenas al vivir en un espacio
que dejó de ser nuestro.

Yo aceptaré el sueño de mis actos
a la exacta medida del pelícano
que se desgarra el pecho.

Descansa, amor, descansa,
volveremos a vernos,
se nos otorgarán años de dicha,
nos reconoceremos.

Convertir en proceso este minuto,
apresar su sentido más arcano,
su infinita riqueza, será el medio.

Sé que aún viajaré por esos rumbos
carentes de medida o dimensiones
asibles por la mente.

Silencio y paz, espejos que a lo largo
de esta senda devuelven imágenes serenas,
nos tienden sus celadas
con la falsa inocencia de los elfos
—porque no basta el gesto protector de las manos
si las recorren ráfagas heladas,
con el ritmo del miedo—,
pero retornaré, te lo he jurado,
te hallaré donde estés
en tu nueva figura, cuyos ojos
contemplo en este instante.

Descansa, amor, descansa,
volveremos a vernos.

Lourdes Rensoli

—¿Qué se esconde en tus ojos, mi gacela,
qué secreto te niegas a contarme
y marchita tus noches
cuando el vino reúne a los amigos
en la suntuosa cámara
donde cada rincón es un espejo
en el que tus miradas arrancan
las más bellas canciones
al laúd y la darbûka?

—He confiado en mis fuerzas, demasiado,
y me he paseado sola por el bosque,
lejos de las seguras
verjas de los jardines del palacio,
buscaba a los derviches,
a los sabios ascetas
que apagan sus dolores y sus cuitas
en un giro infinito,
y un venablo me ha herido en el costado.

No sé de quién partió,
qué mano tensó el arco
y alimentó la sierpe con mi sangre,
pero mi voz, antaño fuerte y honda,
se ha quebrado
y mis fuerzas se apagan.

—¿Qué aleyas recitar, gacela mía,
para ahuyentar la muerte que te ronda?
¿Cómo llenar de nuevo tu aposento
con los más dulces trinos,
el color delicado de los pájaros,
los reflejos del ámbar
y la honda resonancia de las rosas
o el incienso que invade poco a poco
recuerdos y tristezas?

—Nada puedes hacer, amigo fiel,
para evitar el golpe
traidor y ponzoñoso del destino,
sin saberlo, nací para este instante.
Alguna antigua culpa de mis padres
debo pagar con el dolor que agota
sin brindar el descanso de la muerte.

—Puedo curarte con la bella música
que Dios mismo ha compuesto,
anotada en el libro de los árboles,
los rosales y prados, en las marmóreas fuentes
que ofrecen el descanso al peregrino
cuando cumple su viaje.

Puedo llenar de plumas
la sala abandonada
por cuantos acudían diariamente
a beber tu belleza de una copa,
a aspirar tu virtud en un arpegio.
—Lo pondré todo, amigo,
en las manos de Dios, el gran poeta
que escribe con las risas y las lágrimas
de todo el universo,
porque aguardar la curación es vana
esperanza de incrédulos
si su voz no la otorga.
Pide en mi nombre a los amigos
que beben a la luz de las estrellas
que derramen sus copas
por amor de la llama que se apaga.

—Habías nacido libre y venturosa,
llena de magia y fuerza,
tu canto atravesaba los ríos y desiertos
y encendía la noche con luciérnagas,
pero todo el saber y la ventura
se doblegan humildes
ante esa inmensidad que nos deslumbra
casi hasta aniquilarnos.

Mira, te han preparado
el diván más mullido,
magnolias y jazmines lo rodean,
los pebeteros calman con su aroma
el llanto más amargo.

Duerme ahora, descansa,
y olvida la traición que en tu costado anida.

Yo cantaré a la luna esas canciones
que una vez aprendimos de un poeta
ebrio y errante, solitario y pobre.
Tal vez ella lo llame
y él conozca el consuelo para ti.

—Me refugio en el sueño más amable,
preludio del Encuentro,
dí adiós a los amigos,
que algún día cercano
entonen mis canciones
y pueda revivir, cuando sus copas
se alcen hacia el Cielo.

Lourdes Rensoli

Vida de luz crepuscular y gótica,
oro de agujas clama por el cielo,
vergeles asesinos lo encarcelan
y el azor se consume
en nostalgia de viento y remolino,
de aventura salvaje.

Oros, crespones, cierran las ventanas,
el castillo ordenó sus rascacielos
y proyectó desfiles para los visitantes
que vendrán a indagar
por qué el nominalismo no ha triunfado
sino que aguarda un poco a la semiótica,
a la ciencia integrada,

para lento, seguro de su última sentencia,
dirimir la polémica de los universales
sin un Pedro Abelardo de la Tierra
que ya, en otra galaxia, se aposta tras un vértice
y yergue el Paracleto, rey de la cibernética
en los antros de un orbe
demasiado infinito para su entendimiento
y tañe su vihuela con la máscara abierta.

La vida monacal eleva al amo,
al ángel derrotado en su memoria
subordinada al híbrido animal que fingiera
la amorosa sonrisa
atada a los decires, al concepto, a la lógica
por sus profetas más autorizados.

Predice desde el fondo, besando en las galeras
las desmayadas alas de los héroes vencidos,
una parte y un tiempo donde encender la hoguera
en que el Bruno de entonces se dará en holocausto
para reabrir un ciclo.

Entrégame, si puedes, esa piedra,
yo he de hacerla rodar desde los claustros,
yo he de darla a los monjes y guerreros
que tornarán en oro, por su roce,
armaduras y cirios.

Lourdes Rensoli

¡Cuánto daría por escuchar de nuevo
aquella moaxaja
que enjugó tantas veces
el llanto desatado por un mundo
apenas comprensible
que pese a todo amaba
aunque ni los amigos lo creyesen!

Lourdes Rensoli