Tanta necedad hay en la tierra,
¡Que Dios esta asustado!
Pensando en reingeniería
para ésta plétora de males.

Y le resulta más propio,
dispensarse la desgana,
y olvidarse de nosotros
para crear  algo distinto.

Más desgracias siderales
hasta hoy no se avizoran,
padeciendo éstos por necios
las que ellos mismos crearon.

Y los pocos que perduren,
volverán a las cavernas,
para  ojear los muy soberbios
El Tao Te King que desdeñaron.

Leopoldo Peña del Bosque

Jilguero de dulces trinos,
contento de verdes valles,
Señora de mis amores,
Eras sol de la mañana

Será que te quise tanto,
por los ojos que me echabas,
que sufro todos los días
las ausencia de tus miradas.

Y yo por más que te grito
que me muero de no verte,
que penas tengo en el alma,
Alma mía, ven a verme

Escucha a mi corazón,
que late con fuerte estruendo,
se  muere de las angustias
de la pena de no verte.

Yo siento que hasta la vida,
sin ti no vale la pena,
que diera por arroparme
con tu pelo por las noches

Y así quitarme éste frío
que me cala hasta los huesos,
que me muerde como un perro
de la rabia de perderte.

Y quítame ya de penas.
Y llévame allá contigo.
Que vida como la mía…
Más bien es, vida de perros.

Leopoldo Peña del Bosque

Ahí en la calle le dije frío
¡Me voy mi cielo, me voy amor!
Y veo tan tristes sus lindos ojos,
como se colman de grande amor.

Y subo al auto y me apresuro,
Y raudo parto de aquel sitial,
me lanza un beso por el espejo
desde la cima donde esperó.

Vistió de luto mis ojos brunos,
se muere el día, se apaga el sol.
Me llevo triste su fiel recuerdo,
y en las pupilas llanto y dolor.

Leopoldo Peña del Bosque

En aquel perdido valle,
Donde jamás volvieron tus huellas,
Tus memorias son la  rumia,
Dulce o amarga según el tiempo ha sido.

Y las risas que dejaste como pardos
Trinan en las tardes frías del invierno.
Furtivas hacen de mi amor su burla,
Y ambrosías de ti les lanzo para acallarlas.

Y la ilusión al tiempo se me vuelve  migas,
Y se me inunda el alma de dolor henchida.
Y el solo acercarme  a  la ventana me vuelve  loco,
Al ver a los pardos en el árbol que plantamos,

Amándose en sus nidos.

Leopoldo Peña del Bosque

¡Y de ti mi amor… todo me gusta!

De las montañas, la cima,
Y de las olas, la espuma.
Si de colores, el albo,
Y de la noche lo bruno;

¡Y de ti mi amor, todo me gusta…!

Y del soñar, el despertar,
Y al alba, el lucero,
que de mi Dios, su promesa,
y de mi hijo, el recuerdo.

¡Y de ti mi amor, todo me gusta…!

Y si de flores, la rosa,
Y si de lilas, sus índigos añiles,
Que de la tierra, mi patria,
Y de mi patria, sus héroes;

¡Y de ti mi amor, todo me gusta!

Y a punto de morir quisiera,
volver al mar y verte cerca;
y postrado al fin de mis tormentos,
rezarle a mi Dios por tanta dicha…

¡Que contigo amor, todo me gusta!

Leopoldo Peña del Bosque

Oh Jesús mío
Dueño del universo
Perdona todas mis faltas
Y exímeme de pecados.

Que si miento por la mañana
Al llegar tarde al trabajo,
es por culpa del tranvía
que se atascó en la gran vía.

Es por tener un patrón
que aguarda siempre al acecho,
que quiere que todos sellemos
puntualmente a las ocho.

Y si me quedo dormido,
o se me tuesta el biscocho,
le importa más un comino
que si me embuten en el camino.

Y si veo el plato ajeno
más lleno de pepitoria,
no por causa de mi envidia
sino de la hambruna perpetua.

Y si ambiciono escarpines
y se me quiebran los ojos,
es que no aguanto los callos,
ni los clavos de mis zapatos.

Pero el domingo en la misa,
siempre rezo fervoroso,
aunque padezca de olvido
a la hora de dar limosna.

Es la suerte del sufrido,
del que nada ha tenido,
del que sueña con tener,
lo que tú le has prometido.

Leopoldo Peña del Bosque

A tus pies se adosaron
otros pies como los tuyos,
andares cansados se urgían,
una tregua en sus milicias.

Oídos sordos  juntaban,
cuatro orejas sin caletre.
de una cabeza a la otra,
eran dos a voz en gritos.

Y pasaron días sandios,
junto a sus noches memas,
y los gritos no acallaban,
con el sonar de los ecos.

No interesaba encender,
la industria de la sesera,
ni movilizar  corrientes,
que procuraran razones.

Después a tus ojos pillaron,
otro par igual de necios,
con mirada desconvenida,
pero esta vez eran mudos.

Peña / Godoy

Batel que navegas en turbulentas aguas,
Hidalgo en tumbos y plebeyo en tus avances.
Eres romería de albas y de noches,
Sempiterna soledad repodas sola.

Otrora felices días,
Has trocado en océanos de lloros.
Igual que los augurios tristes,
De tu  pesca infortunada.

—Aquí el cuerpo—;—Allá el pensamiento—,
¡Que tortuosa dualidad tan discordante!
La prosaica ambición desprecio el avatar,
Y gambusinos fuimos  tras el oro.

Hoy  las redes del recuerdo lloran perlas,
Regresando al mar la quimera de las almas idas.
¡Ventisca que desguazas el velamen!
Zarandeas el batel y mi ánimo es penuria.

Batel de las tristes alboradas…
¡Naufraga ya mis angustiadas noches!
Dejadme ahí por muerto donde más preciso,
En el pensil florido de mis felices días.

Y síguete de frente y no regreses,
Que con gusto te regalo, mi ambición… y mis pesares.

Leopoldo Peña del Bosque

Azarosa mi suerte
me sostiene aún en esta brega con la vida,

Despojado de un bagaje
Que me tornaba ayer en  invencible…

Sí —

Tu soberbio andar, tu gracia,
tu amor precario,

—Luz titilante de mi vida —

¡Tu que me hiciste sentir como rey un día!
—Ofréndame tan solo el privilegio de un suspiro—

Para sentir orgulloso,
en el gimo de mi nostalgia,

Que alguna vez, estuviste de mí
Profundamente… ¡Enamorada!

Leopoldo Peña del Bosque

De la iglesia de las angustias,
Volaron al atrio mis penas.
Ahí se ven una a una,
y se presumen su historia.

Y a la asonada de lloros
que empapan a las baldosas,
trunca sonoro el reloj,
poniendo fin a la historia.

Y es que el reloj dolorido,
de taciturna provecta,
admirado esta de vicios,
que le corroen los huesos.

Y las penas socarronas,
se me importunan de largo,
y mis lágrimas alcanzan
la altura del baptisterio.

Anegado en aquel pudridero,
el tálamo de la razón carcome,
al ver que el pregón de mis penas
fue diversión de perjuros.

Y la mujer que pensé,
Fuese extensión de mi alma,
Resultó ser pregonera
de las desgracias que lloro.

Ya ni cuento, ni me fío.
Me reservo de mis penas,
Que no hay mejor providencia
Que el cercenarme la lengua.

Leopoldo Peña del Bosque