Noche de soledad. Rumor confuso
Hace el viento surgir de la arboleda,
Donde su red de transparente seda
Grisácea araña entre las hojas puso.

Del horizonte hasta el confín difuso
La onda marina sollozando rueda
Y, con su forma insólita, remeda
Tritón cansado ante el cerebro iluso.

Mientras del sueño bajo el firme amparo
Todo yace dormido en la penumbra,
Sólo mi pensamiento vela en calma,

Como la llama de escondido faro
Que con sus rayos fúlgidos alumbra
El vacío profundo de mi alma.


Julián del Casal

Bate la lluvia la vidriera
Y las rejas de los balcones,
Donde tupida enredadera
Cuelga sus floridos festones.

Bajo las hojas de los álamos
Que estremecen los vientos frescos,
Piar se escucha entre sus tálamos
A los gorriones picarescos.

Abrillántase los laureles,
Y en la arena de los jardines
Sangran corolas de claveles,
Nievan pétalos de jazmines.

Al último fulgor del día
Que aún el espacio gris clarea,
Abre su botón la peonía,
Cierra su cáliz la ninfea.

Cual los esquifes en la rada
Y reprimiendo sus arranques,
Duermen los cisnes en bandada
A la margen de los estanques.

Parpadean las rojas llamas
De los faroles encendidos,
Y se difunden por las ramas
Acres olores de los nidos.

Lejos convoca la campana,
Dando sus toques funerales,
A que levante el alma humana
Las oraciones vesperales.

Todo parece que agoniza
Y que se envuelve lo creado
En un sudario de ceniza
Por la llovizna adiamantado.

Yo creo oír lejanas voces
Que, surgiendo de lo infinito,
Inícianme en extraños goces
Fuera del mundo en que me agito.

Veo pupilas que en las brumas
Dirígenme tiernas miradas,
Como si de mis ansias sumas
Ya se encontrasen apiadadas.

Y, a la muerte de estos crepúsculos,
Siento, sumido en mortal calma,
Vagos dolores en los músculos,
Hondas tristezas en el alma.


Julián del Casal

          I

Suspiro por las regiones
Donde vuelan los alciones
      Sobre el mar,
Y el soplo helado del viento
Parece en su movimiento
      Sollozar;

Donde la nieve que baja
Del firmamento, amortaja
      El verdor
De los campos olorosos
Y de ríos caudalosos
      El rumor;

Donde ostenta siempre el cielo,
A través del aéreo velo,
      Color gris;
Es más hermosa la Luna
Y cada estrella más que una
      Flor de lis.

          II

Otras veces sólo ansío
Bogar en firme navío
      A existir
En algún país remoto,
Sin pensar en el ignoto
      Porvenir.

Ver otro cielo, otro monte,
Otra playa, otro horizonte,
      Otro mar,
Otros pueblos, otras gentes
De maneras diferentes
      De pensar.

¡Ah! si yo un día pudiera
Con qué júbilo partiera
      Para Argel,
Donde tiene la hermosura
El color y la frescura
      De un clavel.

Después fuera en caravana
Por la llanura africana
      Bajo el sol
Que, con sus vivos destellos,
Pone un tinte a los camellos
      Tornasol.

Y cuando el día expirara
Mi árabe tienda plantara
      En mitad
De la llanura ardorosa
Inundada de radiosa
      Claridad.

Cambiando de rumbo luego,
Dejara el país del fuego
      Para ir
Hasta el imperio florido
En que el opio da el olvido
      Del vivir.

Vegetara allí contento
De alto bambú corpulento
      Junto al pie,
O aspirando en rica estancia
La embriagadora fragancia
      Que da el té.

De la Luna al claro brillo
Iría al Río Amarillo
      A esperar
La hora en que, el botón rojo,
Comienza la flor de loto
      A brillar.

O mi vista deslumbrara
Tanta maravilla rara
      Que el buril
De artista, ignorado y pobre,
Graba en sándalo o en cobre
      O en marfil.

Cuando tornara el hastío
En el espíritu mío
      A reinar,
Cruzando el inmenso piélago
Fuera a taitiano archipiélago
      A encallar.

A aquel en que vieja historia
Asegura a mi memoria
      Que se ve
El lago en que un hada peina
Los cabellos de la reina
      Pomaré.

Así errabundo viviera
Sintiendo todo quimera
      Rauda huir,
Y hasta olvidando la hora
Incierta y aterradora
      De morir.

          III

Mas no parto. Si partiera
Al instante yo quisiera
      Regresar.
¡Ay! ¿Cuándo querrá el destino
Que yo pueda en mi camino
      Reposar?


Julián del Casal

Noble y altivo, generoso y bueno
Apareciste en tu nativa tierra,
Como sobre la nieve de alta sierra
De claro día el resplandor sereno.

Torpe ambición emponzoñó tu seno
Y, en el bridón siniestro de la guerra,
Trocaste el suelo que tu polvo encierra
En abismo de llanto, sangre y cieno.

Mas si hoy execra tu memoria el hombre,
No del futuro en la extensión remota
Tus manes han de ser escarnecidos;

Porque tuviste, paladín sin nombre,
En la hora cruel de la derrota,
El supremo valor de los vencidos.


Julián del Casal

Nube fragante y cálida tamiza
El fulgor del palacio de granito,
Ónix, pórfido y nácar. Infinito
Deleite invade a Herodes. La rojiza

Espada fulgurante inmoviliza
Hierático el verdugo, y hondo grito
Arroja Salomé frente al maldito
Espectro que sus miembros paraliza.

Despójase del traje de brocado
Y, quedando vestida en un momento,
De oro y perlas, zafiros y rubíes,

Huye del Precursor decapitado
Que esparce en el marmóreo pavimento
Lluvia de sangre en gotas carmesíes.


Julián del Casal

          I

De mi vida misteriosa,
Tétrica y desencantada,
Oirás contar una cosa
Que te deje el alma helada.

Tu faz de color de rosa
Se quedará demacrada,
Al oír la extraña cosa
Que te deje el alma helada.

Mas sé para mí piadosa,
Si de mi vida ignorada,
Cuando yo duerma en la fosa,
Oyes contar una cosa
Que te deje el alma helada.

          II

Quizás sepas algún día
El secreto de mis males,
De mi honda melancolía
Y de mis tedios mortales.

Las lágrimas a raudales
Marchitarán tu alegría,
Si a saber llegas un día
El secreto de mis males.

          III

Quisiera de mí alejarte,
Porque me causa la muerte
Con la tristeza de amarte
El dolor de comprenderte.

Mientras pueda contemplarte
Me ha de deparar la suerte,
Con la tristeza de amarte
El dolor de comprenderte.

Y sólo ansío olvidarte,
Nunca oírte y nunca verte,
Porque me causa la muerte
Con la tristeza de amarte
El dolor de comprenderte.


Julián del Casal

    Cuando el hijo salvaje del desierto
Ata su blanca yegua enflaquecida
Al fuerte tronco de gigante planta.
Y, tregua dando a su mortal fatiga,
Cae en el lecho de tostada arena
Donde la luz reverberar se mira;
Sueña en los verdes campos anchurosos
En que se eleva la gallarda espiga
Dorada por el Sol resplandeciente;
En la plácida fuente cristalina
Que le apaga la sed abrasadora;
En la tribu que forma su familia;
En el lejano oasis misterioso
Cuya frescura a descansar convida;
Y en el harén, poblado de mujeres
Bellas como la luz del mediodía,
Que entre nubes de aromas enervantes,
Prodigan al sultán dulces caricias.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

    Pero al salir del sueño venturoso
Sólo ve, dilatadas las pupilas.
Desierto, el arenal ilimitado;
Roja, la inmensa bóveda vacía.


Julián del Casal

No me habléis más de dichas terrenales
Que no ansío gustar. Está ya muerto
Mi corazón, y en su recinto abierto
Sólo entrarán los cuervos sepulcrales.

Del pasado no llevo las señales
Y a veces de que existo no estoy cierto,
Porque es la vida para mí un desierto
Poblado de figuras espectrales.

No veo más que un astro oscurecido
Por brumas de crepúsculo lluvioso,
Y, entre el silencio de sopor profundo,

Tan sólo llega a percibir mi oído
Algo extraño y confuso y misterioso
Que me arrastra muy lejos de este mundo.


Julián del Casal

Tez morena encendida por la navaja,
Pecho alzado de eunuco, talle que aprieta
Verde faja de seda, bajo chaqueta
Fulgurante de oro cual rica alhaja.

Como víbora negra que un muro baja
Y a mitad del camino se enrosca quieta,
Aparece en su nuca fina coleta
Trenzada por los dedos de amante maja.

Mientras aguarda oculto tras un escaño
Y cubierta la espada con rojo paño
Que, mugiendo, a la arena se lance el toro,

Sueña en trocar la plaza febricitante
En purpúreo torrente de sangre humeante
Donde quiebre el ocaso sus flechas de oro.


Julián del Casal