I

Agoniza la luz. Sobre los verdes
Montes alzados entre brumas grises,
Parpadea el lucero de la tarde
Cual la pupila de doliente virgen
En la hora final. El firmamento
Que se despoja de brillantes tintes
Aseméjase a un ópalo grandioso
Engastado en los negros arrecifes
De la playa desierta. Hasta la arena
Se va poniendo negra. La onda gime
Por la muerte del Sol y se adormece
Lanzando al viento sus clamores tristes.

          II

En un jardín, las áureas mariposas
Embriagadas están por los sutiles
Aromas de los cálices abiertos
Que el Sol espolvoreaba de rubíes,
Esmeraldas, topacios, amatistas
Y zafiros. Encajes invisibles
Extienden en silencio las arañas
Por las ramas nudosas de las vides
Cuajadas de racimos. Aletean
Los flamencos rosados que se irguen
Después de picotear las fresas rojas
Nacidas entre pálidos jazmines.
Graznan los pavos reales.
                                                  Y en un banco
De mármoles bruñidos, que recibe
La sombra de los árboles coposos,
Un joven soñador está muy triste,
Viendo que el aura arroja en un estanque
Jaspeado de metálicos matices,
Los pétalos fragantes de los lirios
Y las plumas sedosas de los cisnes.


Julián del Casal

More than a mother as a saint to me
You were in truth. You gave me birth and died,
But Oh! my mother when you left my side
God kissed an angel in eternity.

Today when in my dreams methinks I see
Your smiling face, I gaze on you with pride,
And sigh, sweet mother, as I oft have sighed
While tears I shed when I remember thee.

And should we never, never meet again
How sad ‘twould be, but I shall always keep
Your image in my heart, and not complain;

For something tells me that you lie asleep
Because my suff’ring would have caused you pain
Because my weeping would have made you weep.

Voz inefable que a mi estancia llega
En medio de las sombras de la noche,
Por arrastrarme hacia la vida brega
Con las dulces cadencias del reproche.

Yo la escucho vibrar en mis oídos,
Como al pie de olorosa enredadera
Los gorjeos que salen de los nidos
Indiferente escucha herida fiera.

¿A qué llamarme al campo del combate
Con la promesa de terrenos bienes,
Si ya mi corazón por nada late
Ni oigo la idea martillar mis sienes?

Reservad los laureles de la fama
Para aquellos que fueron mis hermanos:
Yo, cual fruto caído de la rama,
Aguardo los famélicos gusanos.

Nadie extrañe mis ásperas querellas:
Mi vida, atormentada de rigores,
Es un cielo que nunca tuvo estrellas,
Es un árbol que nunca tuvo flores.

De todo lo que he amado en este mundo
Guardo, como perenne recompensa,
Dentro del corazón, tedio profundo,
Dentro del pensamiento, sombra densa.

Amor, patria, familia, gloria, rango,
Sueños de calurosa fantasía,
Cual nelumbios abiertos entre el fango
Sólo vivisteis en mi alma un día.

Hacia país desconocido abordo
Por el embozo del desdén cubierto:
Para todo gemido estoy ya sordo,
Para toda sonrisa estoy ya muerto.

Siempre el destino mi labor humilla
O en males deja mi ambición trocada:
Donde arroja mi mano una semilla
Brota luego una flor emponzoñada.

Ni en retornar la vista hacia el pasado
Goce encuentra mi espíritu abatido:
Yo no quiero gozar como he gozado,
Yo no quiero sufrir como he sufrido.

Nada del porvenir a mi alma asombra
Y nada del presente juzgo bueno;
Si miro al horizonte todo es sombra,
Si me inclino a la tierra todo es cieno.

Y nunca alcanzaré en mi desventura
Lo que un día mi alma ansiosa quiso:
Después de atravesar la selva oscura
Beatriz no ha de mostrarme el Paraíso.

Ansias de aniquilarme sólo siento
O de vivir en mi eternal pobreza
Con mi fiel compañero, el descontento,
Y mi pálida novia, la tristeza.


Julián del Casal

Víctimas de cruenta alevosía,
Doblasteis en la tierra vuestras frentes,
Como en los campos llenos de simientes
Palmas que troncha tempestad bravía.

Aún vagan en la atmósfera sombría
Vuestros últimos gritos inocentes,
Mezclados a los golpes estridentes
Del látigo que suena todavía.

¡Dormid en paz los sueños postrimeros
En el seno profundo de la nada,
Que nadie ha de venir a perturbaros;

Los que ayer no supieron defenderos
Sólo pueden, con alma resignada,
Soportar la vergüenza de lloraros!


Julián del Casal

En el palacio hebreo, donde el suave
Humo fragante por el sol deshecho,
Sube a perderse en el calado techo
O se dilata en la anchurosa nave,

Está el Tetrarca de mirada grave,
Barba canosa y extenuado pecho,
Sobre el trono, hierático y derecho,
Como dormido por canciones de ave.

Delante de él, con veste de brocado
Estrellada de ardiente pedrería,
Al dulce son del bandolín sonoro,

Salomé baila y, en la diestra alzado,
Muestra siempre, radiante de alegría,
Un loto blanco de pistilos de oro.


Julián del Casal

Perdió mi corazón el entusiasmo
Al penetrar en la mundana liza,
Cual la chispa al caer en la ceniza
Pierde el ardor en fugitivo espasmo.

Sumergido en estúpido marasmo
Mi pensamiento atónito agoniza
O, al revivir, mis fuerzas paraliza
Mostrándome en la acción un vil sarcasmo.

Y aunque no endulcen mi infernal tormento
Ni la Pasión, ni el Arte, ni la Ciencia,
Soporto los ultrajes de la suerte,

Porque en mi alma desolada siento,
El hastío glacial de la existencia
Y el horror infinito de la muerte.


Julián del Casal

Como rosadas flechas de aljabas de oro
Vuelan los bambúes finos flamencos,
Poblando de graznidos el bosque mudo,
Rompiendo de la atmósfera los níveos velos.

El disco anaranjado del Sol poniente
Que sube tras la copa de arbusto seco,
Finge un nimbo de oro que se desprende
Del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.

Y las ramas erguidas de los juncales
Cabecean al borde de los riachuelos,
Como el soplo del aura sobre la playa
Los mástiles sin velas de esquifes viejos.


Julián del Casal

Cuando yo duerma, solo y olvidado,
    Dentro de oscura fosa,
Por haber en tu lecho malgastado
    Mi vida vigorosa;

Cuando en mi corazón, que tuyo ha sido,
    Se muevan los gusanos
Lo mismo que en un tiempo se han movido
    Los afectos humanos;

Cuando sienta filtrarse por mis huesos
    Gotas de lluvia helada,
Y no me puedan reanimar tus besos
    Ni tu ardiente mirada;

Una noche, cansada de estar sola
    En tu alcoba elegante,
Saldrás, con tu belleza de española,
    A buscar otro amante.

Al verte mis amigos licenciosos
    Tan bella todavía,
Te aclamarán, con himnos estruendosos,
    La diosa de la orgía.

Quizá alguno, ¡oh, bella pecadora!,
    Mirando tus encantos,
Te repita, con voz arrulladora
    Mis armoniosos cantos;

Aquellos en que yo celebré un día
    Tus amores livianos,
Tu dulce voz, tu femenil falsía,
    Tus ojos africanos.

Otro tal vez, dolido de mi suerte
    Y con mortal pavura,
Recuerde que causaste tú mi muerte,
    Mi muerte prematura.

Recordará mi vida siempre inquieta,
    Mis ansias eternales,
Mis sueños imposibles de poeta,
    Mis pasiones brutales.

Y, en nuevo amor tu corazón ardiendo,
    Caerás en otros brazos,
Mientras se esté mi cuerpo deshaciendo
    En hediondos pedazos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Pero yo, resignado a tu falsía,
    Soportaré el martirio.
¿Quién pretende que dure más de un día
    El aroma de un lirio?


Julián del Casal