¡Cuál vaga entre las flores
el céfiro süave!
¡Cuál con lascivo vuelo
sus frescas alas bate!

Sus alas delicadas,
que forman al mirarse
del sol en los reflejos
mil visos y cambiantes.

¡Cuán bullicioso corre
de flor en flor! ¡y afable
con soplo delicioso
las mece y se complace!

Ahora a un lirio llega,
ahora el jazmín lame,
la hierbezuela agita
y a los tomillos parte.

do entre mil amorcitos
vuela y revuela fácil
y los besa y escapa
con alegre donaire.

La tierna hierbezuela
se estremece delante
de sus soplos sutiles
y en ondas mil se abate.

Él las mira y se ríe,
y el susurro que hacen
le embelesa, y atento
se suspende a gozarle.

Luego rápido vuelve,
y alegre por los valles
no hay planta que no toque,
ni tallo que no halague.

Verasle ya en la cima
del olmo entre las aves,
seguir con dulces silbos
sus trinos y cantares.

Verasle ya en el suelo
aquí y allí tornarse
con giro bullicioso
festivo y anhelante.

Verasle entre las hojas
metido salpicarse
las alas del rocío
que inquieto les esparce.

Verasle de sus hojas
lascivo abrir el cáliz
y empaparse las alas
de su aroma fragante.

Verasle del arroyo
formar en los cristales
batiendo sus airones
mil ondas y celajes.

Parece cuando vuela
sobre ellos que cobarde,
las puntas ya mojadas,
no acierta a retirarse.

¿Pues qué, si al prado siente
que las zagalas salen?
verás a las más bellas
mil vueltas y mil darle.

Ora entre los cabellos
se enreda y se retrae,
el seno les refresca
y ondéales el talle.

Vuela alegre a los ojos,
y en sus rayos brillantes
se mira y da mil vueltas
sin que la luz le abrase.

Por sus labios se mete
y al punto vuelve y sale;
baja al pie y se lo besa,
y anda a un tiempo en mil partes.

Así el céfiro alegre,
sin nada cautivarle,
de todo lo más bello
felice gozar sabe.

Sus alas vagarosas
con giros agradables
no hay flor que no sacudan,
ni rosa que no abracen.

¡Ay Dori!, ejemplo toma
del céfiro inconstante;
no con Aminta sólo
tu fino amor malgastes.


Juan Meléndez Valdés

«Dicen que alegre canto
tan amorosos versos,
cual nuestros viejos tristes
nunca cantar supieron.

»Pero yo, que sin sustos
pretensiones ni pleitos
vivo siempre entre danzas
retozando y bebiendo,

»¿puedo acaso afligirme?
¿Pueden mis dulces metros
no sacar los ardores
de Cupido y Lïeo?

»¿Por qué los que me culpan,
de vil codicia ciegos
inicuos atesoran
y gozan con recelo?

»¿Por qué en fatal envidia
hierven y horror sus pechos,
cuando riente el mío
nada en genial contento?

»¿Por qué afanados velan
mientras que en paz yo duermo,
tras el fugaz fantasma
de la ambición corriendo?

»Bien por mí seguir puede
cada cual su deseo,
pero yo antes que al oro
a los brindis me atengo,

»y antes que a negras iras
o a deleznables puestos,
a delicias y gozos
libre daré mi pecho.

»Vengan, pues, vino y rosas,
que mejor que no duelos
son los sorbos süaves
con que alegre enloquezco».

Así a Dorila dije,
que festiva al momento
me dio llena otra copa
gustándola primero.

Y entre mimos y risas
con semblante halagüeño
respondiome: «¿Qué temes
la grita de los viejos?

»Bebamos si nos riñen,
bebamos y bailemos,
que de tus versos dulces
yo sola juzgar debo».


Juan Meléndez Valdés

Cuando mi blanda Nise
lasciva me rodea
con sus nevados brazos
y mil veces me besa,

cuando a mi ardiente boca
su dulce labio aprieta,
tan del placer rendida
que casi a hablar no acierta,

y yo por alentarla
corro con mano inquieta
de su nevado vientre
las partes más secretas,

y ella entre dulces ayes
se mueve más y alterna
ternuras y suspiros
con balbuciente lengua,

ora hijito me llama,
ya que cese me ruega,
ya al besarme me muerde,
y moviéndose anhela,

entonces, ¡ay!, si alguno
contó del mar la arena,
cuente, cuente, las glorias
en que el amor me anega.


Juan Meléndez Valdés

Ofendido me tiene,
muchachas, vuestro trato,
mucho decirlo siento,
mas ya no he de callarlo.

Yo os quise desde niño,
os sirvo y os regalo,
y en burlas inocentes
os digo mil halagos.

Mi lira os entretiene
con sus acentos blandos;
de ella gustáis tañendo,
de ella gozáis bailando.

En mis süaves versos
vuestras delicias canto,
vuestro desdén lamento,
vuestra belleza alabo.

¿Y esquivas hoy vosotras
me desdeñáis en pago?
Pues mirad que de amigo
me volveré contrario.


Juan Meléndez Valdés

¡Oh, cuál con estas hojas
que en sosegado vuelo
de los árboles giran,
circulando en el viento,

mil imágenes tristes
hierven ora en mi pecho,
que anublan su alegría
y apagan mis deseos!

Símbolo fugitivo
del mundanal contento,
que si fósforo brilla,
muere en humo deshecho,

no hace nada que el bosque
florecidas cubriendo,
la vista embelesaban
con su animado juego,

cuando entre ellas vagando
el cefirillo inquieto,
sus móviles cogollos
colmó de alegres besos.

Las dulces avecillas
ocultas en su seno
el ánimo hechizaron
con sus sonoros quiebros;

y entre lascivos píos,
llagadas ya del fuego
del blando amor, bullían
de aquí y de allá corriendo,

los más despiertos ojos
su júbilo y el fresco
de las sombras amigas
solicitando al sueño.

Pero el Can abrasado
vino en alas del tiempo,
y a su fresca verdura
mancilló el lucimiento.

Sucediole el otoño;
tras de él, árido el cierzo
con su lánguida vida
acabó en un momento;

y en lugar de sus galas
y del susurro tierno
que al más leve soplillo
vagas antes hicieron,

hoy muertas y ateridas,
ni aun de alfombrar el suelo
ya valen, y la planta
las huella con desprecio.

Así sombra mis años
pasarán, y con ellos
cual las hojas fugaces,
volará mi cabello;

mi faz de ásperas rugas
surcará el crudo invierno,
de flaqueza mis pasos,
de dolores mi cuerpo;

y apagado a los gustos,
miraré como un puerto
de salud en mis males,
de la tumba el silencio.


Juan Meléndez Valdés

¿De dónde alegre vienes
tan suelta y tan festiva,
los valles alegrando,
veloz mariposilla?

¿Por qué en sus lindas flores
no paras, y tranquila
de su púrpura gozas,
sus aromas espiras?

Mírote yo, ¡mi pecho
sabe con cuánta envidia!,
de una en otra saltando
más presta que la vista.

Mírote que en mil vuelos
las rondas y acaricias:
llegas, las tocas, pasas,
huyes, vuelves, las libas.

De tus alas entonces
la delicada y rica
librea se despliega
y al sol opuesta brilla.

Tus plumas se dilatan,
tu cuello ufano se hincha,
tus cuernos y penacho
se tienden y se rizan.

¡Qué visos y colores!,
¡qué púrpura tan fina!,
¡qué nácar, azul y oro
te adornan y matizan!

El sol, cuyos cambiantes
te esmaltan y te animan,
contigo se complace
y alegre en ti se mira.

Los céfiros te halagan,
las rosas a porfía
sus tiernas hojas abren
y amantes te convidan.

Tú empero bulliciosa,
tan libre como esquiva,
sus ámbares desdeñas,
su seno desestimas.

Con todas te complaces;
y suelta y atrevida
feliz de todas gozas,
ninguna te cautiva.

Ya un lirio hermoso besas;
ya inquieta solicitas
la rosa y de ella sales
tras un jazmín perdida.

El fresco alhelí meces,
a la azucena quitas
el oro puro y corres
tras una clavellina.

Vas luego al arroyuelo;
y en sus plácidas linfas,
posada sobre un ramo,
te complaces y admiras.

Mas el viento te burla
y el ramillo retira,
o salpicas tus alas
si hacia el agua lo inclina.

Y al punto en presto vuelo
te tiendes divertida
lo largo de los valles
que abril de flores pinta.

Ahora el ala abates,
ahora en torno giras,
ahora entre las hojas
te pierdes fugitiva.

¡Felice mariposa!,
tú bebes de la risa
del alba, y cada instante
placeres mil varías.

Tú adornas el verano.
traes a las floridas
vegas con tu inconstancia
el gozo y las delicias.

Mas, ¡ay!, mil veces fueran
mayores aún mis dichas,
si fuese a ti en mudarse
mi Doris parecida.


Juan Meléndez Valdés

Pensativo y lloroso,
contemplando cuán tibia
Dorila mi amor oye
por hermosa y por niña,

al margen de una fuente
me asenté cristalina,
que un rosal adornaba
con su pompa florida.

El voluble murmullo
de sus plácidas linfas
de mis penas agudas
amainaba las iras;

y en sus ondas rientes
encantada la vista,
invisibles cual ellas mis
cuidados se huían,

cuando en torno una rosa
que besar solicita
volar vi a un cefirillo
con ala fugitiva,

y entre blandos susurros
en voz dulce y sumisa
entendí que a la bella
cariñoso decía:

«¿Dó, insensible, te vueltes?
¿Por qué, injusta, te privas
en mis juegos vivaces
de mil tiernas caricias?

Mírame que rendido
cuando humillar podría
con soplo despeñado
tu presunción esquiva,

que te tornes te ruego,
y a mis labios permitas
que los ámbares gocen
que en tus hojas abrigas.

No temas, no, que ofendan
con culpable osadía
su rosicler hermoso,
aunque blanda te rindas.

Aun más fino que ardiente,
a nada más aspiran
que a un inocente beso
las esperanzas mías.

Por ti dejé en el valle,
por ti, beldad altiva,
con vuelo desdeñoso,
mil lindas florecitas .

Tú sola me embebeces,
tú sola», repetía
el céfiro, y más suelto
en torno de ella gira,

cuando súbito noto
que la rosa rendida
le presenta su seno,
y él cien besos le liba,

con los cuales mimosa
de aquí y de allá se agita,
otros y otros buscando
que muy más la mecían.

Y en aquel mismo punto
escuché que benigna
nueva voz me alentaba,
nuncio fiel de mis dichas:

«No de tímido ceses;
insta, anhela, suplica,
cefirillo incesante
de tu rosa Dorila;

y en sus dulces canciones
delicada tu lira
su tibieza y sus miedos
cual la nieve derritan.

Verás cómo a tus ansias
cede al fin y propicia
las finezas atiende,
por ti ciega suspira,

apurando en mi copa
las inmensas delicias
que a mis más fieles guardo,
que mi afecto le brinda».

Del Amor fue el consejo;
y así luego entre risas
vi a la esquiva en mis brazos
como mil rosas fina.


Juan Meléndez Valdés

¡Oh!, rompa ya el silencio el dolor mío,
y al labio salga en dolorido acento
la aguda pena en que morir porfío.

Con lastimeros ayes gima el viento;
y entre suspiros y mortal quebranto
la falta de la voz supla el lamento;

ciegos los ojos con su amargo llanto,
lejos de la alma luz, siempre en oscura
noche fenezcan en desastre tanto.

Truéqueseme la dicha en desventura,
ni jamás bien alguno esperar pueda,
pues me robó la muerte mi luz pura.

¡Filis!, ¡amada Filis!, ¡ay! ¿Qué queda
ya a mi dolor?, ¿faltaste, mi señora?
¡Cómo la voz el sentimiento veda!

Allá volaste al cielo a ser aurora,
dejando en llanto y sempiterno olvido
esta alma triste que tu ausencia llora.

¿Qué?, ¿ni mi dulce amor te ha detenido?,
¿ni la amarga orfandad en que me dejas?
¿Tan mal, querida Fili, te he servido?,

¿así de este infeliz, así te alejas?
Vuelve, adorada, vuelve a consolarme;
no más desdeñes mis dolientes quejas.

Pero tú no pudiste abandonarme;
el golpe de la muerte, el golpe fiero
sólo de ti, mi bien, logró apartarme.

¡Oh muerte!, ¡muerte!, ¡oh golpe lastimero!
¡Ay!, ¿sabes, despiadada, lo que hiciste?
De todos tus delitos, el postrero.

¿A quién con mano bárbara rompiste
el feliz hilo de la tierna vida,
y en el sepulcro despiadada hundiste?

¡A Filis!, ¡a mi Filis!, ¡mi querida,
mi inocente zagala! Su ternura,
¿en qué ofenderte pudo, fementida?

¿No te movió su angélica hermosura
a que no mancillases insolente
tan delicada flor en su alba pura?

jamás yo te creí tan inclemente;
mas este golpe, golpe lamentable,
¡oh, cuán a costa mía me desmiente!

«¡Oh dura mano!, ¡oh bárbara, implacable!
¿A quién», clamo sin fin, «tu sañafiera
hirió con su guadaña abominable?

¡A Filis!, ¡a mi Filis…! ¡testo espera
a inocencia y amor, mientras riendo
eterno un siglo la maldad prospera!

Huye, inhumana, al Tártaro tremendo;
y en sus abismos húndete entre horrores,
húndete, oh monstruo, tus hazañas viendo…»

Deliro en mi pasión; y mis dolores
crecen, inmensos como el mar. ¡Cuitado!,
¿qué he de hacer sin mi bien, sin mis amores?

¡Que ya no gozaré su alegre lado!,
¡ni oiré más sus suavísimas razones!,
¡ni he de ver de su rostro el tierno agrado!

¡Sus ojuelos, imán de corazones,
aquellos ojos cuya lumbre clara
tras sí arrastraron tantas atenciones!

¡Y aquel cuello, aquel talle, aquella rara
gracia que en noche eterna se oscurece!
¡Ay, muerte dura, de mi bien avara!

Lloro, y llorando mi tormento crece;
pero, ¡qué mucho!, si en mi acerba pena
todo el orbe dolido se enternece:

con horrísono silbo el aire suena,
ni el agua corre ya como solía,
ni la tierra es fructífera ni amena,

ni arrebolado asoma el albo día,
ni en la cima es del cielo el sol fulgente,
ni la luna en la noche húmida y fría.

El Tormes el raudal de su corriente
detiene por seguir mi amargo llanto,
de ciprés coronada la ancha frente.

Con lúgubre aparato y triste canto,
de sus ninfas el coro le rodea;
¡ay, cuál doblan sus voces mi quebranto!

No ya el nácar sus cuellos hermosea,
ni sembrado de perlas y corales
su cabello en los hombros libre ondea.

Mustio taray y tocas funerales
hoy visten todas por la Filis mía,
de su agudo pesar ciertas señales.

¡Oh, cuál con ellas yo la vi algún día
del seco agosto en la enojosa llama
triscar alegre en la corriente fría!

Hoy en llanto su pecho se derrama;
y con doliente lúgubre alarido,
cual si la oyese, cada cual la llama.

El raudo Tormes con mortal quejido
también las acompaña; y su lamento
merece de Neptuno ser oído.

Neptuno, el que del húmido elemento
modera la soberbia impetuosa,
ocupando entre dioses alto asiento;

el que con voz y diestra poderosa,
con su tridente en carro de corales
alza o calma su furia sonorosa,

retrajo el curso a repetir mis males,
y en ronco son los hórridos tritones
dieron de su dolor ciertas señales.

Del húmido palacio los salones
retumbaron con fúnebres gemidos,
y temblaron columnas y artesones.

Las focas y delfines doloridos
en rumbo incierto tras su dios vagaban,
de tan nuevos prodigios aturdidos,

y como que asombrados preguntaban:
«¿Qué horror es éste y dolorosoestruendo?»,
y los míseros llantos remedaban,

las colas escamosas revolviendo
y en las cerúleas ondas excitando
desapacible son, ronco y horrendo.

Por las vecinas playas lamentando
sonaban de otra parte los zagales
en tristes coros el desastre infando.

Mas ¡ay!, ¡ay!, que sus cantos a mis males
en nada alivio dan; mas antes crecen
en mis ojos dos fuentes inmortales;

que si ya, gloria mía, no merecen
estar colgados de tu faz süave,
mejor en ciego llanto así fenecen.

¡Oh dolor sobre todos el más grave!,
¡oh sombra¡, ¡oh fugaz bien!, ¡incierta vida!,
quien en ti se confía poco sabe:

apenas apareces, ya eres ida,
dejando la esperanza en ti fundada
cual mustia flor del vástago partida.

¿Quién pudiera decirme que mi amada,
mi tierna palomita, de repente
así del seno me sería robada,

cuando a aguardarla fui junto a la fuente
la tarde antes del aciago día
en la margen del Tormes trasparente?

¡Cómo me recibió!, ¡con quéalegría
de mí burlando mi temor culpaba,
y fiel su eterna llama me ofrecía!

¡Con qué halagüeños ojos me miraba!,
¡y con cuántos dulcísimos favores
mis dudas, mis zozobras alentaba!

¡Oh mi acabado bien!, ¡oh mis amores!,
¿quién entonces creyera tal fracaso,
ni tras ventura tal estos dolores?

Riéndote la vida al primer paso,
¿quién recelara que su luz temprana
corriera así tan súbito a su ocaso?

Contino, Filis, de mis ojos mana
un mar de ardiente lloro, ¡ay sin ventura!,
aciago fruto en mi esperanza vana.

Tu eterna ausencia mi dolor apura;
y el no haberla, ¡ay de mí!, jamás pensado
dobla al mísero pecho la amargura.

Bien debí, puesto que me vi encumbrado
a lo sumo del bien que en hombre cabe,
temblar el triste fin en que he parado.

¿Pero quién con amor temerlo sabe,
ni entonces hace del agüero cuenta,
ni del búho que suena aciago y grave?

En vano desde el roble en que se asienta
anuncia la corneja el caso triste,
que a un pecho con pasión nada amedrenta.

Tú, ¡Batilo infeliz!, volar la viste
la noche en que enfermó tu Fili amada,
y su fúnebre voz seguro oíste.

Acuérdome también que a la alborada,
dejando ya paciendo mi ganado,
a hablarla fuera en su feliz majada;

y vi un lobo feroz haber robado
una mansa cordera, blanca y bella,
que devoraba sobre el fresco prado.

Corrí compadecido a socorrella;
y súbito…, a mis ojos…, ¡qué portento!:
en humo denso se me huyó con ella.

Yo, hasta aquel punto de temor exento,
del espantable caso sorprendido,
caí sobre la hierba sin aliento.

¡Oh, qué de tiempo estuve allí tendido!
Y cuando ya en mi acuerdo hube tornado,
¡ay!, a llorar en tanto mal sumido,

sin poder proseguir lo comenzado,
y atónito de ver prodigios tales,
volví lleno de horror a mi ganado.

Allí luego encontré nuevas señales
que algún terrible caso me anunciaban,
agüeros ciertos de mis crudos males.

Mis mansas ovejillas se espantaban,
y cual si las siguiera un lobo fiero,
girando en torno del redil balaban.

A un lado oí quejido lastimero;
a examinarlo corro…, y de repente…
¿Callarelo, o diré tan triste agüero?

Vi dividida por agudo diente
la corderita a Filis prometida,
que mi mano cuidaba diligente.

Al pie de ella la madre dolorida
con débiles balidos la lloraba,
queriendo con su aliento aún darle vida.

Entonces yo sentí que me apretaba
el corazón un miedo desusado,
y trémulo mil males me anunciaba.

¡Oh mi Fili!, ¡oh mi bien!, ¡oh desgraciado!,
¿qué pudieron decirme estos agüeros?
Que era ya de tu vida el fin llegado;

que esto anunciaban los prodigios fieros,
y esto la triste ave y la cordera.
¡Ay, acabados gustos verdaderos!

¡Vida fugaz, cual sombra pasajera!
Ya a la mía no queda sino llanto,
prueba aun bien débil de mi fe sincera.

Crecerá inmenso mi mortal quebranto,
hasta que huyendo este nubloso suelo
en lazo a ti me una eterno y santo.

Ni, ¡oh mi luz!, pienses que jamás consuelo
hallar podrá mi espíritu abatido,
que en ti el bien me dejó con presto vuelo;

y en lágrimas y penas sumergido,
tu imagen sola cada vez más viva
mi pecho ocupa, de su amor herido.

La horrible parca que de ti me priva
la ansia no apagará con que él la adora,
que su llama en tu falta más se aviva

y acuerda al alma triste en cada hora
tu dulcísimo amor, tu fe sincera.
¡Ay, cuál padezco, y se me parte ahora!

La tierna débil voz, la voz postrera
que en tu labio sonó ya moribundo,
jamás podré olvidarla aunque yo muera.

¿Pues qué si el espectáculo profundo
se me presenta de tu muerte aciaga?
En un mar de mis lágrimas me inundo.

Deja, mi amor, que en ellas me deshaga,
y que en largos suspiros exhalado
mi espíritu a sus ansias satisfaga.

Paréceme mirarte en el cuitado
trance de la postrera despedida,
débil la voz, el rostro demudado,

del todo casi ya desfallecida,
fijos en mí con gesto lastimero
los ojos, y su luz oscurecida,

diciéndome: «Batilo, yo me muero»;
y al quererme abrazar aun débilmente,
en mi boca lanzando el ay postrero,

¡oh dolor!, ¡cuánto estabas diferente
de aquella que antes por tus gracias fuiste
el milagro de amor más reverente!

¡Oh, no me aflijas más, memoria triste!
Deja, deja acabarme en mi amargura;
yo iré presto, mi bien, do tú subiste.

Mi fe, mi firme fe te lo asegura;
no puedo ya vivir de ti apartado,
que el ansia de te ver mi vida apura.

Entonces, de temores sosegado,
en lazo ardiente, casto, verdadero,
por siempre a ti me gozaré ayuntado.

¡Ay!, ¿qué en la tierra, miserable, espero?
¡Muerte cruel, tan pronta con mi amada,
en mí ejecuta, en mí, tu golpe fiero!

Arráncame esta vida quebrantada,
llévame con mi Filis al sosiego
de que el ánima está necesitada.

Muévante, oh cruda, mi infelice ruego,
la vida que aquí paso dolorosa,
y el largo llanto con que el campo riego.

No pienses, no, mostrarte rigurosa,
mi pecho hiriendo en ansias abismado,
que antes serás en tu rigor piadosa,

pues yo de alivio ya desesperado,
ni curo tener cuenta con mi vida,
ni un breve alivio a mi infeliz cuidado.

Mis lágrimas son siempre sin medida,
y en los suspiros con que canso al cielo
el alma se me arranca dolorida.

Ni para alimentarme hallo consuelo,
ni es otra mi bebida que mi llanto,
ni del sueño me alivia el vago vuelo;

pues cuando al fin, rendido en mi quebranto,
entre sus blandas alas me adormece,
despavorido al punto me levanto;

que mil sombras tristísimas me ofrece,
tendiendo yo la mano arrebatado
al bien que niebla vana desparece.

Tal es de mi vivir el triste estado,
huyendo en torva faz siempre las gentes,
y de ellas por sin seso baldonado.

Sólo en mis ovejillas inocentes
compasión halla mi amoroso anhelo,
si es que cabe en mis ansias inclementes.

Ellas solas me siguen en mi duelo;
y en torno rodeándome apiñadas,
doblan con su balar mi desconsuelo.

Las que tuve a mi Filis destinadas,
todas, sin quedar una, han fenecido.
¡Ay corderas, cual ella desgraciadas!

A las otras el prado florecido
jamás mueve a pacer, aunque acabando
las miro con tristísimo balido.

Aquí las tiernas crías van quedando,
las madres allí caen sin aliento,
todas, en cuanto mueren, suspirando,

mientras Melampo, fiel, su sentimiento
me muestra lastimado en ronco aullido,
los pies me lame y me contempla atento,

o ya el camino corre conocido
que a la majada de mi Filis guía,
torna, se para, y cae sin sentido.

Su compasión enciende el alma mía.
¡Oh!, fenezca esta vida desastrada,
que de ir a acompañarte me desvía.

¡Oh mi bien!, ¡mis amores! ¡Oh eclipsada
lumbre de estos mis ojos!, ¡mi consuelo!,
¡rosa en abril florido marchitada!,

llévame donde estás con presto vuelo;
acabe, acabe mi mortal quebranto,
y allá te abrace en el sereno cielo.

Pídeselo con ruego y tierno llanto
a Aquel que inmóvil ve desde su altura
mi firme amor y mi deseo santo.

Entonces sí que, libre de amargura,
mi alegre suerte con la tuya uniendo,
gozaré el lleno bien que acá me apura.

Entonces sí que el alma, en ti viviendo,
se adormirá feliz en paz gloriosa,
sus finas ansias coronadas viendo;

y con habla dulcísima y sabrosa
conversando contigo mano a mano,
podrá llamarse sin temor dichosa.

¿Qué?, ¿no te mueve mi dolor insano?
¿De tu Batilo, Filis, ya te olvidas?
¿Su voz desdeñas?, ¿su clamar es vano?

¿Dó están las voluntades tan unidas?,
¿dó están…? Mas no se cuida allá en elcielo
de las cosas viviendo prometidas;

y ya en paz alma, roto el mortal velo,
de un infeliz en su dolor perdido
tú las ansias no ves ni el desconsuelo,

mientras sobre tu losa aquí tendido
yo besándola estoy sin apartarme,
ni temblar, ¡ay!, el mísero gemido,

hasta que mi dolor llegue a acabarme,
y suba en vuelo alegre arrebatado
donde pueda por siempre a ti juntarme
y gozar tu semblante regalado.


Juan Meléndez Valdés

Al prado fue por flores
la muchacha Dorila,
alegre como el mayo,
como las Gracias linda.

Volvió a casa llorando,
turbada y pensativa,
el trenzado sin orden
las colores perdidas.

Pregúntanle qué tiene,
y ella llora afligida;
háblanle no responde,
ríñenle no replica.

¿Pues qué mal será el suyo?
Las señales indican
que cuando fue por flores
perdió la que tenía.


Juan Meléndez Valdés

Sueltas avecillas
que al amanecer
mil alegres salvas
canoras me hacéis:

si dulces trináis
por ver a mi bien,
callad, que ya sale
            la flor del Zurguén.
       
¿Si cuál es pedís?
¿Si señas queréis?
Callad, parlerillas,
que yo os lo diré,

que impresa en mi pecho
la tengo muy bien,
así a mí me tenga
            la flor del Zurguén.

su rostro, la gloria;
la nieve, su tez,
de alhelís sembrada;
su boca, la miel,

y el turgente seno,
de Amor el vergel,
donde con él juega
            la flor del Zurguén.

Sobre él, la donosa
prendiera un joyel,
do heridas dos almas
yo mismo pinté;

Amor que las hiere
las une también,
en torno esta letra:
            la flor del Zurguén.

Sin que yo la llame
me sale aquí a ver
cual suelta corcilla,
ya blando el desdén;

y cual fiel paloma
que a su pichón ve,
así a mi voz corre
            la flor del Zurguén.
       
Conmigo a este valle
la saco a aprender,
de amor en el arte,
lición de querer;

y ya a todas pasa
en menos de un mes:
tanto ingenio tiene
            la flor del Zurguén.

Cuidado, avecitas,
que a nadie contéis
los dulces secretos
que yo la enseñé;

ni vos, fuentecillas,
me lo murmuréis,
que esto y más merece
            la flor del Zurguén.

Ni me envidiéis necias
el vivo placer
con que, ¡ay!, en sus labios
cien besos le dé,

y ella me dé fina
en pago otros cien,
así tierna os ame
            la flor del Zurguén.


Juan Meléndez Valdés