Cuando la sombra fúnebre y el luto
de la lóbrega noche el mundo envuelven
en silencio y horror, cuando en tranquilo
reposo los mortales las delicias
gustan de un blando saludable sueño,
tu amigo solo, en lágrimas bañado,
vela, Jovino, y al dudoso brillo
de una cansada luz, en tristes ayes
contigo alivia su dolor profundo.

¡Ah! ¡cuán distinto en los fugaces días
de sus venturas y soñada gloria
con grata voz tu oído regalaba!,
cuando ufano y alegre, seducido
de crédula esperanza al fausto soplo,
sus ansias, sus delicias, sus deseos
depositaba en tu amistad paciente,
burlando sus avisos saludables.
Huyeron prestos como frágil sombra,
huyeron estos días; y al abismo
de la desdicha el mísero ha bajado.

Tú me juzgas feliz… ¡Oh, si pudieras
ver de mi pecho la profunda llaga
que va sangre vertiendo noche y día!
¡Oh, si del vivo, del letal veneno
que en silencio le abrasa, los horrores,
la fuerza conocieses! ¡Ay, Jovino!
¡ay amigo! ¡ay de mí! Tú sólo a untriste,
leal, confidente en su miseria extrema,
eres salud y suspirado puerto.
En tu fiel seno, de bondad dechado,
mis infelices lágrimas se vierten,
y mis querellas sin temor; piadoso
las oye, y mezcla con mi llanto el tuyo.
Ten lástima de mí; tú solo existes,
tú solo para mí en el universo.
Doquiera vuelvo los nublados ojos,
nada miro, nada hallo que me cause
sino agudo dolor o tedio amargo.
Naturaleza en su hermosura varia
parece que a mi vista en luto triste
se envuelve umbría, y que, sus leyes rotas,
todo se precipita al caos antiguo;

Sí, amigo, sí: mi espíritu insensible,
del vivaz gozo a la impresión süave,
todo lo anubla en su tristeza oscura,
materia en todo a más dolor hallando
y a este fastidio universal que encuentra
en todo el corazón perenne causa.
La rubia Aurora entre rosadas nubes
plácida asoma su risueña frente,
llamando al día; y desvelado me oye
su luz molesta maldecir los trinos
con que las dulces aves la alborean,
turbando mis lamentos importunos.
El sol, velando en centellantes fuegos
su inaccesible majestad, preside
cual rey al universo, esclarecido
de un mar de luz que de su trono corre.
Yo empero huyendo de él, sin cesar llamo
la negra noche, y a sus brillos cierro
mis lagrimosos fatigados ojos.
La noche melancólica al fin llega,
tanto anhelada: a lloro más ardiente,
a más gemidos su quietud me irrita.
Busco angustiado el sueño; de mí huye
despavorido; y en vigilia odiosa
me ve desfallecer un nuevo día,
por él clamando detestar la noche.

Así tu amigo vive; en dolor tanto,
Jovino, el infelice, de ti lejos,
lejos de todo bien, sumido yace.
¡Ay! ¿dónde alivio encontraré a mis penas?
¿Quién pondrá fin a mis extremas ansias
o me dará que en el sepulcro goce
de un reposo y olvido sempiternos?…
Todo, todo me deja y abandona.
La muerte imploro, y a mi voz la muerte
cierra dura el oído; la paz llamo,
la suspirada paz que ponga al menos
alguna leve tregua a las fatigas
en que el llagado corazón guerrea;
con fervorosa voz en ruego humilde
alzo al cielo las manos: sordo se hace
el cielo a mi clamor; la paz que busco
es guerra y turbación al pecho mío.

Así huyendo de todos, sin destino,
perdido, extraviado, con pie incierto,
sin seso corro estos medrosos valles,
ciego, insensible a las bellezas que ora
al ánimo doquiera reflexivo
natura ofrece en su estación más rica.
Un tiempo fue que de entusiasmo lleno
yo las pude admirar, y en dulces cantos
de gratitud holgaba celebrarlas
entre éxtasis de gozo el labio mío.
¡Oh, cómo entonces las opimas mieses,
que de dorada arista defendidas,
en su llena sazón ceden al golpe
del abrasado segador, oh cómo
la ronca voz, los cánticos sencillos
con que su afán el labrador engaña,
entre sudor y polvo revolviendo
el rico grano en las tendidas eras,
mi espíritu inundaran de alegría!
Los recamados centellantes rayos
de la fresca mañana, los tesoros
de llama inmensos que en su trono ostenta
majestuoso el sol, de la tranquila
nevada luna el silencioso paso,
tanta luz como esmalta el velo hermoso
con que en sombras la noche envuelve el mundo,
melancólicas sombras, jamás fueran
vistas de mí sin bendecir humilde
la mano liberal que omnipotente
de sí tan rica muestra hacernos sabe.
Jamás lo fueran sin sentir batiendo
mi corazón en celestial zozobra.

Tú lo has visto, Jovino: en mi entusiasmo
perdido, dulcemente fugitivas
volárseme las horas… Todo, todo
se trocó a un infeliz: mi triste musa
no sabe ya sino lanzar suspiros,
ni saben ya sino llorar mis ojos,
ni más que padecer mi tierno pecho.
En él su hórrido trono alzó la oscura
melancolía, y su mansión hicieran
las penas veladoras, los gemidos,
la agonía, el pesar, la queja amarga,
y cuanto monstruo en su delirio infausto
la azorada razón abortar puede.

¡Ay!, ¡si me vieses elevado y triste,
inundando mis lágrimas el suelo,
en él los ojos, como fría estatua
inmóvil y en mis penas embargado,
de abandono y dolor imagen muda!
¡Ay! ¡si me vieses ¡ay! en las tinieblas
con fugaz planta discurrir perdido,
bañado en sudor frío, de mí propio
huyendo, y de fantasmas mil cercado!

¡Ay! ¡si pudieses ver…, el devaneo
de mi ciega razón, tantos combates,
tanto caer y levantarme tanto,
temer, dudar, y de mi vil flaqueza
indignarme afrentado, en vivas llamas
ardiendo el corazón al tiempo mismo!
¡hacer al cielo mil fervientes votos
y al punto traspasarlos…, el deseo…
la pasión, la razón ya vencedoras…
ya vencidas huir!… Ven, dulce amigo,
consolador y amparo, ven y alienta
a este infeliz, que tu favor implora.
Extiende a mí la compasiva mano,
y tu alto imperio a domeñar me enseñe
la rebelde razón; en mis austeros
deberes me asegura en la escabrosa
difícil senda que temblando sigo.
La virtud celestial y la inocencia
llorando huyeran de mi pecho triste,
y en pos de ellas la paz; tú conciliarme
con ellas puedes, y salvarme puedes.
No tardes, ven; y poderoso templa
tan insano furor; ampara, ampara
a un desdichado que al abismo que huye
se ve arrastrar por invencible impulso,
y abrasado en angustias criminales,
su corazón por la virtud suspira.


Juan Meléndez Valdés

Dame, Dorila, el vaso
lleno de dulce vino,
que sólo en ver la nieve
temblando estoy de frío.

Ella en sueltos vellones
por el aire tranquilo
desciende, y cubre el suelo
de cándidos armiños.

¡Oh! como el verla agrada,
seguros de su tiro,
deshecha en copos leves
bajar con lento giro!

Los árboles del peso
se inclinan oprimidos,
y alcorza delicado
parecen en el brillo.

Los valles y laderas,
de un velo cristalino
cubiertos, disimulan
su mustio desabrigo.

Mientras el arroyuelo,
con nuevas aguas rico,
saltando bullicioso
se burla de los grillos.

Sus surcos y trabajos
ve el rústico perdidos,
y triste no distingue
su campo del vecino.

Las aves enmudecen
medrosas en el nido
o buscan de los hombres
el mal seguro asilo.

Y el tímido rebaño
con débiles balidos
demanda su sustento
cerrado en el aprisco.

Pero la nieve crece,
y en denso torbellino
la agita con sus soplos
el aquilón maligno.

Las nubes se amontonan,
y el cielo de improviso
se entolda pavoroso
de un velo más sombrío.

Dejémosla que caiga
Dorila, y bien bebidos,
burlemos sus rigores
con dulces regocijos.

Bebamos y dancemos,
que ya el abril florido
vendrá en las blandas alas
del céfiro benigno.


Juan Meléndez Valdés

Decidme, zagalejas,
si visteis a mi amada
bajar con sus corderas
por esta verde falda.

Decidme si la visteis,
cuando al rayar del alba
la luz los valles dora,
salir de su cabaña.

¡Ay!, ¿dónde se me esconde?
Decídmelo, zagalas,
miradme cómo vengo
cansado de buscarla.


Juan Meléndez Valdés

Merced a tus traiciones
al fin respiro, Lice;
al fin de un infelice
el cielo hubo piedad.

Ya rotas las prisiones,
libre está el alma mía;
no sueño, no, este día
mi dulce libertad.

Cesó la antigua llama,
y tranquilo y exento
ni aun un despique siento
do se disfrace amor.

No el rostro se me inflama
si oigo tal vez nombrarte;
el pecho no al mirarte
palpita de temor.

Duermo en paz y no creo
tu imagen ver presente,
ni al despertar la mente
se empieza en ti a gozar.

Lejos de ti me veo,
y quieto estoy de grado,
que nada en mí ha quedado,
ni gusto ni pesar.

Si hablo en tus perfecciones,
no enternecerme siento;
si mis delirios cuento,
ni aun indignarme sé.

Delante te me pones,
y ya no estoy turbado;
en paz con mi engañado
rival de ti hablaré.

Mírame en rostro fiero,
háblame en faz humana:
tu altanería es vana,
y es vano tu favor;

que en mí el mandar primero
perdió tu hablar divino;
tus ojos no el camino
saben del corazón.

Lo que me place o enfada,
si estoy alegre o triste,
no en ser tu don consiste,
ni culpa tuya es;

que ya sin ti me agrada
el prado y selva hojosa;
toda estancia enojosa
me cansa aunque allí estés.

Mira si soy sincero:
aún me pareces bella,
pero no, Lice, aquella
que parangón no ha;

y, no por verdadero
te ofenda, algún defecto
noto en tu lindo aspecto,
que tuve por beldad.

Al romper las cadenas,
dígolo sonrojado,
mi corazón llagado
romper se vio y morir;

mas por salir de penas
y de opresión librarse,
en fin, por rescatarse
¡qué no es dado sufrir!

El colorín trabado
tal vez en blanda liga,
la pluma en su fatiga
deja por escapar;

mas presto matizado
se ve de pluma nueva,
ni, cauto con tal prueba,
le tornan a engañar.

Sé que aún no crees extinto
aquel mi ardor primero
porque callar no quiero
y de él hablando estó;

sólo el natal instinto
me aguija a hacerlo, Lice,
con que cualquiera dice
los riesgos que sufrió.

Pasadas iras cuento
tras tanto ensayo fiero.
De la herida el guerrero
muestra así la señal;

así muestra contento
cautivo que de penas
escapó, las cadenas
que arrastró por su mal.

Hablo, mas sólo hablando
satisfacerme curo;
hablo, mas no procuro
que crédito me des.

Hablo, mas no demando
si apruebas mis razones;
si a hablar de mí te pones,
que tan tranquila estés.

Yo pierdo una inconstante,
tú un corazón sincero;
yo no sé cuál primero
se deba consolar.

Sé que un tan fiel amante
no le hallarás, traidora;
mas otra engañadora
bien fácil es de hallar.


Juan Meléndez Valdés

¡Oh dulce tortolilla!
no más la selva muda
con tus dolientes ayes
molestes importuna.

Deja el arrullo triste,
y al cielo no ya mustia
te vuelvas, ni angustiada
las otras aves huyas.

¿Qué valen ¡ay! tus quejas?
¿acaso de la obscura
morada de la muerte
tu dueño las escucha?,

¿le adularás con ellas?,
¿o allá en la fría tumba
los míseros que duermen
de lágrimas se cuidan?

¡Ay!, no; que do la parca
los guarda con ley dura
no alcanzan los gemidos,
por más que el aire turban.

En vano te querellas.
¿Dó vuelas?, ¿por qué buscas
las sombras, ¡oh infelice!,
negada a la luz pura?

¿Por qué sola, azorada,
de ti misma te asustas
y en tu arrullo te ahogas
en tu inmensa amargura?

Vuelve, cuitada, vuelve;
y a llantos de vïuda
del blando amor sucedan
de nuevo las ternuras.

Adorna el manso cuello,
los ojos desanubla,
y aliña las brillantes
las descuidadas plumas.

Verás cuál de tu pecho
sus dulces llamas mudan
en risas y placeres
los duelos y amargura.


Juan Meléndez Valdés

Al ir a despedirme,
temiéndose
mi olvido,
me dio para memoria
Dorila un Cupidillo:

diciéndome: «En mi seno
ya queda, zagal mío,
si tú la imagen llevas,
por señor el dios mismo.

Ten cuenta, pues, que el tuyo
le guarde bien, y fino
por él sin cesar oigas
la voz de mi cariño;

que aunque cruel te alejas,
con mi anhelar te sigo,
y en cuantos pasos dieres
siempre estaré contigo,

cual tú en toda mi alma;
que este donoso niño
sabrá tu fe guardarme,
tornarte mis suspiros».

Rapazuelo de nácar
en todo extremo
lindo,
que viéndole aun Citeres
creyera ser su hijo:

con su venda a los ojos,
luengo el cabello y rizo,
las alitas doradas
y en la mano sus tiros,

la aljaba sobre el hombro
y el arco vengativo,
que escarmentados temen
los dioses del Olimpo;

arterillo el semblante
cuan vivaz y festivo,
y así como le pintan
desnudo y aterido.

Yo lastimado al verle
burlándome le abrigo,
y al cuello me lo pongo
con un listón asido;

y encantado en sus gracias,
bondadoso y sencillo,
cual un dije precioso
le contemplo y admiro.

Ya le tomo en mis brazos,
ya a mis labios le aplico,
con mi aliento le templo
y en mi pecho le abrigo.

Mas tornando a mirarle,
con él juego y me río,
y en mil besos y halagos
las finezas repito,

tras las cuales le vuelvo
de mi seno al asilo,
do aun más tierno le guardo,
más vivaz le acaricio,

Estrécholo en el seno
con el fuego y me río
le beso cariñoso
le halago compasivo.

Pero sentí al instante
del pecho mil
latidos,
como cuando en el tuyo,
Dorila, me reclino.

Y fue que en él se había
entrado
el fementido.
del corazón llagado,
para aun más afligirlo.


Juan Meléndez Valdés

Rectórico molesto,
deja de persuadirme
que ocupe bien el tiempo
y a mi Dorila olvide.

Ni tú tampoco quieras
con lógicas sutiles,
del néctar de Lïeo
hacer que me desvíe.

Ni tú, que al fiero Marte
muy más errado sigues,
me aflijas con hablarme
de muertes y de lides.

Pero contadme todos
mil bailes y mil brindis,
y mil juegos y amores,
y olores y convites.

Que tras la edad florida
viene la vejez triste,
y antes que llegue quiero
holgarme y divertirme.


Juan Meléndez Valdés

Viendo el Amor un día
que mil lindas zagalas
huían de él medrosas
por mirarle con armas,

dicen que de picado
les juró la venganza
y una burla les hizo,
como suya, extremada.

Tornose en mariposa,
los bracitos en alas
y los pies ternezuelos
en patitas doradas.

¡Oh! ¡qué bien que parece!
¡Oh! ¡qué suelto que vaga,
y ante el sol hace alarde
de su púrpura y nácar!

Ya en el valle se pierde,
ya en una flor se para,
ya otra besa festivo,
y otra ronda y halaga.

Las zagalas, al verle,
por sus vuelos y gracia
mariposa le juzgan
y en seguirle no tardan.

Una a cogerle llega,
y él la burla y se escapa;
otra en pos va corriendo,
y otra simple le llama,

despertando el bullicio
de tan loca algazara
en sus pechos incautos
la ternura más grata.

Ya que juntas las mira,
dando alegres risadas
súbito amor se muestra
y a todas las abrasa.

Mas las alas ligeras
en los hombros por gala
se guardó el fementido,
y así a todos alcanza.

También de mariposa
le quedó la inconstancia:
llega, hiere, y de un pecho
a herir otro se pasa.


Juan Meléndez Valdés

Parad, airecillos,
y el ala encoged,
que en plácido sueño
reposa mi bien.

Parad y de rosas
tejedme un dosel,
do del sol se guarde
        la flor del Zurguén.

Parad, airecillos,
parad, y veréis
a aquella que ciego
de amor os canté,

a aquella que aflige
mi pecho crüel,
la gloria del Tormes,
        la flor del Zurguén.

Sus ojos luceros,
su boca un clavel,
rosa las mejillas;
y atónitos ved

do artero Amor sabe
mil armas prender,
si al viento las tiene
        la flor del Zurguén.

Volad a los valles;
veloces traed
la esencia más pura
que sus flores den.

Veréis, cefirillos,
con cuánto placer
respira su aroma
        la flor del Zurguén.

Soplad ese velo,
sopladlo, y veré
cuál late y se agita
su seno con él:

el seno turgente
do tanta esquivez
abriga en mi daño
        la flor del Zurguén.

¡Ay cándido seno!
¡quién sola una vez
dolido te hallase
de su padecer!

Mas ¡oh! ¡cuán en vano
mi súplica es!,
que es cruda cual bella
        la flor del Zurguén.

La ruego, y mis ansias
altiva no cree;
suspiro, y desdeña
mi voz atender.

Decidme, airecillos,
decidme: ¿qué haré,
para que me escuche
        la flor del Zurguén.

Vosotros felices
con vuelo cortés
llegad, y besadle
por mí el albo pie.

Llegad, y al oído
decidle mi fe;
quizá os oiga afable
        la flor del Zurguén.

Con blando susurro
llegad sin temer,
pues leda reposa,
su altivo desdén.

Llegad y piadosos,
de un triste os doled,
así os dé su seno
        la flor del Zurguén.


Juan Meléndez Valdés

¿De dó tus quejas vienen,
o dulce tortolilla?
¿El bien perdido lloras?
¿o en blando amor suspiras?

Amor, amor te inflama.
rindiose al fin la esquiva
constancia; bien tus ojos
incautos lo publican.

¡Cuál brillan!, ¡cuán alegres
se mueven sus pupilas!,
¡con qué ternura y gracia
al nuevo dueño miran!

Parece que al volverse
le dicen: «Ya las iras
cesaron, ven y goza
por premio mil delicias».

Él llega; y aun cobarde
con vueltas repetidas
cercándote, tu lado
gimiendo solicita.

Rueda y rueda, y se ufana;
tú pïando le animas,
y él más y más sus vueltas
estrecha y multiplica…

¡Oh, tórtola dichosa!,
¿dó vuelas?, ¿tus caricias
le niegas?, ¿o así huyendo
su ardiente amor irritas?

Ya paras; y a su arrullo
respondes; ya lasciva
le llamas, y al besarlo
ya el tierno pico inclinas.

Tu espléndido plumaje
se encrespa y al sol brilla;
tus alas se estremecen,
y gimes y te agitas.

¡Felice y tú, y tu amante,
feliz y esa florida,
haya que en blando lecho
con dulce paz os brinda!


Juan Meléndez Valdés