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Desde milenios tenebrosos,
he ahí cómo la cóncava nave
surca los océanos del olvido
y llega mostrando su vieja quilla,
enhiestos mástiles que suscitan el aliento,
y un vetusto mascarón que se adueña del sueño.
Ha poco que hermosearon su velamen,
renovaron la atractiva señera,
y limpiaron la costra de la cubierta.
Mas es la silenciosa nave que, viniendo del pasado,
nos embiste con inusitado ímpetu,
tal que despierta almas de su letargo.

Juan-José Reyes Ríos

         [1]

   ¡Ay, Isadora, diosa antigua
de extraordinaria belleza,
renacida para el hombre moderno!
Con tu pequeña túnica de gasa incolora
danzas alrededor del dios Pan
y ya las bacantes quedan seducidas
ante la armonía y elasticidad de tu cuerpo.
¿Qué transmitías con tus gestos,
con tus elocuentes brazos,
con tu lindísimo cuello de cisne,
con esas piernas de ninfa de los bosques?
¡Oh diosa del ritmo,
dríade que nos besa,
mientras danza!
Acá viniste para mostrarnos
que la pura belleza femenil,
la belleza de la antigüedad griega,
la belleza de la danza clásica griega,
la mujer en estado sublime…
todo ello había cobrado vida en ti.

         [2]

   Isadora: tú y la danza.
Con esos ritmos…
—fluidez de movimientos,
depurada expresión que provoca
fuerte emoción interna—
ya nos penetra tu aire sibilino.
Esos delicados gestos
que denotan tu divinidad…
¿cómo renacieron,
dónde su raíz auroral?
Yesenin compone unos versos
que tus formas consagran;
y te observa embelesado
sintiendo el suave tacto
de tu luz en su selvática alma.
“La expresión, sí;
cuidad la expresión:
el rostro es el alma”.
Sabed que Isadora abrió sus brazos,
que Serguéi cayó de rodillas, abrazóndola,
y exclamando con voz entrecortada:
—¡Isadora, Isadora mía, mía!
Luego, ella bailó,
y él recitó poesías.
Qué profético fue, ¡oh diosa!,
el tiempo que viviste,
pues te procuró la íntima tragedia.
Todo lo diste con la danza:
la suavidad, la armonía,
la noble expresión…
Ahí estás con tu corta túnica,
con tus doradas sandalias,
danzando en las alturas
de un siglo que mira atrás,
redescubriendo vieja alborada.
Aquel, siempre odiado, echarpe
—en connivencia con la rueda del coche—
acabó con tu vida;
con una vida rebosante de belleza
y delicadeza femenil;
mas jamás con tu imponente danza.
—Es un niño, un poeta-niño
que compone poemas de cielo.
Y si tú no lo dijiste,
lo digo yo, con entereza.
A ti, dulce Isadora,
las arreboladas nubes
única diosa te proclaman.
Y sobre blancas nubes
os encontraréis de nuevo los dos:
tú, la diosa de la danza griega,
y ese alocado poeta ruso que,
sobre ladridos de perro, canta.

Juan-José Reyes Ríos

Ha tiempo que zarpó la nave vikinga
(esa que muestra dos fieros mascarones)
y en ella iba tu amado guerrero,
el de la brillante espada y poderoso escudo.
Dijo que a finales de otoño regresaría;
mas está a punto de finalizar el invierno
y todavía no ha regresado. ¡Ay!
Te he visto descender a la orilla del mar
y esperarlo durante agónicas horas,
sentada a la vera del Gran Abeto.
Ataviada con tu lindo vestido talar
(de gruesa e inevitable hebilla)
y luciendo ese llamativo cinturón,
perdías la vista en la lejanía
sin llegar a oir un distante mugido de caracola,
ni vientos extraños te traían noticias de tu amado.
¡Pero yo miraba fijamente tu hermoso rostro!
Ayer, de pie, con tu codo apoyado
en el corte de la ventana
y tu mano en la mejilla,
te embargaba la tristura,
¡ay, qué melancólica estabas!
Hoy, sentada en el frío escalón
de la majestuosa escalinata,
ya no sabes adónde mirar.
Pero yo sé que miras en tus adentros.
Las rugientes olas del mar
pudieron hundir el barco de tu amado.
La tempestad pudo hacerlo zozobrar.
Poderosas olas quizá se alzaron y lo tumbaron.
Pero aquí estoy yo para condolerte.
No soy guerrero vikingo,
ni tengo lanza, espada,
martillo de guerra o escudo.
Pero puedo hacerte feliz algún día,
cuando necesites de mi calor,
de mis sentidas palabras, de mi preciso tacto.
Nunca te vi desnuda y lo deseo.
Sin embargo, tu hermoseada silueta
dibuja unos preciosos senos
y unas nalgas que quitan el hipo.
Si te viese desnuda
un vórtice me adentraría en tu luz
y desde ella retendría tu imagen en mi retina;
y ya nunca la sacaría de allí.
He rogado a tu vistosa hebilla
que me permita ser el dulce lazo de tu vida.

Juan-José Reyes Ríos

Tú, mi barco pirata…
¡cómo te abordo y te tomo!
Seducido por tu hermosura,
culmina mi madurez en ti,
¡oh mujer de arriba abajo,
que andas sobre la punta de los pies
y arrojas brillantes y amorosos dardos!
Ven conmigo a la mar;
bañémonos desnudos en su playa,
y plenos de pasión dejemos
que nos purifique el sol del mediodía.
Yo no soy astuto, como Ulises,
ni destiño lo teñido con púrpura del mar,
ni mis antojos son caros y perjudiciales
al alma y al cuerpo, ni mi carro
va en pos de las ninfas marinas.
No, ¡todo es mentira!
Pero anhelo cosechar de tu feminidad,
extasiarme, a tu vera,
con la menuda palabra que yerra,
y en el error hallar la certeza,
la vis que nos permita
amarnos por encima del imperio.
Hay muchas maneras de decir «te quiero»,
como soles bañando con sus cálidos rayos
la inmensidad en incesante movimiento.
Te quiero con la mirada,
te enamoro con arrullos y besos,
con el tacto avivo tu cuerpo
que súbitamente recobra vida.
Tú, mi barco pirata,
la que mantiene la cabeza sobre el agua
y me susurra un «te quiero»,
la que fondea en mis versos
y despliega sus velas en el mar de mis adentros,
la que reposa en mi pecho,
despeinados sus cabellos,
y va besándome en silencio,
la que florece en alma y cuerpo
y se hace a la mar de nuestro lecho, …
tú, digo, cuya potencia amatoria
no tiene igual bajo el firmamento,
en el piélago te engolfas y nutres mi sentimiento.
Luego, con palabras te sosiego,
arrebatándote inesperadas lágrimas
que nos unen también párpados adentro.
Cuando te cubras de cabellos blancos,
vestiré tu anciana belleza de corazones
tan albos cual estrictos sombreros blancos.
Finalmente un beso, con viento favorable,
y zarpar dándonos todo el reposo,
mientras en algo nos perdemos.

Juan-José Reyes Ríos