Pierde tras el laurel su noble aliento
el héroe joven en la atroz milicia;
supúltase en el mar por su avaricia
el necio, que engañaron mar y viento.

Hace prisión su lúgrube aposento
el sabio por saber; y por codicia
el que al duro metal de la malicia
fio su corazón y su contento.

Por su cosecha sufre el sol ardiente
el labrador, y pasa noche y día
el cazador de su familia ausente.

Yo también llevaré con alegría
cuantos sustos el orbe me presente,
sólo por agradarte, Filis mía.


Dalmiro. José Cadalso

No basta que en su cueva se encadene
el uno y otro proceloso viento,
ni que Neptuno mande a su elemento
con el tridente azul que se serene;

ni que Amaltea el fértil campo llene
de fruta y flor, ni que con nuevo aliento
al eco den las aves dulce acento,
ni que el arroyo desatado suene.

En vano anuncias, verde primavera,
tu vuelta de los hombres deseada,
triunfante del invierno triste y frío.

Muerta Filis, el orbe nada espera,
sino niebla espantosa, noche helada,
sombras y susto como el pecho mío.


Dalmiro. José Cadalso

Ufanos con el gobierno
del infierno, cielo y mar
los tres dioses no han de estar.
Amor con ser niño tierno
a los tres sabe mandar.


Dalmiro. José Cadalso

Discípulo de Apeles,
si tu pincel hermoso
empleas por capricho
en este feo rostro,
no me pongas ceñudo,
con iracundos ojos,
en la diestra el estoque
de Toledo famoso,
y en la siniestra el freno
de algún bélico monstruo,
ardiente como el rayo,
ligero como el soplo;
ni en el pecho la insignia
que en los siglos gloriosos
alentaba a los nuestros,
aterraba a los moros;
ni cubras este cuerpo
con militar adorno,
metal de nuestras Indias,
color azul y rojo;
ni tampoco me pongas,
con vanidad de docto,
entre libros y planos,
entre mapas y globos.
Reserva esta pintura
para los nobles locos
que honores solicitan
en los siglos remotos;
a mí, que sólo aspiro
a vivir con reposo
de nuestra frágil vida
estos instantes cortos,
la quietud de mi pecho
representa en mi rostro,
la alegría en la frente,
en mis labios el gozo.
Cíñeme la cabeza
con tomillo oloroso,
con amoroso mirto,
con pámpano beodo;
el cabello esparcido,
cubriéndome los hombros,
y descubierto al aire
el pecho bondadoso;
en esta diestra un vaso
muy grande, y lleno todo
de jerezano néctar
o de manchego mosto;
en la siniestra un tirso,
que es bacanal adorno,
y en postura de baile
el cuerpo chico y gordo;
o bien junto a mi Filis,
con semblante amoroso,
y en cadenas floridas
prisionero dichoso.
Retrátame, te pido,
de este sencillo modo,
y no de otra manera,
si tu pincel hermoso
empleas, por capricho,
en este feo rostro.


Dalmiro. José Cadalso

Llegose a mí con el semblante adusto,
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto
al tierno pecho del rapaz Cupido),
un animal de los que llaman sabios,
y de este modo abrió sus secos labios:

“No cantes más de amor. Desde este día
has de olvidar hasta su necio nombre;
aplícate a la gran filosofía;
sea tu libro el corazón del hombre”.
Fuese, dejando mi alma sorprendida
de la llegada, arenga y despedida.

¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,
no más requiebros, gustos y dulzuras,
no más decirte halagos, darte flores,
no más mezclar los celos con ternuras,
no más cantar por monte, selva y prado
tu dulce nombre al eco enamorado;

no más llevarte flores escogidas,
ni de mis palomitas los hijuelos,
ni leche de mis vacas más queridas,
ni pedirte ni darte ya más celos,
ni más jurarte mi constancia pura,
por Venus, por mi fe, por tu hermosura.

No más pedirte que tu blanca diestra
en mi sombrero ponga el fino lazo,
que en sus colores tu firmeza muestra,
que allí le colocó tu airoso brazo;
no más entre los dos un albedrío,
tuyo mi corazón, el tuyo mío.

Filósofo he de ser, y tú, que oíste
mis versos amorosos algún día,
oye sentencias con estilo triste
o lúgubres acentos, Filis mía,
y di si aquél que requebrarte sabe,
sabe también hablar en tono grave.


Dalmiro. José Cadalso

Que un sabio de mal humor
llame locura al amor,
           ya lo veo;
pero que no se enloquezca
cuando otro humor prevalezca,
           no lo creo.

Que una doncella guardada
esté del mundo apartada,
           ya lo veo;
pero que no muera ella
por salir de ser doncella,
           no lo creo.

Que un filósofo muy grave
diga que de amor no sabe,
           ya lo veo;
pero que no mienta el sabio
con el pecho y con el labio,
           no lo creo.

Que una moza admita un viejo
por marido o por cortejo,
           ya lo veo;
mas que el viejo en confusiones
no dé por cuernos doblones,
           no lo creo.

Que un amante abandonado
diga que está escarmentado,
          yalo veo;
pero que él no se desdiga
si encuentra grata a su amiga,
           no lo creo.

Que una vieja ya se asombre
hasta del nombre del hombre
           ya lo veo;
pero que ella no quisiera
ser de edad menos severa,
           no lo creo.

Que una mujer a su amante
jure ser siempre constante,
           ya lo veo;
pero que se pase un día
y ella quiera todavía,
           no lo creo.

Que de todas las mujeres
no importen los pareceres,
           ya lo veo;
pero de que la que amamos
el parecer no sigamos,
           no lo creo.

Que la mujer, cual cristal,
la quiebre un soplo fatal,
           ya lo veo;
pero que pueda soldarse
si una vez llega a quebrarse,
           no lo creo.

Que al espejo las coquetas
estudien mil morisquetas,
           ya lo veo;
pero que sea el cristal
el objeto principal,
           no lo creo.

Que bastante he murmurado
en lo que está criticado,
           ya lo veo;
pero que mucho no pueda
criticarse en lo que pueda,
           no lo creo.

Que la novia moza y linda
al novio viejo se rinda,
           ya lo veo;
pero que crea el barbón
que ella rinde el corazón,
           no lo creo.


Dalmiro. José Cadalso

Llegose a mí con el semblante adusto,
con estirada ceja y cuello erguido
(capaz de dar un peligroso susto
al tierno pecho del rapaz Cupido),
un animal de los que llaman sabios,
y de este modo abrió sus secos labios:

“No cantes más de amor. Desde este día
has de olvidar hasta su necio nombre;
aplícate a la gran filosofía;
sea tu libro el corazón del hombre”.
Fuese, dejando mi alma sorprendida
de la llegada, arenga y despedida.

¡Adiós, Filis, adiós! No más amores,
no más requiebros, gustos y dulzuras,
no más decirte halagos, darte flores,
no más mezclar los celos con ternuras,
no más cantar por monte, selva o prado
tu dulce nombre al eco enamorado;

no más llevarte flores escogidas,
ni de mis palomitas los hijuelos,
ni leche de mis vacas más queridas,
ni pedirte ni darte ya más celos,
ni más jurarte mi constancia pura,
por Venus, por mi fe, por tu hermosura.

No más pedirte que tu blanca diestra
en mi sombrero ponga el fino lazo,
que en sus colores tu firmeza muestra,
que allí le colocó tu airoso brazo;
no más entre los dos un albedrío,
tuyo mi corazón, el tuyo mío.

Filósofo he de ser, y tú, que oíste
mis versos amorosos algún día,
oye sentencias con estilo triste
o lúgubres acentos, Filis mía,
y di si aquél que requebrarte sabe,
sabe también hablar en tono grave.


José Cadalso

Cuando Laso murió, las nueve hermanas
lloraron con tristísimo gemido:
destemplaron sus liras soberanas,
que sólo daban fúnebre sonido:
Gimieron más las musas castellanas,
temiéndose entregadas al olvido.
Mas Febo dijo: «Aliéntese el Parnaso.
Meléndez nacerá, si murió Laso».


Dalmiro. José Cadalso

Que dé la viuda un gemido
por la muerte del marido,
            yalo veo;
pero que ella no se ría
si otro se ofrece en el día,
            nolo creo.

Que Clori me diga a mí
«Sólo he de quererte a ti»,
            yalo veo;
pero que siquiera a ciento
no haga el mismo cumplimiento,
            nolo creo.

Que los maridos celosos,
sean más guardias que esposos,
            yalo veo;
pero que estén las malvadas,
por más guardias, más guardadas,
            nolo creo.

Que al ver de la boda el traje,
la doncella el rostro baje,
            yalo veo;
pero que al mismo momento
no levante el pensamiento,
            nolo creo.

Que Celia tome el marido
por sus padres escogido,
            yalo veo;
pero que en el mismo instante
ella no escoja el amante,
            nolo creo.

Que se ponga con primor
Flora en el pecho una flor,
            yalo veo;
pero que astucia no sea
para que otra flor se vea,
            nolo creo.

Que en el templo de Cupido
el incienso es permitido,
            yalo veo;
pero que el incienso baste,
sin que algún oro se gaste,
            nolo creo.

Que el marido a su mujer
permita todo placer,
            yalo veo;
pero que tan ciego sea,
que lo que vemos no vea,
            nolo creo.

Que al marido de su madre
todo niño llame padre,
            yalo veo;
pero que él, por más cariño,
pueda llamar hijo al niño,
            nolo creo.

Que Quevedo criticó
con más sátira que yo,
            yalo veo;
pero que mi musa calle
porque más materia no halle,
            nolo creo.


Dalmiro. José Cadalso