En lúgubres cipreses
he visto convertidos
los pámpanos de Baco
y de Venus los mirtos;
cual ronca voz del cuervo
hiere mi triste oído
el siempre dulce tono
del tierno jilguerillo;
ni murmura el arroyo
con delicioso trino;
resuena cual peñasco
con olas combatido.
En vez de los corderos
de los montes vecinos
rebaños de leones
bajar con furia he visto;
del sol y de la luna
los carros fugitivos
esparcen negras sombras
mientras dura su giro;
las pastoriles flautas,
que tañen mis amigos,
resuenan como truenos
del que reina en Olimpo.
Pues Baco, Venus, aves,
arroyos, pastorcillos,
sol, luna, todos juntos
miradme compasivos,
y a la ninfa que amaba
al infeliz Narciso,
mandad que diga al orbe
la pena de Dalmiro.


Dalmiro. José Cadalso

No basta que en su cueva se encadene
el uno y otro proceloso viento,
ni que Neptuno mande a su elemento
con el tridente azul que se serene;

ni que Amaltea el fértil campo llene
de fruta y flor, ni que con nuevo aliento
al eco den las aves dulce acento,
ni que el arroyo desatado suene.

En vano anuncias, verde primavera,
tu vuelta de los hombres deseada,
triunfante del invierno triste y frío.

Muerta Filis, el orbe nada espera,
sino niebla espantosa, noche helada,
sombras y susto como el pecho mío.


Dalmiro. José Cadalso

¡Ay, si cantar pudiera
los hijos, de los dioses lira de hombre,
y cual trompa guerrera
de altísima armonía,
que ambos polos atónitos asombre,
resonase la mía,
hijo de Febo, joven prodigioso,
cuál se alzara mi numen orgulloso!

Se alzara por regiones,
astros, esferas, mundos; y a su acento
las célicas mansiones
eco sacro darían,
y los dioses del alto firmamento
a escucharme vendrían.
Anfión y Orfeo no triunfaron tanto
del mar y hórrido reino del espanto.

Creyéndome inspirado
para cantar tus loores dignamente,
mandándomelo el hado,
las musas castellanas,
con lauro coronándome la frente,
vendrían más ufanas
que las de Tebas, cuando el dios del día
a Píndaro portentos influía.

La cítara lesbiana,
que con marfil y pulso a trinar hecho
tañe tu diestra ufana,
en vano, dulce amigo,
para cantarte aplico al blando pecho.
No resuena conmigo
como en tu mano armónica resuena,
de pompa, majestad y gloria llena.

Resuena cual solía
la de Salicio y Títiro en lo blando
la dulce lira mía.
Parezco, al imitarte,
pastor que con su avena va imitando
la trompa atroz de Marte,
que el céfiro se ríe y se recrea,
y la purpúrea rosa se menea.

Con lascivos arrullos
ya los pájaros juntan su armonía,
y el río sus murmullos,
siempre manso y tranquilo;
cuando el mundo de horrores temblaría,
del Orinoco al Nilo,
si las ruedas del carro resonaran,
y de Marte la trompa acompañaran.

Fatíganme en lo interno
furias, trasgos y manes, que aparecen
del horrísono infierno
y báratro profundo;
y sol y luna y astros se oscurecen,
y se anonada el mundo,
rompiéndose ambos polos con estruendo,
y el caos primero, tímido, estoy viendo.

Euménides atroces
su fuego en torno esparcen con silbido
y horrendísimas voces,
con víboras, serpientes
y culebras el pelo entretejido;
los brazos relucientes
con lóbrega vislumbre tan siniestra,
que sólo espectros y fantasmas muestra.

La envidia las conmueve
sacándolas del centro del abismo,
y con ardid aleve
en mi pecho las hunde
con fiero ardor contra mi amigo mismo,
porque mil celos funde,
cuando la fama te aclamó poeta
con el son inmortal de su trompeta.

«¡Con que permite el hado
(me dice en ronco son la horrible dea)
que perezca olvidado
tu nombre con tu verso,
y que de Moratín la musa sea
la que del universo
haga sonar el uno y otro polo
con cítara que envidie el mismo Apolo!»,

dijo, y su pecho lleno
de áspides ponzoñosas y rencores,
me arrojó su veneno.
Ardiose el pecho mío,
cual seca mies del rayo a los ardores
vibrado en el estío;
tu nombre aborrecí con triste ceño,
cual esclavo la mano de su dueño.

Mas la amistad sagrada
con su cándida túnica desciende
de la empírea morada;
de virtudes un coro
la cerca, y con su manto te defiende.
Su carro insigne de oro
deslumbra, y ciega al monstruo que me irrita,
y al centro del horror le precipita.

Mirándome la diosa
con faz serena y plácida hermosura,
dejó mi alma gozosa,
cual esparce alegría
rosada aurora tras la noche oscura,
dando consuelo el día,
desde el lejano, lúcido horizonte,
al hombre, al bruto, al ave, al campo, al monte.

Mi frente que, arrugada,
de mi alma mostró el crüel tormento,
con mano regalada
alzó, diciendo: «Vive
con amigo tan ínclito contento;
como tuyo recibe
el justo aplauso y lírica corona
que le da Olimpo, Iberia y Helicona,

»Aquellos que yo he unido
con mis vínculos gratos y celestes,
después que hayan cumplido
los días de sus hados,
Cástor y Pólux, Pílades y Orestes,
a Olimpo son llevados;
y Júpiter, llenando mi deseo,
eternos viven Píroto y Teseo.

»Deja a las corvas almas
la sátira y rencor, y tus laureles
junta a las sacras palmas
de Moratín divino.
No temen los amigos, si son fieles,
las iras del destino,
y al lado de sus versos asombrosos
se admirarán los tuyos amorosos.

»A él le ha dado Apolo
la cítara de Píndaro sonante,
para que cante él solo
de Carlos las hazañas
(oyendo desde el punto más distante,
Américas y Españas,
coronado en cada una de las zonas)
y sus virtudes más que sus coronas;

»y el hijo suyo digno
(prole que a España dio próspero el cielo)
y aquel rostro benigno
de Luisa parmesana,
de quien Castilla aguarda su consuelo,
belleza más que humana;
y de Gabriel y Luis las prendas tales,
que serán, con sus versos, inmortales.

»Y por probarse a veces
cantará de la patria y sus varones
heroicas altiveces.
Escúchale entonando
sagrados himnos, líricas canciones,
y estándole escuchando
suspenso el cielo, quedan sin empleo
espada, rayo, lira y caduceo.

»Para él es digno asunto
lo de México, Cuzco y de Pavía,
y Numancia y Sagunto,
San Quintín y Lepanto,
y de Almansa y Brihuega el claro día
(¡feliz a España tanto!).
Pero tú… canta céfiros y flores,
arroyos, campos, ecos y pastores»,
 
dijo, y fuese volando,
dejando mi alma llena de consuelo.
Y un rastro fue dejando
de clara luz sagrada,
desde la humilde tierra al alto cielo;
su corona estrellada
en torno por el aire difundía
etéreo olor de líquida ambrosia.


Dalmiro. José Cadalso

Amor, con flores ligas nuestros brazos;
los míos te ofrecí lleno de penas,
me echaste tus guirnaldas más amenas,
secáronse las flores, vi los lazos,
            y vique eran cadenas.

Nos guías por la senda placentera
al templo del placer ciego y propicio;
yo te seguí, mas viendo el artificio,
el peligro y tropel de tu carrera,
            vique era un precipicio.

Con dulce copa al parecer sagrada,
al hombre brindas, de artificio lleno;
bebí; quemose con su ardor mi seno;
con sed insana la dejé apurada
        y vi que era veneno.

Tu mar ofrece, con fingida calma,
bonanza sin escollo ni contagio;
yo me embarqué con tal falaz presagio,
vi cada rumbo que se ofrece al alma,
        y vi que era unnaufragio.

El carro de tu madre, ingrata diosa,
vi que tiraban aves inocentes;
besáronlas mis labios imprudentes,
el pecho me rasgó la más hermosa
        y vi que eranserpientes.

Huye Amor, de mi pecho ya sereno,
tus alas mueve a climas diferentes,
lleva a los corazones imprudentes
cadenas, precipicios y veneno,
        naufragios yserpientes.


Dalmiro. José Cadalso

Discípulo de Apeles,
si tu pincel hermoso
empleas por capricho
en este feo rostro,
no me pongas ceñudo,
con iracundos ojos,
en la diestra el estoque
de Toledo famoso,
y en la siniestra el freno
de algún bélico monstruo,
ardiente como el rayo,
ligero como el soplo;
ni en el pecho la insignia
que en los siglos gloriosos
alentaba a los nuestros,
aterraba a los moros;
ni cubras este cuerpo
con militar adorno,
metal de nuestras Indias,
color azul y rojo;
ni tampoco me pongas,
con vanidad de docto,
entre libros y planos,
entre mapas y globos.
Reserva esta pintura
para los nobles locos
que honores solicitan
en los siglos remotos;
a mí, que sólo aspiro
a vivir con reposo
de nuestra frágil vida
estos instantes cortos,
la quietud de mi pecho
representa en mi rostro,
la alegría en la frente,
en mis labios el gozo.
Cíñeme la cabeza
con tomillo oloroso,
con amoroso mirto,
con pámpano beodo;
el cabello esparcido,
cubriéndome los hombros,
y descubierto al aire
el pecho bondadoso;
en esta diestra un vaso
muy grande, y lleno todo
de jerezano néctar
o de manchego mosto;
en la siniestra un tirso,
que es bacanal adorno,
y en postura de baile
el cuerpo chico y gordo;
o bien junto a mi Filis,
con semblante amoroso,
y en cadenas floridas
prisionero dichoso.
Retrátame, te pido,
de este sencillo modo,
y no de otra manera,
si tu pincel hermoso
empleas, por capricho,
en este feo rostro.


Dalmiro. José Cadalso

A la nave en que se embarcó Ortelio en Bilbao para Inglaterra

Ya deja Ortelio la paterna casa,
ya le recibes, navecilla humilde,
ya queda lejos la jamás domada
                           cántabra gente.

Nave que llevas tan amable vida,
céfiro grato llévete sereno,
hasta que pongas a la amiga costa 
                           áncora firme.

Alce Neptuno el húmido tridente,
abra las ondas para darte paso,
salgan en coros ninfas y tritones
                           para guiarte.

Ni toques costa, ni movible arena,
ni sople hinchado contra tu velamen,
gúmena y jarcia, desde el alto polo
                           hórrido norte.

Las naves altas de cañón tremendo,
con la bandera del amado Carlos,
no te abandonen al atroz pirata
                           que África cría.

Ni temas golpes de la suerte aleve.
Yo pido al cielo para ti bonanza,
y al que le ruega por su dulce amigo,
                           Júpiter oye.


Dalmiro. José Cadalso

Unos pasan, amigo,
estas noches de enero
junto al balcón de Cloris,
con lluvia, nieve y hielo;
otros la pica al hombro,
sobre murallas puestos,
hambrientos y desnudos,
pero de gloria llenos;
otros al campo raso,
las distancias midiendo
que hay de Venus a Marte,
que hay de Mercurio a Venus;
otros en el recinto
del lúgubre aposento,
de Newton o Descartes
los libros revolviendo;
otros contando ansiosos
sus mal habidos pesos,
atando y desatando
los antiguos talegos.
Pero acá lo pasamos
junto al rincón del fuego,
asando unas castañas,
ardiendo un tronco entero,
hablando de las viñas,
contando alegres cuentos,
bebiendo grandes copas,
comiendo buenos quesos;
y a fe que de este modo
no nos importa un bledo
cuanto enloquece a muchos,
que serían muy cuerdos
si hicieran en la corte
lo que en la aldea hacemos.


Dalmiro. José Cadalso

Que un sabio de mal humor
llame locura al amor,
           ya lo veo;
pero que no se enloquezca
cuando otro humor prevalezca,
           no lo creo.

Que una doncella guardada
esté del mundo apartada,
           ya lo veo;
pero que no muera ella
por salir de ser doncella,
           no lo creo.

Que un filósofo muy grave
diga que de amor no sabe,
           ya lo veo;
pero que no mienta el sabio
con el pecho y con el labio,
           no lo creo.

Que una moza admita un viejo
por marido o por cortejo,
           ya lo veo;
mas que el viejo en confusiones
no dé por cuernos doblones,
           no lo creo.

Que un amante abandonado
diga que está escarmentado,
          yalo veo;
pero que él no se desdiga
si encuentra grata a su amiga,
           no lo creo.

Que una vieja ya se asombre
hasta del nombre del hombre
           ya lo veo;
pero que ella no quisiera
ser de edad menos severa,
           no lo creo.

Que una mujer a su amante
jure ser siempre constante,
           ya lo veo;
pero que se pase un día
y ella quiera todavía,
           no lo creo.

Que de todas las mujeres
no importen los pareceres,
           ya lo veo;
pero de que la que amamos
el parecer no sigamos,
           no lo creo.

Que la mujer, cual cristal,
la quiebre un soplo fatal,
           ya lo veo;
pero que pueda soldarse
si una vez llega a quebrarse,
           no lo creo.

Que al espejo las coquetas
estudien mil morisquetas,
           ya lo veo;
pero que sea el cristal
el objeto principal,
           no lo creo.

Que bastante he murmurado
en lo que está criticado,
           ya lo veo;
pero que mucho no pueda
criticarse en lo que pueda,
           no lo creo.

Que la novia moza y linda
al novio viejo se rinda,
           ya lo veo;
pero que crea el barbón
que ella rinde el corazón,
           no lo creo.


Dalmiro. José Cadalso

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

GLOSA

Catorce años tengo,
ayer los cumplí,
que fue el primer día
del florido abril;
y chicas y chicos
me suelen decir:
«¿Por qué no te casan,
Mariquilla, di?».

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

Y a fe, madre mía,
que allá en el jardín,
estando a mis solas,
despacio me vi
en el espejito
que me dio en Madrid
las ferias pasadas
el mi primo Luis.

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

Mireme y mireme
cien veces y mil,
y dije llorando:
«¡Ay pobre de mí!,
¿por qué se malogra
mi dulce reír
y tierna mirada?».
¡Ay niña infeliz!

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

Y luego en mi pecho
una voz oí,
cual cosa de encanto,
que empezó a decir:
«¿La niña soltera
de qué ha de servir?
La vieja casada
aun es más feliz».

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

Si por ese mundo
no quisiereis ir
buscándome un novio,
dejádmelo a mí,
que yo hallaré tantos
que pueda elegir,
y de nuestra calle
yo no he de salir.

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

Al lado vive uno
como un serafín,
que la misma misa
que yo suele oír.
Si voy sola, llega
muy cerca de mí;
y se pone lejos
si también venís.

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

Me mira, le miro.
Si me vio le vi,
se pone más rojo
que el mismo carmín.
Y si esto le pasa
al pobre, decid:
«¿Qué queréis, mi madre,
que me pase a mí?»

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto
vereisme morir.

Enfrente vive otro,
taimado y sutil,
que suele de paso
mirarme y reír.
Y disimulado
se viene tras mí,
y a ver dónde llego
me suele seguir.

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.

Otro hay que pasea
con aire gentil
la calle cien veces,
y aunque diga mil,
y a nuestra criada
la suele decir:
«Bonita es tu ama,
¿te habla de mí?».

De amores me muero,
mi madre, acudid,
si no llegáis pronto,
vereisme morir.


Dalmiro. José Cadalso

¡Ninfas de Manzanares,
felices y adorables semidiosas!
Oíd de mis pesares
los ayes y las quejas lastimosas.
Tantas aguas no lleva vuestro río
como lágrimas vierte el llanto mío.

¡Madrileñas divinas!,
cuya dulzura, halago y genio afable,
cuyas miradas finas
el genio ablandarán más intratable;
si al cielo pide el hombre su consuelo,
yo mi consuelo pido a vuestro cielo.

Algún astro celoso
de la inmensa fortuna que pasaba
mi corazón dichoso,
mis indecibles dichas envidiaba;
y por tanto cortó con golpe airado
mi vuelo, hasta los cielos remontado.

Y si fuisteis diosas
en el castigo acerbo que me disteis,
y mujeres furiosas
por el mal proceder con que lo hicisteis
(pues por un crimen nunca comprobado
fui, antes que convicto, castigado)

volved a ser deidades,
la bondad se vuelva a vuestro pecho.
¡Ah!, cesen las crueldades
con que mi pecho se halla desecho,
así como después que el rayo aterra,
el iris une al cielo con la tierra.

Para que el corazón mío
sus penas olvidando y sus pesares,
llegando a vuestro río,
las orillas besando a Manzanares,
repita ya sin voces lastimosas:
«¡Cuán adorables sois, oh semidiosas!».


Dalmiro. José Cadalso