Me habían traído hasta allí conlos ojos vendados. Llamas sinuosas corrían sobre el piso delsantuario en ciertos momentos de la noche sepulcral, subían lascolumnas y embellecían la flor exquisita del acanto.

    Las cariátides de rostro sereno,sostenían en la mano balanzas emblemáticas ylámparas extintas.

    Me propongo dedicar un recuerdo a micompañero de aquellos días de soledad. Era amable yprudente y juntaba los dones más estimados de la naturaleza.Aplazaba constantemente la respuesta de mis preguntas ansiosas. Yo lellevaba unos años.

    Él murió a manos de una turbadelirante, enemiga de su piedad. Me había dejado en laignorancia de su origen y de sus servicios.

    Yo estuve cerca de abandonarme a ladesesperación. Recuperé el sosiego invocando su nombre,durante una semana, a la orilla del mar y en presencia del solagónico.

    Yo retenía un puñado de sus cenizas enla mano izquierda y lo llamaba tres veces consecutivas.

    El país de mi infancia adolecía de unaaridez penitencial.

    Yo sufría el ascendiente de un cielodesvaído y divisaba el perfil de una torre mística.

    Los montes sobrios y de cima recónditapreferían el capuz de noviembre. Las almas de los difuntos,según el pensamiento de una criatura pusilánime, serecataban en su esquivez, seguían las vicisitudes de unrío perplejo y volaban en la brisa del océano.

    Vencíamos el susto de las noches visionariasa través del páramo, en la carroza veloz. Unos juncoslacios interrumpían la fuga de las ruedas y la luna indolentevertía a la redonda el embeleso de sus matices de plata.

    La criatura infantil, objeto de mis cuitas, amaba demodo férvido unas flores balsámicas, de origen sideral,imbuidas en el aire salobre. Vivía suspensa del anuncio de lamuerte y las demandaba para su tumba. Yo he defendido las hojasmontaraces del asalto de las arenas.

    El mar salió de sus límites a cubrirel litoral desventurado. Una sombra muda y transparente dirigióel esquife de mi salud al reino de la aurora, a la felicidadinequívoca. Yo despertaba de unos sueños encantados ypercibía en el aire del aposento los efluvios de la malezafragante.

    El tiempo es un invierno que apaga laambición con la lenta, fatal caída de sus nieves. Pasacon ningún ruido y con mortal efecto: la tez amanece undía inesperado marchita, los cabellos sin lustre y escasos,fácil presa a la canicie, menguado el esplendor de los ojos,sellada de preocupaciones la frente, el semblante amargo, elcorazón muerto. Sobre el mundo en la hora de nuestra vejez llorala amarilla luz del sol, y no asiste a dulces cuitas de amor laromántica luna. Blancos, fríos rayos de aceroenvía desde la altura melancólica. Paso la juventudfavorecida por el astro benéfico en las noches de rondadonjuanesca. Desde hoy preside el desfile de los recuerdos en las nochesen que despiertan pensamientos como ruidos en una selva honda.

    Ha pasado el momento de unirse en amorosasimpatía; hace ya tiempo que con la primera cana sedespidió para siempre el amor, espantado del egoísmo y laavaricia que en los corazones viejos hacen su morada. Ahora comienza lamisantropía, el odio a lo bello y de lo alegre, el remordimientode los años perdidos, la queja por el aislamiento irremediable,la desconfianza de sobrar en la familia que otro ha fundado. Trabaja,pena la imaginación del soltero ya viejo, daría tesorospor el retorno del pasado, no muy remoto, en que pudo prepararse parala vejez voluptuoso nido en regazo de mujer.

    La alegría ruidosa de los niños cantaen nuestro espíritu. Castigo inevitable sigue a quien la desechapara sus años postreros, y es más feliz que todos losmortales quien participa con interés de padre en ese inocenteregocijo, y se evita en la tarde de la vida la pesarosa calma queaflige al egoísta en su desesperante soledad. A éste,desligado de la vida, desinteresado de la humanidad, estorboso en elmundo, lo espera con sus fauces oscuras la tumba. Fastidiado debeansiar la muerte, ya que su lecho frío semeja ataúdrígido.

    Cuando descansa en la noche con la nostalgia deamorosa compañía, no le intimida el pensamiento de latierra sobre su cadáver. El horror del sepulcro es ya menosgrave que el hastío de la vida lenta y sin objeto. No le importael olvido que sigue a la muerte, porque sobreviviendo a sus amigos,está sin morir desamparado. Quisiera apresurar sus día ydesaparecer por miedo al recuerdo de la vida pasada sin nobleza, comoun río en medio a estériles riberas. Huye tambiénde recordar antiguas alegrías, refinadamente crueles, queengañaron al más sabio de los hombres,convenciéndolo de la vanidad de todo. Así concluyepensando el que de sus goces recogió espinas, y vivióinútil. Aún más desolada convicción cabe aquien ni procreando se unió en simpático lazo con lahumanidad… Ahora olvidado, triste, duro a todo afecto elcorazón, si derramara lágrimas, serían lavasardientes, venidas de muy hondo.

    Yo me extravié, cuando era niño, enlas vueltas y revueltas de una selva.

    Quería apoderarme de un antílope recental. El rugido delelefante salvaje me llenaba de consternación. Estuve a punto deser estrangulado por una liana florecida.

    Más de un árbol se parecía alasceta insensible, cubierto de una vegetación parásita ydevorado por las hormigas.

    Un viejo solitario vino en mi auxilio desde supagoda de nueva pisos. Recorría el continente dando ejemplos demansedumbre y montado sobre un búfalo, a semejanza de Lao-Tse,el maestro de los chinos.

    Pretendió guardarme de la sugestión delos sentidos, pero yo me rendía a los intentos de las ninfas delbosque.

    El anciano había rescatado de la servidumbrea un joven fiel. Lo compadeció al verlo atado a la cola delcaballo de su señor.

    El joven llego a ser mi compañero habitual.Yo me divertía con las fábulas de su ingenio y con lasmemorias de su tierra natal. Le prometí conservarlo a mi ladocuando mi padre, el rey juicioso, me perdonase el extravío y mevolviese a su corte.

    Mi desaparición abrevió losdías del soberano. Sus mensajeros dieron conmigo para advertirmesu muerte y mi elevación al solio.

    Olvidé fácilmente al amigo de antes,secuaz del eremita. Me abordó para lamentarse de su pobreza ydeclararme su casamiento y el desamparo de su mujer y de su hijo.

    Los cortesanos me distrajeron de reconocerlo y loentregaron al mordisco sangriento de sus perros.

    Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casaespaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente,cuando yo quiera oír su chorro abundante. Ocupará elcentro del patio, en medio de los árboles que, para salvar delsol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán lascopas gemebundas. Recibiré la única visita de lospájaros que encontrarán descanso en mi refugiosilencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrarioy su canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disiparáen el espíritu la desazón exasperante del rencor,aliviando mi frente el refrigerio del olvido.

    La devoción y el estudio me ayudarán acultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interéshumano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mimeditación, que en la cima solemne del éxtasisdescansarán del sostenido vuelo; y desde allídivisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de laverdad inalcanzable.

    Las novedades y variaciones del mundollegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si lashubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptarésentimiento enfadoso ni impresión violenta: la luzllegará hasta mí después de perder su fuego en laespesa trama de los árboles; en la distancia acabará elruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridadservirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombracircundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.

    Yo opondré al vario curso del tiempo laserenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. Nosacudirán mi equilibrio los días espléndidos desol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni losopacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia.En esa disposición ecuánime esperaré el momento yafrontaré el misterio de la muerte.

    Ella vendrá, en lo más callado de unanoche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidadde mi hora última, vibrará por el aire un beato rumor,como de alados serafines, y un transparente efluvio deconsolación bajará del altar del encendido cielo. A micadáver sobrará por tardía la atención delos hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito demis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por laaurora y el revuelo de los pájaros amigos.

    Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.

    Los clérigos nos designaban por medio decircunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.

    Decidimos asaltar la casa de un magistradovenerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia desus decretos y pregones.

    Esperaba intimidarnos al doblar el número desus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesade una recompensa abundante.

    Ejecutamos el proyecto sigilosamente y condeterminación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.

    El más joven de los compañerosperdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a serreconocido y preso.

    Permaneció mudo al sufrir los martiriosinventados por los ministros de la justicia y no lanzó una quejacuando el borceguí le trituró un pie. Murió dandotopetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y deplomo.

    Gané la mujer del jurista al distribuirse elbotín, el día siguiente, por medio de la suerte. Sulozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Suscortos años la separaban de un marido reumático ytosigoso.

    Un compañero, enemigo de mi fortuna, sepermitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte ylo dejé estirado de un tratazo en la cabeza. Los demáspermanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.

    La mujer no pudo sobrellevar lacompañía de un perdido y murió de vergüenza yde pesadumbre al cabo de dos años, dejándome unaniña recién nacida.

    Yo la abandoné en poder de unas criadas de miconfianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventurascuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de misfieles.

    Muchos seguían pendientes de su horca,deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.

    Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio laaparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.

    Dirijo a la práctica del mal, en medio de misaños, una voluntad ilesa.

    Las criadas nefarias han dementado a mi hija pormedio de sugestiones y de ejemplos funestos. Yo la he encerrado en unaestancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasasviandas una vez al día.

    Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmosrestablecen su llanto y alientan su desesperación.

    El caballero Leonardo nutre en la soledad el malhumor que ejercita en riñas e injurias. No lo consuela supalacio y, lejos de gozarlo, se aplica a convertirlo en cavernahorrenda y sinuosa, en castillo erizado de trampas. Allíinterrumpe el silencio con el aullido de cautivas fieras atormentadas.Recorre la ciudad desgarrando el velo medroso de la media noche con losgolpes y las voces de secuaces blasfemos.

    Antes de amanecer, con miedo de la luz, se recoge adescansar de la peregrinación desnatural. Huye de mirar labelleza en la alegre diversidad de los colores repartidos en edificiosy jardines, y solaza los ojos en la oscuridad confusa y en la sombrallana.

    Encuentra en lecturas copiosas el consejo que inducea la maldad y el sofisma que la disculpa. Entretiene, por el recuerdode encendidas afrentas, el odio hético y febril. Desvela a susmalquerientes con la amenaza de infalibles sicarios, con la intrigaperseverante y deleznable, con la interpresa en que ocupa gentes dehorca y de traílla.

    Sigue sin esfuerzo la austeridad que endurece elalma de los malos. Niega extraterrenos castigos y venturas con amarga eimprecante soberbia. Desafía el sino de la muerte sangrienta quedespuebla su alcázar. Espera de su erizado huerto el prometidotalismán de alguna flor de rojo centro en cáliz negro.Viste entretanto de luto el caballero siniestro y medita bajo el torvoantifaz.

    Está rodeado de miedo y de silencio elpalacio en que de día descansa o traza para la noche su delito.Morada ruidosa, ufana de antorchas, desde que las sombras agobian elresto de la ciudad, y urna de recuerdos y leyendas desde que elcadáver del enlutado señor muestra en el pecho abiertomanantial de sangre, y figura el absurdo talismán. El pueblo seapodera de esa vida, y dice, con sentimiento pagano, que fuevíctima de la noche y de sus vengativos númenesguardianes.

    El sacerdote refiere los acontecimientosprehistóricos. Describe un continente regido por monarcasiniciados, de ínfulas venerables y tiaras suntuosas, ycómo provocaron el cataclismo en donde se perdieron, alzadoscontra los númenes invulnerables.

    El sacerdote se confesó heredero de lasabiduría aciaga, recogida y atesorada por él mismo y losde su casta.

    Infería golpes al rostro de las panterasfrenéticas. Afrontaba la autoridad de los leones ypercudía su corona. Captaba, desde su observatorio, lascentellas del cielo por medio de un mecanismo de hierro.

    Se ocupó de facilitar mi viaje de retorno. Sugalera de veinte remos por banda surcaba, al son de un pífano,el golfo de las verdes olas.

    Volví al seno de los míos, a celebrarcon ellos la ceremonia de una separación perdurable.

    La belleza de la mañana aguzaba elsentimiento de la partida.

    Debía seguir el consejo del sacerdoteinteresado en mi felicidad, fijándome, para siempre, en lapenínsula de la primavera asidua.

    ¡Cuánto recuerdo el cementerio de laaldea! Dentro de las murallas mancilladas por la intemperie, algunascruces clavadas en el suelo, y también sobre túmulos detierra y alguna vez de mármol. El montón de urnasdesenterradas, puestas contra un rincón del edificio, deshechasen pedazos y astillas putrefactas. Densa vegetacióndesenvolvía una alfombra hollada sin ruido por el caminante.

    De aquella tierra húmeda, apretada condespojos humanos, brotaba en catervas el insecto para la marchalaboriosa o para el vuelo rápido. Los árboles de follajeoscuro, agobiados por las gotas de la lluvia frecuente, soplaban rumorde oraciones, trasunto del oráculo de las griegas encinas.Alguna que otra voz lejana se aguzaba en la tarde entremuerta,zozobrando en el pálido silencio la solemnidad de la estrellaerrante, precipitada en el mar.

    Las nubes regazadas por el cielo, cualprocesión de angélicas novicias, dorándolas el soloccidental, el que inunda de luz fantástica el santuario através de los góticos vitrales. Montes de manso declive,dispuestos a ambos lados del valle del reposo, vestidos de nieblasdelgadas, que retozan en caballos veloces de valkirias, dejandorepentino arco iris en señal y despojo de la fuga.

    Abandono aflictivo encarecía el horror delparaje, aconsejaba el asimiento a la vida, ahuyentaba la enfermizadelectación en la imagen de la fosa, mostrando en ésta elpésimo infortunio, de acuerdo con la razón de lospaganos. La luz de aquel día descolorido secundaba la fuerza deeste parecer, siendo la misma que en las fábulas helenas instigala nostalgia de la tierra en el cortejo de las almas suspirantes através de los vanos asfódelos.

    Yo vivía perplejo descubriendo las ideas ylos hábitos del mago furtivo. Yo establecía su parentescoy semejanza son los músicos irlandeses, juntados en la corte poruna invitación honorable de Carlomagno. Uno de esos ministrileshabía depositado entre las manos del emperador difunto, alcelebrarse la inhumación, un evangelio artístico.

    El mago furtivo no cesaba de honrar la memoria de suhija y sopesaba entre los dedos la corona de perlas de su frente. Ladoncella había nacido con el privilegio de visitar el mundo enuna carrera alada. La muerte la cautivó en una red de aire,artificio de cazar aves, armado en alto. Su progenitor la habíabautizado en el mar, siguiendo una regla cismática, y noalcanzó su propósito de comunicarle la invulnerabilidadde un paladín resplandeciente.

    El mago preludiaba en su cornamusa, con el fin decelebrar el nombre de su hija, una balada guerrera en el sosiegonocturno y de esa misma suerte festejaba el arribo de la golondrina enel aguaviento de marzo.

    La voz de los sueños le inspiró elcapricho de embellecer los últimos días de su jornadaterrestre con la presencia de una joya fabulosa, a imitación delos caballeros eucarísticos. Se despidió de míadvirtiéndome su esperanza de recoger al pie de un árbolinvisible la copa de zafir de Teodolinda, una reina lombarda.