El follaje exánime de un sauce roza, en laisla de los huracanes, su lápida de mármol.

    Yo la había sustraído de su patria, unlugar desviado de las rutas marítimas. Los máshábiles mareantes no acertaban a recordar ni a reconstituir elderrotero. La consideraba un don funesto y quería devolverla.

    Pero también deseaba sorprender a miscompatriotas con aquella criatura voluntariosa, de piel cetrina, decabellos lacios y fuertes. Su lenguaje constaba de sones indistintos.

    Enfermó de nostalgia a la semana de lapartida. Los marinos de ojos verdes, abochornados con el sol de lasregiones índicas, escuchaban, inquietos, sus lamentos. Recalaronpara sepultarla, una vez muerta, en sitio retraído. Seabstuvieron de arrojarla al agua, temerosos de la soltura de su almasollozante en la inmensidad.

    La compasión y el pesar desmadejaron miorganismo. Pedí y conseguí mi licencia del servicionaval. Me he retirado al pueblo nativo, internado en un paísfabril, donde las fraguas y las chimeneas arden sobre el suelo dehierro y de carbón.

    Mi salud sigue decayendo en medio del descanso y dela esquivez. Siento la amenaza de una fatalidad inexorable. Aldescorrer las cortinas de mi lecho, ante la suspirada aparicióndel día, he de reconocer en un viejo de faz inexpresiva,más temible cuando más ceremonioso, al padre de laniña salvaje, resuelto a una venganza inverosímil.

    La noche disimulaba el litoral bajo, inundado. Unasaves lo recorrían a pie y lo animaban con sus gritos. Igualabanla sucedumbre de las arpías.

    Yo me había perdido entre las cabañasdiseminadas de modo irregular. Me seguía una escolta de perrossiniestros, inhábiles para el ladrido. Una conseja losseñalaba por descendientes de una raza de hienas.

    Yo no quería llamar a la puerta de uno de losvecinos. Se habían enfermado de ingerir los frutos corrompidosdel mar y de la tierra y mostraban una corteza indolora en vez deepidermis. La alteraban con dibujos penetrantes, de inspiraciónaugural. El vestido semejaba una funda y lo sujetaban por medio devendas y de cintas, reproduciendo, sin darse cuenta, el aderezo de lasmomias.

    Las líneas de una serranía sepronunciaban en la espesura del aire. Daban cabida, antes, a laaparición de una luna perspicaz. Un espasmo, el de la cabeza deun degollado, animaba los elementos de su fisonomía.

    El satélite se había alejado dealumbrar el asiento de los pescadores, trasunto de un hospital. Yo medirigí donde asomaba en otro tiempo y lo esperé sinresultado. Me detuve delante de un precipicio.

    Los enfermos se juzgaron más infelices en elseno de la oscuridad y se abandonaron hasta morir.

    Yo me había avecindado en un paísremoto, donde corrían libres las auras de los cielos. Recuerdola ventura de los moradores y sus costumbres y sus diversionesinocentes. Habitaban mansiones altas y francas. Se entreteníanen medio del campo, al pie de árboles dispersados, de tallaascendente. Corrían al encuentro de la aurora en naves floridas.

    Se decían dóciles al consejo de susdivinidades, agentes de la naturaleza, y sentían a cada paso losefectos de su presencia invisible. Debían abominar los dictadosdel orgullo e invocarlas, humildes y escrupulosos, en la ocasiónde algún nacimiento.

    Señalaban a la hija de los magnates,olvidados de la invocación ritual, y a su amante, el cazadorinsumiso.

    El joven había imitado las costumbres de lanación vecina. Renegaba el oficio tradicional por los azares dela montería y retaba, fiado en sí mismo, la sañadel bisonte y del lobo.

    Olvidó las gracias de la armada y lastentaciones de la juventud, merced a un sueño desvariado,fantasma de una noche cálida. Perseguía un animalsoberbio, de giba montuosa, de rugidos coléricos, y sobresaltabacon risas y clamores el reposo de una fuente inmaculada. Una mujersalía del seno de las aguas, distinguiéndose apenas delaire límpido.

    El cazador despertó al fijar laatención en la imagen tenue.

    Se retiró de los hombres para dedicarse, sinestorbo, a una meditación extravagante.

    Rastreaba ansiosamente los indicios de una bellezainaudita.

    Una amante pérfida me había sugeridoen el deshonor. Su discurso ocupaba mi pensamiento con la imagen de unacarrera absurda, en un bajel proscrito. Yo desvariaba en la sala de unaorgía cínica.
    Los cazadores de ballenas, aventurados antes deColón y Vasco de Gama en el derrotero de los paísesinéditos, no habían previsto en sus cartas el sitio delextravío. Las aves del mar sucumbieron de fatiga sobre los palosy mesetas de mi galera. Yo me detuve al pie de unos cantiles inhumanos,bajo un cielo gaseoso.
    Recorría en la memoria los pasajes de laDivina Comedia, donde alguna estrella, señalada por la vistaaugural de Dante, sirve para encaminarlo entre el humo del infierno ysobre el monte del purgatorio.
    Mi viaje se verificaba en un mismo tiempo con laorgía decadente. Quise interrumpir el hastío del litoralgrave, disparando el cañón de proa. El estampido redujo apolvo la casa del esparcimiento infame.

    El caballero sale de la iglesia a paso largo. Saludacon gentil mesura a las señoras, abreviando ceremonias ycumplimientos. Aprueba sus galas y las declara acordes con la bellezadescaecida.

    Del río, avizor de la mañana y espejode sus luces, sopla un viento alado y correntón. Mece lossauces, y penetra las calles solas, alzando torbellinos de polvo.

    El caballero se retira a su casa desierta. Depone elsombrero y la recorre lentamente, ensimismado en la meditación.Apunta y considera los asomos de la vejez.

    Los suyos se extinguieron en la contemplacióno se perdieron en la aventura. Él mismo llega de ejecutarbizarrías en aguas levantinas. Decanta su juventud fanfarrona enlas urbes y cortes italianas.

    Junta con la devoción una sabiduríaalegre, una sagacidad de caminante, allegada de tantas ocasiones ylances.

    El caballero se sienta a una mesa. Escucha, através de las letras contemporáneas, la voz jocunda delas musas sicilianas. Pone por escrito una historia festiva, dondepersonas de calidad, seguidas de su servidumbre, adoptan, porentretenimiento y en un retiro voluntario, las costumbres de suscampesinos.

    El caballero finge discursos y controversias, dejosy memorias del aula, referentes a la desazón amorosa.

    Administra la ventura y el contratiempo, socorros dela casualidad, y conduce dos fábulas parejas hasta su desenlace,en las bodas simultáneas de amos y criados.

    Nos proponíamos visitar a un reyezuelotimorato. Pendía del asentimiento de la Gran Bretaña.

    Mandó, para facilitarnos el viaje, unaescolta de sus ministros, vestidos de seda amarilla. Montaban un barcofluvial, canoa de guerra, semejante a una mariposa desplegada.¡Tan original era el aderezo de sus velas!

    Teníamos siempre a la vista alguna pagoda deforma de campana, situada en una tregua del bosque. La naturalezatropical soltaba el coro de sus voces innumerables y lo gobernaba elgrito de un mono colgado por una sola mano. Los ministros del reyezueloaumentaban la batahola sonando una música de carraca y tambor.

    Superamos los rodeos del majestuoso caudal de agua yllegamos al palacio de nuestro personaje, edificio de estiloquimérico, en medio de una salva de cañones desusados.Los espantajos del sueño y las fieras del desiertoconstituían los motivos ornamentales de la arquitectura. El reyincorporaba su propio nombre, una serie de calificativos y atributossanguinarios, holganza de su vanidad ingenua.

    Nos recibió cortésmente y se dio porsatisfecho con nuestro saludo prosternado. Nos recitó, en laprimera entrevista, los preceptos relativos a la cólera y alorgullo, para darnos una idea de las doctrinas de su raza.

    Nos invitó, la noche siguiente, al pasatiempode un drama. La decoración poseía un olvidado sentidolitúrgico y los parlamentos, iguales y prolijos,componían la historia de una venganza. El conflicto sedesenlazaba por medio de un acaso inverosímil y lailusión dramática cedía el puesto a undesmán efectivo. Una mujer del serrallo, malquista del rey,desempeñaba el papel más odioso y fue enterrada viva.

    El almirante de la escuadra pisó el templo.Estaba ajado por las tribulaciones del viaje. Venía a cumplirlos votos enunciados, debajo del peligro, en un mar desconocido.Portaba en la diestra el volumen donde había consignado losportentos de la navegación. Lo puso en manos del sacerdote, aquien abordó modesta y dignamente, previniéndolo con unareverencia. Aquel relato debía inscribirse, a punta de cincel,al pie del ídolo gentilicio, en honor de la ciudadmarítima.

    Las naves aportaban rotas y deshabitadas. Losmarineros escasearon en medio de un mar continuo, cerca del abismo,cabo del mundo.

    Algunos recibieron sepultura nefanda en el seno delas aguas. Muchos perdieron la vida bajo los efluvios de un cielomorboso, y sus almas lamentan el suelo patrio desde una costa ignorada.

    Los supervivientes divisaron, camino del ocaso, elreino de la tarde, islas cercadas de prodigios; y descubrieron elrefugio del sol, labrador fatigado.

    Unos bárbaros capturados en el continente,prácticos de naves desarboladas, contaban maravillas de suvisita a un país cálido, más allá delmiraje vespertino; y aquellos hombres de semblante feroz y ojos grises,criados bajo un sol furtivo, motivaron con sus fábulasinsidiosas el comienzo del retorno.

    Yo vivía feliz en medio de una gente rústica. Susorígenes se perdían en una antigüedad informe.

    Deliraban de júbilo en el instante delplenilunio. Los antepasados habían insistido en el horror delmundo inicial, antes de nacer el satélite.

    Una joven presidía los niños ocupadosen la tarea de la vendimia. Se había desprendido delséquito de la aurora, en un caballo de blonda crin. Los sujetabapor medio de un cuento inverosímil y difería adrede sudesenlace.

    Escogía el jacinto para adornar sus cabellosnegros, de un reflejo azul. Yo adoraba también la flor enfermade un beso de Eurídice en un momento de su desesperanza.

    Me esforcé en conjeturar y descubrir elnombre y procedencia al darme cuenta de su afición a la flordesvaída. La joven disfrutaba el privilegio de volver de entrelos muertos, con el fin de asistir a las honras litúrgicas delvino. Desapareció en el acto de evadir mis preguntas insinuantes.

    Yo estaba proscrito de la vida. Recataba dentro demí un amor reverente, una devoción abnegada, pasionesmacerantes, a la dama cortés, lejana de mi alcance.

    La fatalidad había signado mi frente.

    Yo escapaba a meditar lejos de la ciudad, en mediode ruinas severas, cerca de un mar monótono.

    Allí mismo rondaban, animadas por el dolor,las sombras del pasado.

    Nuestra nación había perecidoresistiendo las correrías de una horda inculta.

    La tradición había vinculado lavictoria en la presencia de la mujer ilustre, superviviente de una razainvicta. Debía acompañarnos espontáneamente, sinconocer su propia importancia.

    La vimos, la vez última, víspera deldesastre, cerca de la playa, envuelta por la rueda turbulenta de lasaves marinas.

    Desde entonces, solamente el olvido puede enmendarel deshonor de la derrota.

    La yerba crece en el campo de batalla, alimentadacon la sangre de los héroes.

    Yo había perdido un año en ceremoniascon el rey del país oculto. Los áulicos sagaces anulabanmi solicitud y sufrían los desahogos de mi protesta con unasonrisa neutral.

    Yo procuraba intimidarlos con el nombre de misoberano y describía enfáticamente los recursos infinitosde su armada. Se creían salvos en el recinto de sus montes.

    Yo entretenía el sinsabor criticando elestatuto de la familia. Me holgaba con el trato de las mujeresinfantiles y de los niños alegres y descubría los efectosde una crianza atenida a la captura del presente rápido. Unpasaje en verso, el primer asunto fiado a la memoria, escrito en unacinta de seda, insistía de modo pintoresco en la realidadsucesiva.

    Nunca he visto igual solicitud por las criaturassimples de la naturaleza. Los niños demostraban un almaindulgente en su familiaridad con las cigarras y con las mariposasrecogidas, durante la noche, en una jaula de mimbre y sedivertían con las piruetas y remolinos de unos peces desustancia efímera, circulantes en un acuario de obsidiana.

    Un cortesano, especie de senescal, me visitóuna vez con el mensaje de haber sido allanados los inconvenientes de miembajada. Yo debía presenciar, antes de mi retorno y enseñal de amistad, una fiesta dirigida a conciliarme los geniosdefensores del territorio. El cortesano se alejó despuésde asentarme en el hombro su abanico autoritario.

    La fiesta se limitaba a recitar delante de un gamounicorne, símbolo de la felicidad, pintado en un lienzoescarlata, unos himnos de significación abolida. Unos sacerdotescalvos no cesaban de imprimir un sonido igual en sus tamboriles deazófar.

    Uno de los oficiantes renunció el vestidofaldulario y el instrumento desapacible con el propósito defacilitar mi salida. Gobernó un día entero mi balsarústica, palanca en mano, según el curso de un ríotumultuoso.

    El gamo unicorne, signo del feliz agüero, sedejó ver sobre la cima de un volcán extinguido.