En sueños enfermizos que noche a noche lo asaltabanveía lo que nadie había visto ni soñadojamás. Quizás el alcohol en un “delirium tremens”prodigioso, disparaba todas aquellas imágenes que estallaban unaa una, sucesivamente, indefinidamente como un proyector de diapositivasacelerado. Entonces buscaba como último recurso, asirse a algoconocido, para despegarse de las nauseabundas aguas de la pesadilla quelo transportaba a un infierno helado, siniestro, sin fin conocido. Algoque lo ayudara mantenerse a flote y emerger al fin, sudoroso ytemblando al mundo real, a la vigilia. Fue siempre así, desdemuy niño. Entonces —aterrado— gritaba y su madre pródigaen cariños calmaba el llanto de la infancia. Luego,adelante en el tiempo, fue peor. Intentó todo por borrarcualquier recuerdo de su infierno onírico: abusó dedrogas, del alcohol, se ahogó en cientos de cuerpos buscandosujetarse, a lo conocido a lo seguro, a lo real. Fue peor,avanzó aún mas en el territorio desconocido. Un vientogélido quemaba su rostro y todo el paisaje era blanco y cristal.Cristales de mil formas caprichosas: geométricas, obscenas,amorfas, o como las nubes, sugiriendo algo del mundo real pero quedesaparecía al primer intento de ser analizada. Nadie, nada, lasoledad más absoluta rodeaba su camino sin arriba ni abajo,tampoco sabía si adelante o atrás. Sólo estabacondenado a seguir sin rumbo ni certeza de tiempo ni espacio. Cuandodespertaba intentaba describir ese mundo que lo llevaba a la locura,pero fracasaba en el intento pues no tenía idea de como hacerlo.A nadie le contaba de su condena, lo que lo llevaba a estar mássolo que nunca, encerrado en su cuarto mirando el foco encendido en elextremo de un negro cable. Miraba la luz fijamente, hasta que los ojosardían y un puñado de arena se los cerraba poco a poco.He decidido finalmente volverme loco, se dijo un día. Pero no,sus construcciones mentales seguían teniendo lógica y lapercepción del mundo exterior no variaba. Sabía discernirel modo en que este estaba construido, con su gente, con cada uno desus elementos. Inventó artilugios para no dormirse, pensando quede ese modo la pesadilla cedería alguna vez. Tampoco dioresultado; pensó en saltar al vacío desde su buhardilla,pero no se animaba. No porque le importara demasiado la vida, sinoporque era más fuerte el querer saber a qué sitioiba cuando dormía y porqué él y no otros. Undía, decidió no retornar, seguir más adelante, nohacer el esfuerzo que hacía siempre por volver. Salió ala calle como un hombre normal, disfrutó de un día de solen un parque. Compró el diario, leyó de reojo lasnoticias de siempre, se tiró de espaldas sobre la hierba frescaa mirar el cielo, sin pensar en nada. Caminó por horas poraquella ciudad inmensa, observó rostros y muecas, escuchósus risas y voces. Al llegar la noche se sentía cansado, muycansado, con ganas de dormir. Llegó a su cuarto, sedesvistió lentamente, su cuerpo despedía un olorácido pero descartó el bañarse. Dio una mirada enderredor, como despidiéndose de sus objetos conocidos y sedurmió, casi de inmediato. Tras varios días de no saberde él, la casera llamó a la policía para forzar lapuerta de su habitación. Entraron varios al mismo tiempo y lesllamó la atención el agua que mojaba el piso, latemperatura de la misma y la extraña visión en la cama deun bloque de hielo con forma humanoide que, inexorablemente seconvertía en agua.

Jorge Medina
23:02:23

Carmín y gorrión
Tus labios en madrugada.
Despertar?
No vale la pena. Aún está tu presencia
Aunque ya no estés.

No hay conciencia, no hay fe
Abstrusas construcciones mentales
Defensas preconstituidas
Para defender el pobre cuerpo
De la nada eterna.

Cuánto por una palabra?
Y por una frase?
Cuánto darías por escucharme
Diciendo lo que siempre quisiste escuchar?
Y yo que nada cobro, que nada pago,
Que nada digo por nada.

Elevarme, de la corrupción del cuerpo
Del veneno de la mente
Que se mete en la sangre
Como una abyecta serpiente
Que se alimenta de mi plasma.
Escaparme, de mí mismo
Alejarme, del propio tormento interior
De no dejar de nacer para morir mil veces.

Escucha bien lo que te digo
Si, tú el que me mira desde el espejo
Con barba crecida y ojos de sueño.
Sé conciente de que no eres nada
Que nada sabes
Que de todo dudas.
Anda, ve, ponte bueno
Que no se te note la ignorancia
No sea que se den cuenta
Y te despeñen desde la cima de sus conciencias.
Vamos pues, arranca de una vez por todas
Ponte la máscara de costumbre
Que los otros actores ya están en su sitio.
El proscenio es el mismo
Elegirás saltar sin red una vez más?
Orate inocente, ingenuo sofista
Escribiste un guión algo complejo
Y no sabías de escribir…

Jorge Medina

Busco un sueño, un final del principio de mañana.
Busco un tiempo que no exista, un ayer que no recuerde,
en un hoy que no se quede.
¿Cómo concentrar la existencia en la burda noria
de una esfera que, con agujas implacables,
presagian clavarse en la garganta de la vida
de una vez y para siempre?…
Sueño que soy el que fui y el que voy a ser.
Soy el que sueño que sueña, despierto o dormido
siendo o soñando, …ah dilema!: soy el que soy?
Pues, puedo estar siendo quien en realidad no fui.
Pasado y presente, futuro impaciente,
llegar, arribar, concluir, terminar,
viajar, mudar,, trasladar, diferir… ¿Qué….?
Descubrir que se es y no al mismo tiempo,
intuir que nada es cierto, más todo es posible.
Tragicomedia cotidiana de jugar roles,
como niños actuando en fiesta de escuela.
Seriamente, nos pintamos bigotes con corcho quemado,
nos ponemos caretas,
jugamos al bueno y al malo, al ladrón y al policía,
al verdugo y su reo, a ser dios y el diablo
alternativamente, según los casos.
Sigo buscando a quien nos pone en este lugar.
Busco mi sueño o en realidad
sueño que busco lo que sueño que encuentro.
Los relojes se comieron otro trozo de mi tiempo,
o es mi tiempo el que angurriento, se devora los relojes.
es indistinto…se va el tren.
Apura la copa vieja amiga, cúbrete con el velo
no sea que te reconozcan y se asusten,
hoy no me esperes… el viaje debe continuar…

Jorge Medina

Qué mejor que conocerte
Para saberte imprevisible.
Qué mejor que haberte disfrutado
Para dejarme envolver por tu presente.
¿quién cree en el destino?
¿quién se esconde tras los idus?
¿quién se adivina el porvenir en sueños?
Quizás nosotros u otros, como nosotros
Quienes riéndose se hacen guiños burlones
Por no pasar por grotescos
Creyendo en la futura ventura.
Destino? Desatino…
Tino es esperar sin impaciencia
El dulce placer del imprevisto
Esos dados golpeando el cubilete
Y la emoción en el golpe sobre la mesa.
No quiero lo previsto, lo pronosticable
Quiero que lo que llaman destino
Me susurre al oído que ya es tarde
Que hace un tiempo atrás, sin darme cuenta
He perdido la vida y el camino…

Jorge Medina

A veces, sólo a veces
El tiempo se distiende
Entre mis manos.
La luz no me toca
Y el alma se impacienta.
Que de mí? Qué de vos?
Que de todos…
Ya no preguntes, ni respondas.
A veces sólo pienso
Que existir o no me da lo mismo.
Silencio…, sólo quiero estar callado
Hoy no respondo
Ni de mí ni de vos
No sabe, no contesta.
La vida solo es un anagrama
Y no preguntes porqué
No hay respuestas…

Jorge Medina

Hoy te espero
Y espero mi alma.
Una nota musical
Suena a lo lejos
Y mis oídos sienten el eco.
Desde el confín del mundo nuevo
Desde el hoy del tiempo presente
De mí hacia vos
Del cielo a la tierra
El murmullo impertinente
De mil estrellas baña nuestras almas.
Hoy te espero, en una esquina del silencio.
Sólo vos sabrás si estás a tiempo
Para llegar a la cita.

Jorge Medina

Sueño de sol que se escurrió de puntillas
En la duermevela de días sin tiempo
Para inundar de luz  mi vida entera.
Te supe desde siempre,
mientras aún dormías
                     plácida,
en brazos de mis sueños.
Te presentí llegando, regalando vida
Descubriendo estrellas.
Amor de mi Amor
Piel de la piel de la mujer amada,
Alma de mi alma, mi ángel de luz.
Hoy acuno tu presencia
Y mi sueño se hizo día.
Sólo con mirarte,
me eleva tu inocencia.
Princesa sin reino,
Ternura sin fin,
Hoy beso la vida con solo mirarte,
Me basta tu risa para ser feliz.
Bienvenida a casa, hija de mis sueños
Te regalo el tiempo
La luz de tus días
La ilusión lejana
De cambiar el mundo
El sol de este otoño
La luna de seda
Y este simple y loco
Poema de amor.

Jorge Medina

Vaguedad de consonancias
se entremezclan en los sonidos cotidianos.
incertidumbre urbana acecha en los rincones.
En algún zaguán la miseria es una mujer gorda,
cubierta de harapos que mecaniza mano extendida
y boca exhibidora de un solo diente .
Paradoja posmoderna, veredas con smog
y un cartel recomendando volver a lo natural
comiendo tal yogur de moda.
Duelen las plantas de los pies
y las veredas no se acaban nunca
ya no me acuerdo desde hace cuanto las piso.
Es menester que mire allá  arriba, entre los edificios,
ese pedazo de cielo que se antoja inalcanzable
para ilusionarme con ganar la paz que no tengo
ni conozco. Pero dicen las revistas que uno puede
relajarse y encontrar esa paz.
Me gusta esta ciudad, aquí soy y estoy. Existo.
Sirenas, escapes, Heavy Metal vomitado por la megadisco,
Naturismo, New Age, lustrines haciendo bromas
con abridores de puertas, canillitas y cuida autos
una casta más abajo, vendedores de estampitas y curitas
se pelean por la última gota de poxiran.
Más arriba, aprisionados por sobrios trajes y sobretodos
en autos último modelo, sus dueños en demencial carrera,
se esfuerzan por llegar primero a cualquier destino conocido.
Olores y sabores cosquillean pituitaria y perfuman la ropa.
Pizza, praliné, panchos, cubanitos y empanadas
se ofrecen frente a las vidrieras donde cien televisores mudos
te muestran la vida vía satélite canal de cable mediante.
Prendo el último cigarro que me queda en el bolsillo
y me fumo una bocanada de todos los humos y olores
ya va siendo hora de volver a casa,
mañana será  otro día.—

Jorge Medina

Era el día del día. Es decir, el momento justo en el queel verano se despereza ocioso a la orilla del río. Entre losárboles y bajo la apacible sombra me dedicaba a contemplar elentorno. El libro entre las manos se aburría detenido en la mismapágina desde hacía un largo rato. No me sorprendióverte, casi puedo decirte que formabas parte del paisaje. Edad indefinidae indefinible bajo un sombrero de paja y el jardinero que vestías.Te vi acercarte despreocupada y un poco por coquetería y otro pocoporque a lo lejos veo mejor sin ellos, me saqué los anteojos.Sabía que me habías visto, no hoy, sino una semana atráscuando yo bajaba del ómnibus en la terminal del pueblo. Aquellavez yo reparé en tu imagen: estabas sentada en una vieja Chevrolet,mordisqueando empeñosamente la uña de tu dedo pulgarizquierdo. Al pasar cargando mis petates, advertí que eras rubia,pecosa, piel tostada y curiosamente, no pude definir tu edad. Ahora, tupresencia me producía una extraña mezcla de inquietud y ansiedad.—Qué imbécil, —me dije—, qué podría pasar deextraordinario?. Ahora seguirías de largo y como siempre mesucede, ni siquiera me dirigirías una mirada. Eso estaba pensandocuando te escuché preguntarme por el camino hacia el bosquede pinos. Como caballero que soy, me puse de pie, y recogiendo migorra sobre el pecho, solo atiné a decirte: —¡hola…! alque sucedió un embarazoso silencio, del cual ninguno de los dossabíamos como salir. Me hubiese gustado ser como esos tipos quetienen la palabra justa en el momento justo. Pero yo no, todo lo contrario,parecía un pato mudo. Pero, siempre hay un recurso a mano.Se me ocurrió preguntar si no te había visto antes, lo queera rigurosamente cierto. Touche!, pensé, te llevaste la mano alpelo rubio y las pecas se hicieron notables en tu rostro, al ruborizarsetu piel. No te imaginarás nunca que pasó por mi mente enese momento, solo sé que esa, tu imagen de niña sorprendidarobando caramelos a hurtadillas me enamoró para siempre. Medijiste que sí y más aún, en tren de confesiones asumistesaber donde quedaba el camino por el cual preguntabas, comenzando a retrocedercomo para irte. —Esperá, te dije, —solo un minuto por favor. Teencogiste de hombros y yo dirigí mi mano hacia el céspedcomo invitándote al más cómodo de los sofás.Sonreíste aceptando el convite y te sentaste con las piernas cruzadasen el césped, bajo el sol, a contraluz. No me gusta hablar de mí,así que me limité a escucharte hasta que la siesta haciagritar desaforadamente a las chicharras y el sol se había escondidomás allá de las copas de los árboles. Para esa alturaya nos habíamos fumado varios cigarrillos y conversábamosde cara al cielo, tumbados de espaldas y con los brazos a modo de almohada.Ambos éramos visitantes, yo de una vieja tía que vivíaen una umbría casa con galería en medio del pueblo y vosvisitabas a tu padre que se había establecido en ese lugar haciaya un cierto tiempo. Yo no mentí, vos no mentiste, y es que nadanos preguntamos con respecto a nuestra vida de sentimientos, por eso, esobvio, nada dijimos. Tuve miedo y tuviste miedo, de preguntar, digo.El hambre se me había instalado en el medio del estómago,el que se quejaba haciendo uno que otro ruido que yo intentaba disimularcon uno que otro carraspeo. Finalmente te incorporaste, desperezándotey yo desde abajo te veía, alta, delgada y rubia como una walkiria, en tanto que yo me sentía lo que soy, un cuarentón a mediocamino entre la juventud que se aleja y la madurez que se hace notar enprimeras canas, más un poco de panza haciendo juego. Notéque te agradó que te prestara atención, un mohín sedibujó en tu cara y me dijiste: —nos vemos—, contestando yo conlo que me imagino una boba sonrisa, mientras observaba como te ibas.Me cuento a mí mismo lo que sucedió después y casino lo creo. Recuerdo la noche explotando azul al amparo del aroma de añejosazahares y yo buscando tu casa con las referencias que me habíasdado, hasta que llegué a ella. Era una de dos pisos, con un ventanalal frente. Apreté el descolorido timbre y vi tu silueta recortadaen la ventana. No era tarde, así que no me sentí imprudentepero sí impaciente. Abriste la puerta con un dedo sobre los labios,diciéndome: —papá duerme, en voz queda. Vuelta a mirartey vuelta a enamorarme. Estabas hermosa, una blanca blusa dejaba vertus hombros dorados y una pollera suelta, al estilo aldeana hacia que parecierassalida de cualquier cuadro alpino. Pude observar el brillo de tus ojos,que miraban directamente a los míos y tu rostro aniñado (treinta?Pensé), tus manos con los dedos con las uñas muy cortas (recordétu imagen royéndolas), tu breve talle y el busto erguido, que seadivinaba tras el blanco de tu ropa. Todo eso en un instante, instanteen el que hablando en voz baja te dije si querías dar una vuelta,como los chicos de antes, lo que motivó que te llevaras la manoa la boca para reprimir la risa y luego de mirar hacia arriba de la escalera,me dijiste: -vamos. Yo parecía un quinceañero, me sentíaenérgico, fuerte, ganador. Vos caminaba con las manos unidas atrás,despacio, como saboreando la brisa fresca y el olor a jazmines. Anduvimospor todos lados esa noche, algún que otro curioso nos miraba paraver si sabía quienes éramos. Pero, en ese lugar no éramosnadie que pudiéramos importar, simplemente, éramos. Hablamosde todo, la mitad de tus gustos coincidía, la otra mitad era soportable.Creo que lo mismo te sucedía a vos. Nos sentamos en el únicoy pequeño pub del pueblo y nos contamos todas las historias y nosbebimos toda la cerveza y sentí la suave palma de tus manos en micara, mientras mi mano se atrevía a tu talle. Jerry Mulligansonaba muy despacio en el ambiente cargado de humo envolviendo a los pocosparroquianos que quedábamos, te observé consultar el relojde soslayo y al mejor estilo Bogart, me anticipé: es hora de irnos.Afuera la noche ya se ponía ropas de amanecer y un viento frescocontrastaba con el calor del lugar donde habíamos estado. Ni lopensé, cubrí la desnudez de tus hombros con mis brazos atrayéndotehacia mí. Miraste la mano que te apoyaba como una especie de veladoreproche y yo, lejos de amedrentarme te dije que no quería que teresfriaras, lo que te hizo soltar una espontánea carcajada, a laque me uní yo también de buena gana, pues todavíaestaba algo tenso. Caminamos calle arriba, perseguidos ya por el rojizohorizonte hasta detenernos en una esmirriada plazoleta que solo teníaun banco de piedra y una retama florecida. Corté una flor y te adornabael pelo cuando tomaste mi mano y la rozaste con los labios. Yo te mirabay vos me soñabas, vos me mirabas y yo te soñaba, el corazónal galope alborotado y mi boca buscando la tuya con desesperación,enfrentando la tuya, también desesperada. La siesta siguiente tehice el amor en una pequeña alcoba de hostería del pueblocercano, luego de almorzar comida alemana. La habitación rezumabauna frescura contrastante con el calor que hacía afuera. El solal mediodía iluminaba la sierra que observabas callada a travésdel velo de la cortina de voile. Un ventilador de techo desgarraba el airey yo por casualidad me miré al espejo. La vida no me habíatratado mal, todavía quedaba algún dejo de juventud en mirostro y me sentía feliz de estar emocionado después de muchotiempo. No tenía remordimientos, ese tiempo y ese espacio estabanlejos de mi tiempo y espacio real. Este último estaba a ochocientoskilómetros, en la ciudad llena de gente y de bruma, allíestaba Beatríz, la ya indiferente mujer con la que estaba casadohacia dieciocho años, allí estaban mis hijos adolescentes,indiferentes también, esperando de mí el papel de proveedorque me había auto-asignado. Allí estaba mi departamento mirandoa Palermo, el club, los amigos, la rutina de mi trabajo bien pago, losatardeceres de golf, el Delta los domingos, el navegar desde Olivos, elRolex, la computadora, el control de TV satelital, la cuatro por cuatro,los viajes, la american express, la casa del country, el jardinero, elauto de mi mujer, los políticos y el sobre que te insinuaban codiciososque esperaban recibir si salía bien lo de la ley para meter el productoque mi empresa vendía y seguía la lista infinita. ¿Cómodiablos había levantado esas tremendas paredes?. Cómo habíalogrado complicarme así, qué me quedaba para el futuro? Sernaturista, hacerme devoto del Sai Baba y seguir paseándome por losmejores comederos de Puerto Madero, hablando siempre de marketing, mannegement,targets y seguir al pie de la letra el aburrido rito del establishment,con gordos pelados acompañados de sus flamantes esposas de no másde veinticinco, tetas de plástico y nariz de cirugía. Aspiréhondo, cerré los ojos y me acordé de aquel pibe de VillaCrespo, los pantalones oxford, la patria socialista, el cineclub, Elsestein,Woody Allen, Gabriela, mi Gaby, desaparecida después. Kant, Heidegger,Sartre, el matarse con moscato, pizza y fainá en los inmortales.Milicos, miedo y el tratar de mimetizarse lo más rápido posibleen la facultad y meter la cabeza bajo la tierra y sacarla solamente paragritar los goles del setenta y ocho. No se si fue una hora o un instante,la mente volvió al lugar actual y te observé sentada en lacama observando con gesto adolescente las puntas de tu pelo para ver siestaban florecidas. Cuando te diste cuenta de que te miraba, levantastelos ojos, sonreíste y tendiste los brazos hacia mí. Me sentíflotar hacia vos, mis manos desabrochaban tu blusa mientras mi boca buscabaansiosamente la tuya. Tus manos apresuradas desprendían micamisa, las uñas rasgaban sutiles la piel de mi pecho. Tetomé de ambos brazos como para detenerte, mientras me mirabas sorprendida.Creo que te dije un clisé, algo como que la bebida buena debíadisfrutarse despacio, te reíste parándote inmediatamenteal lado de la cama. Mientras observabas mis reacciones, fui espectadorde la máxima ofrenda de una mujer enamorada hacia su hombre. Tevi desnudarte despacio, delicadamente, sutilmente cada una de tus prendascaía y cada espacio de tu piel aparecía deslumbrando. ¡Ay!del rosa de tus generosos pezones, ¡Ay del balanceo de tuspechos, de la redondez de tus caderas, de la turgencia de tu vientre, dela colina de tu pubis. Cada nuevo elemento me clavaba una estaca en elpecho. Sabiamente me desnudaste con cuidado y tu boca recorrió conbesos pequeñísimos el interior de mis muslos, hasta que llegastea mi sexo que parecía querer tomar vuelo, mientras yo desfallecía,porque lo tratabas de igual modo al principio y luego de modo violento.Respondí besándote del mismo modo, despacio quietamente.Recorrí tus mesetas, las colinas de tus senos de tus glúteos,la planicie de tu vientre, de tu espalda, mordí tu boca como unagranada madura y te penetré entre espasmos. No se cuanto tiempopasó, sólo sé que cuando desperté ya era denoche, me sentía exprimido como un citrus, pero con una extrañasensación de sosiego total, no solo sexual, comprendí queel alma puede tener orgasmos. En la penumbra agucé el oídopara escuchar tu respiración mientras estiraba mis brazos para tocarte.Fue inútil, ya no estabas. Desesperado encendí la luz y soloencontré un “te amo, por siempre” escrito con rimmel en el dorsodel papel metalizado de la caja de cigarrillos. Te busqué enfebrecido,tu casa estaba cerrada. Al otro día pregunté en el pueblopor vos, me contaron que habías llevado a tu padre a la ciudad,el corazón dijeron. Pasé una semana entera frente a tu jardíny nada. Pasó un mes, Buenos Aires me reclamaba urgente, yo aleguéque me encontraba enfermo y necesitaba una licencia. En cada mañanapasaba mirando a tu ventana, hasta que un día el corazónse aceleró, detrás del voile alguien miraba, me acerquébien y vi a un hombre que me observaba curioso, había amanecidofrío y el inminente otoño le prestaba al ambiente un tiznede melancolía, en el aire flotaba un olor a hojas quemadas. Erasólo el subconciente el que registraba el ambiente, mi mente alertasolo tenía un objetivo: la ventana. Pude ver, alucinado, la ventana,tu imagen, el hombre joven y de barba que te acariciaba el pelo y a mímismo aferrado a la reja por un instante.

                            Y a este qué le pasa? Preguntó él. Vaya una a saber, le respondióella al tiempo que adorablemente le tomó los brazos para que éstela rodeara por detrás. ¿Es increíble… no? . ¡Anda cada loco suelto dando vuelta en esta época!

Jorge Medina

Promediaba abril. Precisamente tal circunstancia lo puso intranquilo cuandoapoyó los pies en el piso. Sabía que se acercaba el tiempode los vientos, en la Ciudad de los Vientos y que, según aquellavieja profecía, ese año y en la segunda mitad de ese mes,él desaparecería en una esquina cualquiera que de allíen más sería llamada la Esquina de los Vientos.

Un poco por no tener nada que hacer, otro poco por probarse a símismo que tales esoterismos no existían, decidió permaneceren la ciudad y pasearse a horas inverosímiles en las noches de másviento.

Amaneció nublado y por la ventana pudo ver cómo se torcíanlas amarillas hojas de los árboles. Estuvo inquieto todo el día,le hormigueaba el estómago y la ansiedad le anudaba la garganta.Al atardecer salió de su habitación hosco y huraño,levantó las solapas de su abrigo y metió las manos en losbolsillos buscando un calor que no existía. Caminó una, dos,diez cuadras. En las calles, ocasionales transeúntes se apurabanpor llegar cuanto antes a sus casas y en el cielo una que otra pálidaestrella se asomaba tímida por entre las nubes.

Fue un instante, un preciso instante en que sintió que el tiempose detenía, una especie de frío fogonazo le encendióla cara y luego el viento, furioso, helado, arrebatador, lo apretócontra un muro mientras experimentaba una curiosa mezcla de desasosiegoy sensación de triunfo. Mil imágenes, como fuegos de artificio,explotaron en su mente y allí, inevitablemente, supo de la viday de la muerte, del amor y la indolencia, la agonía y el éxtasis.

Hacía frío, los escolares movían los pies paraentrar un poco en calor. Serios funcionarios de impecables sobretodos ypelos engominados bostezaban condensando sus alientos en el aire. El Intendente,más serio, más elegante y más engominado que todosellos, desplegó el papel procediendo a dar lectura al decreto porel cual a partir de esa fecha, esa esquina, la de Lamadrid y Rivadavia,justo frente a Valsecchi, se llamaría de allí en másla Esquina de los Vientos. En un rincón, en la vereda opuesta, unagitana con la piel apergaminada por los años, mostraba su sonrisaadornada por dos dientes de oro, enorgulleciéndose en secreto, unavez más, por otra de sus profecías cumplidas.

Jorge Medina