Paraninfo, paralela, paradisíaca.
Para todo.
En sus primeros tiempos.

Paradigma , parabólica , parámetro,
Para casi todo.
En su segunda etapa.

Páramo , parafernalia , paranormal.
Para casi nada.
En su tercera etapa.

¿Paraguas, paracaídas, parapeto?.
Nunca la viví así.  
En cualquier etapa
en que necesité su ayuda.


Jorge del Rosario

Quizá su mano,
tatuada por años de trabajo,
transmite una dureza inexistente.
Pero al tocar los surcos de su palma,
   te recorre el cuerpo
una inevitable sensación de acogida.

Quizá su verbo,
forjado entre las hierbas de la huerta,
no sea de fina escuela.
Sin embargo,
   sus  sencillas palabras,
te dejan una huella inolvidable
porque huelen a honradez.

Quizá su espalda,
moldeada por un sol de amanecida,
te dé la imagen de rudeza.
Al darse la vuelta,
su pupila, limpia
   te lleva hasta su corazón
desde donde, cada latido
   reparte una inusual generosidad.

Quizá un día te encuentres
   con unas manos, unas palabras y una espalda…
si al darse la vuelta ves su corazón
entonces es Juan.

(a mi amigo Juan Caballero, en Corsa 10, 2002)


Jorge del Rosario

Detrás del mostrador
observé al abuelo,
con algún diente de metal.
Pregunté por la madre y
con cierto aire de vergüenza
el viejo repondió:
 « trabaja desde la tarde
         hasta altas horas dela noche… »
El niño, debía tener 10 o 12 años.
Parecía bastante menor.
Sus pestañas inmensas
se abrían como cortinas
para mostrar unos ojos
mezclados de enfermedad y tristeza…
«soy colombiano…» dijo
     «feliz navidad… » sonrió.

           (a mis hijas)


Jorge del Rosario

¡Qué larga
la corta distancia
que nos separa!

¡Qué pequeño
el gran amor
que nos amarra!

¡Qué distinta
la igualdad
de nuestras almas!

¡Qué pronto
llega el tardío final
de tu mirada!

¿Por qué las olas de fuego
llegan a la orilla mansas
y no rompen como antes,
las rocas de la mañana?


Jorge del Rosario

Una casa del barrio.

En el suelo de la sala, juega un niño.
Mientras, un radiante haz de luz
encuentra —preciso—
la rendija por donde colarse
para dar color
al los juegos de la corriente.

Un nauseabundo olor a ron
que desprende la garganta del padre
pone el aroma del aire.

A medio afeitar —de reojo—,
observa al niño que, desnudo,
juega con una maltrecha jeringa
en el suelo de barro de la sala
construida con tablones de madera
entre los cuales se cuela
—junto al haz de luz—,
algún ratoncillo que suele repartir
el aire, el aroma, el color,
el suelo, la sala, la casa
y el barrio,
a las afueras de Managua.


Jorge del Rosario

El sonido de sus pasos
me hace soltar la guitarra.

La veo pasar
a través de mi ventana
y me pregunto:
¿Quién habra labrado
esos surcos en su cara?

¿Quién pintó de blanco
sus sienes tan tempranas?

La veo pasar
y me pregunto:
¿Quién será el afortunado
destino de su perdida mirada?

La veré pasar un día
y los cristales
marcarán mi cara.


Jorge del Rosario

Acabado el sentido de mi vida
mis vértebras lumbares protestaban
ante cualquier autónomo movimiento impulsivo.

Se abrió la puerta.
Las horizontales tiras
del policromado y jubilado sofá
respondieron al unísono
sacándome de su amancebamiento.

Entró ella, creyendo que colocaba
la cesta fuera de mi vista.

Hermosa, cautivadora,
avanzó hacia mí.

Mis ojos cerrados la engañaron,
y sus juveniles dedos acariciaron
con amor mis sienes
despejadas de negro y sueños.

Sus labios me  besaron peligrosamente
la frente, las mejillas y los labios
haciéndome olvidar esos años
de inexistente desamor
abonado por el silencio.

Siempre la amé.
Ella también me amaba.

A su ida, abrí los ojos
y la cesta seguía allí
con un papel que decía:

«Papá, es mi hijo. Cuídalo. Volveré en una hora.
¡Estás muy bien!.. Amanda».


Jorge del Rosario

Con sigilo se acercó
—envuelto en llamas— el palo,
al papiro —inmaculado—,
ejerciente de envoltorio
de un apreciado tesoro
cubano labrado a mano.

No pasaron tres minutos
para llegar lo esperado:

tras varias aspiraciones
y sin siquiera notarlo
terminaron siendo nubes
papiro, tesoro y palo.

(otra forma de decir que fumé un cigarro)


Jorge del Rosario

Buenos días.
No has cambiado mucho cariño,
te veo igual cada mañana.
Tu chata nariz,
tus ojos achinados…
ni el pelo te crece.

No pasa el tiempo por ti.

Yo tampoco he cambiado mucho.

Sigo siendo el mismo.

Incapaz de romper
de una vez esta foto
que veo cada mañana.


Jorge del Rosario

Llueve la luna
en el suburbio de esta noche amanecida
roturas múltiples
que a golpe de bramido  
traslada el mar a mi cara
preñándola de lágrimas calladas.


Jorge del Rosario