Visité aquella ciudad desolada
vestida con plumas de ángeles
destrozados por explosivas ondas
que tatuaban cicatrices
-inoperables e inoperantes-
en el cerebro de los neonatos.
No hay.
No quedan casi individuos
con aquel afortunado parecido al mono.
Cuanto más derecho se puso el humano,
más derecho humano violó.


Jorge del Rosario

Cabello corto, rubio… liso.
Pestañas grandes y ojos azules.
Nariz corta, labios carnosos.
Barbilla sobresaliente. Orejas pequeñas.
Mamas poco desarrolladas.
Abdomen impecable.
Sin vello púbico.
Manos largas, bien cuidadas,
piernas  perfectas.
Centroeuropea seguro.

«Bisturí» —dijo el forense—,
«es la tercera chica de la calle
en lo que va de mes».


Jorge del Rosario

Desde ayer no hacen los diablillos
sus diabluras
ni cantan angelitos en su vuelo…
hasta Dios está sentado,
sobre el suelo,
oyendo entretenido como un niño,
historias, cuentos, sueños y aventuras.


Jorge del Rosario

Entre barrotes de arrugas

                         se fuga mi pasión

                                                a
                                                  n
                                                    u
                                                      d
                                                        a
                                                          n
                                                            d
                                                              o 

                                                                     s
                                                                     á
                                                                     b
                                                                     a
                                                                     n
                                                                     a
                                                                     s 

                                                                               incoloras


Jorge del Rosario

Paraninfo, paralela, paradisíaca.
Para todo.
En sus primeros tiempos.

Paradigma , parabólica , parámetro,
Para casi todo.
En su segunda etapa.

Páramo , parafernalia , paranormal.
Para casi nada.
En su tercera etapa.

¿Paraguas, paracaídas, parapeto?.
Nunca la viví así.  
En cualquier etapa
en que necesité su ayuda.


Jorge del Rosario

Quizá su mano,
tatuada por años de trabajo,
transmite una dureza inexistente.
Pero al tocar los surcos de su palma,
   te recorre el cuerpo
una inevitable sensación de acogida.

Quizá su verbo,
forjado entre las hierbas de la huerta,
no sea de fina escuela.
Sin embargo,
   sus  sencillas palabras,
te dejan una huella inolvidable
porque huelen a honradez.

Quizá su espalda,
moldeada por un sol de amanecida,
te dé la imagen de rudeza.
Al darse la vuelta,
su pupila, limpia
   te lleva hasta su corazón
desde donde, cada latido
   reparte una inusual generosidad.

Quizá un día te encuentres
   con unas manos, unas palabras y una espalda…
si al darse la vuelta ves su corazón
entonces es Juan.

(a mi amigo Juan Caballero, en Corsa 10, 2002)


Jorge del Rosario

Detrás del mostrador
observé al abuelo,
con algún diente de metal.
Pregunté por la madre y
con cierto aire de vergüenza
el viejo repondió:
 « trabaja desde la tarde
         hasta altas horas dela noche… »
El niño, debía tener 10 o 12 años.
Parecía bastante menor.
Sus pestañas inmensas
se abrían como cortinas
para mostrar unos ojos
mezclados de enfermedad y tristeza…
«soy colombiano…» dijo
     «feliz navidad… » sonrió.

           (a mis hijas)


Jorge del Rosario

¡Qué larga
la corta distancia
que nos separa!

¡Qué pequeño
el gran amor
que nos amarra!

¡Qué distinta
la igualdad
de nuestras almas!

¡Qué pronto
llega el tardío final
de tu mirada!

¿Por qué las olas de fuego
llegan a la orilla mansas
y no rompen como antes,
las rocas de la mañana?


Jorge del Rosario

Una casa del barrio.

En el suelo de la sala, juega un niño.
Mientras, un radiante haz de luz
encuentra —preciso—
la rendija por donde colarse
para dar color
al los juegos de la corriente.

Un nauseabundo olor a ron
que desprende la garganta del padre
pone el aroma del aire.

A medio afeitar —de reojo—,
observa al niño que, desnudo,
juega con una maltrecha jeringa
en el suelo de barro de la sala
construida con tablones de madera
entre los cuales se cuela
—junto al haz de luz—,
algún ratoncillo que suele repartir
el aire, el aroma, el color,
el suelo, la sala, la casa
y el barrio,
a las afueras de Managua.


Jorge del Rosario

El sonido de sus pasos
me hace soltar la guitarra.

La veo pasar
a través de mi ventana
y me pregunto:
¿Quién habra labrado
esos surcos en su cara?

¿Quién pintó de blanco
sus sienes tan tempranas?

La veo pasar
y me pregunto:
¿Quién será el afortunado
destino de su perdida mirada?

La veré pasar un día
y los cristales
marcarán mi cara.


Jorge del Rosario