Vuelvo de andar, a solas, por la orilla de un río.
Estoy lleno de músicas, como un árbol al viento.
He dejado correr mi pensamiento
viendo, en el agua, el paso de una nube de estío…

Traigo tejido al alma el olor de una rosa.
En lo blando del césped, puse, al andar, mi huella…
He vivido, ¡he vivido!… Y voy, como la estrella
a perderte en el mar de un alba silenciosa.

Jaime Torres Bodet

México está en mis canciones,
México dulce y cruel,
que acendra los corazones
en finas gotas de miel.

Lo tuve siempre presente
cuando hacía esta canción;
¡su cielo estaba en mi frente;
su tierra, en mi corazón!

México canta en la ronda
de mis canciones de amor,
y en guirnalda con la ronda
la tarde trenza su flor.

Lo conoceréis un día,
amigos de otro país:
¡tiene un color de alegría
y un acre sabor de anís!

¡Es tan fecundo, que huele
como vainilla en sazón
y es sutil! Para que vuele
basta un soplo de oración…

Lo habréis comprendido entero
cuando podáis repetir
¿Quién sabe? con el mañero
proverbio de mi país…

¿Quién sabe? ¡Dolor, fortuna!
¿Quién sabe? ¡Fortuna, amor!
¿Quién sabe? dirá la cuna.
¿Quién sabe? el enterrador…

En la duda arcana y terca,
México quiere inquirir:
un disco de horror lo cerca…
¿Cómo será el porvenir?

¡El porvenir! ¡No lo espera!
Prefiere, mientras, cantar,
que toda la vida entera
es una gota en el mar;

una gota pequeñita
que cabe en el corazón:
Dios la pone, Dios la quita…
¡Cantemos nuestra canción!

Jaime Torres Bodet

Amanecía tu voz
tan perezosa, tan blanda,
como si el día anterior
hubiera
llovido sobre tu alma…

Era, primero, un temblor
confuso del corazón,
una duda de poner
sobre los hielos del agua
el pie
desnudo de la palabra.

Después,
iba quedando la flor
de la emoción, enredada
a los hilos de la voz
con esos garfios de escarcha
que el sol
desfleca en cintillos de agua.

Y se apagaba y se iba
poniendo blanca,
hasta dejar traslucir,
como la luna del alba,
la luz
tierna de la madrugada.

Y se apagaba y se iba,
¡ay! haciendo tan delgada
como la espuma de plata
de la playa,
como la espuma de plata
que deja ver, en la arena,
la forma de una pisada.

Jaime Torres Bodet

Cuando hay alguien que implora de mi labio un consejo,
            yo le ofrezco mi amor;
¿qué pudiera decirle, yo que vivo perplejo
            y de mí propio, espectador?

Ha de llegar un día en que mi boca sea
            venero de piedad,
exigid para entonces que yo os brinde mi idea:
            ¡Hoy tan sólo sé amar!

Jaime Torres Bodet

A través de las frases
que dices adivino las que callas
como, bajo los versos
de un pergamino antiguo, —mal borradas
por la mano del monje
que para un jefe gótico miniara
en su blancura el trance de un martirio—
aparecen de pronto, reanimadas
por una terca tinta rencorosa,
—a contraluz de un sueño—
las líneas de un colérico epigrama.

Jaime Torres Bodet

Naranjitas de China,
naranjitas doradas
que caían, maduras,
al corral de mi casa
de una casa vecina,
rodando, por las tapias…

Naranjitas de oro
que trae, en su canasta,
una niña que viene
cantando desde el alba:
Naranjitas de China,
¿no me compra naranjas?…

¡Ay, cómo me recuerdan
el solar de mi casa,
con el color alegre
de sus hojitas agrias!

¡Cuántas cosas me dice
de mi vida lejana
esa niña que viene
vendiendo unas naranjas!
Naranjitas de China,
¿no me compra naranjas?…

Sol… provincia… canciones…
¡Esa niña que pasa
no comprende que, a gritos,
va vendiendo mi infancia!

Jaime Torres Bodet