Paisaje lento de mi poesía…
¿Otoño? —No. Más bien, tras de la lluvia,
entre el líquido verde de las hojas,
amanecer sombrío de la luna.

Ambigua luz de incienso en las volutas
doradas de una música nocturna;
enrejado sutil de sicomoros
sobre la plata azul de una laguna:
paisaje sin momentos
y sin aristas bruscas,
diluído en matices,
hecho todo de ritmos sin premura,
más lento cada vez y realizado
en una flor perfecta y taciturna,
como se queda el alma sostenida
en esa onda última
—alta, vibrante, sólida—
de la marea blanda de la música…

Jaime Torres Bodet

La primavera de la aldea
bajó esta tarde a la ciudad,
con su cara de niña fea
y su vestido de percal.

Traía nidos en las manos
y le cantaba el corazón
como en los últimos manzanos
el trino del primer gorrión.

Tenía, como los duraznos,
de nieve y rosa hecha la piel
y sobre el lomo de los asnos
llevaba su panal de miel.

A la ciudad, la primavera
trajo del campo un suave olor
en las tinas de la lechera
y los jarros del aguador…

Jaime Torres Bodet

Flor que promete al tacto una caricia
más que el otoño de un perfume, suave
y que, pensada en flor, termina en ave
porque su muerte es vuelo que se inicia.

Párpado con que el trópico precave
de su luz interior la ardua delicia,
música inmóvil, flámula en primicia,
aurora vegetal, estrella grave.

Remordimiento de la primavera,
conciencia del color, pausa del clima,
gracia que en desmentirse persevera,

¿por qué te pido un alma verdadera
si la sola fragancia que te anima
es, orquídea, el temor de ser sincera?

Jaime Torres Bodet

Por el caminito
de la tarde clara,
con las manos juntas,
vámonos amada.

Con las manos juntas,
en la tarde clara,
vámonos al bosque
de la sien de plata.

Cogeremos rosas,
cortaremos ramas,
buscaremos nidos,
romperemos bayas…

Bajo los pinares,
junto a la cañada,
hay un agua limpia
que hace dulce el alma.

Bajaremos juntos,
juntos a mirarla
y a mirarnos juntos
en sus ondas claras…

Bajo el cielo de oro,
hay en la montaña
una encina negra
que hace oscura el alma:

Subiremos juntos
a tocar sus ramas
y oler el perfume
de sus mieles ásperas…

Otoño nos cita
con su son de flautas:
vámonos al bosque
de la sien de plata,

Besaré tu boca
con mi boca amarga:
vámonos cantando
por la tarde clara.

Jaime Torres Bodet

Conforme va la vida descendiendo
—bajamar de los últimos ocasos—
se distinguen mejor sombras y pasos
sobre esta playa en que a morir aprendo.

Acaba el sol por declinar. Los rasos
de la luz se desgarran sin estruendo
y del azul que ha ido enmudeciendo
afloran ruinas de horas en pedazos.

Ese que toco, desmembrado leño,
un día fue timón del barco erguido.
que por piélagos diáfanos conduje.

En aquel mástil desplegué un ensueño.
Y en estas velas, ay, siento que cruje
todavía la sal de lo vivido.

Jaime Torres Bodet

Estabas en mí —esperándote—
cuando te conocí.
Estaba ansioso de mí mismo,
imperfecto, increado, en ti.

Jaime Torres Bodet

Enterrado vivo
en un infinito
dédalo de espejos,
me oigo, me sigo,
me busco en el liso
muro del silencio.

Pero no me encuentro.

Palpo, escucho, miro.
Por todos los ecos
de este laberinto,
un acento mío
está pretendiendo
llegar a mi oído…

Pero no lo advierto.

Alguien está preso
aquí, en este frío
lúcido recinto,
dédalo de espejos…
Alguien, al que imito.
Si se va, me alejo.
Si regresa, vuelvo.
Si se duerme, sueño.
—«¿Eres tú?», me digo…

Pero no contesto.

Perseguido, herido
por el mismo acento
-que no sé si es mío-
contra el eco mismo
del mismo recuerdo,
en este infinito
dédalo de espejos
enterrado vivo.

Jaime Torres Bodet

Como el bosque tiene
tanta flor oculta,
parece olorosa
la luz de la luna.

Como el cielo tiene
tanta estrella oculta
parece que brilla
la noche de luna.

Como el alma tiene
su música oculta,
parece que el alma
llora con la luna!…

Jaime Torres Bodet