Cuando hay alguien que implora de mi labio un consejo,
            yo le ofrezco mi amor;
¿qué pudiera decirle, yo que vivo perplejo
            y de mí propio, espectador?

Ha de llegar un día en que mi boca sea
            venero de piedad,
exigid para entonces que yo os brinde mi idea:
            ¡Hoy tan sólo sé amar!

Jaime Torres Bodet

Nos hemos bruscamente desprendido
y nos hemos quedado
con las manos vacías, como si una guirnalda
se nos hubiese ido de las manos;
con los ojos al suelo,
como viendo un cristal hecho pedazos:
el cristal de la copa en que bebimos
un vino tierno y pálido…

Como si nos hubiéramos perdido,
nuestros brazos
se buscan en la sombra… ¡Sin embargo,
ya no nos encontramos!

En la alcoba profunda
podríamos andar meses y años,
en pos uno del otro,
sin hallarnos…

Jaime Torres Bodet

A través de las frases
que dices adivino las que callas
como, bajo los versos
de un pergamino antiguo, —mal borradas
por la mano del monje
que para un jefe gótico miniara
en su blancura el trance de un martirio—
aparecen de pronto, reanimadas
por una terca tinta rencorosa,
—a contraluz de un sueño—
las líneas de un colérico epigrama.

Jaime Torres Bodet

Todos, con el crepúsculo cercano
piden fuego a mi lámpara y se van,
y el viento de la puerta que entreabren
esparce las cenizas del hogar;
tú que nada pediste y que no veo,
            y que nunca te vas,
algo esperas de mí, tal vez la dicha
            ¡de sentirme llorar!

Jaime Torres Bodet

Mujer mirada en el espejo umbrío
del baño que entre pausas te presenta,
con sólo detenerte, una tormenta
de colores aplacas en el río…

Sales al fin, con el escalofrío
de una piel recobrada sin afrenta,
y gozas de sentirte menos lenta
que en el agua en el aire del estío.

Desde la sien hasta el talón de plata
—única línea de tu cuerpo, dura—
tu doncellez en lirios se desata.

Pero ¡con qué pudor de veste pura,
recoges del cristal que te retrata
—al salir de tu sombra— tu figura!

Jaime Torres Bodet

Se nos ha ido la tarde
en cantar una canción,
en perseguir una nube
y en deshojar una flor.

Se nos ha ido la noche
en decir una oración,
en hablar con una estrella
y en morir con una flor,

y se nos irá la aurora
en volver a esa canción,
y en perseguir esa nube
y en deshojar esa flor,

y se nos irá la vida
sin sentir otro rumor
que el del agua de las horas
que se lleva el corazón…

Jaime Torres Bodet

Ya empiezas a dorar, octubre mío,
con las cimas del huerto, ésas —distantes—
del pensamiento a cuyas frondas fío
la sombra de mis últimos instantes.

Corazón y jardín tuvieron, antes,
cada cual a su modo, su albedrío;
pero deseos y hojas tan brillantes
necesitaban, para arder, tu frío.

Aterido el vergel, desierta el alma,
más luz entre los troncos que despojas
a cada instante, envejeciendo, veo.

Y en el cielo ulterior, de nuevo en calma,
cuando terminen de caer las hojas
miraré, al fin desnudo, mi deseo.

Jaime Torres Bodet

La primavera de la aldea
bajó esta tarde a la ciudad,
con su cara de niña fea
y su vestido de percal.

Traía nidos en las manos
y le cantaba el corazón
como en los últimos manzanos
el trino del primer gorrión.

Tenía, como los duraznos,
de nieve y rosa hecha la piel
y sobre el lomo de los asnos
llevaba su panal de miel.

A la ciudad, la primavera
trajo del campo un suave olor
en las tinas de la lechera
y los jarros del aguador…

Jaime Torres Bodet