Cuando hay alguien que implora de mi labio un consejo,
            yo le ofrezco mi amor;
¿qué pudiera decirle, yo que vivo perplejo
            y de mí propio, espectador?

Ha de llegar un día en que mi boca sea
            venero de piedad,
exigid para entonces que yo os brinde mi idea:
            ¡Hoy tan sólo sé amar!

Jaime Torres Bodet

A través de las frases
que dices adivino las que callas
como, bajo los versos
de un pergamino antiguo, —mal borradas
por la mano del monje
que para un jefe gótico miniara
en su blancura el trance de un martirio—
aparecen de pronto, reanimadas
por una terca tinta rencorosa,
—a contraluz de un sueño—
las líneas de un colérico epigrama.

Jaime Torres Bodet

Naranjitas de China,
naranjitas doradas
que caían, maduras,
al corral de mi casa
de una casa vecina,
rodando, por las tapias…

Naranjitas de oro
que trae, en su canasta,
una niña que viene
cantando desde el alba:
Naranjitas de China,
¿no me compra naranjas?…

¡Ay, cómo me recuerdan
el solar de mi casa,
con el color alegre
de sus hojitas agrias!

¡Cuántas cosas me dice
de mi vida lejana
esa niña que viene
vendiendo unas naranjas!
Naranjitas de China,
¿no me compra naranjas?…

Sol… provincia… canciones…
¡Esa niña que pasa
no comprende que, a gritos,
va vendiendo mi infancia!

Jaime Torres Bodet

Todos, con el crepúsculo cercano
piden fuego a mi lámpara y se van,
y el viento de la puerta que entreabren
esparce las cenizas del hogar;
tú que nada pediste y que no veo,
            y que nunca te vas,
algo esperas de mí, tal vez la dicha
            ¡de sentirme llorar!

Jaime Torres Bodet

Mujer mirada en el espejo umbrío
del baño que entre pausas te presenta,
con sólo detenerte, una tormenta
de colores aplacas en el río…

Sales al fin, con el escalofrío
de una piel recobrada sin afrenta,
y gozas de sentirte menos lenta
que en el agua en el aire del estío.

Desde la sien hasta el talón de plata
—única línea de tu cuerpo, dura—
tu doncellez en lirios se desata.

Pero ¡con qué pudor de veste pura,
recoges del cristal que te retrata
—al salir de tu sombra— tu figura!

Jaime Torres Bodet

Va a llover… Lo ha dicho al césped
el canto fresco del río;
el viento lo ha dicho al bosque
y el bosque al viento y al río…

Va a llover… Crujen las ramas
y huele a sombra en los pinos…

Naufraga en verde el paisaje…
Pasan pájaros perdidos…

¡Qué solo te quedas tú
pobre corazón sin nido!

Jaime Torres Bodet

Le retrasa el corazón.
Y no está en darle cuerda el caso.
¡Cuánto más anda es peor!

Jaime Torres Bodet

Se nos ha ido la tarde
en cantar una canción,
en perseguir una nube
y en deshojar una flor.

Se nos ha ido la noche
en decir una oración,
en hablar con una estrella
y en morir con una flor,

y se nos irá la aurora
en volver a esa canción,
y en perseguir esa nube
y en deshojar esa flor,

y se nos irá la vida
sin sentir otro rumor
que el del agua de las horas
que se lleva el corazón…

Jaime Torres Bodet

Ya empiezas a dorar, octubre mío,
con las cimas del huerto, ésas —distantes—
del pensamiento a cuyas frondas fío
la sombra de mis últimos instantes.

Corazón y jardín tuvieron, antes,
cada cual a su modo, su albedrío;
pero deseos y hojas tan brillantes
necesitaban, para arder, tu frío.

Aterido el vergel, desierta el alma,
más luz entre los troncos que despojas
a cada instante, envejeciendo, veo.

Y en el cielo ulterior, de nuevo en calma,
cuando terminen de caer las hojas
miraré, al fin desnudo, mi deseo.

Jaime Torres Bodet