Alguien me dijo una vez
que el perfil del hipocampo
era triste y aburrido
cuando no se amaba tanto.
Las estrellas lentamente
fueron mi vida llenando
y el enfermo sol de mi alma
en sangre se fue apagando.
Lo que fue momento alegre
en agonía sin descanso
se fue tornando y mis ojos
se inundaron con el llanto.
Hoy, lucen entre las aguas,
cual destello de milagros
los perfiles encendidos
de todos los hipocampos.
Pero es como ver maduro
el fruto de los damascos
y no poder con las manos
ni con los labios tocarlo.

Humberto C. Garza

Se sentaron a beber mi sangre
en los pedestales de las estatuas llenas con excremento de pájaros.
Hablaron de si mismos
con la hipocresía que se usa en los Domingos de Ramos.
Yo, era la serpiente que se arrastra pesado,
y no los pude detener.
¡Se bebieron mi vida!
¡paladearon mi carne!
¡socavaron mi cuerpo!
no los pude detener,
¡porque eran tantos!

Todos mis hijos muertos, cortados en pedazos,
quemados en las piras, rodeadas por gusanos.
Todos mis hijos bellos, quietos como los astros,
tiernos como la luna y llenos de milagros.

Unos eran muy jóvenes, otros tenían mil años,
todos eran tranquilos y de ojos extasiados.
Tenían entre su pelo el rumor de mil pájaros,
adoraban las nubes y a nadie hacían daño.

Con hachas delincuentes y sierras asesinas,
arreados por pastores de un oscuro rebaño,
llegaron a mi vida como autómatas ciegos
a rasgarme la piel y a hacer destrozo magno.

Humberto C. Garza

Como heladas estrellas
formando caminos bifurcados,
hendiendo el imposible de las cansadas sombras,
así eran nuestros labios.
Dolor que se alojaba insensitivo,
en el punto que cruzan con galope grisáceo
cinco litros de sangre.
¡Atiende…¡ Ruego inmóvil… Veraz…
casi apagado!
¡Atiende!
¡Ya he muerto!
¿Acaso no leíste mi obituario?

La cigarra intermitente, su estridencia…
cipreses en el atrio de la iglesia,
y yo con tu figura entre mis manos.

El golpe adherido a los reactores
va fustigando tantos decibelios
¡Que hacen un pandemónium!
¡Paz…!
¡Quiero paz!
Mi grito es tragado por un ruido
más denso y angustioso que el olvido.
Mi grito entre tú y yo,
¡Mi último grito!

El sueño del azahar,
viene a buscarme
con zureos de paloma.

Luego…
te extingues de improviso
como luz inocente,
tragándote las sílabas deformes
que pronuncia la gente.

He agobiado mi vida
con viajes ingenuamente tristes,
con tallados informes, en pueblos azufrosos,
y con labios hostiles.

En las húmedas rosas
he dejado los versos
temerosos de inviernos,
y heridos por la voz
de un conjuro de pájaros.

He ido malhumorado
gimiendo en las estancias
y pastando en los cuerpos
extendidos como alas de milagros.

Pero yo,
como el tiempo…
¡Sé asimilar estragos!

Humberto C. Garza

A mi amigo Justo Alarcón

No podemos pasar amigo mío;
es difícil llegar a las colmenas
de abejas que buscaban azucenas
en el día más largo y más sombrío.

El poeta es un breve escalofrío,
aherrojado en el peso de cadenas
soñando con las aguas más serenas,
en caudaloso e indomitable río.

Yo vengo del ayer, y siempre oscilo
errático en distinto panorama
sin muestras de cautela o de sigilo.

Tú, eres la voz que en el desierto clama;
inmutable, con orden y tranquilo,
sin comprender mi atormentado drama.

Humberto C. Garza

Sentada a la ventana, dirás en el otoño:
«El amor nunca vino llamando hasta mi puerta,
ni frecuentó mi casa, ni mi esperanza muerta
alegró con la muestra de algún débil retoño».

Irás hasta el espejo para buscar un moño
que adorne tu cabeza ya de nieves cubierta,
y dirás contemplando tu alcoba ya desierta;
«¡Qué amarga soledad, ésta en que me emponzoño!

Yo estaré ya muy lejos y no veré tu cara,
tal vez también me queje de alguna cosa vana
y desdeñe la vida que nada me depara.

Ignorarás por siempre que yo ante tu ventana
por ver la transparencia de tu figura clara;
ebrio de amor y versos pasaba la mañana.

Humberto C. Garza

Debimos haber amado
cuando empezaba la siembra
en aquellos surcos de oro
a la orilla de la sierra,
pero seguimos los pájaros
y llegamos a una aldea
llena de rapsodas tristes
y obreros en conferencia,
alli tu boca fue dulce
y tu mirada fue tierna
y la tibieza de tu alma
libre de toda sospecha.
¡Cuán quietos ahí estuvimos!
y nuestras voces, ¡cuán trémulas!

Aún pasaba el aguador
por el borde de la acequia,
aún sacudía el viento
suavemente las caléndulas.
«Aquellos tiempos de paz
indudablemente eran
para entregarse al amor
sin mediar las consecuencias.»
Pero la tarde se ahogaba
en una fiebre discreta
y un cuerpo desvanecido
pedía libertad completa.
¡Y la nube creció grande!
¡y tu boca creció inmensa!

Carita de luna triste,
espuma sobre la arena
¿por qué no piensas en mi?
¿por qué ya no me frecuentas?
La gracia de los pastores
siente temor a la hoguera
y en las plumas fulgurantes
de un gran colibrí se aleja,
mi palabra sube al cielo
ondeando como bandera
y tus ojos no la miran
y en el sol ella se quema.
¡¿Adonde se van las almas
cuando nadie las recuerda?!

Humberto C. Garza

Éramos jóvenes aún
como hierba recién salida de la tierra
cuando nos amamos.

Éramos rosas
sin violaciones de sorpresas dolorosas,
éramos el vaho
nostálgico de otoño,
éramos una feria sin fin en la comarca,
cuando nuestro idilio;
timidez de palomas en el río,
saltó a los aires y llenó el vacío.

Las piedras, recién mojadas por la lluvia,
hablaban de nosotros.
El rumor de las jaras ascendía
por una cuerda astral al universo.

¡Yo sí te amé!
El gemido
de mi fuerza implacable te lo dijo.
¡Yo sí te amé!
¡Lo juro!
Por las piedras precámbricas del río,
por nuestro suelo viejo,
por tu sagrado y el sagrado mío.

Virginal inconsistencia aquella tuya…
bañándose en las notas de la vida
y en la música cósmica.

Me quisiste, y te quise…
Nuestras almas,
atropellándose en la confusión de la inocencia,
soltaron a volar aves de fuego
al espacio infinito de la vida
donde tiene el dolor su residencia.

Humberto C. Garza

Cuán extraño tu caballo
con su dorada cadena,
es blanco como el armiño
y de crin y cola negras.
Las ninfas que lo trenzaron
con sus manitas de seda
al vagar en los arroyos
casi siempre lo recuerdan.
Me sabe a cielo nublado,
me sabe a llovizna en huerta,
me sabe a besos tranquilos
y a paz en aldea serena.

Almirantes se perdieron
en la mitad de la sierra,
eso al Jefe de Marina
y a los barcos desconcierta.
Obispos fueron al polo
para incitar una huelga
y más de nueve naciones
ganaron la independencia;
eso, todos lo supieron,
eso, todos lo recuerdan,
y a tu caballo, olvidado,
dejaron entre la niebla.

Cuán extraño se comporta
ese caballo, Daniela,
lleva en sus ojos, océanos
y barcos  llenos de velas,
en su grupa delicada
suave como luz de estrellas
con la terquedad de siempre
germinan las crisantemas.
¡Ese caballo,  de todos!
¡Te vino a gustar!  Daniela.

Su galope en el desvelo
de la noche se congela,
armatoste de romano
que llega hasta las estrellas.
¡Un viento septentrional
tiene menos frío en sus venas!
Su piel es como la tundra
donde el álce pasta y tiembla.
¿Yo no sé por qué utilizo
para hablarle tantas lenguas?
si el cristal de su relincho
se pierde en la concurrencia.
Y llegan las damajuanas
como ratas a bodegas
a llevarse lo que pueden
sin pagar antiguas deudas.
Y se olvidan del caballo
y recuerdan cosas viejas
y yo me dirijo al río
para llorar en las piedras.

Ese caballo nocturno
en los tiempos de princesas
tiró la carroza de oro
donde escapó Cenicienta,
es un manicomio triste
donde a muy pocos internan
por temor al «nomeolvides»
que viene de la frontera.
Su respiro me parece
posada semi-desierta
con ruido al anochecer
de los clientes que ahí cenan.
¡Trivialidades nocturnas
bajo una luz casi muerta!
¡Cansancio de mil rosarios
en voz aburrida y queda.!

Las baldosas de la calle
son paladar sobre lengua
que lleva ruidos de cascos
hasta las casas desiertas.
Escucho  un ruido lejano
que se enreda en las placentas.
¡Sinfonía de herraduras
de quioscos y alegres fiestas!
sonidos de caravana
que trae la carretera,
para llenar de pregones
nuestra aldea somnolienta;
«¡Vendo dulces de biznaga!»
«!Turrón de azúcar morena!»
«¡Déle un pelotazo al negro!»
«¡Vengan todos a la feria!»
Anuncios que el aire lleva
prendidos en la montera
mientras busco tu caballo
¡para salvarlo, Daniela!

Tengo sueños recurrentes
donde una cansada vieja
llega y me brinda consejos
hablándome en forma queda.
Luego; sueño librerías,
amigos, plazas y huertas,
verdes lomas y montañas
y lloviznas mañaneras,
tambien sueño tu caballo
caminando entre las ceibas
casi flotando en el aire
como aquellas voces nuestras.
¡Por eso adoraba tanto,
ese caballo, Daniela!

Ambos lo vimos llegar
un día de primavera
con piel blanca de unicornio
y con ojos de poeta,
por él, te perdí una tarde,
a la hora de la siesta,
entre chirridos de hamacas
y entre ronquidos de ideas,
y te seguiré perdiendo
porque ya unas lenguas cuentan
que se fue la resonancia
y vibración de tus cuerdas.
Yo sé que luchas y pierdes
cuando llegan las tinieblas
y que poco a poco tu alma
se va quedando más seca.
¡Deberías pensar en ello!
¡Deberías estar trémula!
y no soltarle al caballo
pródigamente la rienda.

Humberto C. Garza

Con la impotente furia de un ciego en el camino
me arrojo a tus recuerdos olorosos a jaras.

Me reclino cansado en la luz que ya muere,
y agónico de tedio pienso;
¿cómo olvidarla?

¿Cómo olvidar aquel magnífico occidente
que encerraba tus manos
y encerraba tu cara?

¿Cómo decir al astro, primero de la tarde?
¡Brillas sobre el funeral
de mi pobre esperanza!
Te amé…
Reclinado en los naranjos soñolientos
oyendo los zureos de una paloma
y oyendo los rasgueos de una guitarra.

Te amé…
Cuando la ingenua adolescencia
me lanzaba a la rápida corriente
de incomprensibles aguas.

Te amé…
Sin que mis ojos ni tus ojos
pudieran serse fieles,
en la acepción de la palabra.

Humberto C. Garza

Recuerdo aquellos días…
Pisábamos las húmedas arenas
de la brumosa playa…
las gaviotas volaban, tu reías,
en un paisaje gris donde implacable
la desolación tristísima ensayaba.

Tus senos palpitaban a mi lado…
revolvía tu pelo, un viento helado.

¿Por que dejé
el dulce acento de tu voz vibrando
en el infinito espacio donde entona
potentísimo el mar su grave salmo?

¡Todo pasa, lo sé! ¡Todo ha pasado!
voces de sombra y luz hoy estremecen
aquel sublime amor nunca olvidado.

Ya no tengo para ti
ni un verso tierno,
de todo me privó con displicencia
la mano descarnada del invierno
¡Todo ha acabado!

Humberto C. Garza