Tu voz terminó rodando
en cárceles olvidadas
ahogándose en estertores
asesinos de palabras.
Reciclaje de la tierra,
trasmigración de las almas,
canción de sentimentales
en suspiros que se apagan.
¡Se nos escapó Miguel
con sus desiertas abarcas!

Para entusiasmar un lirio
llegaron corrientes de aguas
tapizadas con el musgo
de sombras y de nostalgias.
Bajo ellas cantó Miguel
mientras sangre le brotaba:
«Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.»

Como altivo alminarete
con luz que no se apagaba
le dabas fosforescencia
a los problemas de España.
Eras la ingente estatura
de un pastorcillo de cabras
achicado por arados
cumpliendo tareas amargas.
Eras, valor Español,
arremetiendo a lanzadas
un océano de fusiles
con bayonetas caladas.

De mazmorras infinitas
tus palabras como dagas
a soberbias catedrales
sin ningún temor lanzabas.
El milagro levantisco
de una Orihuela extasiada
sobre altitudes de vino
con manos de alhajas claras
bajo un sol bruñido en sangre
tu mortaja preparaba.

Metafísica tristeza,
recurso de melodramas,
sainete de actrices pobres
entre balidos de cabras.
A la orilla de una sombra
Miguel, soñaste con hadas,
y éstas, en vésperos grises
convirtieron tus mañanas.

Hoy, semejas en la tumba
escrúpulo sin fachadas,
tu rima es la paradoja
de un pantano envuelto en llamas.
La carcajada del verso
y la frase asesinada
van por el mundo luciendo
la eternidad de sus galas.
Tú, en silencio las contemplas
con pupilas ahuecadas,
desde tu última noche
en la cual… Por fin descansas.

Humberto C. Garza

Cuán extraño tu caballo
con su dorada cadena,
es blanco como el armiño
y de crin y cola negras.
Las ninfas que lo trenzaron
con sus manitas de seda
al vagar en los arroyos
casi siempre lo recuerdan.
Me sabe a cielo nublado,
me sabe a llovizna en huerta,
me sabe a besos tranquilos
y a paz en aldea serena.

Almirantes se perdieron
en la mitad de la sierra,
eso al Jefe de Marina
y a los barcos desconcierta.
Obispos fueron al polo
para incitar una huelga
y más de nueve naciones
ganaron la independencia;
eso, todos lo supieron,
eso, todos lo recuerdan,
y a tu caballo, olvidado,
dejaron entre la niebla.

Cuán extraño se comporta
ese caballo, Daniela,
lleva en sus ojos, océanos
y barcos  llenos de velas,
en su grupa delicada
suave como luz de estrellas
con la terquedad de siempre
germinan las crisantemas.
¡Ese caballo,  de todos!
¡Te vino a gustar!  Daniela.

Su galope en el desvelo
de la noche se congela,
armatoste de romano
que llega hasta las estrellas.
¡Un viento septentrional
tiene menos frío en sus venas!
Su piel es como la tundra
donde el álce pasta y tiembla.
¿Yo no sé por qué utilizo
para hablarle tantas lenguas?
si el cristal de su relincho
se pierde en la concurrencia.
Y llegan las damajuanas
como ratas a bodegas
a llevarse lo que pueden
sin pagar antiguas deudas.
Y se olvidan del caballo
y recuerdan cosas viejas
y yo me dirijo al río
para llorar en las piedras.

Ese caballo nocturno
en los tiempos de princesas
tiró la carroza de oro
donde escapó Cenicienta,
es un manicomio triste
donde a muy pocos internan
por temor al «nomeolvides»
que viene de la frontera.
Su respiro me parece
posada semi-desierta
con ruido al anochecer
de los clientes que ahí cenan.
¡Trivialidades nocturnas
bajo una luz casi muerta!
¡Cansancio de mil rosarios
en voz aburrida y queda.!

Las baldosas de la calle
son paladar sobre lengua
que lleva ruidos de cascos
hasta las casas desiertas.
Escucho  un ruido lejano
que se enreda en las placentas.
¡Sinfonía de herraduras
de quioscos y alegres fiestas!
sonidos de caravana
que trae la carretera,
para llenar de pregones
nuestra aldea somnolienta;
«¡Vendo dulces de biznaga!»
«!Turrón de azúcar morena!»
«¡Déle un pelotazo al negro!»
«¡Vengan todos a la feria!»
Anuncios que el aire lleva
prendidos en la montera
mientras busco tu caballo
¡para salvarlo, Daniela!

Tengo sueños recurrentes
donde una cansada vieja
llega y me brinda consejos
hablándome en forma queda.
Luego; sueño librerías,
amigos, plazas y huertas,
verdes lomas y montañas
y lloviznas mañaneras,
tambien sueño tu caballo
caminando entre las ceibas
casi flotando en el aire
como aquellas voces nuestras.
¡Por eso adoraba tanto,
ese caballo, Daniela!

Ambos lo vimos llegar
un día de primavera
con piel blanca de unicornio
y con ojos de poeta,
por él, te perdí una tarde,
a la hora de la siesta,
entre chirridos de hamacas
y entre ronquidos de ideas,
y te seguiré perdiendo
porque ya unas lenguas cuentan
que se fue la resonancia
y vibración de tus cuerdas.
Yo sé que luchas y pierdes
cuando llegan las tinieblas
y que poco a poco tu alma
se va quedando más seca.
¡Deberías pensar en ello!
¡Deberías estar trémula!
y no soltarle al caballo
pródigamente la rienda.

Humberto C. Garza

Carne de begonias frías
en el surco de febrero,
policromada ignorancia
dime: ¿cómo te recuerdo?
¿Quieres que agarre en mis manos
tu ebanistico poliedro
y con voz muerta de frío
le diga cuánto te quiero?

Mira, mírame a los ojos,
mi sustantivo está abierto,
el estambre de mi piel
ya va enredando tu cuerpo.
Llega la ventisca fría
y un dromedario completo
aparece en el retablo
para asustar al invierno.

¿Dónde fue abierta la sangre?
¿con qué puñales el viento
dejó un estrago de siglos
en la amplitud de mi cuerpo?
¿Dónde fue abierta la sangre?
¿por qué yo sigo viviendo
en el pretal de un caballo
que va por el mundo? ¡Ciego!

Mi voz cayó en un respingo
en medio del campo muerto,
iba enferma bajo el sol
envuelta en suspiros huecos.
Amordazaste mi sed
y estrangulaste mis versos.
¡Que contratos de locura,
firmé por seguir viviendo!

Monopolio de granito,
espiración de recuerdo,
cantinela de paredes
en un gran salón abierto.
Has cogido la esperanza
para arrancarle los huesos
y con ellos enrejar
la mazmorra de mis versos.

Todo pasa, todo sigue,
el mundo… ¡insensato, necio!
toma caritas de niños
para endulzar pensamientos,
y la noche con azahares
en un lago de requiebros
llega y me roba el aroma
de los momentos mas tiernos.

Nadie pudo como tú
navegar en mi silencio,
las alas de muchas hadas
destrozé yo con mi viento.
Madera olorosa a pino,
novia bordando un pañuelo,
mente llena de caballos,
amazona entre los cedros.
Clava tus notas divinas
en esta angustia que siento,
aprisióname en tus brazos
para yo seguir viviendo.

Sin ti, la tierra es angustia
es un suspiro sediento,
que va rebotando en nubes
que desaparece el viento.

Humberto C. Garza

Ya no quisiera cantar
porque mi voz ha dejado
un rastro de sombra negra
en el blancor de tu paño.
Por ti, me volví poeta,
por ti, recorrió sonámbulo,
en total desequilibrio
el sueño de mi caballo.

Aquella luz mañanera
que se despertó llorando
sobre encendidos claveles
y delicados geranios
creciendo en los maceteros
de moho y blanco pintados;
ya no caerá nunca más
sobre el ala de tus pájaros
ni matizará feliz
el verdor que hay en tus prados.
Será una historia pasada
de algo que vivió en tus campos,
de algo que vibró en tus cuerdas
al soplar vientos helados.

Ya no quisiera cantar,
los mástiles de mis barcos
no pasearán sobre el verde
de tus inmensos océanos.
Mis peregrinos tampoco
harán caso a los badajos
que pegan sobre los bronces
de tus campanarios altos.
La noche de plenilunio
al caer sobre tus lagos
no escuchará los rumores
del ruiseñor con sus cantos.
Aspirarás el aroma
de las flores de amaranto,
y entrecerrando los ojos…
tal vez sientas que te falto.
En tus pétalos rosados,
por lluvias, ¡golpeados tanto!
se reflejará el recuerdo
de un olvidado quebranto,
y dirás: «Ferviente amigo,
ven a mí, ¡te estoy llamando!
hoy los pies de mi memoria
quieren de tu césped blando
para desandar caminos
que hoy estaba recordando.»

Yo estaré lanzando redes
en relinchos de caballos,
con escalofríos inmensos
y los ojos extasiados.
Yo estaré soñando yeguas
de respiros agitados,
bebiendo de blancas lunas
selénicos rayos claros.
El momento de tu ausencia
me dará un sabor amargo
y el brillo de tu memoria
como un astro ya apagado
no perturbará jamás
mi ser desequilibrado.

Humberto C. Garza

Triste voz meridional,
doble sueño perfumado,
conejillo somnoliento
bajo los verdes naranjos.
Agua fresca de la noria,
limpio vestidito blanco.
Los errores de la tarde
se fueron acrecentando
como vendaval de polvo
sobre tu camino largo.
Sal Marina, la llovizna,
está mis ropas mojando
y la presión por mirarte
el aire la está borrando.

Sal Marina se quedó
toda la tarde pensando;
¿si serían cosas del sol
lo que ella estaba soñando?
Cogió una rosa fragante
para darle un beso largo…
entrecerrando los ojos
suavemente, y suspirando.
Los sueños de Sal Marina,
volando… Ya van volando,
tomando formas que nunca
los astros habían mirado.
Pasaron de norte a sur
cual galácticos caballos
luciendo sus largas colas
e iluminando lo alto.
Sal Marina, ¿son tus sueños?
¡Delirio de blancos nardos!
«Esos son mis sueños, si,
y me han vedado mirarlos»
¡Corriente de rosas frías…!
Sal Marina, los caballos,
galopan con tanta fuerza
que hacen estallar los astros,
al estallar, una gama
de luz y colores raros,
inmensamente conflagra
la oscuridad del espacio.

Se perdieron las mañanas
en la música del lago,
la convulsionada tarde
sobre su tibio regazo;
uno a uno los jazmines,
sin yo, poder evitarlo,
deshojó inconscientemente
con fría e insensible mano.
¡Esos eran mis jazmines!
¡Crecieron sobre mi campo!

Humedecida en alcohol
para limpiar el estrago,
la noche vino a servir
sus cuentos enamorados.
Sal Marina es Blancanieves
disfrutando siete enanos;
se deja llevar por ellos
a precipicios lejanos
y no le importa si el sol
es amarillo o es blanco.
¡Sal Marina no es la misma!
Es otra a quien sigo amando.

Humberto C. Garza

Como heladas estrellas
formando caminos bifurcados,
hendiendo el imposible de las cansadas sombras,
así eran nuestros labios.
Dolor que se alojaba insensitivo,
en el punto que cruzan con galope grisáceo
cinco litros de sangre.
¡Atiende…¡ Ruego inmóvil… Veraz…
casi apagado!
¡Atiende!
¡Ya he muerto!
¿Acaso no leíste mi obituario?

La cigarra intermitente, su estridencia…
cipreses en el atrio de la iglesia,
y yo con tu figura entre mis manos.

El golpe adherido a los reactores
va fustigando tantos decibelios
¡Que hacen un pandemónium!
¡Paz…!
¡Quiero paz!
Mi grito es tragado por un ruido
más denso y angustioso que el olvido.
Mi grito entre tú y yo,
¡Mi último grito!

El sueño del azahar,
viene a buscarme
con zureos de paloma.

Luego…
te extingues de improviso
como luz inocente,
tragándote las sílabas deformes
que pronuncia la gente.

He agobiado mi vida
con viajes ingenuamente tristes,
con tallados informes, en pueblos azufrosos,
y con labios hostiles.

En las húmedas rosas
he dejado los versos
temerosos de inviernos,
y heridos por la voz
de un conjuro de pájaros.

He ido malhumorado
gimiendo en las estancias
y pastando en los cuerpos
extendidos como alas de milagros.

Pero yo,
como el tiempo…
¡Sé asimilar estragos!

Humberto C. Garza

Se me escapa la vida en un lamento
que yo no puedo corregir y llego
al barranco insondable de un apego
donde en aullidos se deshace el viento.

Se me escapan la vida y el contento
en un cariño inconquistable y ciego
donde las llamas de ordinario fuego
ahogan mi tranquilo sentimiento.

Me duele conocer tu hegemonía,
y victima de innoble desafuero
te abandono en la noche y busco el día.

Tu voz no llega ya con el sincero
bullicio de inocente algarabía
al sitio donde siempre yo la espero.

Humberto C. Garza

Sentada a la ventana, dirás en el otoño:
«El amor nunca vino llamando hasta mi puerta,
ni frecuentó mi casa, ni mi esperanza muerta
alegró con la muestra de algún débil retoño».

Irás hasta el espejo para buscar un moño
que adorne tu cabeza ya de nieves cubierta,
y dirás contemplando tu alcoba ya desierta;
«¡Qué amarga soledad, ésta en que me emponzoño!

Yo estaré ya muy lejos y no veré tu cara,
tal vez también me queje de alguna cosa vana
y desdeñe la vida que nada me depara.

Ignorarás por siempre que yo ante tu ventana
por ver la transparencia de tu figura clara;
ebrio de amor y versos pasaba la mañana.

Humberto C. Garza

La noche llega a mí con su embeleso
y es imposible cobijar tus manos
con el calor de fértiles veranos
o la ternura de mi ardiente beso.

Mis afiebrados sueños al proceso
de dar afecto a tus caprichos vanos
se lanzan con la furia y los desganos
de la impotencia en que me tienes preso.

Quiero dejar aquí los consabidos
problemas que doblegan mis amores
para nunca llorar por tus olvidos.

Y marcharme a los prados y a las flores
ahogando entre mi pecho los gemidos
que tu abandono asfixia con dolores.

Humberto C. Garza

Éramos jóvenes aún
como hierba recién salida de la tierra
cuando nos amamos.

Éramos rosas
sin violaciones de sorpresas dolorosas,
éramos el vaho
nostálgico de otoño,
éramos una feria sin fin en la comarca,
cuando nuestro idilio;
timidez de palomas en el río,
saltó a los aires y llenó el vacío.

Las piedras, recién mojadas por la lluvia,
hablaban de nosotros.
El rumor de las jaras ascendía
por una cuerda astral al universo.

¡Yo sí te amé!
El gemido
de mi fuerza implacable te lo dijo.
¡Yo sí te amé!
¡Lo juro!
Por las piedras precámbricas del río,
por nuestro suelo viejo,
por tu sagrado y el sagrado mío.

Virginal inconsistencia aquella tuya…
bañándose en las notas de la vida
y en la música cósmica.

Me quisiste, y te quise…
Nuestras almas,
atropellándose en la confusión de la inocencia,
soltaron a volar aves de fuego
al espacio infinito de la vida
donde tiene el dolor su residencia.

Humberto C. Garza