Entre el discorde estruendo de la orgía
        acarició mi oído,
como nota de música lejana,
el eco de un suspiro.

El eco de un suspiro que conozco,
formado de un aliento que he bebido,
perfume de una flor que oculta crece
        en un claustro sombrío.

Mi adorada de un día, cariñosa,
        —¿En qué piensas?— me dijo.
—En nada… —En nada, ¿y lloras? —Es que tengo
alegre la tristeza y triste el vino.

Gustavo Adolfo Bécquer

Sacudimiento extraño
que agita las ideas,
como huracán que empuja
las olas en tropel.

Murmullo que en el alma
se eleva y va creciendo
como volcán que sordo
anuncia que va a arder.

Deformes siluetas
de seres imposibles;
paisajes que aparecen
como al través de un tul.

Colores que fundiéndose
remedan en el aire
los átomos del iris
que nadan en la luz.

Ideas sin palabras,
palabras sin sentido;
cadencias que no tienen
ni ritmo ni compás.

Memorias y deseos
de cosas que no existen;
accesos de alegría,
impulsos de llorar.

Actividad nerviosa
que no halla en qué emplearse;
sin riendas que le guíen,
caballo volador.

Locura que el espíritu
exalta y desfallece,
embriaguez divina
del genio creador…
Tal es la inspiración.

Gigante voz que el caos
ordena en el cerebro
y entre las sombras hace
la luz aparecer.

Brillante rienda de oro
que poderosa enfrena
de la exaltada mente
el volador corcel.

Hilo de luz que en haces
los pensamientos ata;
sol que las nubes rompe
y toca en el zenít.

Inteligente mano
que en un collar de perlas
consigue las indóciles
palabras reunir.

Armonioso ritmo
que con cadencia y número
las fugitivas notas
encierra en el compás.

Cincel que el bloque muerde
la estatua modelando,
y la belleza plástica
añade a la ideal.

Atmósfera en que giran
con orden las ideas,
cual átomos que agrupa
recóndita atracción.

Raudal en cuyas ondas
su sed la fiebre apaga,
oasis que al espíritu
devuelve su vigor…
Tal es nuestra razón.

Con ambas siempre en lucha
y de ambas vencedor,
tan sólo al genio es dado
a un yugo atar las dos.

Gustavo Adolfo Bécquer

    ¡No me admiró tu olvido!  Aunquede un día,
me admiró tu cariño mucho más;
porque lo que hay en mí que vale algo,
eso… ni lo pudiste sospechar.

Gustavo Adolfo Bécquer

¿De dónde vengo?… El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas;
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

Gustavo Adolfo Bécquer

Te vi un punto y, flotando ante mis ojos,
la imagen de tus ojos se quedó,
como la mancha oscura orlada en fuego
que flota y ciega si se mira al sol.

Adondequiera que la vista clavo,
torno a ver las pupilas llamear;
mas no te encuentro a ti, que es tu mirada,
unos ojos, los tuyos, nada más.

De mi alcoba en el ángulo los miro
desasidos fantásticos lucir;
cuando duermo los siento que se ciernen,
de par en par abiertos sobre mí.

Yo sé que hay fuegos fatuos que en la noche
llevan al caminante a perecer;
yo me siento arrastrado por tus ojos,
pero adónde me arrastran, no lo sé.

Gustavo Adolfo Bécquer

Me ha herido recatándose en las sombras,
sellando con un beso su traición.
Los brazos me echó al cuello y por la espalda
partióme a sangre fría el corazón.

Y ella prosigue alegre su camino,
feliz, risueña, impávida. ¿Y por qué?
Porque no brota sangre de la herida.
Porque el muerto está en pie.

Gustavo Adolfo Bécquer

In the imposing nave
of that Byzantine temple
I saw the Gothic tomb in the uncertain
light that trembled in the stained-glass windows.

Her hands were on her breast,
and in her hands a book,
and this most beautiful woman was lying
on the urn, a miracle of carving.

Sinking under the weight
of her sweet abandoned body
her granite bed was creased as if made
of the softness of feathers and of satin.

Of her last sweet smile
her face preserved the divine
radiance, just as the heavens preserve
the fleeting rays of the dying sun.

Sitting at the edge
of her pillow of stone
two angels with fingers on their lips
enjoined silence all around.

She did not seem dead;
she seemed to be asleep
in the shadow of the massive arches,
and seeing paradise in her slumber.

I approached the darkness
at the corner of the nave
as someone walking on quiet feet
would approach the cradle where a child is asleep.

I looked at her for a moment
as she glowed there brightly,
and at her bed of stone that offered
another, empty, space by the wall,

and they revived in my soul
the thirst for the infinite,
the yearning for that life in death
for which the centuries are but a moment.

Weary of the battle
I fight all through my life
sometimes I recall with envy
that retreat so dark and hidden.

I recall that pale
and silent woman, and say:
“What a silent love is that of death!
What a peaceful sleep is that of the grave!”

  Cuando en la noche te envuelven
las alas de tul del sueño
y tus tendidas pestañas
semejan arcos de ébano,
por escuchar los latidos
de tu corazón inquieto
y reclinar tu dormida
cabeza sobre mi pecho,
        diera, alma mía,
        cuanto posea:
        ¡la luz, el aire
        y el pensamiento!

  Cuando se clavan tus ojos
en un invisible objeto
y tus labios ilumina
de una sonrisa el reflejo,
por leer sobre tu frente
el callado pensamiento
que pasa como la nube
del mar sobre el ancho espejo,
        diera, alma mía,
        cuanto deseo:
        ¡la fama, el oro,
        la gloria, el genio!

  Cuando enmudece tu lengua
y se apresura tu aliento
y tus mejillas se encienden
y entornas tus ojos negros,
por ver entre sus pestañas
brillar con húmedo fuego
la ardiente chispa que brota
del volcán de los deseos,
        diera, alma mía,
        por cuanto espero,
        la fe, el espíritu,
        la tierra, el cielo.

Gustavo Adolfo Bécquer

  Hoy como ayer, mañana como hoy,
        ¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
        y andar… andar.

Moviéndose a compás, como una estúpida
        máquina, el corazón.
La torpe inteligencia del cerebro,
        dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
        buscándole sin fe,
fatiga sin objeto, ola que rueda
        ignorando por qué.

Voz que, incesante, con el mismo tono,
        canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
        y cae, sin cesar.

Así van deslizándose los días,
        unos de otros en pos;
hoy lo mismo que ayer…; y todos ellos,
        sin gozo ni dolor.

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando
        del antiguo sufrir!
Amargo es el dolor, ¡pero siquiera
        padecer es vivir!

Gustavo Adolfo Bécquer