Bendito desorden el de este amor,
el de estas sábanas, revueltas
de tanto amar, de amar con dulzura,
de amar y de llevarte amor
a tus fines consecuencias.
Esta tarde, entre tanto amor,
no he parado, si quiera
lo que dura un suspiro,
de pensar en ella, y la tenía
delante de mí, pero era todo tan simple
y a la vez tan complejo, tan celestial,
he disfrutado amando,
si hubiese muerto ahí, habría muerto
con las manos llenas
de intenso amor.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Como la brisa que me despertó
de esa profunda pesadilla
a la que invierno llaman,
a sí llegaste, que alivio,
pero no solo eso, descubrí
esa brisa, que tras de sí
dejaba un reguero de belleza
y de amor, y de pureza
y no quise perderme ese dulzor
que solo yo vi o noté
que desprendías por tus poros,
ninfa de febrero, haz de mi
una continua primavera
que al verte, la flor de tu boca,
me sonría como sonríen las flores
cuando el astro aparece entre aristas.
Haz de mis manos, los salvavidas,
a los que aferrarte, haz de mi ser
el ser con el que todo sea felicidad.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Cuando salgo a la calle
me fijo en el volante de los taxis,
lugar muy cuidado,
en la espalda de los que vestían de naranja
lugar observado,
me fijo en los sitios concurridos
por palomas, sobre todo en El Bahía,
para que no me defequen encima,
me fijo en lo atareado de Costa Sol,
con su abeto, único tranquilo a esas horas,
lo imagino como director de orquesta
pendiente de que todo salga bien,
en el ciego del Bar Paco, con su camiseta de ska-p,
que ahora ha pillado un quiosco
a veces corro, evitando el uno contra uno
de un renault cualquiera.

Cuando salgo a la calle hago todo eso
para evitar acordarme de tu ser
y volver a caer en mi profunda pena.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

I, A Córdoba cuna de guerreragente y sabiduría clara.

Paseando por tus calles,
me requiebran tus naranjos,
tu mezquita hermosa y enhiesta,
con ese olor a otros tiempos,
tiempos memorables ya pasados.
Poco más allá la judería,
por la que tantas veces me perdí
callejeando hasta encontrar la plaza perfecta,
para escribirte a ti mi bella ciudad, estos versos.
Córdoba cuna de guerreras gentes
y sabidurías claras; atiendes al extranjero,
y das cobijo a tu prójimo.
Cuna de culturas, de Sénecas,
Maimonides, Alhakenes, Duques de Rivas,
Góngoras y tantos otros que mi cabeza olvida.
Por tus calles me enamoré
y por tus calles encontré a mis musas,
y encontré a las más bellas gentes
que jamás yo conociera,
Córdoba, que mal o bien albergaste
a tres culturas amplias y bastas,
que mal o bien supieron convivir
y que mal o bien me han hecho
ser lo que soy,
un cordobés orgulloso de serlo.

II, Aumentado y corregido.

He cerrado los ojos, y aunque lejos
divisé tus iglesias, mezquitas, sinagogas;
con sus palmeras vi, mi barrio de niñez,
Albaicines, Alhambras y Sacromontes,
avisté desde él, más de una vez,
con su avenida y sus malas aceras,
barrio envejecido, pero jovial y con ganas,
mi barrio de juventud, con sus plazuelas,
amplias calles con aceras, colegios,
ahí, donde me fijé en las niñas locuelas,
barrio joven de edad, pero senil.

Luego han venido los paseos,
por calles céntricas judaicas
hasta la tranquilidad del pozo Cueto,
desde el lavatorio “Conquistador”,
hasta mis alárabes oraciones,
para reencontrarme con mi viejo yo.
He bebido de tus fuentes y borracho
de tu cultura y tu saber, mis ojos
palmo a palmo han tocado tus casas
plateadas al brillo de Helio sobre la cal.

Al atardecer llegó a mis pies y a mis ojos
la cuadriculada Corredera,
a platicar me paré con la contorsionista
de Ambrosio de Morales,
al jardinero de San Lorenzo
le pedí el rosetón, anduve buscando
a la Carmela de San Cayetano,
a San Pedro, sus llaves, que dicen
del cielo tiene, fui a pedirle,
sin que supiese, que el cielo
es donde yo vivo.

Noche cerrada de nubes rojas, tabernera,
cuando mis pasos arrieros a Roma,
por el puente llevarme querían,
un tal Rafael me recordó donde vivo
y donde está el cielo y tras mis pasos volví
para refrescarme con un buen vino blanco,
acompañado de pan, mojado en aceite,
que con su pura y cierta claridad
me despertó, “y me mostró mi libertad,
y la de tus lomas”.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Ayer no me miraste,
intentando taponar la sangre
que brota de tu herida,
creyendo que te curabas mejor sola.
Yo, así, no puedo, necesito de tu cura,
fíjate hasta que punto te necesito
que mi sangre se esconde
cuando intenta curarme otra.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Guerrillero moribundo, tú que peleas
por lo que es tuyo, tu que luchas
mano a mano, hombro a hombro,
sufres y esperas, a que tus hermanos
se den cuenta de que lo sois,
de que tu lucha es vuestra lucha,
por la Justicia y la Igualdad,
cogiste los fusiles y cuando
ellas lleguen lo soltaras.
Allá donde la Libertad este oprimida,
donde esperen los camaradas atrincherados.
No olvides nunca a todos
los que contigo lucharon,
así los que contigo luchan
no te olvidarán, guerrillero de la palabra.
Amigo solo una cosa me queda ya decirte:
«que la selva Lacandona
te proteja bajo su lona,
te lo pide un gachupín»,
que se desvive,
soñando con la victoria.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Sueños y costas manchadas de negro,
de negro luto, de negro sentir,
que convive con desesperanzas,
desilusión, otra vez más,
todo esto implica cansancio,
mentiras, momentos asqueados,
todo hace pensar otra vez en maletas,
en otros lugares, en prosperidad,
en la huida a un sitio,
que por creer mejor,
creemos también que nos bien tratará,
sin ser así, el futuro esta aquí,
y los escriben las gentes,
de vosotros dependen los cambios,
una Galicia de provecho, sin penas, sin maletas…
No pretende esto ser un reproche sino un aliento,
para que se deshagan las maletas,
para que nunca más tenga que haber héroes vencidos,
ni canallas vencedores.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Permítame y sin ánimo de lucro
remitirle estos versillos,
ya que usted se dirige
tan asiduamente a mi pobre abuela.
Usted tuvo la suerte de nacer
en un país, maculado por la gracia
de dios, Franco y las coronas,
mas cuando giren los tornillos,
a su lugar natural, y de origen,
usted, Franco, sus coronas y dios
tendrán que marcharse por la falsa puerta,
como dijera aquel funesto Allende;
«bastante más temprano que tarde
se abrirán las grandes alamedas
por donde pasee el hombre libre»,
sin peligro de encontrarse
en un dominical de panfleto real,
la verbigracia de «Usía»
y de sus fantoches cortesanos,
Ni el Sup Marcos es etarra, ni Sabina ramplón,
a si que bajase del trono,
y márchese con sus dos eses,
en la máquina del tiempo, a la Edad Media.

P. D: Llévese a todos los que pueda.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Y si os contará
que un hombre habla con las manos
palabras más lindas que las del habla.

Y si os contara que sus arpegios
son de otro mundo, que sus acordes
flamencos interpretan lo que digo,
que mi corazón al oírle se acompasa
con su soleá, seguidilla, bulerías, tangos
y otras lenguas que domina,
este ser de doble boca, buscador
de piropos en otro idioma,
me enriquece y me da vida,
me enloquece y me subleva
y que cada día más me muestra lo que soy,
me enseña lo que con palabras nunca se podrá decir.

Felipe Evaristo Gómez Pescador

Cien años son ya,
la arena de la playa sigue en la plaza
y por más que se empeñen habrá que limpiarla.
Alberti, tu lujoso Puerto de Santa María
ya no brilla, como cuando paseabas
con tu melena cana, plata, al rumor de los vientos
de nuestra Andalucía.
Hoy desde Córdoba, mis ojos se hunden
en un pozo sin fin,
pero de él salen llamas,
que me recuerdan  marineros en tierra,
a ángeles y amores, buen viaje marinero,
“y a galopar, a galopar, hasta enterrarlos en la mar”.

Felipe Evaristo Gómez Pescador