Si te buscan, te lloran, y te ruegan
con el ansia brutal, clarividente,
y entierran a sus muertos desalmados
en el rato en que miras como llueve,
si dan traspiés en tu mojada alfombra
cuando tu boca dice que me quiere,
si llegan al jardin de tu piel blanca
en los días que sólo les conviene,
habrás de recordar…
Que no te busco literariamente.
Comprendo poco a poco algunas cosas,
todo es largo en la vida y es tan breve,
las miradas que tocan tus palabras
se arrastran al igual que las serpientes.
Yo vengo de una herida clandestina
por eso mi sonrisa todo teme.
¿Has visto al sol llorando de alegría
o camellos echados en la nieve?
¿Has visto la ternura de un poeta
decir las cosas mojigatamente?
Mundo feliz de historias prematuras
de luces ignoradas que se pierden,
tropel de gallos giros en la tarde
asustados por perros que no muerden.
¿Donde estás? Flor del Campo, ¿Dónde estás?
¿Por qué no vienes y mis labios hieres?
Yo tuve dominós entre mis manos
los miércoles domingos y los jueves,
y tú sólo tuviste la simpleza
de hacer las cosas complicadamente.

Y yo todo lo miro con tus ojos,
y yo siempre te ruego y nunca vienes,
te lanzas febrilmente a tus angustias,
obviamente me admiras y me temes.
¿Quién pregunta por mi? ¡No lo recuerdo!
yo soy el pasajero que en los trenes,
por no tener la charla de ninguna
suspira con placer, leyendo a Becquer,
¡Mira mis manos! Escribieron cosas
en la infinita soledad de el viernes,
añorando un pueblito, como tú,
con plaza, con iglesia y feligreses.
Hoy yo quiero llorar, ¡llorar a mares!
¡Gemir hondo y profundo muchas veces!
Llorar como los sauces de la acequia,
llorar como la gente en los andenes,
llorar por el vacío que me has causado
¡Llorar porque te llamo y nunca vienes!

Humberto C. Garza

En tu matriz helada
(quieta bahía de barcos encantados)
crece la hoja fría de un plenilunio
que ayer toqué yo con mis labios.

En tu matriz helada,
un niño con una hélice en la mano
corre por el campo que le brinda
la ternura infinita de un abrazo.

En tu matriz helada,
caras de hombres tristes y extasiados
siguen las facetas de la luna
en cielos transparentes y estrellados.

En tu matriz helada,
los soles por mis versos agitados,
ebrios de suspiros vespertinos
aspiran el perfume de tus nardos.

Humberto C. Garza

Tu voz terminó rodando
en cárceles olvidadas
ahogándose en estertores
asesinos de palabras.
Reciclaje de la tierra,
trasmigración de las almas,
canción de sentimentales
en suspiros que se apagan.
¡Se nos escapó Miguel
con sus desiertas abarcas!

Para entusiasmar un lirio
llegaron corrientes de aguas
tapizadas con el musgo
de sombras y de nostalgias.
Bajo ellas cantó Miguel
mientras sangre le brotaba:
«Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.»

Como altivo alminarete
con luz que no se apagaba
le dabas fosforescencia
a los problemas de España.
Eras la ingente estatura
de un pastorcillo de cabras
achicado por arados
cumpliendo tareas amargas.
Eras, valor Español,
arremetiendo a lanzadas
un océano de fusiles
con bayonetas caladas.

De mazmorras infinitas
tus palabras como dagas
a soberbias catedrales
sin ningún temor lanzabas.
El milagro levantisco
de una Orihuela extasiada
sobre altitudes de vino
con manos de alhajas claras
bajo un sol bruñido en sangre
tu mortaja preparaba.

Metafísica tristeza,
recurso de melodramas,
sainete de actrices pobres
entre balidos de cabras.
A la orilla de una sombra
Miguel, soñaste con hadas,
y éstas, en vésperos grises
convirtieron tus mañanas.

Hoy, semejas en la tumba
escrúpulo sin fachadas,
tu rima es la paradoja
de un pantano envuelto en llamas.
La carcajada del verso
y la frase asesinada
van por el mundo luciendo
la eternidad de sus galas.
Tú, en silencio las contemplas
con pupilas ahuecadas,
desde tu última noche
en la cual… Por fin descansas.

Humberto C. Garza

Carne de begonias frías
en el surco de febrero,
policromada ignorancia
dime: ¿cómo te recuerdo?
¿Quieres que agarre en mis manos
tu ebanistico poliedro
y con voz muerta de frío
le diga cuánto te quiero?

Mira, mírame a los ojos,
mi sustantivo está abierto,
el estambre de mi piel
ya va enredando tu cuerpo.
Llega la ventisca fría
y un dromedario completo
aparece en el retablo
para asustar al invierno.

¿Dónde fue abierta la sangre?
¿con qué puñales el viento
dejó un estrago de siglos
en la amplitud de mi cuerpo?
¿Dónde fue abierta la sangre?
¿por qué yo sigo viviendo
en el pretal de un caballo
que va por el mundo? ¡Ciego!

Mi voz cayó en un respingo
en medio del campo muerto,
iba enferma bajo el sol
envuelta en suspiros huecos.
Amordazaste mi sed
y estrangulaste mis versos.
¡Que contratos de locura,
firmé por seguir viviendo!

Monopolio de granito,
espiración de recuerdo,
cantinela de paredes
en un gran salón abierto.
Has cogido la esperanza
para arrancarle los huesos
y con ellos enrejar
la mazmorra de mis versos.

Todo pasa, todo sigue,
el mundo… ¡insensato, necio!
toma caritas de niños
para endulzar pensamientos,
y la noche con azahares
en un lago de requiebros
llega y me roba el aroma
de los momentos mas tiernos.

Nadie pudo como tú
navegar en mi silencio,
las alas de muchas hadas
destrozé yo con mi viento.
Madera olorosa a pino,
novia bordando un pañuelo,
mente llena de caballos,
amazona entre los cedros.
Clava tus notas divinas
en esta angustia que siento,
aprisióname en tus brazos
para yo seguir viviendo.

Sin ti, la tierra es angustia
es un suspiro sediento,
que va rebotando en nubes
que desaparece el viento.

Humberto C. Garza

Ya no quisiera cantar
porque mi voz ha dejado
un rastro de sombra negra
en el blancor de tu paño.
Por ti, me volví poeta,
por ti, recorrió sonámbulo,
en total desequilibrio
el sueño de mi caballo.

Aquella luz mañanera
que se despertó llorando
sobre encendidos claveles
y delicados geranios
creciendo en los maceteros
de moho y blanco pintados;
ya no caerá nunca más
sobre el ala de tus pájaros
ni matizará feliz
el verdor que hay en tus prados.
Será una historia pasada
de algo que vivió en tus campos,
de algo que vibró en tus cuerdas
al soplar vientos helados.

Ya no quisiera cantar,
los mástiles de mis barcos
no pasearán sobre el verde
de tus inmensos océanos.
Mis peregrinos tampoco
harán caso a los badajos
que pegan sobre los bronces
de tus campanarios altos.
La noche de plenilunio
al caer sobre tus lagos
no escuchará los rumores
del ruiseñor con sus cantos.
Aspirarás el aroma
de las flores de amaranto,
y entrecerrando los ojos…
tal vez sientas que te falto.
En tus pétalos rosados,
por lluvias, ¡golpeados tanto!
se reflejará el recuerdo
de un olvidado quebranto,
y dirás: «Ferviente amigo,
ven a mí, ¡te estoy llamando!
hoy los pies de mi memoria
quieren de tu césped blando
para desandar caminos
que hoy estaba recordando.»

Yo estaré lanzando redes
en relinchos de caballos,
con escalofríos inmensos
y los ojos extasiados.
Yo estaré soñando yeguas
de respiros agitados,
bebiendo de blancas lunas
selénicos rayos claros.
El momento de tu ausencia
me dará un sabor amargo
y el brillo de tu memoria
como un astro ya apagado
no perturbará jamás
mi ser desequilibrado.

Humberto C. Garza

Triste voz meridional,
doble sueño perfumado,
conejillo somnoliento
bajo los verdes naranjos.
Agua fresca de la noria,
limpio vestidito blanco.
Los errores de la tarde
se fueron acrecentando
como vendaval de polvo
sobre tu camino largo.
Sal Marina, la llovizna,
está mis ropas mojando
y la presión por mirarte
el aire la está borrando.

Sal Marina se quedó
toda la tarde pensando;
¿si serían cosas del sol
lo que ella estaba soñando?
Cogió una rosa fragante
para darle un beso largo…
entrecerrando los ojos
suavemente, y suspirando.
Los sueños de Sal Marina,
volando… Ya van volando,
tomando formas que nunca
los astros habían mirado.
Pasaron de norte a sur
cual galácticos caballos
luciendo sus largas colas
e iluminando lo alto.
Sal Marina, ¿son tus sueños?
¡Delirio de blancos nardos!
«Esos son mis sueños, si,
y me han vedado mirarlos»
¡Corriente de rosas frías…!
Sal Marina, los caballos,
galopan con tanta fuerza
que hacen estallar los astros,
al estallar, una gama
de luz y colores raros,
inmensamente conflagra
la oscuridad del espacio.

Se perdieron las mañanas
en la música del lago,
la convulsionada tarde
sobre su tibio regazo;
uno a uno los jazmines,
sin yo, poder evitarlo,
deshojó inconscientemente
con fría e insensible mano.
¡Esos eran mis jazmines!
¡Crecieron sobre mi campo!

Humedecida en alcohol
para limpiar el estrago,
la noche vino a servir
sus cuentos enamorados.
Sal Marina es Blancanieves
disfrutando siete enanos;
se deja llevar por ellos
a precipicios lejanos
y no le importa si el sol
es amarillo o es blanco.
¡Sal Marina no es la misma!
Es otra a quien sigo amando.

Humberto C. Garza

Se me escapa la vida en un lamento
que yo no puedo corregir y llego
al barranco insondable de un apego
donde en aullidos se deshace el viento.

Se me escapan la vida y el contento
en un cariño inconquistable y ciego
donde las llamas de ordinario fuego
ahogan mi tranquilo sentimiento.

Me duele conocer tu hegemonía,
y victima de innoble desafuero
te abandono en la noche y busco el día.

Tu voz no llega ya con el sincero
bullicio de inocente algarabía
al sitio donde siempre yo la espero.

Humberto C. Garza

La noche llega a mí con su embeleso
y es imposible cobijar tus manos
con el calor de fértiles veranos
o la ternura de mi ardiente beso.

Mis afiebrados sueños al proceso
de dar afecto a tus caprichos vanos
se lanzan con la furia y los desganos
de la impotencia en que me tienes preso.

Quiero dejar aquí los consabidos
problemas que doblegan mis amores
para nunca llorar por tus olvidos.

Y marcharme a los prados y a las flores
ahogando entre mi pecho los gemidos
que tu abandono asfixia con dolores.

Humberto C. Garza

Yo no soy el amor, ahora convengo,
mi histriónica figura lleva un paso
que orienta a la penumbra de un ocaso
marcado por la lucha que sostengo.

Sincero, confesé de donde vengo,
agua fui, cristalina, entre tu vaso.
Buscando tu mirada hallé el fracaso
y en tu escaso interés yo me detengo.

¡Tú si me importas! mi ferviente encono,
es por salir del hondo precipicio
al cual me ha condenado tu abandono.

Soy un lacayo eterno a tu servicio,
y al igual que Jesús, ¡todo perdono!
¡pues; eres tú mi incorregible vicio!

Humberto C. Garza

Alguien me dijo una vez
que el perfil del hipocampo
era triste y aburrido
cuando no se amaba tanto.
Las estrellas lentamente
fueron mi vida llenando
y el enfermo sol de mi alma
en sangre se fue apagando.
Lo que fue momento alegre
en agonía sin descanso
se fue tornando y mis ojos
se inundaron con el llanto.
Hoy, lucen entre las aguas,
cual destello de milagros
los perfiles encendidos
de todos los hipocampos.
Pero es como ver maduro
el fruto de los damascos
y no poder con las manos
ni con los labios tocarlo.

Humberto C. Garza