Sentada a la ventana, dirás en el otoño:
«El amor nunca vino llamando hasta mi puerta,
ni frecuentó mi casa, ni mi esperanza muerta
alegró con la muestra de algún débil retoño».

Irás hasta el espejo para buscar un moño
que adorne tu cabeza ya de nieves cubierta,
y dirás contemplando tu alcoba ya desierta;
«¡Qué amarga soledad, ésta en que me emponzoño!

Yo estaré ya muy lejos y no veré tu cara,
tal vez también me queje de alguna cosa vana
y desdeñe la vida que nada me depara.

Ignorarás por siempre que yo ante tu ventana
por ver la transparencia de tu figura clara;
ebrio de amor y versos pasaba la mañana.

Humberto C. Garza

La noche llega a mí con su embeleso
y es imposible cobijar tus manos
con el calor de fértiles veranos
o la ternura de mi ardiente beso.

Mis afiebrados sueños al proceso
de dar afecto a tus caprichos vanos
se lanzan con la furia y los desganos
de la impotencia en que me tienes preso.

Quiero dejar aquí los consabidos
problemas que doblegan mis amores
para nunca llorar por tus olvidos.

Y marcharme a los prados y a las flores
ahogando entre mi pecho los gemidos
que tu abandono asfixia con dolores.

Humberto C. Garza

Éramos jóvenes aún
como hierba recién salida de la tierra
cuando nos amamos.

Éramos rosas
sin violaciones de sorpresas dolorosas,
éramos el vaho
nostálgico de otoño,
éramos una feria sin fin en la comarca,
cuando nuestro idilio;
timidez de palomas en el río,
saltó a los aires y llenó el vacío.

Las piedras, recién mojadas por la lluvia,
hablaban de nosotros.
El rumor de las jaras ascendía
por una cuerda astral al universo.

¡Yo sí te amé!
El gemido
de mi fuerza implacable te lo dijo.
¡Yo sí te amé!
¡Lo juro!
Por las piedras precámbricas del río,
por nuestro suelo viejo,
por tu sagrado y el sagrado mío.

Virginal inconsistencia aquella tuya…
bañándose en las notas de la vida
y en la música cósmica.

Me quisiste, y te quise…
Nuestras almas,
atropellándose en la confusión de la inocencia,
soltaron a volar aves de fuego
al espacio infinito de la vida
donde tiene el dolor su residencia.

Humberto C. Garza

Yo no soy el amor, ahora convengo,
mi histriónica figura lleva un paso
que orienta a la penumbra de un ocaso
marcado por la lucha que sostengo.

Sincero, confesé de donde vengo,
agua fui, cristalina, entre tu vaso.
Buscando tu mirada hallé el fracaso
y en tu escaso interés yo me detengo.

¡Tú si me importas! mi ferviente encono,
es por salir del hondo precipicio
al cual me ha condenado tu abandono.

Soy un lacayo eterno a tu servicio,
y al igual que Jesús, ¡todo perdono!
¡pues; eres tú mi incorregible vicio!

Humberto C. Garza

Con la impotente furia de un ciego en el camino
me arrojo a tus recuerdos olorosos a jaras.

Me reclino cansado en la luz que ya muere,
y agónico de tedio pienso;
¿cómo olvidarla?

¿Cómo olvidar aquel magnífico occidente
que encerraba tus manos
y encerraba tu cara?

¿Cómo decir al astro, primero de la tarde?
¡Brillas sobre el funeral
de mi pobre esperanza!
Te amé…
Reclinado en los naranjos soñolientos
oyendo los zureos de una paloma
y oyendo los rasgueos de una guitarra.

Te amé…
Cuando la ingenua adolescencia
me lanzaba a la rápida corriente
de incomprensibles aguas.

Te amé…
Sin que mis ojos ni tus ojos
pudieran serse fieles,
en la acepción de la palabra.

Humberto C. Garza

Alguien me dijo una vez
que el perfil del hipocampo
era triste y aburrido
cuando no se amaba tanto.
Las estrellas lentamente
fueron mi vida llenando
y el enfermo sol de mi alma
en sangre se fue apagando.
Lo que fue momento alegre
en agonía sin descanso
se fue tornando y mis ojos
se inundaron con el llanto.
Hoy, lucen entre las aguas,
cual destello de milagros
los perfiles encendidos
de todos los hipocampos.
Pero es como ver maduro
el fruto de los damascos
y no poder con las manos
ni con los labios tocarlo.

Humberto C. Garza

Recuerdo aquellos días…
Pisábamos las húmedas arenas
de la brumosa playa…
las gaviotas volaban, tu reías,
en un paisaje gris donde implacable
la desolación tristísima ensayaba.

Tus senos palpitaban a mi lado…
revolvía tu pelo, un viento helado.

¿Por que dejé
el dulce acento de tu voz vibrando
en el infinito espacio donde entona
potentísimo el mar su grave salmo?

¡Todo pasa, lo sé! ¡Todo ha pasado!
voces de sombra y luz hoy estremecen
aquel sublime amor nunca olvidado.

Ya no tengo para ti
ni un verso tierno,
de todo me privó con displicencia
la mano descarnada del invierno
¡Todo ha acabado!

Humberto C. Garza

Se sentaron a beber mi sangre
en los pedestales de las estatuas llenas con excremento de pájaros.
Hablaron de si mismos
con la hipocresía que se usa en los Domingos de Ramos.
Yo, era la serpiente que se arrastra pesado,
y no los pude detener.
¡Se bebieron mi vida!
¡paladearon mi carne!
¡socavaron mi cuerpo!
no los pude detener,
¡porque eran tantos!

Todos mis hijos muertos, cortados en pedazos,
quemados en las piras, rodeadas por gusanos.
Todos mis hijos bellos, quietos como los astros,
tiernos como la luna y llenos de milagros.

Unos eran muy jóvenes, otros tenían mil años,
todos eran tranquilos y de ojos extasiados.
Tenían entre su pelo el rumor de mil pájaros,
adoraban las nubes y a nadie hacían daño.

Con hachas delincuentes y sierras asesinas,
arreados por pastores de un oscuro rebaño,
llegaron a mi vida como autómatas ciegos
a rasgarme la piel y a hacer destrozo magno.

Humberto C. Garza

Si te buscan, te lloran, y te ruegan
con el ansia brutal, clarividente,
y entierran a sus muertos desalmados
en el rato en que miras como llueve,
si dan traspiés en tu mojada alfombra
cuando tu boca dice que me quiere,
si llegan al jardin de tu piel blanca
en los días que sólo les conviene,
habrás de recordar…
Que no te busco literariamente.
Comprendo poco a poco algunas cosas,
todo es largo en la vida y es tan breve,
las miradas que tocan tus palabras
se arrastran al igual que las serpientes.
Yo vengo de una herida clandestina
por eso mi sonrisa todo teme.
¿Has visto al sol llorando de alegría
o camellos echados en la nieve?
¿Has visto la ternura de un poeta
decir las cosas mojigatamente?
Mundo feliz de historias prematuras
de luces ignoradas que se pierden,
tropel de gallos giros en la tarde
asustados por perros que no muerden.
¿Donde estás? Flor del Campo, ¿Dónde estás?
¿Por qué no vienes y mis labios hieres?
Yo tuve dominós entre mis manos
los miércoles domingos y los jueves,
y tú sólo tuviste la simpleza
de hacer las cosas complicadamente.

Y yo todo lo miro con tus ojos,
y yo siempre te ruego y nunca vienes,
te lanzas febrilmente a tus angustias,
obviamente me admiras y me temes.
¿Quién pregunta por mi? ¡No lo recuerdo!
yo soy el pasajero que en los trenes,
por no tener la charla de ninguna
suspira con placer, leyendo a Becquer,
¡Mira mis manos! Escribieron cosas
en la infinita soledad de el viernes,
añorando un pueblito, como tú,
con plaza, con iglesia y feligreses.
Hoy yo quiero llorar, ¡llorar a mares!
¡Gemir hondo y profundo muchas veces!
Llorar como los sauces de la acequia,
llorar como la gente en los andenes,
llorar por el vacío que me has causado
¡Llorar porque te llamo y nunca vienes!

Humberto C. Garza

A mi amigo Justo Alarcón

No podemos pasar amigo mío;
es difícil llegar a las colmenas
de abejas que buscaban azucenas
en el día más largo y más sombrío.

El poeta es un breve escalofrío,
aherrojado en el peso de cadenas
soñando con las aguas más serenas,
en caudaloso e indomitable río.

Yo vengo del ayer, y siempre oscilo
errático en distinto panorama
sin muestras de cautela o de sigilo.

Tú, eres la voz que en el desierto clama;
inmutable, con orden y tranquilo,
sin comprender mi atormentado drama.

Humberto C. Garza