Se me escapa la vida en un lamento
que yo no puedo corregir y llego
al barranco insondable de un apego
donde en aullidos se deshace el viento.

Se me escapan la vida y el contento
en un cariño inconquistable y ciego
donde las llamas de ordinario fuego
ahogan mi tranquilo sentimiento.

Me duele conocer tu hegemonía,
y victima de innoble desafuero
te abandono en la noche y busco el día.

Tu voz no llega ya con el sincero
bullicio de inocente algarabía
al sitio donde siempre yo la espero.

Humberto C. Garza

La noche llega a mí con su embeleso
y es imposible cobijar tus manos
con el calor de fértiles veranos
o la ternura de mi ardiente beso.

Mis afiebrados sueños al proceso
de dar afecto a tus caprichos vanos
se lanzan con la furia y los desganos
de la impotencia en que me tienes preso.

Quiero dejar aquí los consabidos
problemas que doblegan mis amores
para nunca llorar por tus olvidos.

Y marcharme a los prados y a las flores
ahogando entre mi pecho los gemidos
que tu abandono asfixia con dolores.

Humberto C. Garza

Yo no soy el amor, ahora convengo,
mi histriónica figura lleva un paso
que orienta a la penumbra de un ocaso
marcado por la lucha que sostengo.

Sincero, confesé de donde vengo,
agua fui, cristalina, entre tu vaso.
Buscando tu mirada hallé el fracaso
y en tu escaso interés yo me detengo.

¡Tú si me importas! mi ferviente encono,
es por salir del hondo precipicio
al cual me ha condenado tu abandono.

Soy un lacayo eterno a tu servicio,
y al igual que Jesús, ¡todo perdono!
¡pues; eres tú mi incorregible vicio!

Humberto C. Garza

Alguien me dijo una vez
que el perfil del hipocampo
era triste y aburrido
cuando no se amaba tanto.
Las estrellas lentamente
fueron mi vida llenando
y el enfermo sol de mi alma
en sangre se fue apagando.
Lo que fue momento alegre
en agonía sin descanso
se fue tornando y mis ojos
se inundaron con el llanto.
Hoy, lucen entre las aguas,
cual destello de milagros
los perfiles encendidos
de todos los hipocampos.
Pero es como ver maduro
el fruto de los damascos
y no poder con las manos
ni con los labios tocarlo.

Humberto C. Garza

Se sentaron a beber mi sangre
en los pedestales de las estatuas llenas con excremento de pájaros.
Hablaron de si mismos
con la hipocresía que se usa en los Domingos de Ramos.
Yo, era la serpiente que se arrastra pesado,
y no los pude detener.
¡Se bebieron mi vida!
¡paladearon mi carne!
¡socavaron mi cuerpo!
no los pude detener,
¡porque eran tantos!

Todos mis hijos muertos, cortados en pedazos,
quemados en las piras, rodeadas por gusanos.
Todos mis hijos bellos, quietos como los astros,
tiernos como la luna y llenos de milagros.

Unos eran muy jóvenes, otros tenían mil años,
todos eran tranquilos y de ojos extasiados.
Tenían entre su pelo el rumor de mil pájaros,
adoraban las nubes y a nadie hacían daño.

Con hachas delincuentes y sierras asesinas,
arreados por pastores de un oscuro rebaño,
llegaron a mi vida como autómatas ciegos
a rasgarme la piel y a hacer destrozo magno.

Humberto C. Garza

Como heladas estrellas
formando caminos bifurcados,
hendiendo el imposible de las cansadas sombras,
así eran nuestros labios.
Dolor que se alojaba insensitivo,
en el punto que cruzan con galope grisáceo
cinco litros de sangre.
¡Atiende…¡ Ruego inmóvil… Veraz…
casi apagado!
¡Atiende!
¡Ya he muerto!
¿Acaso no leíste mi obituario?

La cigarra intermitente, su estridencia…
cipreses en el atrio de la iglesia,
y yo con tu figura entre mis manos.

El golpe adherido a los reactores
va fustigando tantos decibelios
¡Que hacen un pandemónium!
¡Paz…!
¡Quiero paz!
Mi grito es tragado por un ruido
más denso y angustioso que el olvido.
Mi grito entre tú y yo,
¡Mi último grito!

El sueño del azahar,
viene a buscarme
con zureos de paloma.

Luego…
te extingues de improviso
como luz inocente,
tragándote las sílabas deformes
que pronuncia la gente.

He agobiado mi vida
con viajes ingenuamente tristes,
con tallados informes, en pueblos azufrosos,
y con labios hostiles.

En las húmedas rosas
he dejado los versos
temerosos de inviernos,
y heridos por la voz
de un conjuro de pájaros.

He ido malhumorado
gimiendo en las estancias
y pastando en los cuerpos
extendidos como alas de milagros.

Pero yo,
como el tiempo…
¡Sé asimilar estragos!

Humberto C. Garza

A mi amigo Justo Alarcón

No podemos pasar amigo mío;
es difícil llegar a las colmenas
de abejas que buscaban azucenas
en el día más largo y más sombrío.

El poeta es un breve escalofrío,
aherrojado en el peso de cadenas
soñando con las aguas más serenas,
en caudaloso e indomitable río.

Yo vengo del ayer, y siempre oscilo
errático en distinto panorama
sin muestras de cautela o de sigilo.

Tú, eres la voz que en el desierto clama;
inmutable, con orden y tranquilo,
sin comprender mi atormentado drama.

Humberto C. Garza

Sentada a la ventana, dirás en el otoño:
«El amor nunca vino llamando hasta mi puerta,
ni frecuentó mi casa, ni mi esperanza muerta
alegró con la muestra de algún débil retoño».

Irás hasta el espejo para buscar un moño
que adorne tu cabeza ya de nieves cubierta,
y dirás contemplando tu alcoba ya desierta;
«¡Qué amarga soledad, ésta en que me emponzoño!

Yo estaré ya muy lejos y no veré tu cara,
tal vez también me queje de alguna cosa vana
y desdeñe la vida que nada me depara.

Ignorarás por siempre que yo ante tu ventana
por ver la transparencia de tu figura clara;
ebrio de amor y versos pasaba la mañana.

Humberto C. Garza

Debimos haber amado
cuando empezaba la siembra
en aquellos surcos de oro
a la orilla de la sierra,
pero seguimos los pájaros
y llegamos a una aldea
llena de rapsodas tristes
y obreros en conferencia,
alli tu boca fue dulce
y tu mirada fue tierna
y la tibieza de tu alma
libre de toda sospecha.
¡Cuán quietos ahí estuvimos!
y nuestras voces, ¡cuán trémulas!

Aún pasaba el aguador
por el borde de la acequia,
aún sacudía el viento
suavemente las caléndulas.
«Aquellos tiempos de paz
indudablemente eran
para entregarse al amor
sin mediar las consecuencias.»
Pero la tarde se ahogaba
en una fiebre discreta
y un cuerpo desvanecido
pedía libertad completa.
¡Y la nube creció grande!
¡y tu boca creció inmensa!

Carita de luna triste,
espuma sobre la arena
¿por qué no piensas en mi?
¿por qué ya no me frecuentas?
La gracia de los pastores
siente temor a la hoguera
y en las plumas fulgurantes
de un gran colibrí se aleja,
mi palabra sube al cielo
ondeando como bandera
y tus ojos no la miran
y en el sol ella se quema.
¡¿Adonde se van las almas
cuando nadie las recuerda?!

Humberto C. Garza

Éramos jóvenes aún
como hierba recién salida de la tierra
cuando nos amamos.

Éramos rosas
sin violaciones de sorpresas dolorosas,
éramos el vaho
nostálgico de otoño,
éramos una feria sin fin en la comarca,
cuando nuestro idilio;
timidez de palomas en el río,
saltó a los aires y llenó el vacío.

Las piedras, recién mojadas por la lluvia,
hablaban de nosotros.
El rumor de las jaras ascendía
por una cuerda astral al universo.

¡Yo sí te amé!
El gemido
de mi fuerza implacable te lo dijo.
¡Yo sí te amé!
¡Lo juro!
Por las piedras precámbricas del río,
por nuestro suelo viejo,
por tu sagrado y el sagrado mío.

Virginal inconsistencia aquella tuya…
bañándose en las notas de la vida
y en la música cósmica.

Me quisiste, y te quise…
Nuestras almas,
atropellándose en la confusión de la inocencia,
soltaron a volar aves de fuego
al espacio infinito de la vida
donde tiene el dolor su residencia.

Humberto C. Garza