Sabes a metal
cuando no soy lo primero.
Me siento rumiar arena
cuando no te comprendo,
cuando te miro
con lupa
para encontrar
un desperfecto y decir: lo sabía.

A veces me empeño tanto
en creer que algo va a fallar,
que trastoco tu imagen en mi mente,
y dejas de ser lo que amo.

Tengo miedo, tenía.
La luna fue testigo,
miraba por encima de todo,
con extraña atención,
cuando enterré mi temor junto
con las últimas lágrimas
vacilantes.

Amargura que tirita…
cae y se rompe.

Y el sol
le devuelve una sonrisa
a tu rostro,
cuando sonrío.

Estoy fuera de todo contexto
cuando no estoy contigo.
Me pongo nervioso si te echo de menos,
y Dios,
no sabes cuánto de extraño…

F. Javier Gil Segura

Salgo al balcón
de madrugada,
buscando un pretexto
para no dormir.

La luna se
esconde de mí
esta velada.

Empiezo
a sentir el frío
en los pies,
esperando,
y calor de más en
los labios
cuando el cigarro muere.

Y no puedo
dejar de preguntarme
que haces a estas horas,
escondiéndote
del mundo
con las luces de
tu piso encendidas,
y las ventanas abiertas,
cuando
lo único que brilla
ésta noche
son tus rodillas.

Y que hago yo
apaciguando
mi corazón,
si sólo
quiere reír contigo
y no te veo.

El frío ha llegado
y la gente pasa cabizbaja,
llorando
hacia otro lado,
buscando una luz
para llegar
a casa.

Otros,
mordiéndose

la lengua,
y otros tomando
copas para
poder dormir,
tratan de llegar a casa
sin ser vistos.

Y todos se volcarán
en sus camas
y sus sábanas
podrán con ellos,
enroscándose en sus
cuerpos inquietos,
exhaustos,
asfixiándoles
hasta que
el cansancio
vierta la primera
lágrima.

Mientras al
otro lado
la gente
hace el amor,
o derrama
una copa en
el regocijo
del rumbo de la noche,
su noche.

Y mientras esa gente
duerme tranquila,
asume su responsabilidad
y descansa
para
trabajar mañana,
para cuidar su
casa,
su
vida,
mi mente vuela a ti.

Esta gente
que no mirará
por la
ventana,
si se asomara al balcón
vería la luna.

Y yo no
puedo calmar
mi corazón,
que late
con regular potencia
al compás de
tu memoria,
esperando
paciente
el brillo
de
la luna.

F. Javier Gil Segura

Palidece mi alma
ante el reflejo de una
verdad oculta,
y que al fin intuyo con
temblorosa claridad.

No puedo volver a echar
la vista a un lado,
lo siento
en la ardorosa presión de mis ojos,
en la sequedad de mi boca,
en la inquietud de mis entrañas.

Siento que despierto
con gran vértigo
tras este sueño
de poetas ciegos
y mudos.

Me despierto, solo,
entre sábanas alborotadas,
empapadas en sudor y lágrimas.

El siguiente paso es tuyo.
Si no, mío.

F. Javier Gil Segura

Estamos tan cansados
que nos rebelamos,
nos rebelamos contra
nosotros mismos.

Nos ponemos a prueba, arañando
las aceras,
rozando el limite
de las drogas,
de las carcajadas con amigos.

Tensamos situaciones,
y esperamos a ver si alguien
da el paso,
si alguien nos parte la cara.

Pagamos por experiencias,
pagamos por saborear lo desconocido,
y por abrazar nuestros temores,
a solas,
y darles un motivo para que se calmen.

Que se esfumen.
Llevamos nuestro sistema de vida
al límite, para reírnos de él,
para después,
cuando volvamos a casa,
y la oscuridad irrumpa en nuestra habitación,
dejar caer un par de lágrimas en la almohada
que nunca nos falta.

F. Javier Gil Segura

nunca olvida
las caricias
obviadas.

El lienzo habla
y busca que le hablen.

Busca tu risa,
o
encuentra tu lágrima.
Da un beso,
para devolverte la sonrisa.
Y así
él ríe.

El lienzo no teme.
No se arruga por miedo
a rasgarse en un abrazo.
No tiembla
por ensuciarse,
ni por que lo secuestren.

Ya está sucio
y
empapado
y
olvidado.

Está gastado.

Ahora puedes plasmar
en él,
por las dos caras,
tu imagen de lo bello.

F. Javier Gil Segura

En el momento
no lo piensas.
Actúas, caminas,
saltas,
saludas,
evitas su mirada,
o la retas.
Si caes,
vuelves a erguirte,
confuso,
y retomas la andadura.
caminas día tras
noche, y de nuevo,
otro día.
Nunca lo piensas,
caminas.

Anduve sin cesar,
tan lejos
como solo un hombre
sin meta
puede llegar.

El miedo moría
asfixiado
en la holgada almohada
que me solía abrazar.

Caes.
vuelves a erguirte,
confuso,
desorientado,
aterrado,
hasta que tienes el valor
de parar.

Y miras atrás.
Deshaces el camino
por llegar dónde quieres,
por llegar,
aun sin confiar
en volver a encontrar
la mirada que eludiste.

Hoy tengo,
tras miel y menta,
chocolate.

Y en esta mirada,
la plácida imagen de mí
sonriente,
con la seguridad
de quien soy.
Y por como eres,
la comprensiva certeza,
de conocerte.

F. Javier Gil Segura

Sostienes mi mirada
y la dejas caer sobre tus labios,
y en el hueco entre tus dientes.

Esparcí sal
sobre el suelo,
y con tu paciente fe
brotó el tallo,
fresco y bello,
de un recuerdo inimaginado.

Y uno tras
otro,
se apilan constituyendo
el firme manto
que me cubre cuando
quiero huir
de las ácidas miradas
de la gente,
a la que casi nunca entiendo.

Trepo,
cruzo el muro
por ver el brillo oculto
de un cielo naranja,
bello,
con
o sin estrellas.

Bajo él
me estremezco,
con el cálido
compás de nuestro roce,
azotado,
incansablemente,
por el viento del norte.

Sostienes mi mirada
como la primera vez,
y la cierras con tus labios.

Me asombras.

F. Javier Gil Segura

Pienso
que el Uróboros
vive y respira,
por
y para engullirme.

Me araña
con sus escamas
infinitas,
cuando
mirando atrás,
no me siento protagonista
de lo que he vivido.

Noches manchadas
y días desdibujados
atentan contra mi concepto.

Lo atacan,
pero no lo
someten.

Dejando a un lado
la evasión,
asumo:
que si bien
no salió siempre,
tiene arreglo.

Eres la prueba
de que todo tiene arreglo.
Me elevas
sobre la niebla,
sobre la distancia,
abrazándome
en la plataforma
inexpugnable,
sobre el arroyo.

Eres
mi presente.

F. Javier Gil Segura

Hemos caído en un pozo
oculto
a los ojos de todos.

Soy el mismo,
y también tú.
Somos
navegantes, aventureros impávidos
provistos
de lo que desconocíamos,
lo que ahora sé
que anhelábamos.

El viento
sopla a nuestra espalda,
nos guía,
en silencio y con
comprensiva sabiduría.

El viento sopla
por nosotros.

F. Javier Gil Segura

A cada acto,
una respuesta.
A cada instante,
un recuerdo perpetuo.

Todo lo que motiva la vida, tiene ritmo:
El pulso,
las palabras,
las carcajadas,
los gemidos…

Y cielo,
oscilamos al compás
de la melodía muda
que no puedo dejar
de silbar
con mi sonrisa.

F. Javier Gil Segura