Sostienes mi mirada
y la dejas caer sobre tus labios,
y en el hueco entre tus dientes.

Esparcí sal
sobre el suelo,
y con tu paciente fe
brotó el tallo,
fresco y bello,
de un recuerdo inimaginado.

Y uno tras
otro,
se apilan constituyendo
el firme manto
que me cubre cuando
quiero huir
de las ácidas miradas
de la gente,
a la que casi nunca entiendo.

Trepo,
cruzo el muro
por ver el brillo oculto
de un cielo naranja,
bello,
con
o sin estrellas.

Bajo él
me estremezco,
con el cálido
compás de nuestro roce,
azotado,
incansablemente,
por el viento del norte.

Sostienes mi mirada
como la primera vez,
y la cierras con tus labios.

Me asombras.

F. Javier Gil Segura

Salgo al balcón
de madrugada,
buscando un pretexto
para no dormir.

La luna se
esconde de mí
esta velada.

Empiezo
a sentir el frío
en los pies,
esperando,
y calor de más en
los labios
cuando el cigarro muere.

Y no puedo
dejar de preguntarme
que haces a estas horas,
escondiéndote
del mundo
con las luces de
tu piso encendidas,
y las ventanas abiertas,
cuando
lo único que brilla
ésta noche
son tus rodillas.

Y que hago yo
apaciguando
mi corazón,
si sólo
quiere reír contigo
y no te veo.

El frío ha llegado
y la gente pasa cabizbaja,
llorando
hacia otro lado,
buscando una luz
para llegar
a casa.

Otros,
mordiéndose

la lengua,
y otros tomando
copas para
poder dormir,
tratan de llegar a casa
sin ser vistos.

Y todos se volcarán
en sus camas
y sus sábanas
podrán con ellos,
enroscándose en sus
cuerpos inquietos,
exhaustos,
asfixiándoles
hasta que
el cansancio
vierta la primera
lágrima.

Mientras al
otro lado
la gente
hace el amor,
o derrama
una copa en
el regocijo
del rumbo de la noche,
su noche.

Y mientras esa gente
duerme tranquila,
asume su responsabilidad
y descansa
para
trabajar mañana,
para cuidar su
casa,
su
vida,
mi mente vuela a ti.

Esta gente
que no mirará
por la
ventana,
si se asomara al balcón
vería la luna.

Y yo no
puedo calmar
mi corazón,
que late
con regular potencia
al compás de
tu memoria,
esperando
paciente
el brillo
de
la luna.

F. Javier Gil Segura

Adiós, Manuel.
Adiós al avión con turbulencias,
adiós acompañante del paje real,
a las tardes de verano de casa
al campo de golf,
y del campo de golf, a la gasolinera.
Fuiste un padre cuando no tuve otro.

Adiós a las visitas en la ciudad condal,
adiós a intentar sacarte regalos,
a finales de tenis, anónimas,
que de tu titubeante mano
tenían gracia.
Adiós a interminables y tortuosas
deambulaciones al mar.

Cómo temblabas
maldito.
Cuánto maldecías
incluso a tu propia sombra.
En especial
a tu propia sombra.
Que admirable humor…
Para todos habrás sido un chulo
pero conmigo has sido lo mejor
que podías ser,
lo mejor que han sido.

Adiós abuelo.
Prometo un trago,
a tu salud.

F. Javier Gil Segura

Pienso
que el Uróboros
vive y respira,
por
y para engullirme.

Me araña
con sus escamas
infinitas,
cuando
mirando atrás,
no me siento protagonista
de lo que he vivido.

Noches manchadas
y días desdibujados
atentan contra mi concepto.

Lo atacan,
pero no lo
someten.

Dejando a un lado
la evasión,
asumo:
que si bien
no salió siempre,
tiene arreglo.

Eres la prueba
de que todo tiene arreglo.
Me elevas
sobre la niebla,
sobre la distancia,
abrazándome
en la plataforma
inexpugnable,
sobre el arroyo.

Eres
mi presente.

F. Javier Gil Segura

Clama al cielo
por un cigarrillo.
Una bocanada de muerte
a largo plazo.

Sus manos,
ensangrentadas tras
una larga noche
de contienda físico-emocional,
protegen sus magullados pies
del contacto con el suelo
impasible.

Ladran las sombras a
oídos delicados,
y estos lloran
gestos de desesperanza.

Hoy,
el amanecer trae de vuelta
gastadas sensaciones,
y nuevas formas de sentir
que el nuevo día
amanece puro.

Sin embargo,
la pulcritud cristalizada
es frágil y perecedera,
y creo poder oír
el rumor del río
viniendo hacia mí,
deseoso de arrastrarme
a las aguas más turbias
y viciadas
de mi mente.

F. Javier Gil Segura

Hemos caído en un pozo
oculto
a los ojos de todos.

Soy el mismo,
y también tú.
Somos
navegantes, aventureros impávidos
provistos
de lo que desconocíamos,
lo que ahora sé
que anhelábamos.

El viento
sopla a nuestra espalda,
nos guía,
en silencio y con
comprensiva sabiduría.

El viento sopla
por nosotros.

F. Javier Gil Segura

Saltamos a través del espejo
para luchar
con escudo y espada
contra lo que somos
y lo que no.
Contra lo que fuimos
y no seremos.

Es la incesable lucha
contra los demonios
de nuestro corazón.

Es la guerra
por lo que ansiamos ser.
La cruzada
más sangrienta y noble,
que nos consolidará
como dignos regentes
de nuestras vidas.

F. Javier Gil Segura

A cada acto,
una respuesta.
A cada instante,
un recuerdo perpetuo.

Todo lo que motiva la vida, tiene ritmo:
El pulso,
las palabras,
las carcajadas,
los gemidos…

Y cielo,
oscilamos al compás
de la melodía muda
que no puedo dejar
de silbar
con mi sonrisa.

F. Javier Gil Segura

Atascado entre dos segundos,
entre el tic y el tac,
me encuentro paralizado
en el preciso instante
en que tus ojos
expectantes
vieron dentro de mí.

No sé quién,
pero dudo que yo,
fuese capaz entonces
de burlar el
dolor de ayer o
el miedo
de ningún mañana,
por besar tu mirada
con la inocencia de una sonrisa,
que hace tiempo
creí enterrada.

F. Javier Gil Segura

Mereció la pena llorar
por extraer su sal
y pender del techo
cada gota,
talismán,
recuerdo.

Te rebelas,
osada de
apostar por el
valor a la baja,
incluso yo
habría dicho que
tenías más que perder
que ganar.

Hicieron falta
menos de diez días,
mil pros
y contras,
más de veinte copas,
para detener el tiempo.

Y decirte:
mereció la pena
caer a tu encuentro
frágil, pero
entero,
y compartir
los sueños infinitos,
mezclados con
los fantasmas del pasado,

Te rebelas
temerosa,
con la excitación de
la posibilidad.
Te rebelas
con besos dispersos,
con la emoción en la
piel,
tersa y abrupta.
Te rebelas por el corazón.

F. Javier Gil Segura