Un instante no más. Vengo a cantarte
la canción del laurel. ¡Alza la frente
que es la única digna del presente
que, en mi salutación, voy a dejarte!

Tendrá el orgullo de tu sentimiento,
hoy, otra vez, el soñador cansado
que se acerca a buscar aquí, a tu lado
el generoso olvido de un momento.

Y en la tregua fugaz, mientras se asoma
tu sol a mi pesar indefinido,
consentirá el león, agradecido,
que peine su melena una paloma.

Una ausencia gentil de mi fiereza,
cortés claudicación admirativa,
te dejará anunciarme, imperativa,
la altivez inmortal de tu belleza.

Pero, aunque pueda ser así, no quiero
la sujeción de tus amables lazos,
ni en la suave cadena de unos brazos
de las ternuras ser un prisionero.

Ni aguardes que hasta ti caricias lleve,
pues no debo quitarme la armadura
ni aún en homenaje a tu hermosura,
siendo el reposo de mi afán tan breve.

Y no puedo ceder, ni frente al rico
róseo panal de tu sonrisa leda:
¡El hierro luce mal junto a la seda
y el escudo no sirve de abanico!

Eso sí, en la canción, antes que vuelva
a mi fuerte Ideal, verás, acaso,
para orquestar las horas a tu paso,
un regreso de alondras a mi selva.

Eso sí, la canción tiene un lirismo
tierno y galante para cada beso
que amanece en tus labios, y por eso
se ha puesto a declinar mi pesimismo.

Tal es, pues, lo que digo, y hoy, que llenas
mis odres de pasión con tus bondades,
¡Sobre el rojo clavel de mis crueldades
sangrarán mi perdón tus azucenas!

Y después de beber en tus castalias,
como en lago de amor tranquilo y terso,
¡Te besaré las sienes con un verso
para calzar de nuevo las sandalias!

Evaristo Carriego

Ya la tarde libra el combate postrero
en las flechas de oro que lanza al acaso,
y se va como un príncipe, caballero
en el rojo corcel del Ocaso.

Se ahonda el misterio de las lejanías,
misterio sombreado de tinte mortuorio,
y el barrio se puebla de las letanías
que llegan del negro, cercano velorio.

Empieza a caer la nieve Dulcemente,
un rumor de canciones resuena
en el patio del conventillo de enfrente,
que, en ritmos alegres, oculta una pena

Las mozas, dicen sus ansias juveniles
la salud se hizo canto en sus bocas,
como en una lira de cuerdas viriles
que guarda un deseo de imágenes locas.

Rayo de sol sobre la escarcha: la mustia,
de inviolable sudario en el seno,
copa repleta del vino de la angustia
que infiltra en la sangre su sabio veneno.

Finge en arabescos la nieve que baja
como una lluvia de blancos pesares,
una viejecita que hila su mortaja,
y una novia que arroja azahares.

Sobre una cabeza inquieta, entristecida,
yo la veo caer, como un beso
que absorbiese los rencores de una herida
y quedase en los bordes impreso.

Se desconsuela el barrio. Todos los males
salvajes resurgen aullando impaciencias
como presagios, que en las noches mortales
florecen las llagas de sordas dolencias

Asómate a la ventana, hermano. Mira,
tras la niebla, espejismos extraños
de fiebres. Desde una frente que delira,
soltó la tristeza sus búhos huraños

Rondan sugestiones en el pensamiento,
a todas las luchas del Crimen resueltas,
y el ambiente es propicio al presentimiento,
pues las bestias del mal andan sueltas.

Me invade el miedo. Mi cerebro afiebrado
es un biógrafo horrible de cosas
fatídicas y raras de lo ignorado:
donde van a caer, silenciosas.

En la casa del tísico, que los fríos
llevaron al lecho, graznó una corneja:
la inspiración de los cuentos sombríos
que junto a la lumbre musita la vieja.

La huerfanita, en el desván ha cesado
de gemir, y, aunque nadie la asiste,
en su glacial abandono se ha quedado
obsedada del sol, como triste

enferma que deseara un ardor eterno,
y, envuelta en su suave caliente pelliza,
tuviese en una noche cruda de invierno
un cálido sueño de tardes en Niza.

El mendicante se ha ido de la puerta
Dice algo muy hosco su ceño fruncido,
como si algún dolor en su mano abierta
entre las limosnas hubiese caído.

El crónico del hospital, ya moribundo,
sospecha, insensible, la gran Triunfadora,
y como en neblinas ve pasar el mundo,
sonámbulo grave que aguarda la hora

En su instante supremo la frente inclina,
como en su último adiós un bandido
que llorase al pie de la guillotina,
y se fuese después redimido.

¿Será el miedo, hermano? ¿No oyes cómobrama
el viento en la calle, tan sola y oscura?
¡Si supieses! Anoche, junto a mi cama,
con muecas burlonas pasó la Locura.

Evaristo Carriego

¿Qué será de ti? ¡Hace tanto
que te fuiste! Ya ni sé
cuánto tiempo.
¿De nosotros
te acuerdas alguna vez?
¿Verdad que sí? Tu cariño
de lejos nos seguirá
Lejos de nosotros, ¡Pobre,
qué sola te sentirás!
Si se habla de ti, enseguida
pensamos: ¿Será feliz?
Y a veces te recordamos
con un vago asombro: así
como si estuvieras muerta.
¿Después de aquel largo adiós,
ahora que no eres nuestra,
quién escuchará tu voz?
Madrecita, hermana, dulce
hermana que se nos fue,
hermanita buena, ¿Cuándo
te volveremos a ver?

Evaristo Carriego

¡Si supieses!, Cada día
te sentimos más. Apenas
te olvidamos un momento,
levantamos la cabeza
y en seguida nos parece
que vas a entrar por la puerta.
No sabes con qué cariño
en casa se te recuerda:
¡Si nos pudieses oír!
A veces, de sobremesa,
cuando nos reunimos todos
y el pobre viejo conversa
con los muchachos, de pronto
después de alguna ocurrencia,
nos quedamos pensativos
un rato largo: se queda
todo el mundo así, y el viejo
se retira de la mesa
sin decir una palabra
Una palabra. Da pena
verlo sufrir en silencio.
¡Ah, cómo se te recuerda!
Abuelita, que está sorda,
si hablamos delante de ella
por nuestras caras conoce
que hablamos de ti. ¡La vieras!
Por la noche, al acostarnos,
es claro, los chicos rezan,
aunque no lo necesites
porque siempre fuiste buena
y no hiciste mal a nadie:
¡Al contrario!

¡Una tristeza
nos da cuando recordamos,
algunas diabluras nuestras!
Cuando pensamos las veces,
aquellas veces, ¿Recuerdas?,
Que te hacíamos rabiar
de gusto, por mil zonceras
Eramos un poco malos,
pero ahora que estás muerta
nos tienes que perdonar
todas aquellas rabietas,
y las bromas que te dábamos,
esos gritos a la puerta
de tu cuarto, cada vez
que te ponías paqueta
para recibir al novio,
y esas travesuras, y esas
mentiras que te contábamos,
para no ir a la escuela
Y tú, apenas nos retabas
entonces

¡Una tristeza
nos da cuando recordamos!
Pero, ahora que estás muerta,
¿No es verdad que nos perdonas
todas aquellas rabietas?

Evaristo Carriego

Porque hoy has venido, lo mismo que antes,
con tus adorables gracias exquisitas,
alguien ha llenado de rosas mi cuarto
como en los instantes de pasadas citas.

¿Te acuerdas? Recuerdo de noches lejanas,
aún guardo, entre otras, aquella novela
con la que soñabas imitar, a ratos,
no sé si a Lucía, no sé si a Graciela.

Y aquel abanico, que sentir parece
la inquieta, la tibia presión de tu mano,
aquel abanico ¿Te acuerdas?, Trasunto
de aquel apacible, distante verano

¡Y aquellas memorias que escribiste un día!
Un libro risueño de celos y quejas.
¡Rincón asoleado! ¡Rincón pensativo
de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!

Pero no hay los versos: ¡Qué quieres! ¡Te fuiste!
¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!
La nieve incesante del bárbaro hastío
¿No ves?, Ha quemado mis líricas alas.

¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos
como las ausencias sus hoscos asedios
Prefiero las rosas, prefiero tu risa
que pone un rayito de sol en mis tedios.

¡Y porque al fin vuelves, después del olvido,
en hora de angustias, en hora oportuna,
alegre como antes, es hoy mi cabeza
una pobre loca borracha de luna!

Evaristo Carriego

Sí, vecina: te puedes dar la mano,
esa mano que un día fuera hermosa,
con aquella otra eterna silenciosa
«que se cansara de aguardar en vano».

Tú también, como ella, acaso fuiste
la bondadosa amante, la primera,
de un estudiante pobre, aquel que era
un poco chacotón y un poco triste.

O no faltó el muchacho periodista
que allá en tus buenos tiempos de modista
en ocios melancólicos te amó

y que una fría noche ya lejana,
te dijo, como siempre: «Hasta mañana»
pero que no volvió.

Evaristo Carriego

Una luz familiar, una sencilla
bondadosa verdad en el sendero,
un estoico fervor de misionero
que traía por Biblia una cartilla.

Cuando en la hora aciaga, en el oscuro
ámbito de la sangre, su mirada
de inefable visión fue deslumbrada
y levantó su voz, a su conjuro,

en medio de las trágicas derrotas
y entre un sordo rumor de lanzas rotas,
sobre las pampas, sobre el suelo herido,

se hizo cada vez menos profundo
el salvaje ulular, el alarido
de las épicas hordas de Facundo.

Evaristo Carriego

Ya los de la casa se están acercando
al rincón del patio que adorna la parra,
y el cantor del barrio se sienta, templando,
con mano nerviosa la dulce guitarra.

La misma guitarra, que aún lleva en el cuello
la marca indeleble, la marca salvaje
de aquél despechado que soñó el degüello
del rival dichoso tajeando el cordaje.

Y viene la trova: rimada misiva,
en décimas largas, de amable fiereza,
que escucha insensible la despreciativa
moza, que no quiere salir de la pieza

La trova que historia sombrías pasiones
de alcohol y de sangre, castigos crueles,
agravios mortales de los corazones
y muertes violentas de novias infieles

Sobre el rostro adusto tiene el guitarrero
viejas cicatrices de cárdeno brillo,
en el pecho un hosco rencor pendenciero
y en los negros ojos la luz del cuchillo.

Y muestra, insolente, pues se va exaltando,
su bestial cinismo de alma atravesada:
¡Palermo, le ha oído quejarse, cantando
celos que preceden a la puñalada!

Y no es para el «otro» su constante enojo
¡A ese desgraciado que a golpes maneja,
le hace el mismo caso, por bruto y por flojo,
que al «pucho» que olvida detrás de lo oreja!

¡Pues tiene unas ganas su altivez airada
de concluir con todas las habladurías!
¡Tan capaz se siente de hacer una hombrada
de la que hable el barrio tres o cuatro días!

Y con la rudeza de un gesto rimado,
la canción que dice la pena del mozo
termina en un ronco lamento angustiado,
¡Como una amenaza que acaba en sollozo!

Evaristo Carriego

Como ya en el barrio corrió la noticia,
algunos vecinos llegan consternados,
diciendo en voz baja toda la injusticia
que amarga la suerte de los desdichados

A principios de año, repentinamente
murió el mayorcito ¡Si es para asustarse:
apenas lo entierran, cuando fatalmente
la misma desgracia vuelve a presentarse!

En medio del cuadro de caras llorosas
que llena el ambiente de recogimiento,
el padre recibe las frases piadosas
con que lo acompañan en el sentimiento

Los íntimos quieren llevárselo afuera,
pues presienten una decisión sombría
en su mirar fijo: de cualquier manera
con desesperarse nada sacaría

Porque hay que ser hombre, cede a las instancias
de los allegados, que fingen el gesto
de cansancio propio de las circunstancias:
Paciencia, por algo Dios lo habrá dispuesto.

La forma expresiva de las condolencias
narra lo sincero de las aflicciones,
que recién en estas duras emergencias
se aprecian las pocas buenas relaciones.

Entre los amigos que han ido a excusarse,
uno que otro padre de familia pasa
a cumplir, sintiendo no poder quedarse:
¡Ellos también tienen enfermos en casa!

Encuentran el golpe realmente sensible,
aunque irreparable, saben que sus puestos
están allí, pero les es imposible
al fin crían hijos y se hallan expuestos

Como habla del duelo todo el conventillo,
vienen comentarios desde la cocina,
mientras el teclado de un ronco organillo
más ronco y más grave solloza en la esquina.

Las muchas vecinas que desde temprano
fueron a brindarse, siempre cumplidoras,
están asombradas ¡El era bien sano,
y en tan corto tiempo: cuarenta y ocho horas!

¡Parece mentira! ¡Pobre finadito!
Nunca, jamás daba que hacer a la gente:
¡Había que verlo, ya tan hombrecito,
tan fino en sus modos y tan obediente!

La angustiada madre, que llorando apura
el cáliz que el justo Señor le depara,
muestra a las visitas la vieja figura
con que la noche antes él aún jugara.

Y, afanosamente, buscando al acaso,
halla entre las vueltas de una serpentina
aquel desteñido traje de payaso
que le regalase su santa madrina.

Y la rubia imagen a la cual rezaba
truncas devociones de rezos tardíos,
¡Ah, qué unción la suya, cuando comenzaba:
«Jesús Nazareno, rey de los judíos!»

Como esas benditas cosas no la dejan,
y ella torna al mismo fúnebre relato
y va siendo tarde, todas la aconsejan
cariñosamente recostarse un rato.

Muchas de las que hace tiempo permanecen
con ella, se marchan, pues no les permite
quedarse la hora, pero antes se ofrecen
para algo de apuro que se necesite

Las de «compromiso» van abandonando
silenciosamente la pieza mortuoria:
sólo las parientes se aguardan, orando
por el angelito que sube a la Gloria.

La crédula hermana se acerca en puntillas,
a ver, nuevamente, «si ya está despierto»,
y le llama y pone sus frescas mejillas
sobre la carita apacible del muerto.

En el otro cuarto se tocan asuntos
de interés notorio: programas navales,
cuestiones, alarmas, crisis y presuntos
casos de conflictos internacionales.

Mientras corre el mate, se insinúan datos
sobre las carreras y las elecciones,
y «la fija, al freno», de los candidatos
es causa de algunas serias discusiones.

Como no es posible que en esos instantes,
y habiendo muchachas, puedan sostenerse
sin ningún motivo temas semejantes,
los juegos de prendas van a proponerse.

Varios se retiran como pesarosos
de no acompañarlos: no hay otro remedio,
quizás esperasen, sin duda gustosos,
si fuerzas mayores que están de por medio

Y, al dejar al padre menos afligido,
a las susurradas frases de la breve
triste despedida, sigue el convenido
casi misterioso: «Mañana a las nueve».

Evaristo Carriego

Reíd mucho, hermanitas, reíd con esa risa
tan fresca y tan sonora, con esa risa fuerte
que llena nuestra casa de salud. La sonrisa
no es para vosotras todavía: ¡Qué suerte!

Que vuestra risa sea como una, y vierta
su chorro alegre sobre nuestra melancolía,
sea como una caja de música que abierta
perennemente suena desde que empieza el día.

Hermanas: reíd de una vez toda vuestra sana
alegría de dueñas del patio, que mañana
¡Ah, mañana! Quién sabe si os habremos de oír.

¡Ay, hermanas, hermanas juguetonas!, ¡Ay, locas
rabietas de la abuela!, ¿Cuál de esas lindas bocas
será la que primero dejará de reír?

Evaristo Carriego