Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años —que eran
la quinta parte de toda mi vida—,
ya había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos: el hallazgo
de una bala aún caliente,
el incendio
de un edificio próximo,
los restos de un saqueo
—papeles y retratos
en medio de la calle…
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.


Ángel González

Lágrima viva de la fresca aurora,
a quien la mustia flor la vida debe,
y el prado ansioso entre el follaje embebe;
gota que el sol con sus reflejos dora;

Que en la tez de las flores seductora
mecida por el céfiro más leve,
mezclas de grana tu color de nieve
y de nieve su grana encantadora:

Ven a mezclarte con mi triste lloro,
y a consumirte en mi mejilla ardiente;
que acaso correrán más dulcemente

las lágrimas amargas que devoro
mas ¡qué fuera una gota de rocío
perdida entre el raudal del llanto mío…!

Carolina Coronado

Bien hayan, mariposa,
las bellas alas como el aire leves,
que inquieta y vagarosa
entre las flores mueves,
ostentando tu púrpura preciosa.

De blanda primavera
bien haya la callada y fiel vecina,
la dulce compañera
del alba cristalina,
perdida entre la flor de la pradera.

Ligera y afanosa
el prado mide tu inseguro vuelo,
ya huyendo temblorosa,
ya con ansioso anhelo
en las flores vagando codiciosa.

Bien haya el purpurino,
el vaporoso polvo de tus alas,
que al aire de contino
puro y luciente exhalas
al abrirte en sus ámbitos camino.

¡Ay! goza, mariposa,
la pasajera vida de dulzura,
que vuela presurosa:
goza allá tu ventura,
revolando en la siesta silenciosa.

Apura de las flores
el empapado cáliz que te ofrecen,
y apura tus amores;
que ya en la noche acrecen
del otoño los vientos destructores.

Y eres frágil y bella,
y tu belleza el cierzo descolora.—
Si sañudo atropella
tu gala seductora,
ni aun de tu forma quedará la huella.

Carolina Coronado

Turbóse el azul del cielo.
Y las lluvias anegaron
las semillas que en el suelo
los labradores dejaron.

Huéspedas de mi patria en el verano,
buscad ya lejos de la tierra mía,
en otro cielo, en otro nuevo llano,
nueva mies, nuevo sol, nueva alegría.

Tierna armonía postrera
dad a ese valle vecino
y un adiós a la ribera
y emprended vuestro camino.

Ved que el lejano monte se oscurece;
ved que anublado está ya el firmamento;
ved que la niebla presurosa crece
y es muy triste cruzar sin luz el viento.

Pero yo no os quiero oír
vuestra postrera canción,
que tengo de veros ir
afligido el corazón.

Ya la primera huyó la golondrina;
¿quién, Emilio, cantando a la ventana
con bulliciosa trova peregrina
a despertarnos ya vendrá mañana?

Ya van tras ella en tropel,
ya va quedando desierto
el verde, hermoso laurel
que las anida en mi huerto.

Por la postrera vez miro anhelante
en él la alegre multitud reunida
¡Ay! para algún placer a cada instante
muriendo el corazón está en la vida.

Aunque vengáis del desierto
otro verano a cantar,
o no vendréis a mi huerto
o yo no os podré escuchar.

¿Quién sabe si mudada el alma mía,
quién sabe si perdido su contento
como se alegra hoy con la armonía
mañana sufrirá con vuestro acento?

Vosotras si veis venir
la nube, huís la cabeza;
pero yo no puedo huir
la nube de mi tristeza.

Yo sé que lejos de la tierra mía
otra hay más bella que buscar no puedo;
por eso os vais y de la niebla fría,
entre las sombras, temerosa quedo.

Triste será aquí mi vida,
pero de aquí no me voy;
¡Ay! ¡por qué a la tierra asida
como ese laurel estoy!

Las que podéis cruzar libres el viento
dejad las sombras de la niebla fría;
yo en vuestra ausencia elevaré mi acento
bajo el bello laurel que os guarecía.

Ermita de Bótoa, 1844

Carolina Coronado

Bendita sea la amorosa luna
que derramó en tu cuna
antes que el sol, sus lánguidos fulgores,
y te suspiró, alma pura,
la suave ternura
de sus nocturnos, célicos amores.

¡Bendito el astro cándido y luciente
que prestó dulcemente
su brillo melancólico y hermoso
a tu amante mirada!
¡Yo adoro arrodillada
de tu existencia al astro venturoso!

¿Es por eso el encanto indefinible
que de amor indecible
llena mi corazón? ¿Eres tan bello,
tan dulce, tan amante
porque el primer instante
de tu vida alumbró con su destello?

¿Es al influjo de la luna triste
al que, tal vez, debiste
esa sombra que vela tu semblante,
y a medias oscurece
la luz que resplandece
en tu mirar de fuego centellante?

¡Ay! no lo sé; pero en mi frente siento
palpitante ardimiento
al contemplar tu faz tierna y sombría,
donde al par se difunden,
se mezclan y confunden
pasión, dolor, placer, melancolía.

¡Oh! Si mi voz al firmamento sube,
Dios hará que la nube
que tus divinos ojos entristece
agobie el alma mía,
y a ti dé la alegría
que tu adorado corazón merece.

¡Oh! quiera el cielo que al volver la luna
feliz como ninguna,
¡ángel querido! tu existencia vea;
y aunque yo desdichada
gima y desconsolada
al verla exclamaré: «¡Bendita sea!»

Elvas, 1845

Carolina Coronado

Si clamo a ti, Señor, ¿no has de escucharme
tú de quien es la inmensidad oído?
¿Tú que la hirviente mar has contenido,
no has de poder el corazón calmarme?
¿Un átomo de luz no podrá darme
ése que tantos soles ha encendido?
¡Pues cómo has de dejar, Señor, mi vida
¡ay! ciega y sin consuelo y desoída!

Yo me acerco hoy a ti; yo estoy contigo;
sumiso el corazón tengo a tu lado,
pasión, orgullo y penas han callado,
no hay más que fe por ti, no hay más conmigo:
ordéname; una voz y yo te sigo
¿Qué me quieres decir, qué me has hablado?
¡Por qué mi ruda y tarda inteligencia
no basta a percibir su dulce esencia!

Yo que te adoro a ti desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia,
¿he de perder, Señor, por la ignorancia
de no entender tu voz, tu gran consuelo?
¿He de ofenderte, he de labrar mis penas
por no escuchar bien claro qué me ordenas?

Mas tú no hablas jamás; no por acentos
tu voluntad al universo explicas;
tienes en tu saber notas más ricas
para expresar tus altos pensamientos;
hablan por ti, Señor, los sentimientos
con que alivias el alma o mortificas,
y yo en ese lenguaje he comprendido
que me pides querer y te he querido.

Tú nos pides amor, amor constante
de agradecido pecho justo pago,
tú que una vida das por un halago,
tú de la humanidad eterno amante,
¿y antes quieren, Señor, que el alma errante
se fatigue de error en error vago,
que tener por consuelo en este mundo
cariño tan dulcísimo y fecundo?

Aquí abajo, del mundo habitadora,
dicen, Señor, que hay una docta gente
que no te reconoce, no te siente,
que no te admira, que jamás te adora;
que no te rinde gracias ni te implora
en el placer, en el dolor vehemente;
mas, fábula del mundo es torpe y vana,
porque no puede haber tal raza humana.

Pues al darnos la luz, belleza tanta
como a su inmenso rayo percibimos;
¿ignoramos, Señor, que la debimos
a un ser que desde el polvo nos levanta?
Tu grande majestad suprema y santa
nuestros ojos no ven, mas la sentimos:
el genio puede errar, cuando te niega,
pero no el corazón, cuando te ruega.

Existes, y las gentes lo entendemos,
desde la misma cuna te adoramos,
mas ¿sabes por qué luego te olvidamos?
Por malicia, señor, porque tememos;
no nos place tener jueces supremos
porque mejor sin leyes nos hallamos,
y antes que resignarnos a la pena
negaremos al Dios que nos condena.

Pero yo que te amé desde la infancia,
yo que te busco en incansable anhelo,
yo que más que a la tierra miro al cielo,
yo que a tu gloria aspiro en mi constancia;
acudo a tu saber en mi ignorancia,
acudo en mi aflicción a tu consuelo,
y es tal la fe con que te ruega el alma
que en esta misma fe logra la calma.

Ermita de Bótoa, 1845

Carolina Coronado

Yo aparezco a la luz de nuestro ciclo
palpitando al compás de una armonía;
yo he venido a ascender con nuevo anhelo
sobre el candente sol de la poesía:
y allí en su disco abreviaré mi duelo
en llamas exhalando el alma mía
hasta que blancos a sus rayos bellos
hechos cenizas caigan mis cabellos.

Yo sé que hay un incendio en mi cabeza,
que sólo en armonías exhalado,
puede aliviar al cabo mi tristeza,
desahogando su fuego concentrado;
si siento del amor la fortaleza,
si sufro de las penas el cuidado,
he menester decir lo que padezco,
o en compresión violenta yo perezco.

¿Por qué he nacido así? ¿por quéimpasible
con las manos cruzadas sobre el seno,
el agua de los tiempos apacible,
no ve correr mi corazón sereno?
¿Por qué no busca y goza en lo posible
la indiferente paz; sino que lleno
de inquietudes, se agita y desespera
para él hora pasada y venidera?…

¿Cómo permite Dios que en nuestra mente
se refleje también la inteligencia;
y que la fiebre que el ingenio siente
venga a inquietar también nuestra existencia?
¡Es derramar la savia inútilmente
en planta que del hielo a la inclemencia
ha de dar a la tierra inútil fruto,
dándole con mis versos mi tributo!

Lamenta nuestros tiempos, buena anciana,
recuerda aquellos plácidos instantes
en que torciendo el copo de alba lana,
y refiriendo hazañas de gigantes,
viviste alegre tu feliz mañana,
sin enlazar jamás dos consonantes,
como voy a enlazar, diciendo ahora
cualquiera necedad hueca y sonora.

¡Oh tiempo! ¡O de este siglo sabias gentes,
cuánto mal a mi espíritu habéis dado!
¡Oh! ¡nunca vuestras luces esplendentes
hubieran mis tinieblas disipado!
Y aún cuando aquellos cuentos de serpientes
de las siete cabezas, que he escuchado
contar de noche cuando niña era,
y aunque en brujas y sábados creyera.

Pero el tiempo no cesa en su camino;
la humanidad viviendo avanza y crece…
Vaya la nuestra andando a ese destino
que la discreta Europa nos ofrece.
Nace el ser, piensa y muere; este el sino;
nace la sociedad, piensa, envejece:
la nuestra está en la edad del pensamiento,
y ni el ser femenil de él está exento.

Mas ¡ay! esta ansiedad, esta fatiga
por descubrir lo raro y escondido;
esta sed de aprender que no mitiga
ni aun lo malo que habemos aprendido;
esta vaga inquietud que nos instiga
a correr tras el siglo fementido,
¡como el ánimo exalta ardiente y loco
y consume los cuerpos en su foco!

¡Ah! si a lo menos fábrica lozana
fuéramos como en tiempos del hebreo,
que estaba de su vida en la mañana,
cuando a su noche toca el europeo;
¡si al menos digna de la especie humana
fuera la arquitectura que ahora veo,
fuerte, merecedora de su nombre,
aun pudiéramos dar gracias al hombre!

Pero es la humana raza ya mezquina,
si en el siglo de Adán robusta era;
debilita, empobrece y contamina
cada generación la venidera;
y no se disminuye, no termina
aunque más envejece y degenera;
a cada nuevo siglo que le hiere
se agrava el mundo más, pero no muere.

¡Calamidad! el joven es anciano,
tiene el niño del joven las pasiones;
la vida corre hacia su fin humano,
rápida en las doctísimas naciones,
pero ¿está el exterminio ya cercano?
¿Guardan raza más fuerte otras regiones
y es Europa no más la que padece
el espantoso mal que la envejece?

¡O Irlanda! ¡O Francia! el vértigo os agita.
De vuestros hijos en las calvas frentes
la juventud en cierne se marchita,
por engendrar las ciencias florecientes:
vuestro saber enerva y debilita
la fuerza corporal de vuestras gentes;
tanto alzaréis la torre del talento,
que os faltara en los hombres el cimiento…

Caeréis. Y el puente de gigante hechura
y arco triunfal de vuestra fama emporio,
serán como el egipcio promontorio,
un desengaño más de la criatura;
entonces, cuando salte en la llanura,
¡que antigua Londres fue ¡tiempo ilusorio!
toro salvaje, y que en la sola arena
la cabrilla montés beba en el Sena!…

¿Qué entonces el vapor, audaz Bretaña…
navegará sobre él lobo marino?
¿qué tu museo, Francia?.. ¿a tu divino
David irá a copiar fiera alimaña?
Nación soberbia que el Océano baña,
¡ríndele entonces gracias al destino,
si del olvido al tiempo venidero
te arranca Byron como a Grecia Homero!

¿Quién os heredará, grandes naciones?
¿Qué pueblo de criaturas destinado
estará a recoger esos blasones,
que de gloria en la tierra hayáis dejado?
El tesoro de egipcias inscripciones
fue por las griegas gentes heredado:
la griega ciencia la heredó el latino;
la triple herencia a vuestras arcas vino.

Poco sabéis para tan larga escuela;
para haber tantos siglos estudiado
sobre la momia de la egipcia abuela,
sobre el cráneo del griego celebrado;
poco os lució de Roma la tutela,
cuando con tal saber no habéis logrado
no detener la vida en su carrera,
pero vivirla en paz, mientras corriera.

América feliz, que se levanta,
cantando libertad, llena de vida,
por los futuros siglos elegida
estará para hollaros con su planta;
la libertad, esa bandera santa,
defenderá tal vez de su caída
más largo tiempo al mundo de los otros…
pero también caerán, como vosotros.

Porque si el tiempo graba allí su huella,
en vano es levantar cien murallones;
en vano es inventar mortal centella;
en vano es el fundir monstruos cañones;
cuando sube a igualarse con la estrella
la cúspide mayor de las naciones,
llega un hora… los reinos se estremecen,
tiemblan, vacilan, caen y desparecen…

Empero, ¿a qué se lanza el pensamiento
a la remota edad, cuando la mía
será tan breve, que en el mundo ciento
y mil generaciones todavía,
antes que se resienta su cimiento,
a padecer vendrán a luz del día?
¿qué he pensado, qué he dicho, qué leimporta
vida tan larga a quien la tiene corta?

¡Tiempo en obrar mudanzas infinito!
A ti culpo también de mi poesía,
que allá en los tiempos de la abuela mía
ni hubiera esto pensado ni esto escrito:
hoy tal oso escribir, hoy tal medito,
explayando mi alma en la armonía,
porque sigue también mi pensamiento
de tu exacto reloj el movimiento.

Ermita de Bótoa, 1847

Carolina Coronado

Risueños están los mozos,
gozosos están los viejos
porque dicen, compañeras,
que hay libertad para el pueblo.

Todo es la turba cantares,
los campanarios estruendo,
los balcones luminarias,
y las plazuelas festejos.

Gran novedad en las leyes,
que, os juro que no comprendo,
ocurre cuando a los hombres
en tal regocijo vemos.

Muchos bienes se preparan,
dicen los doctos al reino,
si en ello los hombres ganan
yo, por los hombres, me alegro;

Mas, por nosotras, las hembras,
ni lo aplaudo, ni lo siento,
pues aunque leyes se muden
para nosotras no hay fueros.

¡Libertad! ¿qué nos importa?
¿qué ganamos, qué tendremos?
¿un encierro por tribuna
y una aguja por derecho?

¡Libertad! ¿de qué nos vale
si son los tiranos nuestros
no el yugo de los monarcas,
el yugo de nuestro sexo?

¡Libertad! ¿pues no es sarcasmo
el que nos hacen sangriento
con repetir ese grito
delante de nuestros hierros?

¡Libertad! ¡ay! para el llanto
tuvímosla en todos tiempos;
con los déspotas lloramos,
con tributos lloraremos;

Que, humanos y generosos
estos hombres, como aquellos,
a sancionar nuestras penas
en todo siglo están prestos.

Los mozos están ufanos,
gozosos están los viejos,
igualdad hay en la patria,
libertad hay en el reino.

Pero, os digo, compañeras,
que la ley es sola de ellos,
que las hembras no se cuentan
ni hay Nación para este sexo.

Por eso aunque los escucho
ni me aplaudo ni lo siento;
si pierden ¡Dios se lo pague!
y si ganan ¡buen provecho!

Almendralejo, 1846

Carolina Coronado

Si alcanzaran los ojos
a descubrir la inmensa pesadumbre
de los luceros rojos,
en la celeste cumbre
te hallaran con la santa muchedumbre.

En resplandor el oro
trocado de la espléndida corola,
que puso espanto al moro,
a los cielos, tú sola
prestas, más luz que el sol, con tu aureola.

¡Oh tierra gobernada
por tu cetro sagrado y victorioso
cual se miró encumbrada!
¡Oh pueblo venturoso,
oh trono de la Iberia glorioso!

Por ti aquel noble empeño
con fama coronó el pueblo cristiano;
por ti de la mar dueño
el genio soberano,
un nuevo mundo hallo en el Océano.

Mas eran a tu alma
dos mundos en la tierra espacio estrecho,
y una tercera palma
a conquistar derecho
tu espíritu se alzaba a mayor trecho.

Reina a la par y santa,
de majestad en majestad te alzaste,
y hasta do se levanta
el mismo sol llegaste,
y sobre los luceros te asentaste.

¡Oh sacra! ¡Oh gran matrona
de la cristiana grey! ¡Oh reina mía!
Sé tú de la corona
que sustentaste un día,
inexpugnable amparo y guarda pía.

Bendice tú, y alienta
la adorada, infantil, cabeza pura
que hoy tu diadema ostenta,
y bajo la ternura
de tu divino amor crezca segura.

Ermita de Bótoa, 1846

Carolina Coronado

¿Por qué tiembla? —No lo sabe.
¿Qué aguarda en el lago? —Nada.—
De las aguas enlazada
a los hilos su raíz,
el movimiento suave
de la linfa va siguiendo,
la cabeza sumergiendo
del agua, al menor desliz.

Así la halló la alborada,
así la encuentra el lucero,
siempre el esfuerzo postrero
haciendo para bogar;
y en las olas la encallada,
vaga y frágil navecilla
sin poder la florecilla
impeler ni abandonar.

Movimiento que no cesa,
ansiedad que se dilata,
ni el agua que sus pies ata
sostiene a la débil flor,
ni deja, en sus olas presa,
que vaya libre flotando,
quiere que viva luchando
siempre en continuo temblor.

¡Ya se inunda!… ¡Ya se eleva!…
¡Ya la corriente la traga!…
¡Ya navega… ya naufraga!
¡Ya se salva… ya venció!
¡Ya el agua otra vez la lleva
en sus urnas sepultada!…
¡Ya de nuevo sobre-nada
en el agua que la hundió!…

Flor del agua, ¡cuántas flores
viven en paz en la tierra!
Sola tú vives en guerra
en tu acuático jardín:
te da la lluvia temores,
el manso pez te estremece
y tu belleza parece
sin gozar descanso, al fin.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora,
has venido en mala hora
con tu lira y tu pasión;
que en el siglo extraño y vago
a quien vida y arpa debes
dondequiera que le lleves
fluctuará tu corazón.

Que las cantoras primeras
que a nuestra España venimos
por sólo cantar sufrimos,
penamos por sólo amar;
porque en la mente quimeras
de un bello siglo traemos
y cuando este siglo vemos
no sabemos do hogar.

Las primeras mariposas
que a la estación se adelantan
y su capullo quebrantan
sin aguardar al abril,
nunca saben temblorosas
adonde fijar las alas,
siempre temen que sus galas
destroce el aire sutil.

Las ráfagas las combaten,
las extrañan los insectos
y de giros imperfectos
si cansado el vuelo ya,
sobre las plantas lo abaten
buscando el capullo amigo
hallan que néctar ni abrigo
la flor en botón les da.

Las orugas que encerradas
aún están en sus clausuras
mañana al campo seguras
podrán sus alas tender;
mas, aquellas desdichadas
que antes cruzan la pradera
¡morirán, la primavera
risueña, sin conocer!…

¿Cuál es tu barca? —Una lira.
—¿Qué traes en ella? —Sonidos.
—¿Vuélvete, que no hay oídos
para tus sones aquí;
vuélvete joven, y mira
si en tu barca, más sonoro,
puedes trasportarnos oro
u otro cargamento así.

¿Quién te llama? ¿A qué nos vienes
con peregrinas canciones
El trueno de los cañones
del siglo el concierto es,
y en vano sus anchas sienes
pretenden ceñir de flores,
¡ay! sus pies destrozadores
hollarán cuantas te des.

¿Vienes de nuevo, alma mía,
qué traes en la barca? —Amores—.
Torna a otras tierras mejores,
torna el camino a emprender;
si es oro nuestra poesía
nuestros amores son… nada.
Ve si la nave cargada
de cetros puedes traer,

Que, si no de amor, tenemos
tan elevadas pasiones
que sentimos ambiciones
de un cetro cada garzón;
y cada garzón podemos
con nuestros genios profundos
media docena de mundos
fundir en una nación.—

¿Otra vez? ¿Qué traes ahora?…
Siempre en el mismo camino
sobre el cauce cristalino
en su barquilla la flor:
así la dejó la aurora,
así la encuentra el lucero
siempre en el afán primero,
siempre en el mismo temblor.

Tú, poetisa, flor del lago,
por amante, por cantora
has venido en mala hora
con tu amor y tu cantar:
que en el siglo extraño y vago,
a quien vida y arpa debes,
dondequiera que la lleves
puede el alma naufragar.

Mas, escucha no estás sola,
flor del agua, en el riachuelo;
contigo en igual desvelo
hay florecillas también:
que reluchan contra el ola,
que vacilan, que se anegan,
que nunca libres navegan
ni en salvo su barca ven;

Pero, enlazan sus raíces
a la planta compañera
y viven en la ribera
sosteniéndose entre sí:
y cual ella más felices
desde hoy serán nuestras vidas
si con las almas unidas,
vivimos, las dos así.

Ermita de Bótoa, 1845

Carolina Coronado