Ve cómo
el árbol,
deshoja sus ramas,
sin dolor.

Ve cómo
el salmón,
remonta
el río.

Ve cómo
el gusano,
muere al faltarle
la humedad.

Vedme
a mí,
como
despojo
el martirio
de mi cuerpo.

Cómo
remonto
el río,
violento
de tu silencio.

Cómo voy
muriendo,
porque
aún no
conozco la humedad
de tus labios.

No te culpo
por lo que
siento,
porque la voz
no llego a ti
debido a que
la sombra
del árbol
oculto
mi canto

No te culpo;
porque no
te enseñe
a leer
el río de
mis
labios

No te culpo,
me escondí
en el hueco
de la resequedad
del respeto
hacia
a ti.

El Graso Grueso

Qué triste es ir por el sendero oscuro
y no saber a donde ir,
pero es más triste saber que te quiero
y no podértelo decir.

Qué triste es saber que te quiero
y que posiblemente no seré correspondido.

Qué triste saber cómo eres
y no poder compartir tus sueños.

Qué triste es llevar este silencio
sin saber qué hacer.

Qué triste es sentir el paso del tiempo
y no poderse mover.

Qué triste es ir por el sendero oscuro
y no saber a donde ir,
pero es más triste saber que te quiero
y no podértelo decir.

El Graso Grueso, marzo de 2001

Déjame decirte lo que escribí sobre  ti
en  los pliegos de mi mente;
 y que fue…

Casi al amanecer aun continuo
con este arduo manuscrito;
el sol,  me ha despertado del sueño
y mis dedos ya son raíces
en el pergamino de tu recuerdo.

Déjame decirte,
que la tinta usada
la he  robado de los ríos de tus venas
y no fue  suficiente para calmar
la sed voraz de mi corazón.

Déjame decirte,
que aun sigo soñando
en la miel de tus ojos;
la cual he bebido,
en tu boca de silencio

Déjame decirte,
al menos,
que sueño que sueñas conmigo.

Déjame decirte,
que me dejes,  
al menos,
con ese sueño.

El Graso Grueso

“Que difícil  es morir
cuando acecha el roce de la muerte”

La añoranza  del ayer
se hace pesada,
como la lápida
que   no te deja salir
de tu tumba,
reposas protegida
de la  luz  del sol
y oculta  de la mansa  lluvia
como  del llanto  de la luna,
que arroja  sus lágrimas
convertidas  en polvo de dolor.

Te pienso y sufro,
te has ido con el siglo
y acariciarte  como todas las  noches
no será posible,
aunque la barrera la traspasa
en mis sueños
húmedos y de frenesí.

Tus ojos  cristalinos  y puros
como el agua,
no calmará mi hambre,
el recuerdo de ellos
me hace pensar
en lo que perdí,
perdido me encuentro
en el laberinto
de la boca  del miedo
sin saber a donde ir
y como calmar la sed  de ti

Cuanto compartimos
en la entrega de la rosa,
clavando la espina de ternura
en nuestros corazones,
el injerto de la flor no se realizó,
cuantos planes desechos,
ante tu partida inesperada
al valle de la muerte,
entrada necesaria al paraíso.

Te fuiste sin avisar,
en mis brazos te encontrabas,
en la noche fría de negro porvenir,
ahora esta por venir
el recuerdo de ese día
y cierro la razón
ante el hecho consumado
de tu muerte.

Los puños sangrantes,
golpeando el viento
del destino negro
que nos separó,
sangre y carne
ha quedado enterrados
donde lo único vivo
es mi dolor.

No quiero pensar en  invierno,
Lo siento como témpano
eterno de mis lamentos,
lucho para olvidarte
pero la daga se clava
más y más,
hasta que el injerto del metal,
haga surgir
La Flor De la Muerte.

Despierto de súbito
sudando  de pavor me encuentro,
levanto la vista al cielo  sonriendo,
todo  fue un sueño
y a mi lado te encuentras
envuelta en los brazos
de mi amor.

Abro los ojos
Desmesuradamente,
muero al saber
que a mi lado
esta la señora muerte,
besando tu frente.

El Graso Grueso