Desnudas han caído
las once campanadas.

Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.

                                       La mañana
ha roto su collar desde la torre.

En los troncos, se rascan las cigarras.

Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
        quieta,
               tu sombrilla blanca.

Dámaso Alonso, 1921

Yo estoy cansado.
Miro
esta ciudad
-una ciudad cualquiera-
donde ha veinte años vivo.

Todo está igual.
Un niño
inútilmente cuenta las estrellas
en el balcón vecino.

Yo me pongo también…
Pero él va más deprisa: no consigo
alcanzarle:
Una, dos, tres, cuatro,
cinco…

No consigo
alcanzarle: Una, dos…
tres…
cuatro…
cinco…

Dámaso Alonso, 1921

I am tired.
               See
this city
              —any city you like—
where I have twenty years lived.
           Everything the same.
                                              A child
pointlessly counts the stars
on the neighbouring balcony.
          I start as well…
But he goes faster: I cannot
catch him:
               One, two, three four,
five…
           I cannot
catch him: One, two…
three…
        four…
               five…

Dámaso Alonso, 1921

Gota pequeña, mi dolor.
La tiré al mar.
                           Al hondo mar.
Luego me dije: ¡A tu sabor
ya puedes navegar!

Más me perdió la poca fe…
                                                  La poca fe
de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué.

Y era un dolor inmenso el mar.

Dámaso Alonso, 1921

Otros querrán mausoleos
donde cuelguen los trofeos,
donde nadie ha de llorar,

y yo no los quiero, no
(que lo digo en un cantar)
porque yo

        morir quisiera en el viento,
        como la gente de mar
        en el mar.

        Me podrían enterrar
        en la ancha fosa del viento.

        Oh, qué dulcedescansar
        ir sepultado en el viento
        como un capitán delviento
        como un capitán delmar,
        muerto en medio de la mar.

Dámaso Alonso

Oh, blancura. ¿Quién puso en nuestras vidas
de frenéticas bestias abismales
este claror de luces siderales estas nieves, con sueño enardecidas?

Oh dulces bestezuelas perseguidas.
Oh terso roce. Oh signos cenitales.
Oh músicas. Oh llamas. Oh cristales.
Oh velas altas, de la mar surgidas.

Ay, tímidos fulgores, orto puro,
quién os trajo a este pecho de hombre duro,
a este negro fragor de odio y olvido?

Dulces espectros, nubes, flores vanas…
¡Oh tiernas sombras, vagamente humanas,
tristes mujeres, de aire o de gemido!

Dámaso Alonso

Tú le diste esa ardiente simetría
de los labios,  con brasa de tu hondura,
y en dos enormes cauces de negrura,
simas de infinitud, luz de tu día;

esos bultos de nieve, que bullía
al soliviar del lino la tersura,
y, prodigios de exacta arquitectura,
dos columnas que cantan tu armonía.

Ay, tú, Señor, le diste esa ladera
que en un álabe dulce se derrama,
miel secreta en el humo entredorado.

¿A qué tu poderosa mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama.
¡Dale la eternidad que le has negado!

Dámaso Alonso