No estoy conforme,
algo me irrita,
sabe ácido en mi interior.
La incapacidad de volar,
que mis pies sean alas,
compañeras de mi cabeza siempre de viaje.
Y siento miedo,
un miedo grande,
un miedo de niño travieso, que mira y se esconde.
Miedo de encontrarme conmigo en una calle,
porque sé que entonces seré otra,
y quizás olvide el brillo de tus ojos,
al mirar las olas.
Ven si  me oyes,
la ciudad  me sobra,
el aire me ahoga.

Ven habita este mundo,
que está naciendo ahora,
lo creé para ti,
no, no estoy loca.

Concepción de Quesada y Loynaz

Envidio a ese loco harapiento,
provocador de la burla o el espanto.
Habla, gesticula, nadie en verdad lo oye.
Tristemente tiene su razón.
No existe límite exacto,
acierto, error,
delirio, cordura,
verdad, mentira,
quiero, soy.
En este loco mundo
lo absurdo se aclama,
vitoreamos error.
Encerrada está cordura,
con título de locura.
El tiempo dirá la última palabra,
perdón.

Concepción de Quesada y Loynaz

Quiéreme,
quiere mis defectos
ámame en mi esencia,
no pidas que abandone costumbres, gestos.
Abrígame,
sin preguntar por el invierno,
tamaño de la tormenta,
largo del camino,
nombre del desierto.
Acéptame, sólo así,
con mis gatos,
mis sueños,
historias,
lágrimas
risas.
Tómame,
te acepto.

Concepción de Quesada y Loynaz

Treinta y cuatro años después,
mis pies emocionados
rompen el silencio de la ausencia.
Heme aquí, no niña ilusionada,
heme aquí, mujer aferrada a su bandera,
la esperanza.
Incrédula casi de pisar segura playa.
Conmigo traigo lo que pude salvar del naufragio.
Traigo a mi hijo,
lo pongo a tus plantas.
Después de una ausencia de treinta
y cuatro años con motivo de una
visita a la Iglesia de Santa Rita
donde de niña y jovencita solía
asistir a misa.

Concepción de Quesada y Loynaz

Me asombran los ruines,
encantan los trenes,
desesperan los necios.
Colecciono conchas, cajas, aretes,
papeles y el silencio.
Mis gavetas,
arcones inagotables de recuerdos.
Mi piel, un arpa perfecta
a la espera del diablo
o de un ángel
que la haga vibrar.
No soy dócil,
mi camino no siempre es fácil,
suelo hacer altos en sitios no correctos,
mirar el cielo, buscar estrellas solitarias
que buscan un dueño.
Comidas frugales,
antojos secretos,
sueños irrealizables
infantiles empeños.
Conformando todo eso, un cuerpo
que me pesa tanto, como los años vividos sin afecto.

Concepción de Quesada y Loynaz

Amor,
vienes ahora.
Mi árbol no luce hojas.
Amor, llegas tarde,
mi  noche casi  abre.
Amor,
pequeño, travieso,
Risueño cascabel  moreno,
juegas, te escondes.
Mira, no tengo flores
que regalarte.
Amor,
disculpa si lloro
ya es tarde…

Concepción de Quesada y Loynaz

Dos amores tuve, tendré, tengo.
Dos amores diferentes,
uno de carne sólo hecho,
arrasar mi vida,
revuelve mi lecho,
déjame exhausta.
El otro nada pide,
exige; sólo da paz, reposo, calma.
Pero tiene todo, todo lo que le da mi alma.
Una cama se ordena en la mañana,
hasta puede quedar intacta.
Un alma no,
esa como sierva perdida, por su dueño clama,
por una mirada suya,
un sol daría en pública subasta.

Concepción de Quesada y Loynaz

No quiero para mi canto
lo frágil del cristal,
lo etéreo del vuelo.
Para mi canto quiero
la voz universal

El  músculo alerta
total decisión,
búsqueda incansable,
verdad en cada razón.
Mi canto no se viste
con sedas ni gasas.
Mi canto lleva ropa de casa,
busca su espacio
nacido de un deseo,
mi deseo de cantar.

Mi canto no es ya mi canto,
mi propio canto singular,
mi canto es de todo
aquel que lo quiera entonar.
No quieran vestirlo entonces
con traje especial,
para que guste a todos,
a los tibios,
a los que miran y no están.
Mi canto tiene una hermosura especial,
es daga punzante, miel,
manantial.
Dame tu voz y canta
canta conmigo ahora
el canto de mi canto libre
mi canción de libertad.
Virgen de ñoñeses, pausas,
conveniencias,
suspiros y lugar.

Concepción de Quesada y Loynaz

Dos toritos negros,
hurgan  mi pecho a su antojo.
Ay! niño de ojos negros,
de negros ojos.
Hechicero travieso,
de espaldas al enojo.
La luna de los olivares,
bañó tu cuna de plata,
olvidando en tu cara, dos rayos,
que si  miras, de amor  matan.
Ay! de  mi  niño de negros ojos,
de toronjil y de albahaca.
si  miras  muero,
si no, me matas.
Es hora  sepas,
lo que dentro de mi corazón pasa.
Con dos toritos de lidia sueltos,
en el ruedo de mi alma.

Concepción de Quesada y Loynaz

Vestido de blanco,
con la pureza mística del  nardo,
como dulce palomo,
te encontré allí, allí estabas,
donde ahora en vano busco.
Falta tu figura
tu voz segura
su resonancia única,
faltas tú.
Vestido de blanco,
como el puro nardo te perdí,
No me conformo con tu ausencia,
que no estés allí,
con tu ropaje blanco,
tus ojos, mar de noche
con todas las estrellas bailando dentro.
Y aquel perfume concreto,
que eres tú.
Cuenta, dime, qué ojos te   ven ahora,
qué aire perfumas fresco,
dónde resuena tu voz,
tu inigualable voz campana argentada
Cuenta, dime, quién podrá quererte,
quien añorarte,
hasta creer sentir cercana la muerte
si no soy yo.

Concepción de Quesada y Loynaz