Qué distinto abuela
tú vivir de aquel tiempo,
todo al compás del abanico,
fragor de espumas contra tu pecho.
Qué distinto abuela,
tu facilidad de lago quieto,
espejo de aquel momento.
Qué distinto abuela,
tu tazón de tila, canela o anís,
tu manso perro, la sombrilla,
y a podar el jazmín.
Qué distinta,
la dulzura de tu boca breve,
que abres para que hable tu dueño.
La cadencia de tus pasos,
si fueron pasos y no vuelos.
Quién pudiera abuela,
al vaivén del quitrín,
poder soñar tus sueños,
volver a tu jardín.
MALECÓN
Malecón,
cofre de recuerdos,
la niña,
la soñadora,
la que contemplaba
en otros ojos las olas.
Malecón,
entre ola y ola
el primer beso,
en el horizonte
el  sol  teñía  mis  mejillas
de amapola.
Malecón,
aquella niña,
es ahora,
un rostro de piedra,
con dos surcos
donde viven
implacables tus olas.

Concepción de Quesada y Loynaz

Atrapados en baile de máscaras,
unos más,
otros menos disfrazados.
Fatal trampa,
desamparados,
títeres somos que mueven otras manos.
Yo, yo también me disfrazo,
así no se reconoce,
lo verdadero, lo falso.
Entre tanto disfraz mal  hecho,
todos así  jugamos,
todos hasta el tuétano asqueados.

Concepción de Quesada y Loynaz

Envidio a ese loco harapiento,
provocador de la burla o el espanto.
Habla, gesticula, nadie en verdad lo oye.
Tristemente tiene su razón.
No existe límite exacto,
acierto, error,
delirio, cordura,
verdad, mentira,
quiero, soy.
En este loco mundo
lo absurdo se aclama,
vitoreamos error.
Encerrada está cordura,
con título de locura.
El tiempo dirá la última palabra,
perdón.

Concepción de Quesada y Loynaz

Pendía mi vida
del hilo de tu mirada,
precario refugio
casi nada.
Colgué mi orgullo
a las puertas de tu ventana,
siempre cerradas puertas,
casi nada.
Tú  volvías entre espuma de borrasca,
casi, casi sin aliento,
como se  velan los muertos
en silencio esperaba,
casi nada.
Inventé un arco iris,
lavé los colores en la inquieta playa,
no lo viste,
tú no estabas,
casi nada.
Ahora recobro
vida, orgullo,
mi arco iris, mi playa,
te pierdo a ti,
casi nada.

Concepción de Quesada y Loynaz

Tengo un cofre casi lleno,
con caracoles, sueños.
Duendes infantiles,
pétalos sueltos.
Allí conviven,
en dulce secreto,
la bailarina frustrada,
el hogar risueño,
la hija deseada,
besos no recibidos,
deseos pequeños.
Desengaños necesarios,
incomprensiones del diario,
concesiones personales;
y pronto estarás tú
a quien casi no quiero,
envuelto en la espuma
de un mar violento.
Allí también está,
el adiós a mi padre,
sentimientos de culpa.
El beso al cristal,
que cubría a mi madre.
También pudiera estar,
un ala de mariposa,
busco con afán la otra,
para volar.

Concepción de Quesada y Loynaz

Treinta y cuatro años después,
mis pies emocionados
rompen el silencio de la ausencia.
Heme aquí, no niña ilusionada,
heme aquí, mujer aferrada a su bandera,
la esperanza.
Incrédula casi de pisar segura playa.
Conmigo traigo lo que pude salvar del naufragio.
Traigo a mi hijo,
lo pongo a tus plantas.
Después de una ausencia de treinta
y cuatro años con motivo de una
visita a la Iglesia de Santa Rita
donde de niña y jovencita solía
asistir a misa.

Concepción de Quesada y Loynaz

La mitad de una sonrisa espera,
para completar la mía.
Unos ojos esperan,
no los sorprenderán los míos,
serán pupila e iris conjugados.
Cristales de sal, destellos compartidos.
Una mano sabe que en algún lugar
la mía la aguarda para construir la esperanza.
No habrá barreras, cumbres, mares,
si la voluntad acompaña.
Lista ya para esa búsqueda titánica,
ahora consciente, contra toda esperanza
de la mitad de mi escondida
en algún lugar de la galaxia.

Concepción de Quesada y Loynaz

Imagínate por un momento,
milagrosamente sólo,
desnudo, despojado del orgullo, la  soberbia.
Con la sencillez de un  recién nacido.
Aspira el aire que te rodea,
la intimidad con lo eterno.
No te pierdas en el…todos.
Disfruta, mira tus manos,
calcula  milagros por hacer,
respira hondo.
Palpa, siente tus pies,
son tuyos, tú su dueño,
los mandas, hasta puedes correr.
Has nacido para eso, luchar, amar,
perder o vencer.

Concepción de Quesada y Loynaz

Me asombran los ruines,
encantan los trenes,
desesperan los necios.
Colecciono conchas, cajas, aretes,
papeles y el silencio.
Mis gavetas,
arcones inagotables de recuerdos.
Mi piel, un arpa perfecta
a la espera del diablo
o de un ángel
que la haga vibrar.
No soy dócil,
mi camino no siempre es fácil,
suelo hacer altos en sitios no correctos,
mirar el cielo, buscar estrellas solitarias
que buscan un dueño.
Comidas frugales,
antojos secretos,
sueños irrealizables
infantiles empeños.
Conformando todo eso, un cuerpo
que me pesa tanto, como los años vividos sin afecto.

Concepción de Quesada y Loynaz

Dos amores tuve, tendré, tengo.
Dos amores diferentes,
uno de carne sólo hecho,
arrasar mi vida,
revuelve mi lecho,
déjame exhausta.
El otro nada pide,
exige; sólo da paz, reposo, calma.
Pero tiene todo, todo lo que le da mi alma.
Una cama se ordena en la mañana,
hasta puede quedar intacta.
Un alma no,
esa como sierva perdida, por su dueño clama,
por una mirada suya,
un sol daría en pública subasta.

Concepción de Quesada y Loynaz