Vestido de luto está abril.
¿Qué decir ahora?
Cuando todo sobra.
Boca cobarde,
dique de acero,
para aquel torrente de amor sincero.
En ella yacen mustias palabras,
secos los besos, las posibles lágrimas,
hasta el adiós no dicho.
No importa nada ya,
adiós, distancia.
Cada tarde acudiré puntual,
tú estarás allí donde te evoco.
Materializado por mi amor.
Para ofrecerle a Dios,
este sentimiento condenado,
por cuerdos hombres,
que nunca han amado.

Concepción de Quesada y Loynaz

Anhelo una estrella
brillante, alta, serena,
para ti, para mí,
para los dormidos,
para los que en camino despiertos velan.
Quiero esa estrella,
resplandeciente, día y noche.
Un mundo la espera.
Convergencia de caminos
ante el entrañable portal.
Reencontrar lo perdido.
Ser niños de nuevo,
tomadas las manos,
cantar a coro,
con alegría, asombro.
Estrella, estrellita
ni lejana ni incierta,
segura nos llevas
a la ansiada puerta.

Concepción de Quesada y Loynaz

Creí en la primavera,
al ver una golondrina
aletear en mi  ventana.
Estremecida de alegría aún el corazón,
rápida me vestí con flores,
perfumé mi pelo y mi casa.
Con agua vital lavé mi alma.
Falsa alarma.
Una golondrina no es primavera
ni un rayo de sol el verano.

Concepción de Quesada y Loynaz

Alquílase planeta para soñar.
Condición de pago,
voluntad de amar.
Forma de acceso.
Sentirse libre
saberse libre.
En ese momento
ya tiene un planeta para soñar.

Concepción de Quesada y Loynaz

Prohibido soñar a corazón abierto.
Peligro: rondan ladrones sueltos,
ocultos  ladrones con o sin antifaz puesto.
Rondan día y noche los claros sueños,
oscureciendo con sombras,
lo imaginable bello.
Aunque sean sólo eso, sueños.
Prohibido llorar.
Las lágrimas debilitan, agotan,
la fuente, el caudal,
de amor que ignorado dentro brota.
Esas perlas que adornan de cuando en cuando,
tu cara,
guárdalas muy dentro,
allí donde esté tú alma.

Concepción de Quesada y Loynaz

Quiero días nuevos,
amaneceres bellos.
Enviar besos
a lomos de olas
a todos los seres presos.

Concepción de Quesada y Loynaz

No estoy conforme,
algo me irrita,
sabe ácido en mi interior.
La incapacidad de volar,
que mis pies sean alas,
compañeras de mi cabeza siempre de viaje.
Y siento miedo,
un miedo grande,
un miedo de niño travieso, que mira y se esconde.
Miedo de encontrarme conmigo en una calle,
porque sé que entonces seré otra,
y quizás olvide el brillo de tus ojos,
al mirar las olas.
Ven si  me oyes,
la ciudad  me sobra,
el aire me ahoga.

Ven habita este mundo,
que está naciendo ahora,
lo creé para ti,
no, no estoy loca.

Concepción de Quesada y Loynaz

Envidio a ese loco harapiento,
provocador de la burla o el espanto.
Habla, gesticula, nadie en verdad lo oye.
Tristemente tiene su razón.
No existe límite exacto,
acierto, error,
delirio, cordura,
verdad, mentira,
quiero, soy.
En este loco mundo
lo absurdo se aclama,
vitoreamos error.
Encerrada está cordura,
con título de locura.
El tiempo dirá la última palabra,
perdón.

Concepción de Quesada y Loynaz

Quiéreme,
quiere mis defectos
ámame en mi esencia,
no pidas que abandone costumbres, gestos.
Abrígame,
sin preguntar por el invierno,
tamaño de la tormenta,
largo del camino,
nombre del desierto.
Acéptame, sólo así,
con mis gatos,
mis sueños,
historias,
lágrimas
risas.
Tómame,
te acepto.

Concepción de Quesada y Loynaz

Treinta y cuatro años después,
mis pies emocionados
rompen el silencio de la ausencia.
Heme aquí, no niña ilusionada,
heme aquí, mujer aferrada a su bandera,
la esperanza.
Incrédula casi de pisar segura playa.
Conmigo traigo lo que pude salvar del naufragio.
Traigo a mi hijo,
lo pongo a tus plantas.
Después de una ausencia de treinta
y cuatro años con motivo de una
visita a la Iglesia de Santa Rita
donde de niña y jovencita solía
asistir a misa.

Concepción de Quesada y Loynaz