Qué hiciste de la lluvia,
las hojas,
el lucero?
Qué hiciste
con la humedad de mi cuerpo,
después del amor?
Qué hiciste
con todo lo que te di,
y no hay medida para medir?
Qué hiciste,
conmigo en fin?

Concepción de Quesada y Loynaz

Tengo un cofre casi lleno,
con caracoles, sueños.
Duendes infantiles,
pétalos sueltos.
Allí conviven,
en dulce secreto,
la bailarina frustrada,
el hogar risueño,
la hija deseada,
besos no recibidos,
deseos pequeños.
Desengaños necesarios,
incomprensiones del diario,
concesiones personales;
y pronto estarás tú
a quien casi no quiero,
envuelto en la espuma
de un mar violento.
Allí también está,
el adiós a mi padre,
sentimientos de culpa.
El beso al cristal,
que cubría a mi madre.
También pudiera estar,
un ala de mariposa,
busco con afán la otra,
para volar.

Concepción de Quesada y Loynaz

Yo sé, el momento exacto
en que besando mi boca,
no besas mis labios.
Yo sé, el momento exacto,
que en mi cuerpo
es otro el que estás amando.
Yo sé, el momento exacto
en que comienza el ritual de tu engaño.
Lo que ignoro es, cuando piensas terminarlo.

Concepción de Quesada y Loynaz

Imagínate por un momento,
milagrosamente sólo,
desnudo, despojado del orgullo, la  soberbia.
Con la sencillez de un  recién nacido.
Aspira el aire que te rodea,
la intimidad con lo eterno.
No te pierdas en el…todos.
Disfruta, mira tus manos,
calcula  milagros por hacer,
respira hondo.
Palpa, siente tus pies,
son tuyos, tú su dueño,
los mandas, hasta puedes correr.
Has nacido para eso, luchar, amar,
perder o vencer.

Concepción de Quesada y Loynaz

En ese diálogo imposible,
entre mar  y  muro,
la ola revoltosa  yo,
tú pétreo inconmovible
siempre mudo.

Veces hay en que mi espuma,
por capricho en tu superficie presa queda,
y hay algo de traviesa ironía,
en esa unión irrealizable,
de piedra y vida.

Concepción de Quesada y Loynaz

Cual trapecista al iniciar su rutina,
me lanzo al vacío, sin prisas casi  sin  miedo.
Atrás todo, hasta los sentimientos.
Conmigo una tristeza nueva
de nave al dejar seguro puerto.
Los recuerdos quieren atraparme.
Qué hacer con todo eso que tuve,
pero ya no tengo?
Pasado es sólo o  más que eso,
girones de piel ya sanas,
partos, hijos, esposos
buenos o infieles da igual para el caso.
En mi nave sola parto,
rumbo a lo desconocido.
Se rompo raíces, dejo viejos amigos.
Pero si  miro atrás  me atrapa
toda la sal contenida en mis pestañas.
Recordarlos con suave piel de durazno maduro,
y ese especial olor de estreno,
bebiendo vida de mis pechos.
De nada sirve recordar eso.
Ellos también partieron sin regreso.
Y yo puedo ya tan poco,
mi bendición enviarles,
con un beso, sólo eso.

Concepción de Quesada y Loynaz

Tú y yo,
riberas de un mismo río.
Azul y amarillo.
Tú y yo,
mar y cielo,
cielo y mar,
horizonte,
espejismo  continuo.
Tú y yo,
ni amantes,
ni amigos,
siquiera enemigos.
Tú y yo,
riberas de amargo río
azul y amarillo,
corriendo hacia el olvido.

Concepción de Quesada y Loynaz

Otra vez  me invitas desde tu cuna,
a concederte asilo en mi pecho.
Quiero más
quiero que seamos uno,
tú y  yo,
imagen,  espejo.

Concepción de Quesada y Loynaz

Qué distinto abuela
tú vivir de aquel tiempo,
todo al compás del abanico,
fragor de espumas contra tu pecho.
Qué distinto abuela,
tu facilidad de lago quieto,
espejo de aquel momento.
Qué distinto abuela,
tu tazón de tila, canela o anís,
tu manso perro, la sombrilla,
y a podar el jazmín.
Qué distinta,
la dulzura de tu boca breve,
que abres para que hable tu dueño.
La cadencia de tus pasos,
si fueron pasos y no vuelos.
Quién pudiera abuela,
al vaivén del quitrín,
poder soñar tus sueños,
volver a tu jardín.
MALECÓN
Malecón,
cofre de recuerdos,
la niña,
la soñadora,
la que contemplaba
en otros ojos las olas.
Malecón,
entre ola y ola
el primer beso,
en el horizonte
el  sol  teñía  mis  mejillas
de amapola.
Malecón,
aquella niña,
es ahora,
un rostro de piedra,
con dos surcos
donde viven
implacables tus olas.

Concepción de Quesada y Loynaz

Cuentan que una vez,
un mago armado de sólo una guitarra,
llamó por una mujer imaginada.
Sabía su nombre,
eso, no es nada,
letras,  sílabas,
no carne, sangre, alma.
Habitaba ella en otro tiempo,
entre helechos adormecida estaba.
Cantaba en la lluvia,
en la brisa, en las olas viajaba.
Más fue tanto el ardor de aquella guitarra,
que cobró vida, dimensión en una palabra.
En el verdor gastado de un parque,
apareció ella; cautelosa, tímida,
altiva a la vez como el alba.
Al fin mujer creada al conjuro
del mago de la guitarra.
Ella con sus ojos de nubes,
fresca, limpia, serena como agua de playa,
reconociéndose al fin, en los ojos del que así la
llamaba.
Por vez primera viva,
no imaginada.
Cuentan los que la vieron,
que desde entonces está en ese parque sentada
prisionera en las cuerdas del  mago de la guitarra.

Concepción de Quesada y Loynaz