Se aleja el barco. Luz de madrugada.
La aurora alumbra el peñascal sombrío,
y de garzas el vuelo ligera bandada
tiende en la quietud del río.

En sus alas la luz se atornasola,
y del oriente entre rosados velos
parecen, blancas, en la orilla sola,
un adiós silencioso de pañuelos.

Ismael Enrique Arciniegas

Pintad un hombre joven… con palabras leales
y puras; con palabras de ensueño y de emoción:
que haya en la estrofa el ritmo de los golpes cordiales
y en la rima el encanto móvil de la ilusión.

Destacad su figura, neta, contra el azul
del cielo, en la mañana florida, sonreída:
que el sol la bañe al sesgo y la deje bruñida,
que destelle en los ojos una luz encendida,
que haga temblar las carnes un ansia contenida
y que el torso, y la frente, y los brazos nervudos,
y el cándido mirar, y la ciega esperanza,
compendien el radiante misterio de la vida…


Porfirio Barba Jacob

¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
Era como el convólvulo —la flor de los crepúsculos—,
y era como las teresitas: azul crepuscular.
Nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
grato a todos los ojos y a todos familiar.

En aquel pueblo, olían las brisas a azahar.

Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo:
su cabellera rubia en el balcón,
su linda hermana Julia,
mi melodía incierta… y un lirio que me dio…
y una noche de lágrimas…
y una noche de estrellas
fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo…

Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo
amaban con mi amor las músicas del río;
las noches blancas, ceñidas de luceros;
las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
el son de las guitarras,
y, entre quimeras blondas, el azahar volando…
Todos teníamos novia
y un lucero en el alba diáfana de las ideas.

La Muerte horrible —¡un tajo silencioso!—
tronchó la espiga en que granaba mi alegría:
¡murió mi madre!… La cabellera rubia de Teresa
me iluminaba el llanto.

Después… la vida… el tiempo… el mundo,
¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo!

No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta.
¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba,
ingenua, virilmente resignada:
refería querellas
del pueblo, de mi casa, de un amigo:
«Se casó; ya está viejo y con seis hijos…
La vida es triste y dura; sin embargo,
se va viviendo… Ha muerto mucha gente:
Don David… don Gregorio… Hay un colegio
y hay toda una generación nueva.
Como cuando te fuiste, hace veinte años,
en este pueblo aún huelen las brisas a azahar…»

¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo,
la flor de los crepúsculos!


Porfirio Barba Jacob

Cortina de los pilares
es la enredadera verde.
¡Cuál se amontonan pesares
cuando la ilusión se pierde!

¿Ya olvidaste la canción
que decía penas hondas?
De un violín el grato son
se oía bajo las frondas.

Suspendida del alar
lucía mata de flores.
¿Ya olvidaste aquel cantar,
cantar de viejos amores?

De noche en el corredor
te hablaba siempre en voz baja.
¡Cómo murió nuestro amor!
¡Qué triste la noche baja!

Por el patio van las hojas…
en sombras está el salón…
¡Qué tristes son las congojas
de un herido corazón!

Ismael Enrique Arciniegas

Paint a young man, with loyal and pure
words, with words of reveries and emotion;
and give to the strophe the rhythm of a cordial tone,
to the rhyme, the variable charm of illusion.

Outline his figure out against the blue
of the sky, in the flowery, smiling prime:
let the sun bathe it leaving it burnished
and his eyes sparkling with a burning flame.
Let a restrained yearning make his flesh tremble,
and the torso, the brow, the sinewy arms,
and the candid look and the blind hope,
compound the splendorous mystery of life!

Porfirio Barba Jacob
Translator: Nicolás Suescún © 2006
http://colombia.poetryinternationalweb.org

En la vieja Colonia, en el oscuro
  rincón de una taberna,
tres estudiantes de Alemania un día
  bebíamos cerveza.

Cerca, el Rhin murmuraba entre la bruma,
  evocando leyendas,
y sobre el muerto campo y en las almas
  flotaba la tristeza.

Hablamos de amor, y Franck, el triste,
  el soñador poeta,
de versos enfermizos, cual las hadas
  de sus vagos poemas:

«Yo brindo —dijo— por la amada mía,
  la que vive en las nieblas,
en los viejos castillos y en las sombras
  de las mudas iglesias;

»Por mi pálida Musa de ojos castos
  y rubia cabellera,
que cuando entro de noche en mi buhardilla en la
  frente me besa».

Y Karl, el de las rimas aceradas,
  el de la lira enérgica,
cantor del Sol, de los azules cielos
  y de las hondas selvas,

el poeta del pueblo, el que ha narrado
  las campestres faenas,
el de los versos que en las almas vibran
  cual músicas guerreras:

«Yo brindo —dijo— por la Musa mía,
  la hermosa lorenesa,
de ojos ardientes, de encendidos labios
  y riza cabellera;

»por la mujer de besos ardorosos
  que espera ya mi vuelta
en los verdes viñedos donde arrastra
  sus aguas el Mosela».

«¡Brinda tú!»—me dijeron—. Yo callaba
  de codos en la mesa,
y ocultando una lágrima, alcé el vaso
  y dije con voz trémula:

«¡Brindo por el amor que nunca acaba!»
  y apuré la cerveza;
y entre cantos y gritos exclamamos:
  «¡Por la pasión eterna!».

Y seguimos risueños, charladores,
  en nuestra alegre fiesta…
Y allí mi corazón se me moría,
se moría de frío y de tristeza.

Ismael Enrique Arciniegas

Decid cuando yo muera… (¡y el día esté lejano!)
soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,
en el vital deliquio por siempre insaciado,
era la llama al viento…

Vagó, sensual y triste, por las islas de su América;
en un pinar de Honduras vigorizó el aliento;
la tierra mexicana le dio su rebeldía,
su libertad, su fuerza… Y era una llama al viento.

De simas no sondadas subía a las estrellas;
un gran dolor incógnito vibraba por su acento;
fue sabio en sus abismos, —y humilde, humilde, humilde—,
porque no es nada una llamita al viento.

Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
que nunca humana lira jamás esclareció,
y nadie ha comprendido su trágico lamento…
Era una llama al viento y el viento la apagó.


Porfirio Barba Jacob

Ya aspiro los aromas de su huerto;
Las brisas gimen y las hojas tiemblan.
Cuán bella ¡oh luna! a nuestra cita vienes…
        Sueña, alma mía… ¡sueña!

Herido traigo el corazón… ¿Deliro?
¿Es el canto del ave que se queja?
Es su voz… ¡y me llama! ¿Por qué tardas?
        Ven, mis brazos te esperan.

¿Son mentira tus besos?… ¡No me engañes!
Ábreme tu alma y cuéntame tus penas.
¿Lloras?… ¿por qué ?… Si nuestro amor es crimen,
        Crimen, bendito seas;

Traigo para tu sien una corona,
Para ensalzarte mi arpa de poeta.
Yo haré en mis cantos, alma de mi alma,
        ¡Nuestra pasión, eterna!

Jura otra vez que me amas, que eres mía;
Jura… ¡nadie ríos oye! ¡Nada temas!
—«¡Tuya! bien mío… ¡para siempre tuya!»
        ¡Sueña, alma mía… sueña!

1884

Ismael Enrique Arciniegas

Do say when I die… (and may the day be far)
That haughty and disdainful, prodigal and turbulent,
In the insatiable vital ecstasy
He was a flame in the wind…

He wandered, sensual and sad, in the islands of his America;
In a pine grove of Honduras he strengthened his breath,
The Mexican land gave him his rebelliousness,
His freedom, his strength… And he was a flame in the wind…

From unfathomed depths he went up to the stars,
In his accent an unknown pain vibrated.
He was wise in his abysses —and humble, humble, humble—
Because he is nothing but a little flame to the wind.

And he knew of lugubrious things, so deep and lethal,
That human lyre could never clarify,
And no one has understood his tragic lament…
He was a flame in the wind and the wind put it out.

Porfirio Barba Jacob
Translator: Nicolás Suescún © 2006
http://colombia.poetryinternationalweb.org