A blue mount, a wandering bird,
an oak tree, a prairie,
a boy, a song… And, all the same,
my brother, we know nothing now.

Blotted out the paths in the shadows,
the heart of the mount is closed down;
the shepherd’s dog tragically howls
amidst the grass of the sheepfold.

Rest your fatigue on my fatigue
that I may rest my sorrow on your sorrow,
and cry, like me, for the influence
of the evening, translucent and serene.

We will always know nothing…

Who put in our yearning soul,
this vague rumor of foundering seas,
this unbound emotion,
these vain chimeras, this useless ?
In this constant uneasiness, my brother,
we will always know nothing…

In which islands of mysterious caves
did the numens lull you to sleep?
Who gave me the unreal fuel
of my ardent passion, and the resin
that effuses its fragrance in my poems?

What divine anxiety, what soft voice
has in our anxiety its resonance?

All inquiries fail in the void
as the nocturnal fireballs foundered
at the bottom of the sea; all questions
return to us, tremulous and frail
the moment the arrow thrown by the bow
hits against the rough escarpment.

In the rambling impulse, my brother,
we will always know nothing…
                                  And yet…

What mystical influence
pours into our pains a radiant balm?
Who hangs from our shoulders
a royal mantle of glorious purple,
and who comes to our wounds
and anoints them and turns them into roses?

You, who lying on the grass
facing the sky, suddenly say:
«The evening star is lighted»
Avid, my eyes look for its brightness
through the mist, and we ascend
by the thread of light…

                                  A cricket sings
in the regrown moss of the stone hedge
and a conflagration of stars rises
in your breast, calmly facing the evening,
and in my breast, in the evening, appeased…

Porfirio Barba Jacob
Translator: Nicolás Suescún © 2006
http://colombia.poetryinternationalweb.org

En medio a mis congojas, en mitad de mi hastío,
tu recuerdo lejano, tu recuerdo clemente,
vino, desde las sombras, a posarse en mi frente
y a decirme que aún vive nuestro amor, amor mío.

¡Perdóname! La culpa del injusto desvío
fue del hombre que sueña, no del hombre que siente.
Mira: puede en su rumbo desviarse la corriente
pero la imagen sigue reflejada en el río.

Tu recuerdo en mi alma se nubló como aquella
lumbre de los luceros que en la noche callada
se eclipsa si las nubes se detienen ante ella.

Mi olvido fue una nube que ya va de partida,
y tu amor es la estrella que un momento eclipsada
sigue irradiando inmóvil en lo azul de mi vida.

Miguel Rasch Isla

El alma traigo ebria de aroma de rosales
y del temblor extraño que dejan los caminos…
A la luz de la luna las vacas maternales
dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos.

Pasan con sencillez hacia la cumbre,
rumiando simplemente las hierbas del vallado;
o bien bajo los árboles con clara mansedumbre
se aduermen al arrullo del aire sosegado.

Y en la quietud augusta de la noche mirífica,
como sutil caricia de trémulos pinceles,
del cielo florecido la claridad magnífica
fluye sobre la albura de sus lustrosas pieles.

Y yo discurro en paz, y solamente pienso
en la virtud sencilla que mi razón impetra;
hasta que, en elación el ánimo suspenso,
gozo la sencillez que viene y me penetra.

Sencillez de las bestias sin culpa y sin resabio;
sencillez de las aguas que apuran su corriente;
sencillez de los árboles… ¡Todo sencillo y sabio,
Señor, y todo justo, y sobrio, y reverente!

Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena…
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena!

Como el varón que sabe la voz de las mujeres
en celo, temblorosas cuando al amor incitan,
yo sé la plenitud en que todos los seres
viven de su virtud, y nada solicitan.

Para seguir viviendo la vida que me resta
haced mi voluntad templada, y fuerte y noble,
oh virginales cedros de lírica floresta,
oh próvidas campiñas, oh generoso roble.

Y haced mi corazón fuerte como vosotros
del monte en la frecuencia.
Oh dulces animales que, no sabiendo nada,
bajo la carne sabéis la antigua ciencia
de estar oyendo siempre la soledad sagrada.


Porfirio Barba Jacob

Se aleja el barco. Luz de madrugada.
La aurora alumbra el peñascal sombrío,
y de garzas el vuelo ligera bandada
tiende en la quietud del río.

En sus alas la luz se atornasola,
y del oriente entre rosados velos
parecen, blancas, en la orilla sola,
un adiós silencioso de pañuelos.

Ismael Enrique Arciniegas

Pintad un hombre joven… con palabras leales
y puras; con palabras de ensueño y de emoción:
que haya en la estrofa el ritmo de los golpes cordiales
y en la rima el encanto móvil de la ilusión.

Destacad su figura, neta, contra el azul
del cielo, en la mañana florida, sonreída:
que el sol la bañe al sesgo y la deje bruñida,
que destelle en los ojos una luz encendida,
que haga temblar las carnes un ansia contenida
y que el torso, y la frente, y los brazos nervudos,
y el cándido mirar, y la ciega esperanza,
compendien el radiante misterio de la vida…


Porfirio Barba Jacob

¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
Era como el convólvulo —la flor de los crepúsculos—,
y era como las teresitas: azul crepuscular.
Nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
grato a todos los ojos y a todos familiar.

En aquel pueblo, olían las brisas a azahar.

Aún bañan, como a lampos, mi recuerdo:
su cabellera rubia en el balcón,
su linda hermana Julia,
mi melodía incierta… y un lirio que me dio…
y una noche de lágrimas…
y una noche de estrellas
fulgiendo en esas lágrimas en que moría yo…

Francisco, hermano de ellas, Juan-de-Dios y Ricardo
amaban con mi amor las músicas del río;
las noches blancas, ceñidas de luceros;
las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
el son de las guitarras,
y, entre quimeras blondas, el azahar volando…
Todos teníamos novia
y un lucero en el alba diáfana de las ideas.

La Muerte horrible —¡un tajo silencioso!—
tronchó la espiga en que granaba mi alegría:
¡murió mi madre!… La cabellera rubia de Teresa
me iluminaba el llanto.

Después… la vida… el tiempo… el mundo,
¡y al fin, mi amor desfalleció como un convólvulo!

No ha mucho, una mañana, trajéronme una carta.
¡Era de Juan-de-Dios! Un poco acerba,
ingenua, virilmente resignada:
refería querellas
del pueblo, de mi casa, de un amigo:
«Se casó; ya está viejo y con seis hijos…
La vida es triste y dura; sin embargo,
se va viviendo… Ha muerto mucha gente:
Don David… don Gregorio… Hay un colegio
y hay toda una generación nueva.
Como cuando te fuiste, hace veinte años,
en este pueblo aún huelen las brisas a azahar…»

¡Oh Amor! Tu emblema sea el convólvulo,
la flor de los crepúsculos!


Porfirio Barba Jacob

Cortina de los pilares
es la enredadera verde.
¡Cuál se amontonan pesares
cuando la ilusión se pierde!

¿Ya olvidaste la canción
que decía penas hondas?
De un violín el grato son
se oía bajo las frondas.

Suspendida del alar
lucía mata de flores.
¿Ya olvidaste aquel cantar,
cantar de viejos amores?

De noche en el corredor
te hablaba siempre en voz baja.
¡Cómo murió nuestro amor!
¡Qué triste la noche baja!

Por el patio van las hojas…
en sombras está el salón…
¡Qué tristes son las congojas
de un herido corazón!

Ismael Enrique Arciniegas

Paint a young man, with loyal and pure
words, with words of reveries and emotion;
and give to the strophe the rhythm of a cordial tone,
to the rhyme, the variable charm of illusion.

Outline his figure out against the blue
of the sky, in the flowery, smiling prime:
let the sun bathe it leaving it burnished
and his eyes sparkling with a burning flame.
Let a restrained yearning make his flesh tremble,
and the torso, the brow, the sinewy arms,
and the candid look and the blind hope,
compound the splendorous mystery of life!

Porfirio Barba Jacob
Translator: Nicolás Suescún © 2006
http://colombia.poetryinternationalweb.org

En la vieja Colonia, en el oscuro
  rincón de una taberna,
tres estudiantes de Alemania un día
  bebíamos cerveza.

Cerca, el Rhin murmuraba entre la bruma,
  evocando leyendas,
y sobre el muerto campo y en las almas
  flotaba la tristeza.

Hablamos de amor, y Franck, el triste,
  el soñador poeta,
de versos enfermizos, cual las hadas
  de sus vagos poemas:

«Yo brindo —dijo— por la amada mía,
  la que vive en las nieblas,
en los viejos castillos y en las sombras
  de las mudas iglesias;

»Por mi pálida Musa de ojos castos
  y rubia cabellera,
que cuando entro de noche en mi buhardilla en la
  frente me besa».

Y Karl, el de las rimas aceradas,
  el de la lira enérgica,
cantor del Sol, de los azules cielos
  y de las hondas selvas,

el poeta del pueblo, el que ha narrado
  las campestres faenas,
el de los versos que en las almas vibran
  cual músicas guerreras:

«Yo brindo —dijo— por la Musa mía,
  la hermosa lorenesa,
de ojos ardientes, de encendidos labios
  y riza cabellera;

»por la mujer de besos ardorosos
  que espera ya mi vuelta
en los verdes viñedos donde arrastra
  sus aguas el Mosela».

«¡Brinda tú!»—me dijeron—. Yo callaba
  de codos en la mesa,
y ocultando una lágrima, alcé el vaso
  y dije con voz trémula:

«¡Brindo por el amor que nunca acaba!»
  y apuré la cerveza;
y entre cantos y gritos exclamamos:
  «¡Por la pasión eterna!».

Y seguimos risueños, charladores,
  en nuestra alegre fiesta…
Y allí mi corazón se me moría,
se moría de frío y de tristeza.

Ismael Enrique Arciniegas