Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: —Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
y en piedra más que piedra, dio en la cumbre
del oxígeno hermoso. Las raíces
lo siguieron sangrientas cada día más lúcido.Lo fueron
secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
porque éste únicamente sacó el ser de la piedramás oscura
cuando nos vio la suerte debajo de las olas
en el vacío de la mano.

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.
                                              No en París
donde lloré por su alma, no en la nube violenta
que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro
sobre la nieve libre, sino en esto
de respirar la espina mortal, estoy seguro
del que baja y me dice: —Todavía.


Gonzalo Rojas

Arriba, un atrevimiento de águilas, abajo, el pecho del puebloy en la línea definitiva, entre los altos y anchos candelabros dela Humanidad, y las trompetas que braman como vacas, entre naranjos y duraznosy manzanos que, como caballos, relinchan, entre barcos y espadas, riflesy banderas en flor, al paso de parada negro y fundamental de los héroes,tú y tu ataúd de acero.

La multitud descomunal y subterránea, abate en oleaje su ímpetude serpiente y ataca su fantasma y su palabra, como un toro la estrellaensangrentada.

Caemos de rodillas en el gran crepúsculo universal, y lloranlas sirenas de todos los barcos del mundo, como perritas sin alojamiento;se acabó la comida en los establos contemporáneos y el últimobuey se destapa los sesos, gritando; el bofetón del huracán,partiendo los terciopelos del Oriente, araña el ocaso y le desgarrael corazón a puñaladas, cuando el fusil imperial de la burguesíapare un lirio de pólvora y se suicida.

Al quillay litoral le desgarran la pana los relámpagos de lasmontañas, y tremendamente da quejidos de potrillo reciénnacido en el estercolero, porque su conciencia vegetal naufraga en el aromaa sangre.

Canto de estatuas, grito de coronas, llanto de corazas y bahías,y el discurso funeral de los cipreses que persiguen eternamente lo amarillo,te rodean; nosotros, entre lenguas de perro y lágrimas elementales,no somos sino sólo fantasmas en vigencia; lo heroico, lo definitivo,la ley oscura de la materia en la cual todas las cosas se levantan y sederrumban con el único fin de engendrar padecimiento, emerge deti, porque de ti, porque tú eres la realidad categórica;y cuando los pollitos nuevos del mar a cuya orilla enorme te criaste, píanal asesinato general del ocaso, los huesos de Tamerlán echan grandesllamas; escucho el funeral de Beethoven ejecutado por setecientos maestrosde orquesta, frenar la tempestad, sujetándola, como el desnudo adolescentelos caballos rojos de Fidias y el cielo está negro lo mismo quemi corazón; las espadas anchas, las anchas espadas que abrieronlos surcos profundos que no cavaron los arados, las espadas embanderadasde historia, se te someten y te lamen como el perro del mendigo; cuadrigasy centurias, haciendo estallar el sol sonoro, al golpear la tierra hinchadacon el eslabón de la herradura, levantan polvaredas de migracióny el bramido de las lanzas es acusatorio y terrible debajo de la lluviaoscura como la mala intención o un cobarde; adentro de las campanaschoca la luciérnaga rota con su farol a la espalda, llorando; huyendodel incendio general, leones y chacales se arrojan a la mar ignota y lasserpientes repletas de furor se rompen los colmillos en las antiguas lanzas;un gran caballo azul se suicida; borrachos de sol y parición engeneraciones del Dios pánico y dionysíaco, los sacerdos-escarabajosestán gritando la maternidad aterradora en miel de pinares y resinasde gran potencial alcohólico, que debaten entre ramajes la violenciatremenda de la naturaleza; el Clarín del Señor de los Ejércitosempuña la espuela de oro de la gran alarma y los soldados.

Cargado por nosotros, marcha el féretro como una rosa negra oun pabellón caído, con espanto aterrador de fusilamiento;rajados a hachazos los pellines encadenados al huracán aúllan;tú eres lo único definitivo, hundida en tu belleza de pretéritosy de crepúsculos totales, caída en todo lo solo, herida porel resplandor de la eternidad deslumbradora, mientras errados, nos arrinconamosadentro de nuestras viejas negras chaquetas de perros.

Por el camino real que va a la nada marcharé (caballo de invierno),en las milenarias edades; hoy, mi espada está quebrada, como elmascarón de proa del barco que se estrelló contra lo infinitoy soy el animal abandonado en la soledad del bramadero; perteneces al granerohumano, tétrico de matanza en matanza, y te robaron de mis besosterribles; braman las campanas pateando la atmósfera históricaen la cual se degüellan hasta las dulces violetas que son como copitasde vino inmortal; la tinaja de las provincias echa un ancho llanto de parronesdescomunales, gritando desde el origen.

Arde tu alma grande y deslumbradora como un fusil en botón ya la persona muerta la secunda la ciudadanía universal otorgándolela vida épica como a una guitarra el sonido; como un solo animal,acumular la eternidad, triste y furioso a tus orillas, es mi ocupaciónde suicida; como ola de sombra, el comercio-puñal de la literaturanos ladra al alma cansada y los cuatreros, los cuchilleros, los aventurerosy el gran escorpión de la bohemia nos destinan su sonrisa de degolladores,echada en sus ojos de cerdo.

Sobre el instante, la polvareda familiar gravita y empuña elpabellón de los antiguos clanes; tu eres el escudo popular de losde Rokha: tronchados, desorientados, conmigo a la cabeza de la carretagrande, tirada por dos inmensos toros muertos, hijos e hijas, nietos ynietas, yernos y nueras dan la batalla contra la mixtificación tenebrosay estupenda de los viejos payasos convertidos en asesinos; a miel envenenadahiede el ambiente o a calumnia y perro; los chacales se ríen furiosamentey tremendamente arañan la casa sola como sombra en el arrabal delmundo, allá en donde remuelen el pelele y la maldición, tierrade escupos y demagogia, llena de lenguas quemadas; porque mi desesperaciónse retuerce las manos como un reo que enfrenta los inquisidores, a cuyaespalda chilla, furiosa la Reacción, como negra perra vieja en celo;andando por abajo, los degenerados nos aceitan y nos embarran el camino,a fin de que el cegado por las lágrimas dé el resbalónmortal y definitivo del que se desploma en el mar rabioso que solloza echandoespuma y se derrumbe horriblemente.

Juramos pelear hasta derrotar al enemigo enmascarado en el enemigo delpueblo, al calumniador y al difamador con ojo pequeño de ofidioy las setenta lenguas ajenas de los testigos falsos, a la rana-pulpo-sapodel sabotaje; juramos solemnemente cortarnos y comernos la lengua antesde lanzarle al olvido; juramos los látigos de la venganza, porquees mentira la misericordia y no tememos atacar la eternidad frente a frente,ensangrentados como pabellones.

Tranco a tranco en el pantano del horror, vi destruir a la naturalezaen ti el esquema total de lo bello y lo bueno; como un niño loco,el espanto se ensañó en tu figura incomparable, que no volveráa lograr nunca jamás la línea de la Humanidad, y caísteasesinada y pisoteada por lo infinito, tú, que representabas loinfinito en la vida humana, y el sol de “Dios” en la gran tiniebla delhombre; caías, pero caía contigo el significado de lo humano,y en este instante todas las cosas están sin sentido, gritando,boca abajo, solas, y es fea la tierra; como a aquel infeliz cualquieraa quien le revuelven la puñalada en el corazón, el perroidiota de la literatura, vestido de obispo o caracol, levanta la pata yorina mi tragedia de macho, porque como todo lo hermoso, todo lo vertical,todo lo heroico se hundió contigo en el abismo, yo soy el viudoterrible, y acaso la bestia arcaica sublimándose en el intelectualacusatorio que da lenguaje a las tinieblas; como la naturaleza es descomunaly sólo lo monstruoso le incumbe íntegramente, su injusticiafue tenebrosa con tu régimen floral de copa y el destino te cavóde horror como a una montaña de fuego; sin embargo, como soy humano,no acepto tu muerte, no creo en tu muerte, no entiendo tu muerte y el andrajode mi corazón se retuerce salvajemente y se avalanza contra la murallainmortal, contra la muralla desesperada, contra la muralla ensangrentada,contra la muralla despedazada, que se incendia entre las montañasy sudando y bramando y sangrando, me revuelco como un toro con tu nombresagrado entre los dientes, mordido como el puñal rojo del pirata;a la espalda aúllan las desorbitadas máscaras gruñendoentre complejos de buitre aventurero y trajes vacíos, en los querespiran las épocas demagógicas.

Entre los grandes peñascos apuñalados por el sol, sudandocomo soldados de antaño, roídos por inmenso musgo crepusculary lágrimas de antiguas botellas, tú y la paloma torcaz delos desiertos lloran; mar afuera, en el corazón de flor de las mojadasislas oceánicas, en las que la eternidad se agarra como entrañade animal vacuno a la soledad de la materia y el gemido de los orígenesgravita en la gran placenta del agua, tú das la majestad al huracánpor cuyos látigos ruge la muerte su secreto total, tremendo; encimade los carros de topacio del crepúsculo, tirados por siete caballosamarillos, cruzados de llamas como Jehová, tú eres el balidoazul de los corderos; aquí, a la orilla de tu sepulcro que ruge,terrible, en su condición de miel de abejas y de pólvora,haciendo estallar el huracán sobre los viejos túmulos quetu vencidad obliga a relampaguear, tú empuñas una gran trompetade oro, tal como se empuña una gran bandera de fuego y convocasa asamblea general de muertos, a fin de arrojar la eternidad contra laeternidad, como dos peñascos; emerges de entre toneles, como lavoz de las vasijas, y la gran humedad del pretérito, que huele afruta madura y a caoba matrimonial, enarbola su pabellón en el corazónde las bodegas, cuando yo recuerdo tu virginidad resplandeciente…

Condiciona sus muchedumbres la mar-océano del Sur y tu multitudle responde terriblemente; yo estoy sentado a la orilla del que tanto amabasmar, y la oceanidad da la tónica al gigante dolor que requiere inmensidadespara manifestarse y el lenguaje de la masa humana o la montaña incendiándose;remece sus instintos la inmensa bestia oceánica y el crepúsculoensangrienta la bandera de los navíos y el cañón funeraldel puerto; el mar y yo bramamos, el mar, el mar, y crujen los huesos tremendosde Chile, cuando con mi caballo nos bañamos solos en la gran soledaddel mar y el mar prolonga mi relincho con su bramido por todas las costas,desde las tierras protervas de Babilonia al Mediterráneo celestialde las tuyas glicinas y a los sangrientos mares vikingos, o arrastra mivoz tronchada y sangrienta como un capitel roto y mi lenguaje de campanarioque se derrumba en la gran campana del mar, con tu recuerdo gimiendo adentro;rememoro nuestro matrimonio provincial-marino y la carrera desenfrenada,desnudos, sobre la arena y el sol; es la mar soberbia, la mar oscura, lamar grandiosa en la cual gravita el estupor horizontal de humanidad queazota los vientres de las madres y relumbran las panoplias huracanadasde los viejos guerreros de hierro, que ascienden y descienden por las arboladurascomo un tigre a una antigua catedral caída; lagrimones de acordeones,de leones y fantasmas dan al pirata el relumbrón de los atardeceresy el tajo del rostro atrae el sable crepuscular hacia la figura agigantada;el ron furioso da gritazos y mordiscos de alcohol degollado a la tinieblaaventurera y la pólvora roja es rosa de llamas rugiendo con perrosy espadas entre la matanza histórica, adentro de la cual nosotrosdos rajamos el cuaderno de bitácora sobre el acero acerbo del pecho,que es pluma y rifle, Luisita; asomándome a la descomunal profundidadheroica, veo lo eterno y tu cara en todo lo hondo; naufragios y guitarrasy el lamento del destierro en los archipiélagos sociales del Tirrenoy el Egeo, se revuelve a la bencina cosmopolita de los grandes Imperiosde hoy, con sus navíos y sus aviones sembrando la sangre en losmares: pero el tam-tam de los tambores ensangrentados me desgarra el cerebro;sin embargo, hay dulzuras maravillosas, y te vuelvo a encontrar en estagran agua salada por el origen y el olor animal del mundo, con tu melenade sirena clásica y tu pie marino de conchaperla y aventura.

Braman las águilas del amor eterno en nosotros…

El huracán del amor nos arrasó antaño, y ahoratu belleza de plenilunio con duraznos, como llorando en la grandeza aterradora,contiene todo el pasado del ser humano; truenan las grandes vacas tristesdel amanecer y tú rajas la mañana con tu actitud, que esun puñal quebrado; fuiste “mi dulce tormento” y ahora, Winétt,como el Arca de la Alianza o como Dionysos, medio a medio de los estuariosmediterráneos y el de los sargazos mar, entre el régimendel laurel y el dolorido asfodelo diluído en la colina acumuladade los héroes, hacia la cual apunta el océano su fusileríay desde la que emergen los pinos solarios, tú, lo mismo exacto quea una gran diosa antigua de Asia, la eternidad bravía te circunda;galopan los cuatro caballos del Apocalipsis, se derrumban las murallasde Jericó al son de las trompetas que ladran como alas en la degollacióny el Sinaí embiste como el toro egipcio, cuando tu paso de tórtolahiende los asfaltos ensangrentados de la poesía, gran poetisa-Continente;y las generaciones de todos los pobres, entre todos los pobres del mundo,te levantan bajo los palios llagados del sudor popular en el instante enque tu voz se distiende, creciendo y multiplicándose como el oleajede los grandes mares desconocidos, a cuya ribera los hombres crearon losdioses barbudos del agro y los sentaron y los clavaron en las regionesacuarias, que eran el llanto de fuego de los volcanes; como fuiste tremendamentedulce, graciosamente fuerte, pequeñamente grande con lo oscuro ydescomunal del genio en un régimen de corolas, el hijo del pueblote entiende; tenías la divina atracción del átomo,que, al estallar, incendia la tierra, por eso, adentro del silencio mundial,yo escucho exactamente a la multitud romana o babilónica, arreaday gobernada a latigazos, a las muchedumbres grecolatinas que poblaron Marsellade gentes que huelen a ajo, a prostitución, a guitarra, a conspiración,a sardina y a cuchilla, a tabaco y a sol mojado y caliente como sobaco,a presidio, a miseria, a heroicidad, a flojera o a tristeza, al vikingoladrón, guerrero, viril y sublime en gran hombría y a losbeduinos enfurecidos por el hambre y los desiertos del simoum, ásperoy trágico, y te adoro como a una antigua y oscura diosa en la cuallos pueblos guerreros practicaban la idolatría de lo femenino definitivoy terrible; forrado en cueros de fuego, montado un caballo de asfalto,yo voy adentro de la multitud, como una maldición en el cañóndel revólver.

Románico de cúpulas y óperas el atardecer de losamantes desventurados me encubre, y cae una paloma negra, Luisita-azúcar.

Soplan las ráfagas del dolor su chicotazo vagabundo y la angustiase clava rugiendo, en fijación tremenda, como un ojo enorme quequemase, como una gran araña, como un trueno con el reflejo haciaadentro y la quijada de Caín en el hocico; es entonces cuando ardeel colchón con sudor oscuro de légamo, cuando la noche afilasu cuchilla sin resplandor, cuando el volcán destripa a la montañay se parte el vientre terrible, que arroja un caldo de llamas horrendoy definitivo, cuando lloran todas las cosas un llanto demencial y lluvioso,cuando el paisaje, que es la corbata de la naturaleza, se raja el corazónde avena y pan y se repleta de leones; sin embargo, medio a medio de lacatástrofe, se me reconstituye el ser a objeto de que el padecimientose encarne más adentro y la llaga, quemada por el horror, se agrande;con tu ataúd al hombro, resuenan mis trancos en la soledad del siglo,en la cual gravita el cadáver de Stalin, que es enorme y cubre elOriente en mil leguas reales a la redonda, encima de un carro gigante quearrastran doscientos millones de obreros; semejante a una inmensa cosechadorade granjeros, la máquina viuda de los panteones degüella lascabezas negras y la Humanidad brama como vaca en el matadero; yo arrastrola porquería maldita de la vida como la pierna tronchada un idiotay espero el veneno del envenenador, la solitaria puñalada literariapor la espalda, en el minuto crucial de los crepúsculos, el balazodel hermano en la literatura, como quien aguarda que le llegue un chequeen blanco desde la otra vida; me da vergüenza ser un ser humano desdeque te vi agonizar defendiéndote, perseguida y acosada por la Eternidadcomo una dulce garza por una gran perra sarnosa; como con asco de existir,duermo como perro solo encima de una gran piedra tremenda, que bramaraen el desierto, hablo con espanto de cortarme la lengua con la cuchillade la palabra y quisiera que un dolor físico enorme me situase atu altura, medio a medio de este gigante y negro desfile de horror delcual estalla mi cabeza incendiándose como antigua famosa posadade vagabundos; no deseo el sol sino llorando y la noche maldita con latempestad en el vientre; por degüellos y asesinatos camino, y andoen campos de batalla, estoy mordido por buitres de negrura, y es de pólvoray de lágrimas, Luisita-Amor, el gran canasto de violetas, con elcual me allego a tu sepulcro humildemente; a mi desesperación sele divisa la cacha del arma de fuego, Luisita-Amor, cuyos grandes frutoscaen…

Éramos Filemón y Baltis de Frigia y el grito conyugaldel mundo, pero se desgarró una gran cadena en la historia y yocruzo gritando a la siga del mí mismo que se fue contigo para siemprenunca, esta gran sonata fúnebre de héroes caídos…

Unos meses la sangre se vistió con tu hermosa
figura de muchacha, con tu pelo
torrencial, y el sonido
de tu risa unos meses me hizo llorar las ásperas espinas
de la tristeza. El mundo
se me empezó a morir como un niño en la noche,
y yo mismo era un niño con mis años a cuestas por lascalles, un ángel
ciego, terrestre, oscuro,
con mi pecado adentro, con tu belleza cruel, y la justicia
sacándome los ojos por haberte mirado.

Y tú volabas libre, con tu peso ligero sobre el mar, oh mi diosa,
segura, perfumada,
porque no eras culpable de haber nacido hermosa, y la alegría
salía por tu boca como vertiente pura
de marfil, y bailabas
con tus pasos felices de loba, y en el vértigo
del día, otra muchacha
que salía de ti, como otra maravilla
de lo maravilloso, me escribía una carta profundamente triste,
porque estábamos lejos, y decías
que me amabas.

Pero los meses vuelan como vuelan los días, como vuelan
en un vuelo sin fin las tempestades,
pues nadie sabe nada de nada, y es confuso
todo lo que elegimos hasta que nos quedamos
solos, definitivos, completamente solos.

Quédate ahí, muchacha. Párate ahí, en elgiro
del baile, como entonces, cuando te vi venir, mi rara estrella.
Quiero seguirte viendo muchos años, venir
impalpable, profunda,
girante, así, perfecta, con tu negro vestido
y tu pañuelo verde, y esa cintura, amor,
y esa cintura.

Quédate ahí. Tal vez te conviertas en aire
o en luz, pero te digo que subirás con éste y no conotro:
con éste que ahora te habla de vivir para siempre
tú subirás al sol, tú volverás
con él y no con otro, una tarde de junio,
cada trescientos años, a la orilla del mar,
eterna, eternamente con él y no con otro.


Gonzalo Rojas

Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo
de su carne y ardió por Chile entero en las gradas
de la catedral frente a la tropa sin
pestañear, sin llorar, encendido y
estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo
veo al inmolado.

Sólo veo ahí llamear a Acevedo
por nosotros con decisión de varón, estricto
y justiciero, pino y
adobe, alumbrando el vuelo
de los desaparecidos a todo lo
aullante de la costa: sólo veo al inmolado.

Sólo veo la bandera alba de su camisa
arder hasta enrojecer las cuatro puntas
de la plaza, sólo a los tilos por
su ánima veo llorar un
nitrógeno áspero pidiendo a gritos al
cielo el rehallazgo de un toqui
que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar
al muerto: curandero
de nuestras heridas desde Arauco
a hoy, casi inmóvil en
su letargo ronco y
sagrado como el rehue, acarrear
las mutilaciones del remolino
de arena y sangre con cadáveres al
fondo, vaticinar
la resurrección: sólo veo al inmolado.

Sólo la mancha veo del amor que
nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o
no con aguarrás o sosa
cáustica, escobíllenla
con puntas de acero, líjenla
con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla
por todas las pantallas de
la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.


Gonzalo Rojas

¿Qué veo en esta mesa: tigres, Borges, tijeras, mariposas
que no volaron nunca, huesos
que no movieron esta mano, venas
vacías, tabla insondable?

Ceguera veo, espectáculo
de locura veo, cosas que hablan solas
por hablar, por precipitarse
hacia la exigüidad de esta especie
de beso que las aproxima, tu cara veo.


Gonzalo Rojas

Tú llorarás a mares
tres negros días, ya pulverizada
por mi recuerdo, por mis ojos fijos
que te verán llorar detrás de las cortinas de tu alcoba,
sin inmutarse, como dos espinas,
porque la espina es la flor de la nada.
Y me estarás llorando sin saber por qué lloras,
sin saber quién se ha ido:
si eres tú, si soy yo, si el abismo es un beso.

Todo será de golpe
como tu llanto encima de mi cara vacía.
Correrás por las calles. Me mirarás sin verme
en la espalda de todos los varones que marchan al trabajo.
Entrarás en los cines para oírme en la sombra del murmullo.Abrirás
la mampara estridente: allí estarán las mesas esperandomi risa
tan ronca como el vaso de cerveza, servido y desolado.


Gonzalo Rojas

Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
mi Lebu en dos mitades de fragancia, lo escucho,
lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

Es él. Está lloviendo.
Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
a caballo mojado. Es Juan Antonio
Rojas sobre un caballo atravesando un río.
No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
como mina inundada, y un rayo la estremece.

Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
dame esa luz, yo quiero recibirlo
antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
para que se reponga, y me estreche en un beso,
y me clave las púas de su barba.

Ahí viene el hombre, ahí viene
embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
debajo de su poncho de Castilla.

Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
te he venido a esperar, yo soy el séptimo
de tus hijos. No importa
que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
porque tú y ella estáis multiplicados. No
importa que la noche nos haya sido negra
por igual a los dos.
—Pasa, no estés ahí
mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.


Gonzalo Rojas

La que duerme ahí, la sagrada,
la que me besa y me adivina,
la translúcida, la vibrante,
la loca
de amor, la cítara
alta:

tú,

nadie
sino flexiblemente
tú,
la alta,
en el aire alto
del aceite
original
de la Especie:

tú,

la que hila
en la velocidad
ciega
del sol:

tú,

la elegancia
de tu presencia
natural
tan próxima,
mi vertiente
de diamante, mi
arpa,
tan portentosamente mía:

tú,

paraíso
o
nadie,
cuerda
para oír
el viento
sobre el abismo
sideral:

tú,

página
de piel más allá
del aire:

tú,

manos
que amé,
pies
desnudos
del ritmo
de marfil
donde puse
mis besos:

tú,

volcán
y pétalos,
llama;
lengua
de amor
viva:

tú,

figura
espléndida, orquídea
cuyo carácter aéreo
me permite
volar:

tú,

muchacha
mortal, fragancia
de otra música
de nieve
sigilosamente
andina:

tú,

hija del mar
abierto,
áureo,
tú que danzas
inmóvil
parada
ahí
en la transparencia
desde
lo hondo
del principio:

tú,

cordillera, tú,
crisálida
sonámbula
en el fulgor
impalpable
de tu corola:

tú,

nadie: tú:

Tú,
Poesía,
tú,
Espíritu,
nadie:

tú,

que soplas
al viento
estas
vocales
oscuras,
estos
acordes
pausados
en el enigma
de lo terrestre:

tú:


Gonzalo Rojas

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?

Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.


Gonzalo Rojas