Ya no se dice oh rosa, ni
apenas rosa sino con vergüenza; ¿con vergüenza
a qué? ¿a exagerar
unos pétalos, la
hermosura de unos pétalos?

Serpiente se dice en todas las lenguas, eso
es lo que se dice, serpiente
para traducir mariposa porque también la
frágil está proscrita
del paraíso. Computador
se dice con soltura en las fiestas, computador
por pensamiento.

Lira, ¿qué será
lira?, ¿hubo
alguna vez algo parecido
a una lira? ¿una muchacha
de cinco cuerdas por ejemplo rubia, alta, ebria, levísima,
posesa de la hermosura cuya
transparencia bailaba?

Qué canto ni canto, ahora se exige otra
belleza: menos alucinación
         y más droga,mucho más droga. ¿Qué es eso de
acentuar la E de Érato, o de Perséfone? Aquí se trata
de otro cuarzo más coherente sin
farsa fáustica, ni
Coro de las Madres, se acabó
el coro, el ditirambo, el célebre
éxtasis, lo Otro, con
Maldoror y todo, lo sedoso y
voluptuoso del pulpo, no hay más
epifanía que el orgasmo.

Tampoco es posible nombrar más a las estrellas, vaciadas
como han sido de su fulgor, muertas,
errantes, ya sin enigma,
descifradas hasta las vísceras por los
instrumentos que vuelan de galaxia en
galaxia.

Ni es tan fácil leer en el humo lo
Desconocido; no hay Desconocido. Abrieron la
tapa del prodigio del
seso, no hay nada sino un poco
de pestilencia en el coágulo del
Génesis alojado ahí. Voló el esperma
del asombro.


Gonzalo Rojas

Aquí Yace «Juan, el carpintero»; vivió setentay tres años sobre la tierra, pobremente, vió grandes a susnietos menores y amó, amó, amó su oficio con la honorabilidaddel hombre decente, odió a la capitalista imbécil y al peóncanalla, vil o utilitario; —juzgaba a los demás según elespíritu—.

* * *

Las sencillas gentes honestas del pueblo veíanle al atardecerexplicado a sus hijos el valor funeral de las cosas del mundo; anochecidoya, cantaba ingenuamente junto a la tumba del rorro, —un olor a lavirutasde álamo o quillay, maqui, litre, boldo y peumos geniales perfumabael ambiente rústico de la casa, su mujer sonreía; no claudicójamás, y así fue su existencia, así fuesu existencia.

* * *

Ejerció diariamente el grande sacerdocio del trabajo desde elalba, pues quiso ser humilde e infantil, modesto en ambiciones; los Domingosleía a Kant, Crevantes o Job; hablaba poco y prefería lassanas legumbres del campo; vivió setenta y tres años sobrela tierra, falleció en el patíbulo, POR REVOLUCIONARIO. R.I.P.

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
con la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós deun solo tajo.

Te juré no escribirte. Por eso estoy llamándote en elaire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que no me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz arcángel y una boca animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.


Gonzalo Rojas

1. Lo que pasa con el gran lárico es que nació muerto de sed
y no la ha saciado,
ni aun muriéndose la ha saciado, ni aun yéndose
barranco abajo en Valparaíso este lunes, ni aun así
la ha saciado
dipso y mágico hasta el fin entre los últimos
alerces que nos van quedando, —¡yo
también soy alerce y sé lo que digo!—: lo que nos pasa con este Jorge
Teillier es que ha muerto.

2. Y yo aquí sin nadie, vagamundo sin él, en el carrusel
de la Puerta del Sol, vacío
entre el gentío, errando
por error, andando-llorando
como habrá que llorar hombremente en seco —la pena
araucana al fondo— a un metro
del mentidero de Madrid bajando
por la calle del Arenal a la siga de Quevedo
que algo supo de la peripecia
del perdedor, y algo y algo
de las medulas que han gloriosamente ardido.

3. Ay, polvo enamorado, ya este loco habrá
entrado en la eternidad de su alcohol
que era como su niñez, ya habrá bebido
otra vez sangre de cordero bajo la lluvia
a cántaros de Lautaro que fue su reino de rey
por parición y aparición, ya Lihn
le habrá llenado la copa, ya Esenín
le habrá abierto la puerta alta al gran despiadado
de sí mismo. Aquí le dejo
mi pacto que no firmamos a tiempo, la danza
de Isadora le dejo, el beso,
la risa fresca de Mafalda que no está, la
figura de lo instantáneo
de la que pende el Mundo.


Gonzalo Rojas

Soy el hombre casado, soy el hombre casado que inventó el matrimonio;
varón antiguo y egregio, ceñido de catástrofes, lúgubre;
hace mil, mil años hace que no duermo cuidando los chiquillos y las estrellas desveladas;
por eso arrastro mis carnes peludas de sueño
encima del país gutural de las chimeneas de ópalo.
Dromedario, polvoroso dromedario,
gran animal andariego y amarillo de verdades crepusculares,
voy trotando con mi montura de amores tristes…
Alta y ancha rebota la vida tremenda
sobre mi enorme lomo de toro ;
el pájaro con tongo de lo cuotidiano se sonríe de mis guitarras tentaculares y absortas;
acostumbrado a criar hijos y cantos en la montaña,
degüello los sarcasmos del ave terrible con mis cuchillos inexistentes,
y continúo mis grandes estatuas de llanto;
los pueblos futuros aplauden la vieja chaqueta de verdugo de mis tonadas.
Comparo mi corazón al preceptor de la escuela del barrio,
y papiroteo en las tumbas usadas
la canción oscura de aquel que tiene deberes y obligaciones con lo infinito.
Además van, a orillas mías, los difuntos precipitadosde ahora y sus andróginos en aceite ;
los domino con la mirada muerta de mi corbata,
y mi actitud continúa encendiendo las lámparas despavoridas.
Cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida,
y, desde la otra vida, gotean las aguas,
yo estoy comiendo charqui asado en carbones rumorosos,
los vinos maduros cantan en mis bodegas espirituales ;
sueña la pequeña Winétt, acurrucada en su finura triste y herida,
ríen los niños y las brasas alabando la alegría del fuego,
y todos nos sentimos millonarios de felicidad, poderosos de felicidad,
contentas de la buena pobreza,
y tranquilos,
seguros de la buena pobreza y la buena tristeza que nos torna humildes y emancipados,
…entonces, cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida…
—Bueno es que el hombre aguante, le digo—,
así le digo al esqueleto cuando se me anda quedando atrás, refunfuñando,
y le pego un puntapié en las costillas.
Frecuentemente voy a comprar avellanas o aceitunas al cementerio,
voy con todos los mocosos, bien alegre,
como un fabricante de enfermedades que se hiciese vendedor de rosas;
a veces encuentro a la muerte meando detrás de la esquina,
o a una estrella virgen con todos los pechos desnudos.
Mis dolores cuarteladas
tienen un ardor tropical de orangutanes; poeta del Occidente,
tengo los nervios mugrientos de fábricas y de máquinas,
las dactilógrafas de la actividad me desparraman la cara trizada de abatimiento,
y las ciudades enloquecieron mi tristeza
con la figura trepidante y estridente del automóvil:
civiles y municipales,
mis pantalones continúan la raya quebrada del siglo;
semejante a una inmensa oficina de notario,
poblada de aburrimiento,
la tinaja ciega de la voluntad llena de moscas.
Un muerto errante llora debajo de mis canciones deshabitadas.
Y un pájaro de pólvora
canta en mis manos tremendas y honorables, lo mismo que el permanganato,
la vieja tonada de la gallina de los huevos azules.

Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de lapiel a los vestidos,
turgentes, desafiantes, rápida la marea,
pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos tacones
y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle,
y echan su aroma duro verdemente.

Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni rosas
ni arcángeles: muchachas del país, adivinas
del hombre, y algo más que el calor centelleante,
algo más, algo más que estas ramas flexibles
que saben lo que saben como sabe la tierra.

Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería
de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile
de las calles veloces. Hembras, hembras
en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco sentidos
para sacar apenas el beso de la espuma.


Gonzalo Rojas

Lihn sangra demasiado todavía para hablar
de Lihn ido Lihn, «defunctus
adhuc loquitur», preferible
el cuerpo que no hay de su figura, no
importa lo del sepelio ni la parábola
de la corrupción del sepelio: algo
que no más él y yo,
                                        cada uno
en su U-Bahnc bajo otro Spree
irreal,
                                        cada féretro
en su corteza,
                                  cada nadie
en su nadie, desaceitado
como voy en el chillido
de las gaviotas de Berlín sin
más allá ni
más acá salvo en el sur
hacia el oeste Adriana
la tristísima, Andrea
bajo la llovizna, lo que
lo confirma
todo:
—Ahora Lihn
tiene la palabra;
                                muro
y muro.


Gonzalo Rojas

Ya todo estaba escrito cuando Vallejo dijo: —Todavía.
Y le arrancó esta pluma al viejo cóndor
del énfasis. El tiempo es todavía,
la rosa es todavía y aunque pase el verano, y las estrellas
de todos los veranos, el hombre es todavía.

Nada pasó. Pero alguien que se llamaba César en peruano
y en piedra más que piedra, dio en la cumbre
del oxígeno hermoso. Las raíces
lo siguieron sangrientas cada día más lúcido.Lo fueron
secando, y ni París pudo salvarle el hueso ni el martirio.

Ninguno fue tan hondo por las médulas vivas del origen
ni nos habló en la música que decimos América
porque éste únicamente sacó el ser de la piedramás oscura
cuando nos vio la suerte debajo de las olas
en el vacío de la mano.

Cada cual su Vallejo doloroso y gozoso.
                                              No en París
donde lloré por su alma, no en la nube violenta
que me dio a diez mil metros la certeza terrestre de su rostro
sobre la nieve libre, sino en esto
de respirar la espina mortal, estoy seguro
del que baja y me dice: —Todavía.


Gonzalo Rojas

Arriba, un atrevimiento de águilas, abajo, el pecho del puebloy en la línea definitiva, entre los altos y anchos candelabros dela Humanidad, y las trompetas que braman como vacas, entre naranjos y duraznosy manzanos que, como caballos, relinchan, entre barcos y espadas, riflesy banderas en flor, al paso de parada negro y fundamental de los héroes,tú y tu ataúd de acero.

La multitud descomunal y subterránea, abate en oleaje su ímpetude serpiente y ataca su fantasma y su palabra, como un toro la estrellaensangrentada.

Caemos de rodillas en el gran crepúsculo universal, y lloranlas sirenas de todos los barcos del mundo, como perritas sin alojamiento;se acabó la comida en los establos contemporáneos y el últimobuey se destapa los sesos, gritando; el bofetón del huracán,partiendo los terciopelos del Oriente, araña el ocaso y le desgarrael corazón a puñaladas, cuando el fusil imperial de la burguesíapare un lirio de pólvora y se suicida.

Al quillay litoral le desgarran la pana los relámpagos de lasmontañas, y tremendamente da quejidos de potrillo reciénnacido en el estercolero, porque su conciencia vegetal naufraga en el aromaa sangre.

Canto de estatuas, grito de coronas, llanto de corazas y bahías,y el discurso funeral de los cipreses que persiguen eternamente lo amarillo,te rodean; nosotros, entre lenguas de perro y lágrimas elementales,no somos sino sólo fantasmas en vigencia; lo heroico, lo definitivo,la ley oscura de la materia en la cual todas las cosas se levantan y sederrumban con el único fin de engendrar padecimiento, emerge deti, porque de ti, porque tú eres la realidad categórica;y cuando los pollitos nuevos del mar a cuya orilla enorme te criaste, píanal asesinato general del ocaso, los huesos de Tamerlán echan grandesllamas; escucho el funeral de Beethoven ejecutado por setecientos maestrosde orquesta, frenar la tempestad, sujetándola, como el desnudo adolescentelos caballos rojos de Fidias y el cielo está negro lo mismo quemi corazón; las espadas anchas, las anchas espadas que abrieronlos surcos profundos que no cavaron los arados, las espadas embanderadasde historia, se te someten y te lamen como el perro del mendigo; cuadrigasy centurias, haciendo estallar el sol sonoro, al golpear la tierra hinchadacon el eslabón de la herradura, levantan polvaredas de migracióny el bramido de las lanzas es acusatorio y terrible debajo de la lluviaoscura como la mala intención o un cobarde; adentro de las campanaschoca la luciérnaga rota con su farol a la espalda, llorando; huyendodel incendio general, leones y chacales se arrojan a la mar ignota y lasserpientes repletas de furor se rompen los colmillos en las antiguas lanzas;un gran caballo azul se suicida; borrachos de sol y parición engeneraciones del Dios pánico y dionysíaco, los sacerdos-escarabajosestán gritando la maternidad aterradora en miel de pinares y resinasde gran potencial alcohólico, que debaten entre ramajes la violenciatremenda de la naturaleza; el Clarín del Señor de los Ejércitosempuña la espuela de oro de la gran alarma y los soldados.

Cargado por nosotros, marcha el féretro como una rosa negra oun pabellón caído, con espanto aterrador de fusilamiento;rajados a hachazos los pellines encadenados al huracán aúllan;tú eres lo único definitivo, hundida en tu belleza de pretéritosy de crepúsculos totales, caída en todo lo solo, herida porel resplandor de la eternidad deslumbradora, mientras errados, nos arrinconamosadentro de nuestras viejas negras chaquetas de perros.

Por el camino real que va a la nada marcharé (caballo de invierno),en las milenarias edades; hoy, mi espada está quebrada, como elmascarón de proa del barco que se estrelló contra lo infinitoy soy el animal abandonado en la soledad del bramadero; perteneces al granerohumano, tétrico de matanza en matanza, y te robaron de mis besosterribles; braman las campanas pateando la atmósfera históricaen la cual se degüellan hasta las dulces violetas que son como copitasde vino inmortal; la tinaja de las provincias echa un ancho llanto de parronesdescomunales, gritando desde el origen.

Arde tu alma grande y deslumbradora como un fusil en botón ya la persona muerta la secunda la ciudadanía universal otorgándolela vida épica como a una guitarra el sonido; como un solo animal,acumular la eternidad, triste y furioso a tus orillas, es mi ocupaciónde suicida; como ola de sombra, el comercio-puñal de la literaturanos ladra al alma cansada y los cuatreros, los cuchilleros, los aventurerosy el gran escorpión de la bohemia nos destinan su sonrisa de degolladores,echada en sus ojos de cerdo.

Sobre el instante, la polvareda familiar gravita y empuña elpabellón de los antiguos clanes; tu eres el escudo popular de losde Rokha: tronchados, desorientados, conmigo a la cabeza de la carretagrande, tirada por dos inmensos toros muertos, hijos e hijas, nietos ynietas, yernos y nueras dan la batalla contra la mixtificación tenebrosay estupenda de los viejos payasos convertidos en asesinos; a miel envenenadahiede el ambiente o a calumnia y perro; los chacales se ríen furiosamentey tremendamente arañan la casa sola como sombra en el arrabal delmundo, allá en donde remuelen el pelele y la maldición, tierrade escupos y demagogia, llena de lenguas quemadas; porque mi desesperaciónse retuerce las manos como un reo que enfrenta los inquisidores, a cuyaespalda chilla, furiosa la Reacción, como negra perra vieja en celo;andando por abajo, los degenerados nos aceitan y nos embarran el camino,a fin de que el cegado por las lágrimas dé el resbalónmortal y definitivo del que se desploma en el mar rabioso que solloza echandoespuma y se derrumbe horriblemente.

Juramos pelear hasta derrotar al enemigo enmascarado en el enemigo delpueblo, al calumniador y al difamador con ojo pequeño de ofidioy las setenta lenguas ajenas de los testigos falsos, a la rana-pulpo-sapodel sabotaje; juramos solemnemente cortarnos y comernos la lengua antesde lanzarle al olvido; juramos los látigos de la venganza, porquees mentira la misericordia y no tememos atacar la eternidad frente a frente,ensangrentados como pabellones.

Tranco a tranco en el pantano del horror, vi destruir a la naturalezaen ti el esquema total de lo bello y lo bueno; como un niño loco,el espanto se ensañó en tu figura incomparable, que no volveráa lograr nunca jamás la línea de la Humanidad, y caísteasesinada y pisoteada por lo infinito, tú, que representabas loinfinito en la vida humana, y el sol de “Dios” en la gran tiniebla delhombre; caías, pero caía contigo el significado de lo humano,y en este instante todas las cosas están sin sentido, gritando,boca abajo, solas, y es fea la tierra; como a aquel infeliz cualquieraa quien le revuelven la puñalada en el corazón, el perroidiota de la literatura, vestido de obispo o caracol, levanta la pata yorina mi tragedia de macho, porque como todo lo hermoso, todo lo vertical,todo lo heroico se hundió contigo en el abismo, yo soy el viudoterrible, y acaso la bestia arcaica sublimándose en el intelectualacusatorio que da lenguaje a las tinieblas; como la naturaleza es descomunaly sólo lo monstruoso le incumbe íntegramente, su injusticiafue tenebrosa con tu régimen floral de copa y el destino te cavóde horror como a una montaña de fuego; sin embargo, como soy humano,no acepto tu muerte, no creo en tu muerte, no entiendo tu muerte y el andrajode mi corazón se retuerce salvajemente y se avalanza contra la murallainmortal, contra la muralla desesperada, contra la muralla ensangrentada,contra la muralla despedazada, que se incendia entre las montañasy sudando y bramando y sangrando, me revuelco como un toro con tu nombresagrado entre los dientes, mordido como el puñal rojo del pirata;a la espalda aúllan las desorbitadas máscaras gruñendoentre complejos de buitre aventurero y trajes vacíos, en los querespiran las épocas demagógicas.

Entre los grandes peñascos apuñalados por el sol, sudandocomo soldados de antaño, roídos por inmenso musgo crepusculary lágrimas de antiguas botellas, tú y la paloma torcaz delos desiertos lloran; mar afuera, en el corazón de flor de las mojadasislas oceánicas, en las que la eternidad se agarra como entrañade animal vacuno a la soledad de la materia y el gemido de los orígenesgravita en la gran placenta del agua, tú das la majestad al huracánpor cuyos látigos ruge la muerte su secreto total, tremendo; encimade los carros de topacio del crepúsculo, tirados por siete caballosamarillos, cruzados de llamas como Jehová, tú eres el balidoazul de los corderos; aquí, a la orilla de tu sepulcro que ruge,terrible, en su condición de miel de abejas y de pólvora,haciendo estallar el huracán sobre los viejos túmulos quetu vencidad obliga a relampaguear, tú empuñas una gran trompetade oro, tal como se empuña una gran bandera de fuego y convocasa asamblea general de muertos, a fin de arrojar la eternidad contra laeternidad, como dos peñascos; emerges de entre toneles, como lavoz de las vasijas, y la gran humedad del pretérito, que huele afruta madura y a caoba matrimonial, enarbola su pabellón en el corazónde las bodegas, cuando yo recuerdo tu virginidad resplandeciente…

Condiciona sus muchedumbres la mar-océano del Sur y tu multitudle responde terriblemente; yo estoy sentado a la orilla del que tanto amabasmar, y la oceanidad da la tónica al gigante dolor que requiere inmensidadespara manifestarse y el lenguaje de la masa humana o la montaña incendiándose;remece sus instintos la inmensa bestia oceánica y el crepúsculoensangrienta la bandera de los navíos y el cañón funeraldel puerto; el mar y yo bramamos, el mar, el mar, y crujen los huesos tremendosde Chile, cuando con mi caballo nos bañamos solos en la gran soledaddel mar y el mar prolonga mi relincho con su bramido por todas las costas,desde las tierras protervas de Babilonia al Mediterráneo celestialde las tuyas glicinas y a los sangrientos mares vikingos, o arrastra mivoz tronchada y sangrienta como un capitel roto y mi lenguaje de campanarioque se derrumba en la gran campana del mar, con tu recuerdo gimiendo adentro;rememoro nuestro matrimonio provincial-marino y la carrera desenfrenada,desnudos, sobre la arena y el sol; es la mar soberbia, la mar oscura, lamar grandiosa en la cual gravita el estupor horizontal de humanidad queazota los vientres de las madres y relumbran las panoplias huracanadasde los viejos guerreros de hierro, que ascienden y descienden por las arboladurascomo un tigre a una antigua catedral caída; lagrimones de acordeones,de leones y fantasmas dan al pirata el relumbrón de los atardeceresy el tajo del rostro atrae el sable crepuscular hacia la figura agigantada;el ron furioso da gritazos y mordiscos de alcohol degollado a la tinieblaaventurera y la pólvora roja es rosa de llamas rugiendo con perrosy espadas entre la matanza histórica, adentro de la cual nosotrosdos rajamos el cuaderno de bitácora sobre el acero acerbo del pecho,que es pluma y rifle, Luisita; asomándome a la descomunal profundidadheroica, veo lo eterno y tu cara en todo lo hondo; naufragios y guitarrasy el lamento del destierro en los archipiélagos sociales del Tirrenoy el Egeo, se revuelve a la bencina cosmopolita de los grandes Imperiosde hoy, con sus navíos y sus aviones sembrando la sangre en losmares: pero el tam-tam de los tambores ensangrentados me desgarra el cerebro;sin embargo, hay dulzuras maravillosas, y te vuelvo a encontrar en estagran agua salada por el origen y el olor animal del mundo, con tu melenade sirena clásica y tu pie marino de conchaperla y aventura.

Braman las águilas del amor eterno en nosotros…

El huracán del amor nos arrasó antaño, y ahoratu belleza de plenilunio con duraznos, como llorando en la grandeza aterradora,contiene todo el pasado del ser humano; truenan las grandes vacas tristesdel amanecer y tú rajas la mañana con tu actitud, que esun puñal quebrado; fuiste “mi dulce tormento” y ahora, Winétt,como el Arca de la Alianza o como Dionysos, medio a medio de los estuariosmediterráneos y el de los sargazos mar, entre el régimendel laurel y el dolorido asfodelo diluído en la colina acumuladade los héroes, hacia la cual apunta el océano su fusileríay desde la que emergen los pinos solarios, tú, lo mismo exacto quea una gran diosa antigua de Asia, la eternidad bravía te circunda;galopan los cuatro caballos del Apocalipsis, se derrumban las murallasde Jericó al son de las trompetas que ladran como alas en la degollacióny el Sinaí embiste como el toro egipcio, cuando tu paso de tórtolahiende los asfaltos ensangrentados de la poesía, gran poetisa-Continente;y las generaciones de todos los pobres, entre todos los pobres del mundo,te levantan bajo los palios llagados del sudor popular en el instante enque tu voz se distiende, creciendo y multiplicándose como el oleajede los grandes mares desconocidos, a cuya ribera los hombres crearon losdioses barbudos del agro y los sentaron y los clavaron en las regionesacuarias, que eran el llanto de fuego de los volcanes; como fuiste tremendamentedulce, graciosamente fuerte, pequeñamente grande con lo oscuro ydescomunal del genio en un régimen de corolas, el hijo del pueblote entiende; tenías la divina atracción del átomo,que, al estallar, incendia la tierra, por eso, adentro del silencio mundial,yo escucho exactamente a la multitud romana o babilónica, arreaday gobernada a latigazos, a las muchedumbres grecolatinas que poblaron Marsellade gentes que huelen a ajo, a prostitución, a guitarra, a conspiración,a sardina y a cuchilla, a tabaco y a sol mojado y caliente como sobaco,a presidio, a miseria, a heroicidad, a flojera o a tristeza, al vikingoladrón, guerrero, viril y sublime en gran hombría y a losbeduinos enfurecidos por el hambre y los desiertos del simoum, ásperoy trágico, y te adoro como a una antigua y oscura diosa en la cuallos pueblos guerreros practicaban la idolatría de lo femenino definitivoy terrible; forrado en cueros de fuego, montado un caballo de asfalto,yo voy adentro de la multitud, como una maldición en el cañóndel revólver.

Románico de cúpulas y óperas el atardecer de losamantes desventurados me encubre, y cae una paloma negra, Luisita-azúcar.

Soplan las ráfagas del dolor su chicotazo vagabundo y la angustiase clava rugiendo, en fijación tremenda, como un ojo enorme quequemase, como una gran araña, como un trueno con el reflejo haciaadentro y la quijada de Caín en el hocico; es entonces cuando ardeel colchón con sudor oscuro de légamo, cuando la noche afilasu cuchilla sin resplandor, cuando el volcán destripa a la montañay se parte el vientre terrible, que arroja un caldo de llamas horrendoy definitivo, cuando lloran todas las cosas un llanto demencial y lluvioso,cuando el paisaje, que es la corbata de la naturaleza, se raja el corazónde avena y pan y se repleta de leones; sin embargo, medio a medio de lacatástrofe, se me reconstituye el ser a objeto de que el padecimientose encarne más adentro y la llaga, quemada por el horror, se agrande;con tu ataúd al hombro, resuenan mis trancos en la soledad del siglo,en la cual gravita el cadáver de Stalin, que es enorme y cubre elOriente en mil leguas reales a la redonda, encima de un carro gigante quearrastran doscientos millones de obreros; semejante a una inmensa cosechadorade granjeros, la máquina viuda de los panteones degüella lascabezas negras y la Humanidad brama como vaca en el matadero; yo arrastrola porquería maldita de la vida como la pierna tronchada un idiotay espero el veneno del envenenador, la solitaria puñalada literariapor la espalda, en el minuto crucial de los crepúsculos, el balazodel hermano en la literatura, como quien aguarda que le llegue un chequeen blanco desde la otra vida; me da vergüenza ser un ser humano desdeque te vi agonizar defendiéndote, perseguida y acosada por la Eternidadcomo una dulce garza por una gran perra sarnosa; como con asco de existir,duermo como perro solo encima de una gran piedra tremenda, que bramaraen el desierto, hablo con espanto de cortarme la lengua con la cuchillade la palabra y quisiera que un dolor físico enorme me situase atu altura, medio a medio de este gigante y negro desfile de horror delcual estalla mi cabeza incendiándose como antigua famosa posadade vagabundos; no deseo el sol sino llorando y la noche maldita con latempestad en el vientre; por degüellos y asesinatos camino, y andoen campos de batalla, estoy mordido por buitres de negrura, y es de pólvoray de lágrimas, Luisita-Amor, el gran canasto de violetas, con elcual me allego a tu sepulcro humildemente; a mi desesperación sele divisa la cacha del arma de fuego, Luisita-Amor, cuyos grandes frutoscaen…

Éramos Filemón y Baltis de Frigia y el grito conyugaldel mundo, pero se desgarró una gran cadena en la historia y yocruzo gritando a la siga del mí mismo que se fue contigo para siemprenunca, esta gran sonata fúnebre de héroes caídos…