Chiamare amore quello che tu ed io facciamo
è perpetrare un sentimentalismo
indegno di noi stessi, che siamo ancora amanti.
Questo è meglio lasciarlo fare agli altri,
a coloro che devono diluire un vino forte.
Il nostro è un fenomeno distinto,
né circonlocuzioni, né grumi letterari.
Si manifesta nell’annientamento 
reciproco. Consiste in una prospezione
per avere piacere e per offrirlo,
un furto generoso che si dona egoista.
È un pesante lavoro tra le fiamme
dell’intimità nostra, ed un assedio
primitivo al castello della vita.
La carne si alimenta della carne,
di quel mutuo veleno trionfante.
Ciò che tu e io facciamo non è l’amore.
A meno che si intenda per esso un sacrificio
nel quale ci concediamo agli dei suicidi
che vivono nel pozzo del nostro stesso sangue.
Per nominarlo si dovrebbe incorrere
in parole che alcuni considerano oscene,
benché l’oscenità nemmeno lo chiarisce,
poiché non pretendiamo istruire nessuno
né sull’impudicizia, e né sulla virtù.
Quello che meglio spiega, senza esaurirla mai,
la barbara purezza del mutuo desiderio
è una selvaggia battuta di caccia
e il forte appagamento in cui si sfamano,
tenendo gli occhi chiusi contro il tempo,
nell’estasi egoista di un feroce banchetto.
Per l’ottopoda bestia che tu ed io creiamo,
sono una insensatezza i termini innocenti,
un triste disonore nella lotta.
Non facciamo l’amore, noi deprediamo
con passione notturna nella casa del corpo.


Carlos Marzal
Traduzzione: Carmela Oliviero

Quiero tu sangre joven, que es querer
todo lo que la vida aún no ha podido hacerte.
De lo que me alimento
es de esa inútil sangre esperanzada,
de cuanto sé que ignoras hasta hoy,
y que más nos valdría que no supieses nunca.
De esa manera, por obra de tu sangre,
creo en lo que no creo, y olvido lo que sé
que te ha de suceder. Quiero esa risa
que aún no ha tenido tiempo de hacerse prudente,
de pensarse dos veces si reír
es celebrar el mundo o lamentar su estado.
Envidio el que no hayas vendido
ninguna alma al diablo, y que bailes con él
a la luz de la luna, a veces, sin conciencia.
Juego contigo, porque no sabes las reglas,
ni siquiera las de tu propio juego,
y mientras las aprendes
soy el que ya no soy desde ya no sé cuándo.
Quiero la impunidad con que te entregas
a la tarea de vivir la vida,
sin paz, sin horizonte, sin infierno,
que son el argumento de las vidas ajenas.
Viéndote hacerlo, se diría
que desconozco todo lo que conozco.

Así es tu sangre.
                                 Ya sabes lo que busco.
Qué tristeza que el tiempo, o yo, o tú misma
tengamos que matar, en ti, toda tu sangre.


Carlos Marzal

Amo il tuo sangue giovane, io amo
tutto quel che la vita ancora non ti ha fatto.
Di ciò di cui mi nutro
è di quel vano sangue speranzoso,
di quanto so che fino ad oggi ignori,
e che sarebbe meglio tu non sapessi mai.
In questo modo, per mano del tuo sangue,
credo in ciò in cui non credo, e scordo ciò che so
che ti accadrà. Amo quella risata
che non ha avuto tempo di diventar più cauta,
di pensare attentamente se ridere
è celebrare il mondo o piangerne lo stato.
Ti invidio perché non hai venduto
nessun’anima al diavolo, e perché con lui balli
al chiaror della luna, a volte, incosciente.
Gioco con te, perché non sai le regole,
tanto meno quelle del tuo stesso gioco,
e intanto che le apprendi
sono chi non sono più da non so più quando.
Amo l’impunità con cui ti dedichi
al compito di vivere la vita,
senza pace, né inferno, né orizzonte,
che sono l’argomento di vite differenti.
Vedendoti farlo, si direbbe
che disconosco tutto ciò che conosco.
Questo è il tuo sangue.
Già sai quello che cerco.
Che tristezza che il tempo, o io, o tu stessa
dobbiamo eliminare, in te, tutto il tuo sangue.


Carlos Marzal
Traduzzione: Assunta Oliva

Con la sed más anciana,
arrodillado,
para encontrarle el cauce al agua tuya,
me he bañado de ti,
linfa radiante;
me he prosternado en ti,
nunca más joven.
En la gruta que parte en dos tu cuerpo,
me he marchado por fin de mis orillas,
me he sumido en tus labios,
con mis labios.
Mi saliva te hablaba sin idiomas.
Con la humedad sagrada
he dibujado,
en la pared de sedas de tu sima.
En resina salobre del deseo,
he dispuesto una rosa,
y la he mordido.
Eché a volar un ave,
y la he matado.
Un hombre había en pie,
y ahora no hay nada.


Carlos Marzal

      I

Deberías marcharte. La fiesta ha terminado.
Helada y sucia ya se anuncia el alba
con su oscuro cortejo de presagios.
Tendrías que acostarte, huir de este lugar
antes de que la luz te restituya
esa imagen de ti que ya conoces,
indefensa a tus ojos, lastimosa.

Has tocado por hoy el fondo de tu noche:
las ropas no guardan la corrección de unas horas atrás
y tu lengua está torpe,
has empezado a hurgar en la memoria
y ya no hay quien te fíe.
lo más sensato ahora sería retirarse.

      II

Aquí, con convicción, ya nada te retiene.
Suena de nuevo idéntica la música
y no es fácil andar sobre el untuoso suelo del local.
Ha pasado la hora de raptarse alguna compañía
con quien querer fingir la noche inacabable,
y te será mejor no recurrir
a invitados finales,
errante cada cual en su constelación,
rezumando bebida como paredes húmedas,
dispuestos a cualquier confidencia extemporánea.

Es infame el lugar. Tal vez lo fuera siempre;
pero hasta hace poco era el teatro
idóneo para tus intenciones.
Se trataba de malgastar el tiempo,
uno más entre la turbadora clientela,
regresando al sabor bronco de noches apuradas,
de ti mismo perdido y encontrado.
El azar nos otorga reductos alejados de la severidad,
momentáneos reinos en donde nadie trata
el enojoso tema de la vida,
no importa si a conciencia o ignorantes
de que la vida huye al ser nombrada.
El azar nos obsequia y el azar nos despoja.

Así te ocurre ahora: la fiesta ha terminado,
y con la fiesta terminó el hechizo.

      III

Has apurado el plazo
que la noche te había concedido,
y a quien la luz ha de traer
ya lo conoces.
Si vuelves hacia casa, con tus pasos
volverán sus pasos. Y a tu fatiga
su fatiga habrá de acompañar.
La fiesta ha terminado y queda su enseñanza:
como una vieja deuda contraída,
nada hay más imposible que escapar de nosotros.
Ya se aproxima el alba, y nadie ignora
que todo plazo acaba por cumplirse,
que toda deuda acaba por pagarse.

      IV

Ya ves; eso es lo que te aguarda, si te marchas,
y lo que aquí te espera no es mejor.
Conoces de antemano cuál será tu conducta:
sopesarás los dos ofrecimientos que posees
—la despoblada soledad de una fiesta ya extinta,
la habitual afrenta de estar solo contigo—
y antes de encaminarte hacia la casa
apurarás la noche un poco más.
(Un poco más, a estas torpes alturas de tu vida,
no puede ser muy malo).
La fiesta ha terminado. Y aquí viene la luz,
la vieja hiena.


Carlos Marzal

Hay una rosa escrita en esta página,
y vive aquí, carnal pero intangible.

Es la rosa más pura, de la que otros han dicho
que es todas las rosas. Tiene un cuerpo
de amor, mortal y rosa, y su perfume
arde en la sinrazón de esta alta noche.

Es la cúbica rosa de los sueños,
la rosa de los sueños,
la rosa del otoño de las rosas.
Y esa rosa perdura en la palabra
rosa, cien vidas más allá de cuanto dura
el imposible juego de la vida.

Hay una rosa escrita en esta página,
y vive aquí, carnal e inmarcesible.


Carlos Marzal

Mañana escribiré. El poema está hecho.
Se perderán definitivamente
—quizá ya se han perdido—
los hábitos que anteceden al día del dictado:
el capricho con que un tema nos busca,
el hallazgo del metro necesario,
la memorización de los versos finales.
Todo se perderá definitivamente,
Porque ha llegado la hora de escribir.
A esas citas uno acaba acudiendo
tarde o temprano.

Ejercicios idénticos
nos conceden la ilusión de avanzar:
la sagrada violencia del fuego,
relegar al olvido un rostro del amor,
una breve y feliz convalecencia.
Mañana escribiré. Y volverán los hábitos
que acompañan al día del dictado:
el capricho con que un tema se pierde, se transforma,
las dudas sobre el metro necesario,
la modificación de los versos finales.
Después se hará el silencio una vez más,
como si nunca hubiese dicho nada.

Y sabré esperar de nuevo,
soportaré la idea de que toda palabra
bien pudiera ser la última.
Siento nostalgia de momentos antiguos.
La impotencia de escribir, en aquel tiempo,
era capaz de herirme.
Hoy ya sé que a las citas se acude
para poder librarnos de las citas.
Ignoro si soy dichoso o desdichado.
El caso es que mañana escribiré.


Carlos Marzal

Asilados en una infancia obscena,
en el exilio de su misma sombra,
desde un limbo de hielo,
derritiéndose,
los viejos testimonian, sin enigma,
sobre el enigma viejo de estar vivo.

Gota a gota en presente, son futuro,
evanescencia al fin fuera de tiempo,
que en la fronda del tiempo anda perdida.
Espectros de la carne en su derrota,
se acogen al sagrado de la carne,
que en deserción de sí no los ampara.
pabilos sin fulgor de inteligencia,
arden a fuego extinto en su hendidura,
ascuas de quienes fueron, balbucientes.

Isla del fin del mundo, conmovidos,
vemos flotar en pasmo la vejez,
a la lunar deriva del asombro.
Nos resulta del todo inconcebible
nuestra decrepitud, nuestra mudanza
hasta desconocernos en nosotros
y en nosotros errar entre lo ajeno.

Cómo subsiste ciega la energía
en su impúdico afán de propagarse.

Madre senilidad, nunca te amamos.
Madre senilidad, no te amaremos.

Qué frágil, en su ser, la fortaleza.
Qué sólido el vivir, de sumo frágil.


Carlos Marzal