“Hay dolores que la justicia nunca calmará, pero ojaláhubiera siempre justicia”

Al este encontrarás el paraíso,
¡oh! muerto en el jardín de tantas muertes,
que tomas la inocencia y la conviertes
en lágrimas que el llanto no deshizo.

Sepulcro llano, sangre sobre el piso,
pacífico rival de manos fuertes,
que todo en el dolor callado inviertes
y arrastras las palomas sin permiso.

Excremento, mural para la furia,
indómito patrón siendo prostíbulo,
hay una calle blanca en tu memoria…

Verás perder la noche en tu penuria
y solo rezarás en el patíbulo,
como un cordero muerto, blanca escoria.

A las víctimas de abuso deshonesto

Benjamín León

Afuera el mundo gira sin contento,
la paz está bañada de revueltas,
la sangre nace y muere dando vueltas
y tiñe de dolor el son del viento.

Un grito es libertad en sufrimiento
Palomas: ¡De la muerte estáis envueltas!
Y caen sobre el parque desenvueltas
las trampas del politico en convento.

El hombre y la traición en armonía
gobiernan con palabras tan sonoras…
son besos con veneno del que besa.

Amor… esa palabra que existía.
Justicia ¿Por qué tanto te demoras?
Hay tanta libertad muriendo presa.

Benjamín León

Qué golpe milagroso calló sobre el destino
y ató nuestros senderos en pálidos dolores,
qué rayo de tu voz dejó muertos colores
perdiendo sus silencios al borde del camino.

Quizás se fue la edad en cada remolino
y toda salvación perdió sus resplandores
y fuimos noche ciega quemando sus temores,
bebiendo nuestra sed en sangre y luz de vino.

Mujer de gruta pura, dolor de mis sentidos,
no sé si la mañana vistió su desencanto
o fueron las raíces que el sol nos marchitaba.

No sé si en tu pincel huyeron los latidos
y todas las estrellas tardaron con su manto
negándote el amor que lejos yo te daba.

Benjamín León

La tierra prometida fue la infancia
el beso claro, beso de fin puro,
ropaje enternecido de la estancia
buscando cimentar su breve muro.

Del nido era el amor en toda instancia
el único pincel frente a lo oscuro
dejando su color y su fragancia,
su traje resguardado en lo seguro.

Y fue de copa en copa así la vida
bebiendo la inocencia de los años,
mirando el verde campo florecido.

Se fue, mas no llegó la despedida
su brote, su camino en los peldaños
llevó por cada frente lo vivido.

Benjamín León

Mi hermosa sabe que me es hermosa.
Que recopilo sus hombros y su boca.
Que callo su espalda como una fruta o un camino.
Que cuento su lengua como un túnel.
Que beso cada punto de su triangulo perfecto.
Que rezo su ombligo de inquieta legumbre.
Ella sabe que yo descifro sus dedos
como se descifra un signo ante la muerte
o como cede el cañaveral al fondo del verano.
Conoce de mis ojos su cintura,
la condena oculta en el despliegue de sus piernas
y la extinción donde es mi nido si los astros claman.
Mi hermosa peca mi cuerpo en gramos de azúcar.
Tarda mi hora a gemidos rojos.
Sopla mi nombre y guarda mi letra.
Mi hermosa no es hermosa si no es mi hermosa.
Turbia a mis dedos. Calla la sonora vereda
y crea un camino tupido, profundo y ágil
como nunca sabrán sus senos de otra noche.
Ella sabe del mar que sus ojos rompen,
que tengo pumas nobles y resueltos.
Araña mi pared de agua o piedra,
surca la ventana como una golondrina de almíbar.
Gira como un reloj de violines púbicos.
Ríe mi hermosa, como las hermosas
y lleva en su nocturna savia, naranja poseída,
el laberinto acuoso del vaivén en su hermosura.

Benjamín León

Del verbo de tus labios, un cielo me derrota,
un trino despertado del viento entumecido,
un barco de papel que por el mar no flota,
un triste atardecer sin ver el sol perdido.

La vida es un ocaso que pierde su memoria
atado por tus manos el aire huele oscuro,
un día sin mañana, un pueblo sin historia
un alguien que no es hombre, hundido sin futuro.

Acá la soledad tiene canción de cuna
si en sueños dice un niño llorando ser tu hermano
con rastros del querer vestidos de esta hambruna
que roba del cordón un último hortelano.

De lágrimas se nublan los días más felices,
de luto en las espigas le llora el tiempo al trigo
cubriendo golondrinas con párpados tan grises
que tanto amor del mundo se tiñe de castigo.

Amarte es un volver al vientre enmudecido
y ser en lo que queda del sueño despojado
un lánguido lamento de todo lo perdido
que un triste amanecer el cielo me ha robado.

Benjamín León

       I

Las calles han caído tras los perros
óyelos ladrar entusiasmados,
al fondo del entusiasmo, al final de la derrota.
El trapo abanderado en las estrellas
flamea su color de sangre y mar
—ola aconsejada por la audacia de los peces—
como un sueño de tanques y claveles
que anuncian sus jardines amarillos.
Un niño muere tras las piedras,
un hombre se enternece tras los muros
y caen las mujeres como lana enceguecida,
como madres de vientres vagos
en busca de sus hijos moribundos
al final del arco iris
donde Marilyn y Elvis se hacen el amor.
Después de la colina salen brotes
con las últimas fronteras ajustadas,
y Dios se limpia las legañas
al tiempo que las rosas cantan por Irak.

       II

Estos tambores muertos resucitan
y dejan los balcones encendidos y finales,
cansados de lamentos,
tendidos en el parque de la noche
donde la oscuridad abre sus rosas dispuestas por espinas.
La ráfaga del innombrable viento
aturde la canción en el desliz de la derrota
y corren lagartijas y pañuelos
como un escudo ante la muerte o la sílaba inconclusa
de la palabra amor que un hombre pronunciaba.
El polvo se ventila, la risa del cañon se eleva
y las mariposas se estremecen en el parque
con las últimas pulsaciones de un corazón tendido
que busca entre los niños al dueño de su sangre.

       III

Esta ramera triste que no llora,
este desierto de lagos amarillos e infernales,
esta salvación de estrellas secuestradas
son un jardín de intensas bocas
que gritan los contrastes de la noche
así como gritaría Dios si le doliera.
Se ahorcan las manzanas en cajones
donde toda podredumbre se parece a la palabra justo
y más abajo, en medio de una escalera
las piernas temblorosas de una niña
recuerdan que fue anoche el beso de su madre.

       IV

Déjeme este niño salpicar la guerra,
déjeme su voz de ausentes madres,
de lejanos pechos donde canta el polvo
y quede su dolor dormido en las metrallas
donde el hombre enciende un tiempo
contando incontinencias de bondad.
Cállese este niño tras la noche,
duerma el sol su llanto en las arenas
y dejen las luciérnagas su brillo tenebroso.

Benjamín León

Yo nací
de las extrañas tierras de tu pecho
mujer,
para quererte o buscarte
yo nací.
Fui también mendigo,
el más mendigo de los hombres,
amaba, antes de amar amaba.
Y por las invisibles zonas
que en tu piel sentía
yo amaba.
Era entonces el poniente
atado a tu crepuscular ausencia
y amaba tu rostro de nieve
y tu rayo de voz
y tu caminar al sol derretido
aún antes de amarte amor, amaba,
amaba.

Benjamín León

Renace, mece y nace, copa de olvido, puma,
señor de plata airada saltando roca a roca.
Cabalga, voz salina, cruje, trilla, voz furia.
Saluda la cintura más grácil de la tierra
y vuelve en tu ritual de pétalos con rabia.

Desprende tu ceniza fugaz que no se doma,
tu clara abreviatura donde el viento relincha
y surgen los poetas, relámpago de luna.

Construye la cadena de todas las distancias,
nocturno segador del trigo en las caletas.
Amasa las paredes dinámicas del agua
y esculpe con tu voz al tiempo en dictadura.

Marisco puro, pez, arena descifrada,
en ti todos los días caen como lancetas,
como pequeños mundos cuando el fuego no quema
y sólo quedan ojos mirando entre tu savia.

Renace, mece y nace, copa de nácar, pluma,
enciende la verdad más clara con tu barca,
que sólo entre el azul se labran las mareas
y sólo entre tu azul yo soy como las algas.

Benjamín León

Con tacto y con locura te rodeo,
cuerpo desnudo, cuerpo obsceno, mío,
savia genital contra el propio lecho
que busca acelerado que lo tome.

Que dentro de tu cuerpo soy la piel,
que dentro de tu boca soy el aire,
que muerdo cuando muerdo tus deseos
y enciendes las espaldas en gemidos.

Diva fresca, ciudad de lengua tibia,
disturbio destinado entre tus piernas,
yo sólo veo amor sobre tu cuerpo.

Detengo en los orgasmos los papeles;
confusos desde el vientre del amor
y somos del olor, la  madrugada.

Benjamín León