Emboscado en mi escritura
cantas en mi poema.
Rehén de tu dulce voz
petrificada en mi memoria.
Pájaro asido a su fuga.
Aire tatuado por un ausente.
Reloj que late conmigo
para que nunca despierte.


Alejandra Pizarnik

En la gran copa negra de la sombra que avanza
quiero probar del vino propicio a la añoranza.

Quiero beber el vino que bebiéramos juntos
y estos ratos, de aquéllos, serán nobles trasuntos.

(No sé por qué a esta hora, sombría y silenciaria,
me ha invadido el cerebro de fiebre visionaria) .

En la acera de enfrente, su clara risa suena
una muchacha alegre como una Nochebuena.

El arrabal, desierto, conmueve un organillo,
y bailan las marquesas del sucio conventillo,

y vienen las memorias, conturbadas e inciertas
como un vago regreso de ensoñaciones muertas

He leído tu libro. Un saludo levanta
la voz del entusiasmo, que perdura y que canta,

la voz alentadora de buenas expansiones
en las largas teorías de nuestras comuniones.

Aquel señor tan loco Unico hijo de Dios,
y Unico caballero nos hermanó a los dos.

(Y eso que tú quisiste, no sé por qué cruel
sospecha inconfesable, serle una vez infiel)

Mas, ya estás perdonado. Pero en verdad te digo
que en otra no te escapas sin sufrir tu castigo

En la calma severa de las meditaciones:
dolor de tus constantes inquietas obsesiones,

ideando el derrotero de los rumbos plausibles
se enfermó tu cabeza de ensueños imposibles

Te veo como antes, duro en el bien y el mal,
pletórico de un ansia de vida ascensional.

De tus actuales fórmulas hiciste las amadas
que en la expansión te ofrendan bellezas flageladas.

Has volcado el consuelo de tu mejor augurio
en el vaso de angustias: el cáliz del tugurio.

Amas el bello gesto que en las horas aciagas
tiene orgullo de púrpura para cubrir las llagas.

Te obsede el clamoreo de enormes muchedumbres,
que van, con su epopeya de siglos, a las cumbres

Compañero: seamos en nuestra misa diaria
tentación, sermón, hostia: todo menos plegaria.

Cantemos en las liras de los credos tonantes
la canción nunciadora de mañanas radiantes.

La vida es dolor siempre, así cambie de nombre:
es dolor hecho carne y es dolor hecho hombre.

Libertémosla, entonces, de los contagios viles
que, en la sangre, empobrecen los glóbulos viriles.

¡En marcha al país nuevo de las brumas ausentes,
que un día vislumbraron los geniales videntes!

Derrotando el silencio pregona la conquista
el salmo combativo de un fuerte Verbo artista.

Pongamos en lo hondo de las frases más sacras
besos consoladores que suavicen las lacras.

En procesión inmensa va el macilento enjambre,
mordidas las entrañas por los lobos del hambre.

Lo custodia el misterio, y lleva en sus arterias
inoculado un virus de sórdidas miserias,

no hay que temer la lepra que roe los abyectos:
quizás es peor la higiene de los limpios perfectos.

Efigien su nobleza también los infelices:
¡Blasón de los harapos, lis de las cicatrices!

¡Lidiemos en la justa de todos los rencores
insignias de los bravos modernos luchadores!

Para esperarte, amigo, después de la contienda,
aunque sea en el yermo yo plantaré mi tienda.

Te envío, pues, mis versos, mis versos torturados,
como flores amargas de jardines violados

¡Y sean mis estrofas los heraldos cordiales
de una lírica tropa de poemas triunfales!

Evaristo Carriego

¡Oh, señora: gentil dama de mis noches!
¡Oh, señora, mi señora, yo le ruego
que abandone esa romántica novela:
orgullosa favorita de sus dedos!

Que abandone sus historias de aventuras
donde hay citas, donde hay dueñas y escuderos,
callejuelas y sombríos embozados
y tizonas y amorosos devaneos,
asechanzas del camino y estocadas
de cadetes o gallardos mosqueteros,
y amador noble y rendido de su reina,
algún Buckingham lujoso y altanero.

Que abandone, le repito, su romance,
su romance mentiroso, pues confieso
que me enoja la atención que le dispensa,
con agravio de mis quejas y mis celos.

De mis celos, sí, lo digo, tal me tienen
las hazañas del cuitado caballero,
a quien sueña usted, señora, contemplando
sus balcones, con la escala de Romeo.

¡Oh, señora, mí señora!, Son las doce
¿Hasta cuándo piensa usted seguir leyendo?
¡Hay valor en su tenaz indiferencia
que no teme los peligros del silencio!

Son las doce: ya se aprontan los aleves,
los galantes forajidos de los besos,
a cruzar la callejuela de unos labios
donde anoche asesinaron al Ensueño

¡Ay, entonces, de las bocas asaltadas
por los rojos embozados del Deseo!
¡Ay de usted, señora mía, si la encuentran!
¡Que la salve su hazañoso caballero!

Evaristo Carriego

Vencía la sombra. Misterio, llegando,
rimaba la angustia de sus misereres,
mojando, en el suelo, los frutos de Ceres,
la Maga del germen que lucha creando.

Muy suave, el Deseo pasaba contando
las cálidas noches de extraños placeres,
diciendo los sueños de frescas mujeres
que en torpes neurosis se fueron matando

Su copa de sangre volcaba en las brumas.
Ocaso muy triste, bordeando de heridas
el cielo, llagado de rojas espumas,

y allá, en una oscura visión de tugurio,
con voz de esperanza, cubriendo las vidas
cantaba un apóstol su bárbaro augurio.

Evaristo Carriego

¿Ahora el otro? Bueno, a ese paso
se han de contagiar todos, entonces. ¡Vaya
con la manía! Porque es el caso
que no transcurre un solo día sin que haya
sus novedades.

Nadie ha sabido
sacarle las palabras ¡Es ocurrencia:
servir de burla a cuanto malentendido
hay en Palermo! ¡Si da impaciencia
verlo! La causa, de cualquier modo,
no ha de ser para tanto:
pasarse horas enteras y, sobre todo,
¡Siempre con esa cara de Viernes Santo!
Pues ¡Lo que son las cosas!, Precisamente,
desde que aquella moza, que se reía
de su facha, muriera tan de repente,
anda así el hombre. ¡Bien lo decía
uno de sus amigos!

Medio enterado
de tal asunto, existe quien asegura
que noche a noche vuelve tomado.
No tiene compostura
¡Pobre! Ni loco
que estuviese. Por algo ya no se puede
aconsejarle que cambie un poco
¡Es indudable que lo hace adrede!
De ninguna manera piensa enmendarse:
no quiere escuchar nada
Y, aunque era de esperarse,
como con su conducta desarreglada
está hecho un perdido,
a quien poco le importa del qué dirán
a fin de cuentas, ha conseguido
que lo echen del trabajo por haragán.

Evaristo Carriego

La mesa estaba alegre como nunca.
Bebíamos el té: mamá reía
recordando, entre otros,
no se qué antiguo chisme de familia,
una de nuestras primas comentaba
recordando con gracia los modales,
de un testigo irritado el incidente
que presenció en la calle,
los niños se empeñaban, chacoteando,
en continuar el juego interrumpido,
y los demás hablábamos de todas
las cosas de que se habla con cariño.
Estábamos así contentos, cuando
alguno te nombró, y el doloroso
silencio que de pronto ahogó las risas,
con pesadez de plomo,
persistió largo rato. Lo recuerdo
cómo si fuera ahora: nos quedamos
mudos, fríos. Pasaban los minutos,
pasaban y seguíamos callados.

Nadie decía nada pero todos
pensábamos lo mismo. Como siempre
que la conmueve una emoción penosa,
mamá disimulaba ingenuamente
queriendo aparecer tranquila. ¡Pobre!

¡Bien que la conocemos! Las muchachas
fingían ocuparse del vestido
que una de ellas llevaba,
los niños, asombrados de un silencio
tan extraño, salían de la pieza.
Y los demás seguíamos callados
sin mirarnos siquiera.

Evaristo Carriego

¡Tan colorada la sandía!
¿Será más rica que el melón?
Esta primer tajada es mía:
para ti, prima, el corazón.

Ya salió la otra ¡No digo!
Ayer fue lo mismo ¡Es gracioso!
Comenzó a llorar por el higo
que le arrebatara el mocoso

del hermano. ¿Más? ¡Enseguida!
¿Volvemos? ¡Pues no se figura
que hay que brindarle cuanto pida:
caramba con la criatura!

¡Linda se ha puesto! ¡Sí, señor!,
Se ha puesto lo más regalona
¡No quiere sino lo mejor,
como si tuviese corona!

Y, por cualquier cosa no deja
en paz a nadie: se levanta,
y ya oímos alguna queja
de la señorita. ¡La santa!

La culpa la tiene abuelita.
¡Es natural! ¡La mima tanto!,
Cuidado con retarla ¡Hijita!,
No sé quién puede con tu llanto.

¡Está de mal acostumbrada!
En cuanto la miran se enoja.
¿Negarle algo a ella? ¡No es nada!
¡Claro, hace lo que se le antoja!

La pavota se muerde un dedo
de rabia. ¡Cómo patalea!
¡Y pone una cara! ¡Da miedo!
¡Ay Jesús, qué cara tan fea!

Fea, sí, fea como un susto.
¿Hasta cuándo con esos gritos?
¡Si lo decíamos de gusto!
Bueno, basta de pucheritos

¡Qué zonza! ¡Si será inocente!
¡Derrama cada lagrimón!
¡Llorar de ese modo! ¡Valiente!
¡Y todo por el corazón!

Evaristo Carriego

Llena de signos y de árboles,
ella cruza la noche como un fuego o un río,
asciende en el silencio y la memoria,
es infinita como un hecho,
la existo, la conduzco, yo soy su certidumbre.


Juan Gelman

Un hombre deseaba violentamente a una mujer,
a unas cuantas personas no les parecía bien,
un hombre deseaba locamente volar,
a unas cuantas personas les parecía mal,
un hombre deseaba ardientemente la Revolución
y contra la opinión de la gendarmería
trepó sobre muros secos de lo debido,
abrió el pecho y sacándose
los alrededores de su corazón,
agitaba violentamente a una mujer,
volaba locamente por el techo del mundo
y los pueblos ardían, las banderas.


Juan Gelman