Por tus ojos verdes yo me perdería,
sirena de aquellas que Ulises, sagaz,
amaba y temía.
Por tus ojos verdes yo me perdería.

Por tus ojos verdes en lo que, fugaz,
brillar suele, a veces, la melancolía;
por tus ojos verdes tan llenos de paz,
misteriosos como la esperanza mía;
por tus ojos verdes, conjuro eficaz,
yo me salvaría.

¡Cuántos, pues, habrán amado
como mi alma triste amó…
y cuántos habrán llorado
como yo!

¡Cuántos habrán padecido
lo que padecí,
y cuántos habrán perdido
lo que perdí!

Canté con el mismo canto,
lloro con el mismo llanto
de los demás,
y esta angustia y este tedio
ya los tendrán sin remedio
los que caminan detrás.

Mi libro sólo es, en suma,
gotícula entre la bruma,
molécula en el crisol
del común sufrir, renuevo
del Gran Dolor: ¡Nada nuevo
bajo el sol!

Mas tiene cada berilo
su manera de brillar,
y cada llanto su estilo
peculiar.

La noche en que estaba tendida —hoy hace diez meses— era la nocheúltima que iba a pasar en su casa, bajo nuestro techo acogedor.¡En su casa, donde siempre había sido el alma, y la luz, ytodo! ¡En su casa, donde la adorábamos con la másvieja, noble y merecida ternura; donde cuanto la rodeaba era suyo,afectuosamente suyo!

¡Y habría que echarla fuera al día siguiente!Fuera, como a una intrusa… Fuera el pleno invierno, entre eltrágico sollozar de los cierzos. Y habría que alejarla denosotros como a una cosa impura, nefanda; ¡que esconderla en uncajón enlutado y hermético!, y llevarla lejos, por elcampo llovido, por los barrizales infectos, para meterla en un agujerosucio y glacial. ¡A ella, que había disfrutado pormás de diez años la blancura tibia de la mitad de milecho! ¡A ella, que había tenido mi hombro viril y segurocomo almohada de su cabecita luminosa! ¡A ella, que vio misolicitud tutelar encendida siempre como una lámpara sobre suexistencia!

¡Oh, Dios , dime si sabes de una más despiadada angustia,y si no merezco ya que brille para mí tu misericordia!…

¿Quién es esa sirena de la voz tan doliente,
de las carnes tan blancas, de la trenza tan bruna?
—Es un rayo de luna que se baña en la fuente,
          es un rayo de luna…

¿Quién gritando mi nombre la morada recorre?
¿Quién me llama en las noches con tan trémulo acento?
—Es un soplo de viento que solloza en la torre,
          es un soplo de viento…

Di, ¿quién eres, arcángel cuyas alas se abrasan
en el fuego divino de la tarde y que subes
por la gloria del éter? —Son las nubes que pasan;
          mira bien, son las nubes…

¿Quién regó sus collares en el agua, Dios mío?
Lluvia son de diamantes en azul terciopelo…
—Es la imagen del cielo que palpita en el río,
          es la imagen del cielo…

¡Oh Señor! La belleza sólo es, pues, espejismo;
nada más Tú eres cierto: ¡sé Tú mi último dueño!
¿Dónde hallarte, en el éter, en la tierra, en mí mismo?
—Un poquito de ensueño te guiará en cada abismo,
          un poquito de ensueño…

Amado Nervo, 1902

Tu brazo en el pesar me precipita,
me robas cuanto el alma me recrea,
y casi nada tengo: flor que orea
tu aliento de simún, se me marchita.

Pero crece mi fe junto a mi cuita,
y digo como el Justo de Idumea:
Así lo quiere Dios, ¡bendito sea!
El Señor me lo da, Él me lo quita.

Que medre tu furor, nada me importa:
puedo todo en AQUEL que me conforta,
y me resigno al duelo que me mata;

porque, roja visión en noche oscura,
Cristo va por mi vía de amargura
agitando su túnica escarlata.

Hay que andar por el camino
posando apenas los pies;
hay que ir por este mundo
como quien no va por él.

La alforja ha de ser ligera,
firme el báculo ha de ser,
y más firme la esperanza
y más firme aún la fe.

A veces la noche es lóbrega;
mas para el que mira bien
siempre desgarra una estrella
la ceñuda lobreguez.

Por último, hay que morir
al deseo y al placer,
para que al llegar la muerte
a buscarnos, halle que

ya estamos muertos del todo,
no tenga nada que hacer
y se limite a llevarnos
de la mano por aquel

sendero maravilloso
que habremos de recorrer,
libertados para siempre
de tiempo y espacio. ¡Amén!

¡De qué sirve al triste la filosofía!
Kant o Schopenhauer o Nietzche o Bergson…
¡Metafisiqueos!

                       Entanto, Ana mía,
te me has muerto, y yo no sé todavía
dónde ha de buscarte mi pobre razón.
¡Metafisiqueos, pura teoría!
¡Nadie sabe nada de nada: mejor
que esa pobre ciencia confusa y vacía,
nos alumbra el alma, como luz del día,
el secreto instinto del eterno amor!

No ha de haber abismo que ese amor no ahonde,
y he de hallarte. ¿Dónde? ¡No me importadónde!
¿Cuándo? No me importa…, ¡pero te hallaré!
Si pregunto a un sabio, “¡Qué sé yo!”, responde.
Si pregunto a mi alma, me dice: “¡Yo sé!”

Los muertos mandan. ¡Sí, tú mandas, vida mía!
Si ejecuto una acción, digo: “¿Le gustaría?”
Hago tal o cual cosa pensando: “¡Ella lo hacía!”

Busco lo que buscabas, lo que dejabas dejo,
amo lo que tú amabas, copio como un espejo
tus costumbres, tus hábitos… ¡Soy no más tu reflejo!

Julio 13 de 1912
Amado Nervo

¡Bienaventurados,
los dignificados
por la dignidad glacial de la muerte;
los  invulnerables ya para los hados,
una y misma cosa ya con el Dios fuerte!

¡Bienaventurados!

Bienaventurados los que destruyeron
el muro ilusorio de espacio y guarismos;
los que a lo  absoluto ya por fin volvieron;
los que ya midieron todos los  abismos.

Bienaventurada, dulce muerta mía,
a quien he rezado como letanía
de fe, poesía
y amor, estas páginas… que nunca leerás.
Por quien he vertido, de noche y de día,
todas estas lágrimas… que no secarás.

Cada rosa gentil ayer nacida,
cada aurora que apunta entre sonrojos,
dejan mi alma en el éxtasis sumida…
¡Nunca se cansan de mirar mis ojos
el perpetuo milagro de la vida!

Años ha que contemplo las estrellas
en las diáfanas noches españolas
y las encuentro cada vez mas bellas.
Años ha que en el mar, conmigo a solas,
de las olas escucho las querellas,
y aun me pasma el prodigio de las olas!

Cada vez hallo la Naturaleza
más sobrenatural, más pura y santa,
Para mí, en rededor, todo es belleza;
y con la misma plenitud me encanta
la boca de la madre cuando reza
que la boca del niño cuando canta.

Quiero ser inmortal, con sed intensa,
porque es maravilloso el panorama
con que nos brinda la creación inmensa;
porque cada lucero me reclama,
diciéndome, al brillar: «Aquí se piensa,
también aquí se lucha, aquí se ama».