Por tus ojos verdes yo me perdería,
sirena de aquellas que Ulises, sagaz,
amaba y temía.
Por tus ojos verdes yo me perdería.

Por tus ojos verdes en lo que, fugaz,
brillar suele, a veces, la melancolía;
por tus ojos verdes tan llenos de paz,
misteriosos como la esperanza mía;
por tus ojos verdes, conjuro eficaz,
yo me salvaría.

Santa florecita, celestial renuevo,
que hiciste mi alma una primavera,
y cuyo perfume para siempre llevo:
¿Cuándo en mi camino te hallaré de nuevo?
—¡Cuándo Dios lo quiera, cuando Dios lo quiera!

—¡Qué abismo tan hondo! ¡Qué brazo tan fuerte
desunirnos pudo de tan cruel manera!
Mas ¡qué importa! Todo lo salva la muerte
y en otra ribera volveré yo a verte…
¡En otra ribera…, sí! ¡Cuando Dios quiera!

Corazón herido, corazón doliente,
mutilada entraña: si tan tuya era
(carne de tu carne, mente de tu mente,
hueso de tus huesos), necesariamente
has de recobrarla… —¡Sí, cuando Dios quiera!

¡Cuántos, pues, habrán amado
como mi alma triste amó…
y cuántos habrán llorado
como yo!

¡Cuántos habrán padecido
lo que padecí,
y cuántos habrán perdido
lo que perdí!

Canté con el mismo canto,
lloro con el mismo llanto
de los demás,
y esta angustia y este tedio
ya los tendrán sin remedio
los que caminan detrás.

Mi libro sólo es, en suma,
gotícula entre la bruma,
molécula en el crisol
del común sufrir, renuevo
del Gran Dolor: ¡Nada nuevo
bajo el sol!

Mas tiene cada berilo
su manera de brillar,
y cada llanto su estilo
peculiar.

«Vivir sin tus caricias es mucho desamparo;
vivir sin tus palabras es mucha soledad;
vivir sin tu amoroso mirar, ingenuo y claro,
es mucha oscuridad…»

Vuelvo pálida novia, que solías
mi retorno esperar tan de mañana,
con la misma canción que preferías
y la misma ternura de otros días
y el mismo amor de siempre, a tu ventana.

Y elijo para verte, en delicada
complicidad con la Naturaleza,
una tarde como ésta: desmayada
en un lecho de lilas, e impregnada
de cierta aristocrática tristeza.

¡Vuelvo a ti con los dedos enlazados
en actitud de súplica y anhelo
-como siempre-, y mis labios no cansados
de alabarte, y mis ojos obstinados
en ver los tuyos a través del cielo!

Recíbeme tranquila, sin encono,
mostrando el deje suave de una hermana;
murmura un apacible: «Te perdono»,
y déjame dormir con abandono,
en tu noble regazo, hasta mañana…

La noche en que estaba tendida —hoy hace diez meses— era la nocheúltima que iba a pasar en su casa, bajo nuestro techo acogedor.¡En su casa, donde siempre había sido el alma, y la luz, ytodo! ¡En su casa, donde la adorábamos con la másvieja, noble y merecida ternura; donde cuanto la rodeaba era suyo,afectuosamente suyo!

¡Y habría que echarla fuera al día siguiente!Fuera, como a una intrusa… Fuera el pleno invierno, entre eltrágico sollozar de los cierzos. Y habría que alejarla denosotros como a una cosa impura, nefanda; ¡que esconderla en uncajón enlutado y hermético!, y llevarla lejos, por elcampo llovido, por los barrizales infectos, para meterla en un agujerosucio y glacial. ¡A ella, que había disfrutado pormás de diez años la blancura tibia de la mitad de milecho! ¡A ella, que había tenido mi hombro viril y segurocomo almohada de su cabecita luminosa! ¡A ella, que vio misolicitud tutelar encendida siempre como una lámpara sobre suexistencia!

¡Oh, Dios , dime si sabes de una más despiadada angustia,y si no merezco ya que brille para mí tu misericordia!…

Cristo dijo que allí donde nos reuniésemos en su nombre,estaría Él en medio de nosotros. No es, pues,extraño que aquella noche misteriosa en que hablábamos deÉl con unción cordial, de su inmensa alma diáfana,de su ternura grande como el universo, de su espíritu desacrificio incomparable, del sabor místico de su caridad, quenos penetra y nos envuelve, Él se presentara de pronto,suavemente, en el corro.

Lejos de sorprendernos, su aparición divina nos pareciónatural. Quizá no se trataba propiamente de unaaparición; más bien le sentíamos dentro denosotros; pero la realidad de su presencia era absoluta, imponente,superior a toda convicción.

En vez de turbarnos, experimentamos todos un bienestar infinito.

Cristo nos bendijo y, sonriéndonos, con aquella indeciblesonrisa, nos preguntó:

—¿Qué deseáis que os dé antes de volver alpadre?

—Señor —dijo Rafael—, deseo que me perdones mis pecados.

—Perdonados están —respondió Jesús, siempresonriendo.

—Yo, Señor —dijo Gabriel—, ansío estar contigo…

—Pronto estarás —replicó Cristo amorosamente—. Ytú —me preguntó—, ¿qué quieres, hijo?

Iba a decirte algo de mi muerta; pero no sé por qué, alver la expresión divina de su rostro, comprendí que noera preciso decirle nada; que los muertos estaban en paz en su seno,junto a su corazón, y que todas las cosas que sucedíaneran paternalmente dispuestas o reparadas.

—Qué anhelas, hijo? —repitió Jesús, y yorespondí:

—Señor, ¿qué puedo anhelar, si todo estábien? Yo sólo deseo que se haga en mí tu voluntad…

Cristo me miró con ternura (¡qué mirada deéxtasis!); pasó su mano translúcida por miscabellos…

Después se alejó sonriendo, como había venido.

¿Quién es esa sirena de la voz tan doliente,
de las carnes tan blancas, de la trenza tan bruna?
—Es un rayo de luna que se baña en la fuente,
          es un rayo de luna…

¿Quién gritando mi nombre la morada recorre?
¿Quién me llama en las noches con tan trémulo acento?
—Es un soplo de viento que solloza en la torre,
          es un soplo de viento…

Di, ¿quién eres, arcángel cuyas alas se abrasan
en el fuego divino de la tarde y que subes
por la gloria del éter? —Son las nubes que pasan;
          mira bien, son las nubes…

¿Quién regó sus collares en el agua, Dios mío?
Lluvia son de diamantes en azul terciopelo…
—Es la imagen del cielo que palpita en el río,
          es la imagen del cielo…

¡Oh Señor! La belleza sólo es, pues, espejismo;
nada más Tú eres cierto: ¡sé Tú mi último dueño!
¿Dónde hallarte, en el éter, en la tierra, en mí mismo?
—Un poquito de ensueño te guiará en cada abismo,
          un poquito de ensueño…

Amado Nervo, 1902

Flor de Mayo, como un rayo
de la tarde, se moría…
Yo te quise, Flor de Mayo,
tú lo sabes; ¡pero Dios no lo quería!

Las olas vienen, las olas van,
cantando vienen, cantando irán.

Flor de Mayo ni se viste
ni se alahaja ni atavía;
¡Flor de Mayo está muy triste!
¡Pobrecita, pobrecita vida mía!

Cada estrella que palpita,
desde el cielo le habla asi:
«Ven conmigo Florecita,
brillarás en la extensión igual a mí.»

Flor de Mayo, con desmayo,
le responde: «¡Pronto iré!»
.. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. ..
Se nos muere Flor de Mayo,
¡Flor de Mayo, la Elegida, se nos fue!

Las olas vienen, las olas van,
cantando vienen, llorando irán…

«¡No me dejes!», yo le grito;
«¡No te vayas, dueño mío:
el espacio es infinito
y es muy negro y hace frío, mucho frío!»

Sin curarse de mi empeño,
Flor de Mayo se alejó,
y en la noche, como un sueño,
misteriosamente triste se perdió.

Las olas vienen, las olas van,
cantando vienen, ¡ay cómo irán!

Al amparo de mi huerto
una sola flor crecía:
Flor de Mayo, y se me ha muerto…
Yo la quise, ¡pero Dios no lo quería!

Tu brazo en el pesar me precipita,
me robas cuanto el alma me recrea,
y casi nada tengo: flor que orea
tu aliento de simún, se me marchita.

Pero crece mi fe junto a mi cuita,
y digo como el Justo de Idumea:
Así lo quiere Dios, ¡bendito sea!
El Señor me lo da, Él me lo quita.

Que medre tu furor, nada me importa:
puedo todo en AQUEL que me conforta,
y me resigno al duelo que me mata;

porque, roja visión en noche oscura,
Cristo va por mi vía de amargura
agitando su túnica escarlata.

Sicut nubes, quasi naves, velut umbra…

Ha muchos años que busco el yermo,
ha muchos años que vivo triste,
ha muchos años que estoy enfermo,
¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
la luz, las vegas, el mar Oceano;
mas tú dijiste que todo acaba,
que todo muere, que todo es vano!

Antes, llevado de mis antojos,
besé los labios que al beso invitan,
las rubias trenzas, los grande ojos,
¡sin acordarme que se marchitan!

Mas como afirman doctores graves,
que tú, maestro, citas y nombras,
que el hombre pasa como las naves,
como las nubes, como las sombras…

huyo de todo terreno lazo,
ningún cariño mi mente alegra,
y con tu libro bajo del brazo
voy recorriendo la noche negra…

¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
pálido asceta, qué mal me hiciste!
¡Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste!