Tarde o temprano,
la nada nos invade.
Aquel misterioso sentido
muestra un hilo
de su sospechada inexistencia.

Los majestuosos teoremas,
los impecables modelos atómicos,
las explicaciones todopoderosas,
las condiciones ideales,
la apertura de los cielos,
y las innumerables hipótesis ad hoc
(en realidad,
no hay una que no sea ad hoc),
terminan construyendo
su sepulcro definitivo.

Cuando creemos
que la insaciable búsqueda
acabará con nuestros huesos,
descubrimos que no es posible:
el último de ellos
descansa en un mundo de verdad.

Y cuando digo verdad
sólo puedo abrigarme
en los rincones desconocidos,
es decir,
en cualquier punto de esta casa
que se ríe de nosotros.

Alejandro Laurenza

Las agujas de este inmenso reloj
no vacilan en sus giros,
y, en cada envejecimiento de la luna,
nos arrancan un poquito más
de lo que alguna vez fuimos.

Nuestras conocidas calles
dejan de serlo tanto.
Los inmortales cafés de barrio
siguen siendo inmortales,
pero, sólo en nuestras memorias.
La ciudad no encuentra antídoto
para su despiadada enfermedad,
ya no caben dudas de su existencia.
Las incontables hamburgueserías,
y la mutación de nuestra lengua,
son sólo algunos de sus síntomas.

Sus habitantes permanecemos ajenos,
bajo los efectos de una gran anestesia.
O, mejor aún,
deslumbrados por la astuta serpiente.
Sus dulces palabras anglosajonas
conforman las bases…
de un paraíso con alma de infierno.

Alejandro Laurenza

Una imagen me cautiva,
me emociona,
me regala una sonrisa,
me arranca una lágrima.

Todos mis recuerdos
se abren paso como un torrente;
tanta felicidad guardada,
en aquella estampa de mi pasado.

Increíbles sensaciones vuelven a mí:
el brillo
en los ojos de un amigo,
la complicidad
de una niña que me besa,
el perfume
de una edad imborrable.

Doy gracias al tiempo,
por no apresurarse en su carrera,
por su andar lento y generoso,
por no haber atendido
a mis inconscientes ruegos.

Alejandro Laurenza