En el espacio curvo de tu voz
—instante mínimo, incomprensible, vago,
te desatas y desnudas
con la claridad crepuscular de la ola pasajera,
laberinto tormentoso de destellos incongruentes;
volcánico lazo imperceptible,
devastado por hambrientas caricias
de largas cabelleras frías.
Delgado manantial de sílabas ausentes,
profundas:
relámpago invisible de luz interminable.
¡Ciego, oscuro!,
alzo mi voz para alcanzarte
más allá del sonido transitorio de mis pasos;
y te ocultas en el fuego
crisálida lunar dormida,
en el fuego implacable,
dormida, insepulta y torturada.

A veces con tu frío silencio
abres mi tristeza a bocanadas,
empujándome al encierro:
¡aislado!  ¡solo!
Trato de reír apartando la amargura,
trato de huir arrastrando mis desvelos,
trato de volar
mirándome caer, ¡impotente!,
buscando en la noche
una nube solitaria que seguir
o una estrella que amar…

La luz reticular de un bombillo
palpa tus senos recónditos
en la soledad de este rincón indescifrable,
de este rincón sin tiempo, sin nombre,
en la paz agitada de los sueños
de escasa ceremonia y de frases silenciosas.
Tu cuerpo, entonces,
surge plano a plano
calado por esa extraña luz
de anhelos inconclusos y secretos,
y en este asombro sonámbulo
el deseo fornica con el miedo
mientras miro mi mano vacía…
Afuera, un grillo sistemático
se carcome en el silencio:
Tú no estás.

Un día te encontré
con la cabeza baja
como una gaviota
por la playa.

Tu paso silencioso alzaba su vuelo temeroso
hundiéndose en mi sueño detenido,
fémina plena, que creces palmo a palmo
junto a mi traviesa caricia capilar:
¡mujer que toco!,
y al tocar evoco la noche que cubre su cuerpo
y mi cuerpo extenso y anhelante. ¡Mujer!
¡Mujer diversa de firmeza insondable y misteriosa!
¡Mujer que afloras en el tiempo!,
tu paso arduo por los años se trasmuta en amor.
Voz cotidiana que crece, me  estremece
y multiplica en mi recuerdo.
¡Mujer que irrumpes en mi cuerpo
reclamando su trozo de vida luminosa!
¡Mujer que me reúnes por la noche
cuál la noche puntualiza sus estrellas!
¡Mujer de paso diverso!,
cabeza que encierra la joya presentida;
pequeño tesoro que repite su fuente día a día,
pequeño manantial de luz inagotable;
caluroso candor que alcanza
la infinita dimensión de nuestras almas.
¡Mujer!, caricia cotidiana que enciende nuestra piel;
tras el beso indeclinable y tempestuoso,
la unión ancestral nos ha de descubrir,
devorando las noches eternamente fusionados.

Abel Salazar V.
Costa Rica

Tú fuiste la misma en otro tiempo…
Tú fuiste quien perdió la huella en el oscuro laberinto:
¡tú!, la misma doncella misteriosa que desde el origen
ha esparcido en mi entraña, el temblor del encuentro
de los tiempos de los siglos. ¡Mujer asida a mi sueño!
¡Tú! Canción sin palabras que me amarra a la vida;
agua primitiva del deseo que creces
sobre todo lo construido
como un atavismo salvaje y caprichoso,
fuente encarnizada de mi sed infecunda.
¡Simiente del silencio prolongado!,
extiende tu yo hasta alcanzarme;
¡aférrate a mí! Lacérame y verásbrotar
¡la luz transfigurada de nuestros cuerpos!,
la luz prometida de los cielos,
la luz envolviendo nuestro vuelo,
la luz, atravesando el vacío del tiempo y el viento.
¡La maldición del silencio!, el silencio destrozado,
la luz señalando el mutuo camino verdadero:
la misma luz derramando tus senos,
apretándose en tus dedos,
apretando el suspiro tendido
de tu cadera sorprendida,
en el murmullo semidesnudo de la hierba  y de la piedra.

Abel Salazar V.
Costa Rica

Tangible devenir
de la aurora presentida,
tangible como el viento de los sauces,
intangible, inasible y pasajero.
Espíritu abismal que pasas y estremeces
llamando a lo profundo,
agua misteriosa que vislumbro y que no alcanzo,
hembra fecunda de lúdico vuelo,
complemento de la forma,
raíz de mi poder inagotable,
enigma latente e ilusorio,
solución esencial que se pierde en el rito
—ahí donde no hay lugar para los ritos—
que se pierde en el temor,
ahí donde vivir marca el único sentido.
Solución que me abate y avergüenza.
Solución que adivino en la fusión
que sólo podremos descifrar al proclamar
nuestra mutua esencia invulnerable.

Para que un rayo de sol despierte
en el hueco intrascendente de tu seno,
sembraré de mañanas tu cabeza;
cabalgaré tu cintura
como si tu cuerpo a cada paso
estallara en eléctricas descargas,
y tu alma se hinchara como vela
entre mis caricias antológicas.
Sentiré quebrarse tus desvelos
de mágica tortura,
los veré deshacerse
entre mis furtivos anhelos
y nunca como antes
mi amada y compañera
extrañaremos la aurora;
pues aunque estemos lejos y acechantes,
tu corola genital arderá hasta el día
en que, desnudo y transparente
atraviese las sábanas con que se cubrió el ocaso.

Abel Salazar V.
Costa Rica

De pie, te vi callada:
los senos en reposo,
tu vientre terso y firme
—cimiento rítmico del viento—
tus formas suaves y ligeras
sintiendo a cada golpe
el redondo espasmo de la hierba.
¡Muda voz de abierto tórax!,
legión de flores y simientes,
cascada generosa
en temible tempestad crepuscular.
Un callado vástago rojizo
golpea con secreta lluvia
de savia derramada
tu dócil movimiento,
tu serena claridad semidesnuda,
la extensa cordillera de tus colinas frescas,
la dulce cadencia de tus nalgas,
perfectas y armoniosas en mis manos,
que emergen desde el aire
como palomas cristalinas.

Desde esta extensión carnal
de agitada certidumbre,
mis ojos te envuelven y recorren,
se hunden en ti,
te surcan y te inundan
como un río ardiente y primitivo:
¡Éxtasis vital que nunca te alcanzó!
Largo gemido altisonante,
vacío,
profundo.
¡incierto!
Pálida voz de distancia inaccesible,
vientre lejano y doloroso,
prisionero de indolentes labios.

Tosca armonía,
húmeda y efímera:
muda pasión insoslayable,
caricia de filigrana irresoluta,
caricia aprendida de memoria,
y repetida
¡en la desnudez gradual de la noche!
Temblando,
mi paso te llama hacia la noche
con telúricos anhelos:
mi paso
atrapado entre el espasmo
de un cercano cataclismo
y la vaporosa evocación de tu recuerdo,
luego…
en el asombro circular de mis sueños,
todo es quietud y deseo.

Húmeda de luz tu piel se estira,
regándose en el íntimo oleaje
del cataclismo inmemorial.
Tu llamarada me inunda,
y me alcanza su saeta incandescente:
herido y atrapado en el relámpago final
—la vigilia se desploma— caigo,
me sumerjo en la noche interminable,
me abandono impotente
en la masacre del polvo germinal;
el escalofrío perfora mi tierra temblorosa:
isla amable y silenciosa,
refugio secreto y nocturnal.
¡Déjame encallar mi dura nave
entre tus ardientes aguas!
Déjame habitarte dulcemente,
y alcanzar de nuevo,
en el musgo ancestral,
¡la claridad delirante e infinita
de tu piel
tibia y expectante!

Mar implacable que avanzas
por la arena y la seduces
como una mano furtiva
que penetra la clara longitud
de una piel infinita y temerosa.
Corriente incontenible
que me arrastra como un pez
entre las rocas y me envuelve
silenciosa en el centro absorto
de esta llama caprichosa.
Tempestad contenida,
llamarada ancestral
candente y dolorosa,
remolino de besos no ofrendados,
bacanal turbulento de sueños y de sombras,
encendido clamor, ¡anhelo liberado!
Ola gigantesca, oruga rota,
mariposa que despierta
y emprende el vuelo:
en mis manos el silencio del deseo
se derrama gota a gota osando descubrirte
en la alborotada paz de la gaviota.

Avalancha luminosa
que revienta en tus entrañas.
Torbellino electrizante
que enciende tu cuerpo en llamas.
Vértigo caudaloso que va inundando el vacío.
Voz que aturde en su galope:
¡Éxtasis irrefrenable del espasmo delicioso!
Acoso de viscosidades,
de humedades turbulentas.
Mucílago aluvional desbordando tus riberas,
proliferando en el grito estentóreo y macilento
de tu lácteo vientre navegado.
Cuerpo que se agita,
adelgazado en la tensión ritual
que desde mi ser te recorre y estremece.

Montarte a pelo  y cabalgarte
resumiendo  en la embestida
el rítmico galope  originario.
Pulsarte puntualmente,
palparte sudorosa en el  agitado contorno
de tu grupa generosa y sentir doblegada tu fiereza
rendida en la entrega:
oferta infinita de respiración entrecortada.

Afuera, el mundo se hunde
en la penumbra nebulosa
del silencio clandestino.
La lluvia en su complicidad
acompasa nuestra danza
furtiva, lasciva, obscena
de fluidos y de olores
de escombros removidos,
de rumores presentidos,
de superficies reveladas
en la desnudez premonitoria
de nuestros encuentros astrales.

La muerte sucumbe y lenta
se alcanza la certidumbre: …lasitud,
vastedad de suavidades tangibles en el silencio,
¡aliento mínimo, sorpresa!…
Sentirte penetrada más allá de tu ser impenetrable,
atrapada en tu libertad,
hundida en la mística sensación
de la plenitud consumatoria.
La encrucijada genital se despereza
y se sacude resentida
de la horadante embestida de la simiente infiltrada.
Detallas minuciosa,
la ruidosa desproporción de lo sentido
y vagas creciendo en ansias, emergiendo!
desde tu condición de ser eternamente cohabitada.

Al verme mides la distancia lasciva,
conteniendo el furor en la escalada.
¡Desenfundas tu procaz desenfreno
sosteniendo en el aire tu deseo!
Me apuntas con tu monte robusto
de cabelleras y de espasmos
—puerto de muslos abiertos y agitaciones sublimes—
furtiva irrupción de la extensión de mi fauna,
¡Contoneo multiplicado!
Movimiento inquisidor que pulsa y pulsa
y humedece provocante la marea incontenible
de trasparentes gelatinas y sudores genitales.
Para habitarte he esparcido mi ser
navegando en el retumbo
del infinito estallido
de tus densas cavidades.

Abel Salazar V.
Costa Rica

Mujer sin nombre donde el amor se solaza,
brasa ardiente de la entraña
que solo amando se apaga.
En ella me regocijo y comparto
este íntimo momento de carne húmeda
que transfigura mi ser, cósmico y delirante,
que acechante yace y crece
en tus resquicios secretos.
¡Atenazante suplicio convergente,
postergado en tus caderas!

Abel Salazar V.
Costa Rica

              1.

Durante muchas noches
te ha visto recorrer
mi vasto litoral con pasos de laguna:
y en tu esplendor de mariposa
que despliega sus alas
volaste hacia mi llama,
sin alcanzar arder.

              2.

Te vi danzar
mostrando tus ondulaciones
de miel extravagante:
¡Te vi danzar!, como un sueño
detrás de una vitrina inalcanzable;
y me sonreías desde la otra ribera,
con una voz secreta y atrevida:
¡Nube absorta en el juego del viento!
¡Lúdica ráfaga!,
que naufragaste en una hoguera extraña.
¡Pez más abajo del agua!,
Danzando furtivo
alrededor de mi anzuelo sin carnada.
¡Inútil pescador de auroras!
¡Caminante secreto!
¡Persistente esperanza!

              3.

Recodo siniestro que se inflama
en la impotente mirada
de tu presa ternura insatisfecha.
Muda nave que por miedo a la borrasca
nunca alcanzó mi puerto;
¡fértil llanura arada por otras manos!,
mi lluvia —aunque la esperes—
aún no ha de caer en tu semilla latente.
Seco pozo que multiplicaste mi sed
con el silencio evasivo
de tus duros ojos bajos.

Abel Salazar V.
Costa Rica

Lejano lagarto luminoso que extiendes
tu vientre de arena en el mar.
Reptil trashumante de estático vuelo
que sueño en secreto en mi ausencia espectral.
¡Silueta incrustada de sombras!
Enorme cetáceo de incandescentes escamas
que surcan tu cuerpo anormal
y extienden tu cola tierra adentro,
¡en desorden!, como un gigantesco desove
de cien mil noctilucas tratando de escapar.
¡Isla anquilosada al continente!
Brazo acorazado que contienes exhausto
el continuo embate de intenciones cercenantes.
¡Serpiente hibernante
del origen anegado en el silencio!
Vasto ictiosauro que anidas la rémora
innumerable y pescadora,
rémora primitiva que sustenta
el asténico aliento en que agonizas,
¡especie extinta!, extinta y perdida
en la carcomida penumbra de lo incierto.
¡Cáscara de sílice y de luna
que inmisericorde sacude el viento!
Ola que acompasa el tiempo inmemorial,
la brisa se herrumbra en tu cuerpo,
y entre tus aguas corruptas
sucumbes cual nave encallada,
sin rumbo y sin puerto, en espera de la ola fatal.

Abel Salazar V.
Costa Rica

¡Mujer!,
si te volviera a encontrar
—aunque fuera en otra vida—
recorrería el umbral de lo pasado
y sin parar volvería a estar dentro de ti…

Abel Salazar V.
Costa Rica

Mudo testimonio del origen,
habitante ausente  de nuestro calendario conocido.
Ciudad incógnita y secreta,
duro camino de un sol fallecido, atravesado…
Puñales azules:
piedra mítica insepulta y carcomida;
trenzas tristes y descalzas,
polvo perpetuo, dormido.
Denso material de sueños sin rumbo
en el recóndito tránsito
de los Tezcatlípocas eternos;
muerte mínima y dispersa,
exilio de cuerpos y de sombras, fuego sin reposo.
Movimiento de flores desdentadas,
paso cósmico,
paso
sin tu voz extendida,
extendida por la verde vagina incesante
donde Malinali renace y permanece
como mudo testimonio del Origen…

Abel Salazar V.
Costa Rica

A Nicolás Guillén

Boga el bongo a manta abierta:
¡Mangle, gangoche y madera!,
ritmo de remo quebrando
el agua plástica y densa.
Un tronco pasa flotando
como un cocodrilo manso
y el bonguero “espadillando”
esquiva el acecho, largo.
Ritmo de remo quebrando
el agua plástica y densa.
Apacible cruza el bongo
su marcha cansada y vieja:
el bongo corta las olas
como si fueran de cera.
Rompe el norte amenazante
como un gallo en pie de guerra,
más el bongo y navegante
le conjuran saltando
de cresta en cresta:
el bongo corta las olas
como si fueran de arena.
Larga lengua de madera
mojada de son y brea,
ola tímida y ligera
que en su canto se repliega
y se pierde fugitiva entre su profunda huella.
Boga el bongo a manta abierta:
¡Mangle, gangoche y madera!,
¡Soplo vegetal,! ¡aliento apenas!,
traza tu rumbo de estrellas,
corta el viento y la marea,
cabalga entre tu son de sombras
y entre tus sombras navega.

Abel Salazar V.
Costa Rica